**Trece kilos de confianza, el perro de la jaula doce**

Vamos por la Calle Ocho a las tres y media de la tarde, y él va sentado en el asiento trasero de mi Honda Civic, mirando por la ventana como si contara los postes de luz. No gimotea. No araña la tapicería. Solo mira.

Se llama Bala —así le pusieron en el refugio de Coral Way, porque alguien lo encontró debajo del expressway y pensó que era una broma del destino que fuera justo ahí. Mestizo, tal vez pastor, tal vez algo de sabueso, nadie sabe con certeza. Ciento veintidós días en la jaula número doce. Los conté en el expediente que me dio la voluntaria: una hoja plastificada, manchada de café, con fechas anotadas a bolígrafo.

Mi esposo Rafael maneja despacio porque teme que el perro se resbale en la curva. Yo voy atrás, junto a Bala, con la mano cerca de su pata, sin tocarla, por si acaso quiere apoyarse.

—Ya casi llegamos a la casa —le digo, aunque sé que no entiende las palabras. Entiende el tono. Tal vez con eso baste.

Por la ventana pasa el mercadito de la esquina, el mismo donde compro tomates todos los días donde doña Carmen, y el puesto de pastelitos, donde siempre huele a guayaba caliente aunque el vidrio esté cerrado. Bala gira la cabeza un instante hacia allá, como si el olor también le hubiera llegado a él, y luego vuelve a fijarse en mí. Breve. Sin ningún drama. Solo comprueba que sigo ahí.

En el refugio me dijeron que Bala llegó después de que su dueño anterior, un señor de Hialeah, lo entregara junto con otros dos perros porque "nos mudamos y el apartamento nuevo no permite mascotas". La encargada del refugio, la señora Nilda, dijo esa frase casi sin emoción, como quien la repite por centésima vez en el mes. Tres perros el mismo día. Bala fue el último de los tres al que nadie quiso —muy grande, muy callado, poco fotogénico para el post de Facebook.

Rafael y yo no buscábamos un cachorro. Buscábamos a alguien que ya supiera lo que es que lo dejen de lado, porque nosotros también lo sabíamos un poco. Hace dos años perdimos a Rocky, nuestro pastor alemán, después de quince años juntos —y desde entonces la casa quedaba demasiado silenciosa, aunque el televisor estuviera prendido todas las noches hasta las once.

Rafael estaciona frente al edificio de la Calle 22. El ascensor otra vez no funciona, así que subimos con Bala por las escaleras —en realidad camina solo, pero se mantiene pegado a mis piernas, rozando el costado contra mi pantorrilla en cada escalón.

En el cuarto piso, la vecina, doña Milagros, asoma la cabeza por la puerta entreabierta con una taza de café en la mano.

—Ay, ¿ese es el del anuncio? —pregunta, porque vio el volante que pegué en el pasillo del edificio hace dos semanas, cuando recogía dinero para pagarle al veterinario los dientes de Bala.

—El mismo. Se llama Bala.

—Bonito nombre —doña Milagros vuelve a su apartamento, y desde adentro se oye la voz de su nieto preguntando si el perro muerde.

En el apartamento, Bala se para en medio de la sala y huele todo, uno por uno: la pata de la mesa, la esquina de la alfombra, el plato de comida de Rocky, que dejé en la cocina porque nunca pude botarlo. Cuando llega a la camita con la cobija a cuadros, se acuesta ahí de inmediato, como si supiera que ese lugar era para él.

Rafael se agacha a su lado y estira la mano despacio, con la palma hacia arriba. Bala huele los dedos, luego los lame una vez, corto, y apoya el hocico sobre las patas.

Durante la primera semana me despierto varias veces en la noche porque lo oigo caminar por el apartamento —revisa la puerta, las ventanas, la cocina, como si quisiera asegurarse de que nadie va a llevárselo a las cuatro de la madrugada. Al quinto día se queda junto a mi cama hasta el amanecer. Al noveno día mueve la cola cuando oye la llave en la cerradura.

Un mes después me llama la señora Nilda del refugio. Me dice que otra persona preguntó por Bala —el mismo señor de Hialeah que lo entregó, dice que "se arrepintió" y lo quiere de vuelta porque "el hijo lo extraña".

No le grito por teléfono. No hace falta.

—Dígale que la adopción es definitiva —le digo con voz tranquila, porque exactamente esa palabra aparece en el contrato del refugio que firmé y que tengo guardado en una carpeta en el clóset de la entrada—. Y dele el número del refugio si quiere poner una queja. Pero el perro no lo entrego.

Esa misma noche saco de la gaveta el folder con los papeles: el contrato de adopción, la cartilla de vacunas, el certificado del veterinario de la Calle 22, donde llevé a Bala la semana pasada para un chequeo. Pongo todo sobre la mesa, le tomo foto a cada página con el teléfono y me mando la copia a mi propio correo, por si acaso. Rafael me pregunta si tengo miedo de que ese hombre venga.

—Que venga —le digo—. Los papeles los tengo yo.

Nadie viene. El teléfono se queda callado las semanas siguientes.

Bala ahora está tirado en el pasillo, con el hocico en el umbral de la cocina, mirándome picar cebolla para la cena. Cuando el cuchillo golpea la tabla, levanta las orejas, pero no se para —ya sabe que ese sonido no significa nada malo. Afuera se enciende el poste de luz de la Calle 22, el mismo que desde hace años parpadea antes de quedar totalmente prendido, y Bala mira hacia allá un momento, y luego vuelve a mí.

No le digo que lo salvé. Porque la verdad es que aquel día, ciento treinta y dos días después de que lo encerraran en la jaula número doce, fue él quien entró a nuestro apartamento y encontró solo un lugar en la camita de un perro que ya no estaba. Lo demás son solo papeles en una carpeta y un teléfono al que ya nadie volvió a llamar.

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