Me llamo Bárbara Reyes y desde hace veintiún años trabajo de mesera en la cafetería de la estación de camiones de Greyhound en la calle Zarzamora, en San Antonio. He visto de todo en esa terminal: borrachos, parejitas de enamorados, abuelas llorando mientras despiden a sus nietos que se van a la universidad. Pero lo que vi el martes dieciséis de junio no se me va a olvidar, porque no es común que alguien reciba una noticia que le destroza la vida entera, así, literal, en mi mesa número siete.
La cafetería se llama "Donde Bárbara", aunque yo no la puse, sino la dueña anterior, que también se llamaba Bárbara, casualidades de la vida. Ese día hacía un calor pesado, como de esos que anuncian tormenta, y el aire acondicionado tosía más de lo que enfriaba, como siempre. Me tocaba salir a las tres de la tarde, pero estaba cubriendo a una compañera que se fue a la boda de su sobrina en Corpus Christi. Ya llevaba desde las ocho de la mañana parada, con los pies matados, y lo único que quería era sentarme aunque fuera un ratito.
En la mesa siete, la que da hacia el andén de las salidas, estaba sentada una pareja: él, un hombre como de cincuenta y tantos, con saco de esos caros, con esa pinta de alguien que dirige algo importante, como un departamento de cardiología o un bufete. Junto a él, una mujer como diez años más joven, vestido rojo, se reía fuerte y le tocaba la mano a cada rato. Pidieron dos cafés y un plato de flan, pero casi no lo tocaron. Afuera, en el andén tres, había una mujer con impermeable color mostaza —me acuerdo bien del color porque yo tengo uno igual en mi casa y nunca me lo pongo—. Estaba parada, sin moverse, con el celular pegado a la oreja, mirando directo hacia esa mesa.
En ese momento no sabía quién era esa mujer del impermeable. Después me enteré de que se llamaba Dora Villalobos y que era la esposa del hombre de la mesa, un tal Manuel Villalobos, jefe del departamento de urología en uno de los hospitales de San Antonio. La mujer del vestido rojo era Yolanda, según supe después, representante de una farmacéutica con la que Manuel se venía "asesorando" desde hacía dos años, si le creemos a lo que después gritó su propia mamá enfrente de toda la cafetería.
Porque sí, la mamá también andaba ahí. Una señora mayor con saco color vino, sentada en la mesa de al lado con una adolescente y un niño como de doce años —sus nietos, como después supe—. Esperaban el camión hacia Corpus Christi, iban a pasar una semana en la playa de South Padre Island, ya lo tenían todo planeado. Los niños andaban en el celular, aunque la niña levantaba la vista de la pantalla cada rato, como si presintiera que algo andaba mal.
El teléfono de Manuel vibró sobre la mesa. Leyó algo y se le fue el color de la cara —eso sí es cierto, no lo estoy inventando, lo vi de cerca porque justo les estaba llevando la cuenta—. Empujó la taza con tal fuerza que el café se derramó sobre el mantel. Se paró, caminó unos pasos hacia la máquina de boletos, y se puso el teléfono en la oreja.
Yo en ese momento estaba sirviendo agua mineral para un señor mayor en la barra, pero sin querer me quedé escuchando —la acústica de ese lugar es terrible, se oye todo, hasta lo que uno no quiere oír.
—¿Dónde estás? —preguntó, y le temblaba la voz.
No escuché la respuesta, pero por la cara que puso quedó claro que lo que oyó era peor que una simple pregunta de ubicación.
—Yo… yo te lo puedo explicar —dijo al final, bajito, casi susurrando, pero yo estaba lo suficientemente cerca para captarlo.
Dora —la mujer del impermeable mostaza— no se movió del andén tres. La veía por la ventana, parada con el teléfono pegado a la oreja, y junto a ella, en el piso, había una maleta pequeña con ruedas, de esas de mano, como si se fuera a ir sola a algún lado. No gritaba, no lloraba, al menos no en ese momento. Nada más estaba ahí, parada.
Después me enteré, gracias a una clienta habitual, doña Consuelo, que vive en el mismo edificio de los Villalobos por la calle Guadalupe, que toda esta historia venía arrastrándose desde hacía tres años. Que Dora antes trabajaba de contadora en una constructora grande, pero renunció cuando Manuel ascendió a jefe de departamento y le dijo que los niños —sus hijos del primer matrimonio, la tal Sofía de trece años y Jacobo de doce— necesitaban a alguien en la casa, porque la mamá no podía con el trabajo y el nuevo esposo al mismo tiempo. Que los turnos de noche en el hospital nunca cuadraban con el horario. Que aparecían recibos de supuestas conferencias en Austin sin que hubiera ninguna conferencia. Que las contraseñas de la computadora cambiaban cada mes.
