# Una carta, tres mujeres

Rubén vivía solo en Los Álamos, un pueblito de Nuevo México pegado al Bosque Nacional Lincoln. Casa de madera con dos ventanas hacia el huerto, y detrás del huerto la pared del bosque. Por las mañanas salía al porche y veía la neblina acomodarse entre los surcos. Tenía cincuenta y dos años. Trabajaba para el servicio forestal, cuidaba su zona asignada. Su esposa había muerto diez años atrás. Los hijos se habían ido cada uno por su lado: el hijo a Albuquerque, la hija a Denver. El hijo llamaba una vez al mes; la hija, para Navidad.

Rubén no se quejaba. Simplemente vivía. Cocinaba papas, alimentaba a la cabra —tenía once años y se llamaba Pancha, se la había regalado su suegro— arreglaba la cerca. Por las noches se sentaba junto a la estufa de leña y oía crujir los troncos. A veces prendía la lámpara sobre la mesa y leía números viejos del periódico local, que le traía el cartero Beto, la única persona que lo visitaba con regularidad, siempre a las nueve y media, siempre con la misma pregunta: "¿Todavía anda vivo por aquí, don Rubén?".

A mediados de octubre, un martes, Rubén volvió de su parcela en el monte. Se quitó las botas empapadas, las dejó junto a la estufa para que secaran de un día para otro, y se quedó largo rato sentado a la mesa sin encender la luz. Sobre la cubierta había un sobre comprado desde la primavera en la tiendita de los Reyes, por cincuenta centavos, nunca usado. Sacó una hoja en blanco, después una pluma, la giró entre los dedos antes de empezar a escribir.

Tachó la primera línea: le había salido demasiado formal, como si le escribiera a una oficina de gobierno. Arrugó la hoja, el papel crujió fuerte en el cuarto vacío, tiró la bolita debajo de la mesa, agarró otra. Esta vez escribió directo: que el bosque después de la lluvia huele a corteza y a tierra húmeda, que la cabra otra vez se comió las zarzamoras junto a la cerca, que por las noches él mismo habla en voz alta con la estufa, porque el silencio de la casa se pone demasiado espeso. Escribía despacio, las letras se le iban inclinando cada vez más. Al final, ya sin pensarlo, agregó: "Si andas sola, ven. No sé quién eres, pero te necesito." Lo leyó otra vez, quiso tacharlo, pero en cambio dobló la hoja a la mitad, luego otra vez, la metió en el sobre, lo cerró con la lengua, sintió el sabor del pegamento. En el sobre escribió solamente: "Los Álamos, la casa junto al bosque." Sin remitente, sin destinatario.

Al día siguiente, cuando Beto le pasó el periódico por encima de la cerca, Rubén le entregó el sobre sin decir palabra. Beto lo tomó, lo giró entre los dedos, levantó una ceja, leyó la dirección dos veces. —¿Para quién es esto? —preguntó. Rubén se encogió de hombros y entró a la casa antes de que el cartero pudiera preguntar algo más.

Pasaron dos semanas. Rubén ya se había olvidado de la carta, ocupado en cosechar las papas para guardar. El sábado, poco después de las ocho de la mañana, estaba limpiando el cobertizo cuando oyó un motor en el camino. Salió, secándose las manos en el pantalón. Al patio entró una troca vieja, un Ford de los ochenta, golpeada, con una abolladura en la puerta. Bajó una mujer de más de cincuenta años, con chamarra impermeable y botas de hule, con un papel arrugado en la mano como si lo hubiera tenido apretado desde hacía una hora.

—¿Usted escribió esto? —preguntó, sin acercarse más.

Rubén abrió la boca, pero no dijo nada. En ese momento entró al camino un segundo carro, un Chevy rojo pequeño, con una mancha de óxido junto al guardafangos. Bajó de él una mujer más joven, quizás de treinta y tantos, con un niño pequeño agarrado de su manga. En la otra mano llevaba el mismo papel doblado. Antes de que Rubén pudiera decir nada, del lado del bosque llegó una tercera —en bicicleta, con el sobre apretado contra el manubrio, jadeando como si hubiera pedaleado cuesta arriba todo el camino.

Se pararon frente a él las tres, en silencio, una junto a la otra, cada una con su carta en la mano. Rubén miraba de una a otra y sentía que las manos se le entumecían, como si hubieran dejado de pertenecerle.

—Aquí dice —la mujer de las botas de hule señaló con el dedo el papel— "ven, te necesito". Pues vine.

—A mí también me la trajo el cartero —dijo la del Chevy, acomodándole el gorro al niño—. El martes. Me dijo que era para mí.

La tercera sacó el sobre de adentro de la chamarra. —A mí me lo dio ayer. Me dijo que usted estaba esperando, que no había que hacerse esperar.

Rubén se quedó parado con los brazos a los lados, sintió que la camisa se le pegaba a la espalda aunque afuera hacía frío. Beto. Debió haber copiado la carta tres veces, letra por letra, y repartirla entre mujeres de las que sabía que estaban solas. ¿Para qué? Rubén no tenía idea. Pero tres pares de ojos lo miraban ahora esperando una respuesta que no tenía.

—Pasen… entren, por favor —dijo finalmente, con una voz que hasta a él le sonó ajena.

Las sentó a la mesa de la cocina, puso la tetera, las manos le temblaban al servir café en tres tazas distintas, porque era lo único que tenía en la casa. Se presentaron una por una. Consuelo, viuda del pueblo vecino, el rancho que le había dejado el esposo, dos vacas. Yolanda, divorciada, su hijo Frankie tenía seis años, trabajaba en la tienda de abarrotes de Ruidoso. Y Marisol, veintinueve años, bibliotecaria, rentaba un cuarto porque no le alcanzaba para su propio departamento con mil novecientos dólares al mes.

