No sé exactamente cuándo empezó la cosa. Mi tío Armando cría cabras en un rancho chiquito a las afueras de Laredo, Texas, y yo lo ayudo desde que me acuerdo. Los animales son suyos, pero yo soy la que los conoce por el nombre. Y a la Chispa la conozco mejor que a nadie.
La Chispa era una cabra color miel, de orejas largas, y paría sin ayuda como si tuviera un manual en la cabeza. El año pasado tuvo dos cabritos, los dos vivos, los dos fuertes. Este año no.
El parto fue de madrugada. La encontré cerca del mezquite grande, al fondo del corral, lamiendo un bultito que no se movía. No hizo ruido. Las cabras gritan cuando algo les duele, pero la Chispa se quedó callada, con la cabeza pegada al suelo, empujando al cabrito con el hocico como si lo pudiera despertar.
Esperé dos horas antes de mover al animalito. No quería quitárselo todavía. Ella se quedó junto a la cerca, sin comer, con los ojos clavados en el mismo punto del alambre oxidado.
Mi tío me dijo que la dejara quieta. Que así se le pasaba. Pero pasaron tres días y la Chispa seguía en el mismo lugar, parada junto a la reja, con las patas clavadas en la tierra como si esperara que el cabrito volviera a levantarse.
Fue entonces cuando llegó el corderito.
Un vecino del condado de Webb lo trajo en la caja de una camioneta. La madre había muerto al parir, y el corderito estaba tan débil que ni siquiera quería tomar el biberón. Pesaba cuatro libras, le temblaban las patas como si el viento lo fuera a tumbar, y se quedaba acurrucado en la esquina de una caja de cartón con un trapo viejo encima.
—Se va a morir —dijo mi tío, y no lo dijo con maldad. Lo dijo porque parecía cierto.
Lo pusimos cerca de la Chispa sin avisarle nada. Ella lo olió desde lejos, estirando el cuello. Se acercó despacio, le dio una vuelta entera, le tocó el lomo con el hocico.
Nosotros ni respirábamos.
El corderito levantó la cabeza. La Chispa se quedó quieta un momento, lo empujó suavecito con la frente y después se echó a su lado.
Mi tío se persignó. Yo solté el aire como si llevara una hora aguantándolo.
Al corderito le pusimos Güero, porque era blanco como un hueso. La Chispa lo aceptó como si hubiera sido suyo desde siempre. Dormían pegados, compartían el bebedero, y si alguien se acercaba de más, la Chispa bajaba la cabeza y se plantaba delante de él como una pared.
Yo pensé que la historia se acababa ahí. Una cabra triste, un corderito huérfano, y ya. Suficiente para un domingo.
Pero no.
Dos semanas después, un sábado por la mañana, mi tío salió al porche y encontró una canasta de mimbre junto a la puerta. Adentro había una manta azul, de esas baratas que venden en el Dollar General. Y adentro de la manta, un zorrito gris.
Estaba herido. Tenía un corte en la pata trasera y respiraba mal, como si alguien lo hubiera agarrado del cuello. Los ojos ni siquiera los abría. Debajo de la manta, doblado en cuatro, había un papel escrito a mano: "Lo encontré junto a la carretera. Dicen que aquí no dejan morir a nadie". Sin firma.
—¿Quién deja un zorro en una canasta? —preguntó mi tío, con una taza de café en la mano y cara de no creerse lo que estaba viendo.
Yo tampoco lo creía. Pero guardé el papel en el bolsillo de la chamarra y no dije nada más. Alguien, en algún punto de la carretera 59, sabía lo que pasaba en este rancho.
Mi tío se quedó mirando la canasta un buen rato. Después preguntó si yo creía que la Chispa lo aceptaría.
Le dije que no sabía. Pero algo me decía que sí.
El primer acercamiento fue del Güero, no de la Chispa. El corderito se fue directo a la canasta, metió la cabeza adentro y le dio un lametazo en la oreja al zorro. La Chispa llegó detrás, se quedó a un paso, olió el aire. Después se tumbó junto a la canasta, como una guardiana silenciosa, con la pata herida del zorro rozándole el costado.
Mi tío me miró. Yo le devolví la mirada. Ninguno de los dos dijo nada.
El zorro se llamó Tizón, porque esa mañana el sol le daba en el lomo y parecía que tenía una chispa de lumbre encima. Tardó tres días en abrir los ojos. Cinco en dar sus primeros pasos. Y cuando por fin caminó, lo primero que hizo fue seguir al Güero hasta el comedero, como si el corderito le hubiera enseñado el plano del rancho.
Hoy los tres andan juntos por el corral. La Chispa va adelante, abriendo camino entre los mezquites. El Güero pegado a su flanco, como si todavía fuera un cabrito recién nacido. Y el Tizón atrás, cojeando un poco de la pata que le quedó torcida, con la lengua afuera y el rabo moviéndose como un limpiaparabrisas.
La gente que viene al rancho se queda muda al verlos. Una cabra, un cordero y un zorro, durmiendo amontonados bajo el mismo techo de lámina. A veces el Tizón se sube encima del Güero, y el Güero lo tolera como toleran los hermanos chiquitos. Otras veces es la Chispa la que se echa en la tierra y deja que los dos se acomoden contra su barriga.
Mi tío dice que los animales no piensan. Pero yo lo he visto a él, de madrugada, parado junto a la cerca, cambiándole el agua al bebedero sin necesidad, nomás para quedarse un rato mirándolos dormir.
Mañana vuelvo al rancho a las seis, cuando el sol apenas asoma sobre la carretera 59. Voy a encontrarlos junto al bebedero: el Tizón cojeando detrás del Güero, la Chispa parada entre los dos y la sombra del mezquite, empujando al Güero hacia el fresco con la frente. Voy a dejarles un balde de maíz en la tierra y me voy a quedar ahí, un rato, viendo cómo comen los tres del mismo montón, sin apuro.