Doña Consuelo contaba todo esto en la mesa dos, tomándose su té de limón de siempre, moviendo la cabeza de un lado a otro, como quien ve una novela cuyo final ya conoce pero de todos modos quiere presenciar con sus propios ojos.
Lo que doña Consuelo no sabía, y que yo me enteré hasta después por el periódico local, dos semanas más tarde, fue que Dora llevaba todo el año anterior juntando documentos. Estados de cuenta bancarios. Horarios de guardia del hospital que no coincidían con lo que le decía su esposo. Recibos de un hotel en Austin donde supuestamente tenía "capacitación". Mandó todo eso esa misma tarde —en un solo archivo— al abogado de Manuel, a su propio abogado y al departamento de recursos humanos del hospital donde él trabajaba. No gritó en el andén. Nada más apretó "enviar".
Yo ese día andaba pensando en mis propios problemas —estaba juntando propinas para el cumpleaños de mi hija, porque le prometí una bicicleta, y los precios en el Walmart últimamente andan por las nubes. No tenía tiempo de meterme en dramas ajenos, todavía me faltaban cuatro mesas por atender. Pero de reojo vi cómo la mamá de Manuel —la señora del saco vino— se paró de golpe, agarró a sus nietos de la mano y le dijo algo con tono cortante a Yolanda, la del vestido rojo. Yolanda se puso colorada, agarró su bolsa y salió de la cafetería sin pagar siquiera el flan, que por cierto tuve que agregar después a la cuenta de Manuel.
Sofía, la niña mayor, dejó el celular a un lado. Miraba primero a su papá parado junto a la máquina de boletos, luego a la ventana, donde estaba su madrastra con la maleta. Jacobo jaló a su abuela de la manga y le preguntó si todavía iban a ir a la playa. La abuela no contestó.
Manuel regresó a la mesa, pero se sentó como si le hubieran sacado el aire de adentro. Marcó un número, creo que a su abogado, porque dijo algo de "las pruebas" y de "si todavía se puede detener esto". No creo que se pudiera detener.
Yo en ese momento regresé a la barra, porque llegó otro cliente, un muchacho joven con mochila, solo quería un café para llevar, andaba de prisa para el camión hacia Houston. Le di su vaso, me dio dos dólares de propina, le di las gracias. Cuando volví a mirar hacia la ventana, Dora ya no estaba en el andén.
La encontré después, cuando salí a fumar un cigarro detrás del edificio de la terminal, donde están los contenedores de basura y siempre huele a excremento de paloma. Estaba sentada en un muro de concreto, la maleta a un lado, el teléfono en la mano, pero no lloraba. Se veía más bien como alguien que acaba de terminar un examen difícil y espera los resultados, sabiendo de antemano que aprobó.
No me le acerqué. No era asunto mío, no era mi vida, y además todavía me quedaba cigarro por terminar y turno por acabar. Pero alcancé a oír que decía algo por teléfono —creo que a su abogado, porque soltó las palabras "separación de bienes" y "el consultorio de la calle Fredericksburg", el mismo que, como supe después por el periódico, Manuel manejaba de forma privada fuera del hospital y que estaba registrado a nombre de los dos.
Tres semanas después regresó a la cafetería sola, pidió un café y un pedazo de pastel de calabaza, se sentó en la misma mesa siete, esta vez de frente al andén, no hacia el salón. Traía consigo un folder grueso, sujeto con una liga. Le pregunté si todo estaba bien, porque la verdad, después de todo lo que había visto de ella ese día, sentía como si ya la conociera.
Me dijo solamente que esa mañana había firmado ante notario público la transferencia de su parte del consultorio de Fredericksburg a su propio nombre —resultó que ella había puesto más dinero al principio que su esposo, con lo que heredó de la casa de su papá, y tenía los papeles para probarlo—. Que había cerrado la cuenta conjunta a la que llevaba años depositando su sueldo. Que había cambiado las cerraduras del departamento de la calle Guadalupe, porque esa casa la había comprado ella, antes de casarse. Lo dijo sin ninguna emoción en la voz, revolviendo el café con la cucharita, como quien recita una lista del súper.
Le pregunté si los niños —Sofía y Jacobo— se iban a quedar con ella. Me contestó que sí, al menos los días que ellos quisieran, porque ellos no tenían la culpa de nada. Pagó, dejó cinco dólares de propina, más de lo necesario, y salió hacia el andén cuatro, esta vez sin la maleta, solo con el folder bajo el brazo.
No sé qué pasó después con Manuel. Dicen que se fue a vivir un tiempo con su mamá, la señora del saco vino, y que el consultorio de Fredericksburg ahora funciona sin él, porque el hospital abrió una investigación sobre esas "conferencias" que nunca existieron. Pero esa ya no es mi historia. La mía termina en el momento en que recogí de la mesa siete la taza vacía del café con el plato del pastel, y vi a la mujer del impermeable mostaza perderse entre la gente del andén, caminando con paso firme, como quien de verdad va hacia algún lado.