Rubén explicó que él no había mandado la carta a tres personas, que había escrito una sola, sin dirección, en un momento de debilidad que ni él mismo sabía cómo explicarse. Las mujeres se miraron entre sí. Consuelo se rió corto, entrecortado, tapándose la boca con la mano. Yolanda puso la taza sobre la mesa con tal fuerza que el café se derramó sobre el mantel.

—Entonces, ¿para qué escribió, si no quería a nadie? —preguntó, la voz le temblaba entre el enojo y algo más.

Marisol no dijo nada. Se quedó con las manos alrededor de la taza, como calentándose los dedos, aunque el café apenas humeaba.

Rubén se levantó de la mesa tan de repente que la silla rechinó contra el piso. Se puso la chamarra y caminó por el pueblo hasta la casa de Beto. Lo encontró junto al cobertizo, con la bicicleta, la bolsa de cartero todavía en la espalda.

—¿Qué fue lo que hiciste? —dijo Rubén, sin preguntar.

Beto bajó la bolsa despacio, como ganando tiempo. Admitió que había abierto el sobre, porque la carta le pareció triste, de esas que nadie nunca le había escrito a nadie en ese pueblo. La copió tres veces, a mano, en la mesa de su cocina, hasta tarde, y la repartió entre tres mujeres que conocía de su ruta, porque sabía cuáles estaban solas y a cuáles nadie visitaba.

—Tenías que ir y disculparte con ellas —dijo Rubén.

Beto negó con la cabeza, mirando hacia un lado, hacia la leña apilada contra la pared. —No voy a disculparme por darle una oportunidad a alguien. A lo mejor me equivoqué. Pero no voy a ir a pedir perdón.

Rubén no contestó. Se dio la vuelta y regresó, sintiendo que el enojo se le había evaporado en el camino, quedaba solo el cansancio y el frío de la tarde metiéndosele bajo la chamarra.

Volvió con las mujeres, que esperaban en silencio, cada una en un rincón distinto de la cocina, como evitándose unas a otras.

—No estoy escogiendo a nadie —dijo, parado en la puerta, sin sentarse—. Pero si alguna quiere quedarse. No como esposa. Como vecina, por lo pronto. Está invitada.

Yolanda se levantó primero, se acomodó la chamarra, dijo nada más: "Fue una pérdida de tiempo" y salió, cerrando de un portazo la puerta del Chevy en el patio. Consuelo se levantó más despacio, en la puerta preguntó si podría venir de vez en cuando por manzanas, porque en su huerta este año no había producido nada. Rubén asintió con la cabeza. Consuelo salió, su carro arrancó hasta el tercer intento.

Se quedó Marisol. Frankie estaba sentado bajo la mesa jugando con la agujeta de un zapato. Marisol entrelazó los dedos sobre las rodillas.

—A mí la verdad no me importa lo que pasó —dijo en voz baja—. No tengo departamento propio. Sé cocinar, trabajar en el huerto. Denos un rincón para el invierno, y en primavera vemos.

Rubén abrió el cajón del trinchador, sacó un formulario viejo de contrato de renta que alguna vez había preparado para su hijo, cuando este buscaba departamento en Albuquerque, y nunca sirvió. Tachó el nombre del hijo, escribió: "Marisol Ramírez y su hijo Francisco reciben la casita de huéspedes hasta el 30 de abril. A cambio, Marisol ayuda en el rancho al menos tres horas diarias. Pago: alojamiento y comida." Firmó, deslizó el papel sobre la mesa. Marisol tomó la pluma, dudó un momento sobre la línea de la firma, después firmó rápido, como si temiera cambiar de opinión. Rubén le entregó las llaves, pesadas, colgadas de un cordón. Marisol tomó a su hijo de la mano, salió hacia la casita al otro lado del patio. Al rato se encendió una luz adentro, una sola ventana, amarilla en el atardecer gris.

Rubén se quedó solo en la cocina, con las tres tazas sin lavar. Miró por la ventana. En el huerto ya no había soledad.

A la mañana siguiente salió al porche cerca de las siete. La neblina estaba baja, como siempre. De la casita salió Francisco corriendo con una chamarra demasiado grande y fue directo hacia Pancha, la agarró del pelo, la cabra se soltó y corrió a lo largo de la cerca, el niño detrás de ella, riendo fuerte, por primera vez en meses se oía ese sonido en el huerto. Marisol estaba junto a una estufita eléctrica que había traído consigo, preparando café en dos tazas.

Rubén se acercó, sacó del bolsillo la carta original, doblada en los mismos pliegues de hacía un mes.

—Léela otra vez —dijo, dándole el papel—. No mentí en ninguna palabra.

Marisol se limpió las manos en el delantal, tomó la carta, la leyó largo rato, más de lo necesario, como contando las letras. Después la volvió a doblar, pero no se la devolvió, se la guardó en el bolsillo del delantal.

—Yo sé —dijo por fin, sin mirarlo, mirando el café que empezaba a humear más fuerte—. Nomás que conmigo lo de la soledad no es que vine por la carta. Yo de todos modos tenía que irme a algún lado.

Rubén no supo qué contestar, así que no dijo nada. Se sentó a la mesa. Al rato se sentó también Francisco, oliendo a cabra y a pasto mojado, con una mano llena de lodo que Marisol enseguida le mandó a lavar. Rubén le acercó una taza con un poco de leche, tal como se la acercaba antes a sus propios hijos, y por primera vez en mucho tiempo en esa mesa sobraba una persona para poder llamarlo el desayuno de un hombre solo.

Rating
( No ratings yet )
Like this post? Please share to your friends:
Leave a Reply

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

4 × 1 =