Mi Primer Día de Jubilada, Según el Plan que Nunca Cumplí

Notas del diario personal de Rosa Elena Figueroa, ex gerente de logística de una distribuidora en Corona, Queens, jubilada desde el lunes pasado después de treinta y dos años trabajando.

**El Plan (Versión Oficial, Escrita el Domingo por la Noche)**

7:00 a.m. — Despertar y ducha de agua fría y caliente, alternando, como dice el video de YouTube de esa señora cubana en Miami.

7:30–8:30 a.m. — Yoga en la sala, usando el tapete que compré en el Target de Junction Boulevard hace dos años y nunca abrí.

9:00 a.m. — Desayuno: un poco de queso fresco, unas aceitunas, tomatitos cherry, una tostada integral y café de achicoria con leche de coco.

9:30–10:30 a.m. — Hora de belleza: mascarilla, maquillaje, peinado.

11:00 a.m.–12:30 p.m. — Caminata por Flushing Meadows Park, luego parada en el supermercado por requesón, hierbas frescas, pescado, limones y fruta.

1:00 p.m. — Almuerzo: sopa de coliflor, pollo al vapor, compota casera de frutas secas.

2:30–3:30 p.m. — Hora productiva: sacudir los muebles, ordenar el clóset, planchar, lavar ropa.

4:00 p.m. — Té de la tarde con pastel de zanahoria. Última comida del día.

4:30 p.m. — Tiempo creativo: pintura china con pincel, algo que vi en un tutorial y me pareció elegante.

6:00 p.m. — Lectura de libros de superación personal.

7:00 p.m. — Relajarme con películas con mensaje, documentales.

9:00 p.m. — Prepararme para dormir.

9:30 p.m. — Dormir.

**Lo Que Realmente Pasó**

9:15 a.m. — Apenas logré abrir un ojo. Mejor tarde que nunca. Nota importante para el futuro: se acabaron las novelas después de medianoche. Tenía la cara hinchada como toronja. Probablemente no debí comerme ese pernil frío del refrigerador antes de acostarme. En fin. Mañana lo hago mejor.

Como me quedé dormida, la ducha fría-caliente y el yoga quedaron cancelados. Los recupero mañana, palabra.

Pasé un rato en el celular contestando mensajes de "felicidades por tu jubilación" de las muchachas del trabajo. Una hasta me mandó un meme de una señora bailando con un cheque de Seguro Social.

11:30 a.m. — Desayuno. Hice una tanda grande de panqueques porque la leche ya se estaba cortando y no iba a botarla. Terminé también la crema agria vieja y el pote de mermelada de guayaba que llevaba meses en la puerta del refrigerador. Eso, técnicamente, es manejo responsable de los alimentos.

12:30 p.m. — No me dieron ganas de caminar, así que la hora de belleza también se canceló. Jugué Sudoku un rato y de repente, sin darme cuenta, llevaba casi dos horas viendo videos en TikTok de señoras que hacen tamales en Los Ángeles.

2:00 p.m. — Almuerzo: pastelitos congelados de guayaba y queso, los que sobraron del cumpleaños de mi nieta. Hay que terminar toda la comida no saludable antes de empezar oficialmente la vida sana.

3:00 p.m. — Leí mensajes de mis amigas. Me mandaron como veinte recetas y enlaces "buenísimos". Los revisé todos y después me quedé dormida en el sillón reclinable, el mismo que mi difunto esposo compró en el Bob's Discount Furniture de hace quince años. La jubilación cansa muchísimo, quién lo iba a decir.

4:00 p.m. — Té de la tarde. Me terminé los chocolates que quedaban de la caja que me regalaron en mi despedida de la oficina. Nunca más compro chocolates. Esta vez sí.

5:00 p.m. — Por fin salí de la casa. Llegué hasta la bodega de la esquina, donde compré hot dogs y un bizcocho de chocolate porque los dos estaban en oferta. No podía dejar pasar semejante descuento. Además, hoy es día de celebración. Esta es absolutamente la última vez.

6:00 p.m. — Me llamó mi comadre Yolanda. Hablamos casi una hora. Me recomendó una novela turca nueva, así que, obviamente, tuve que buscarla enseguida.

7:00 p.m.–11:30 p.m. — Vi la novela y perdí completamente la noción del tiempo. Esto no puede volver a pasar. De ahora en adelante, un capítulo nada más. Durante el primer capítulo se me antojaron los hot dogs. Durante el segundo, el bizcocho. Durante el tercero, el pernil que quedaba en el refrigerador. ¿Cómo le voy a decir que no a una jubilada tan encantadora como yo? Lo admito: hay que parar de comer así.

11:45 p.m. — Escribiendo el horario de mañana. Puse la alarma para las 7:00 a.m. No voy a dormir lo suficiente, pero disciplina es disciplina. Ya anoté una sesión de caminata rápida por el parque a primera hora. Me lavo la cara en cuanto me levante. Buenas noches.

Cerré el cuaderno, apagué la lámpara de la mesita —esa que compré en una venta de garaje en Corona hace diez años y que todavía hace un clic raro al encenderse— y me quedé mirando el techo un rato. Afuera, dos pisos abajo, se escuchaba el tren 7 pasando hacia Manhattan, ese ruido que llevaba tantos años acompañándome antes de dormir que ya ni lo notaba. Pensé en poner la alarma un poquito más tarde, para las 7:30. Después pensé en ponerla para las 8:00. Al final la apagué del todo.

Mañana también es un buen día para empezar.

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