Soy vecina de Marisol desde hace tres años. Vivo en el apartamento 2B de un edificio viejo en el suroeste de Houston, cerca de la carretera 59. Las paredes son de papel: se escucha cuando alguien sube el volumen de la televisión, cuando el ventilador del baño se enciende, y cuando una suegra viene a cobrar su mensualidad.
A Doña Carmen Rosa la reconocía por el sonido de sus tacones contra los escalones. Tac, tac, tac. Siempre llegaba el primer sábado del mes, a las diez de la mañana, como si tuviera cita en el banco. Traía una bolsa de plástico de HEB vacía, porque sabía que se iba a llevar cosas. Yo la veía desde la ventana de mi cocina, mientras regaba las matas de albahaca que tengo en el pasillo. Subía la escalera con la bolsa en una mano y el orgullo en la otra.
Ese sábado fue distinto.
La escuché llegar a eso de las nueve y media, media hora antes de lo normal. Traía el mismo taconeo, pero más rápido. Yo estaba preparando café de olla, con canela y piloncillo, como me enseñó mi mamá en Matamoros. Apagué la estufa para poder escuchar mejor. No sé por qué lo hice. Esas cosas se sienten.
Al principio no se entendía nada. Las voces subían y bajaban como el tráfico de la calle. Luego se fueron aclarando, como cuando sintonizas una estación de radio en el carro.
—¿Y el dinero, mija? —esa era Doña Carmen Rosa, con su voz de patrona—. Tengo que pagar el salón hoy mismo. Ya me hicieron el presupuesto: manicura, pedicura, tinte. Y la señora que me hace los remedios con ventosas me cobra por sesión adelantada.
Marisol no le contestó. La imaginé en la cocina, de pie, con los brazos cruzados, como la había visto tantas veces. Marisol trabaja en una farmacia CVS durante el día y en un almacén de noche. La veo llegar a las seis de la mañana, con el uniforme de la farmacia aún puesto, caminando despacio hasta el buzón antes de subir. A veces me la encuentro en el pasillo y me saluda con la cabeza, con los párpados caídos de sueño.
—¿Estás sorda? —siguió la suegra—. Te estoy hablando. Mi hijo me dijo que hoy me iban a dar el dinero. Él me lo prometió.
Ahí fue cuando escuché la voz de Reinaldo. Bajita, como de perro regañado.
—Mamá, no empieces, por favor…
—¿Que no empiece qué? —la suegra le cortó—. Tú eres el hombre de la casa, ¿no? Pues que se te respete. Mírate cómo te tiene: flaco, con esas ojeras. Ni siquiera te plancha las camisas.
Suspiré. Reinaldo lleva meses sin usar camisas planchadas porque lleva meses sin trabajar. Yo lo veo desde mi ventana: se la pasa en el sofá con el teléfono, jugando esos juegos de tiros. A veces baja al patio a fumar, con una camiseta vieja de los Astros y unos shorts de básquetbol. No sé qué piensa, pero se ve que no tiene prisa.
La discusión siguió. Doña Carmen Rosa hablaba de sus remedios, de sus masajes, de que necesitaba cuatrocientos cincuenta dólares para el tratamiento de la espalda. Decía que Marisol no era nadie, que vivía de su hijo, que debería darle gracias todos los días por haberla sacado de la pobreza.
Y entonces escuché la voz de Marisol esa mañana.
—¿Quiere saber la verdad, Doña Carmen? —su voz sonó rara, como si estuviera cansada pero firme—. Su hijo lleva diez meses sin trabajo. Yo lo he estado manteniendo. Yo pago la renta. Yo pago la luz. Yo pago el internet para que él pueda "buscar inversionistas" en sus videojuegos.
Fue como si alguien hubiera apagado el sonido del mundo. Hasta los carros dejaron de pasar por la avenida.
—¿Qué estás diciendo? —la suegra ya no gritaba—. Eso es mentira. Mi hijo me dijo que le dieron un ascenso.
—Su hijo le mintió.
Oí un golpe, como de una palma contra la mesa.
—¡Ay, Dios mío! —Doña Carmen Rosa empezó a llorar, pero no de tristeza, sino de puro aplomo herido—. ¿Cómo es posible? ¡Tanto estudio para nada! Dos carreras. Y esta mujer lo tiene de mantenido…
Reinaldo intentó intervenir, pero se le quebró la voz.
—Mami, es que el jefe era un abusivo…
—¡Cállate! —le gritó la suegra—. ¡A tu esposa se le respeta, pero tú…! ¿Cómo se te ocurre?
Me acerqué a la puerta sin darme cuenta. Había dejado la taza de café sobre la mesa, fría.
La voz de Marisol volvió a sonar, tranquila.
—Usted ya no se lleva nada hoy, Doña Carmen. Ni dinero, ni regalos. Y Reinaldo se muda con usted mañana.
—¿¡Qué!?
—Que su hijo ya no vive aquí. Yo me voy a un departamento más pequeño, cerca de mi trabajo. Usted se lo lleva. Usted lo cuida. Usted le cocina. Y le da sus cuatrocientos cincuenta dólares para la espalda.
Hubo un silencio largo. Esperé escuchar tacones otra vez, pero lo que oí fue un portazo. Luego, nada.
Al rato, vi a Doña Carmen Rosa salir del edificio con la bolsa de HEB vacía. Caminaba rápido, sin taconeo, arrastrando los pies. No se despidió de nadie.
Ese mismo día, en la tarde, vi a Reinaldo bajando cajas por la escalera. Eran las mismas cajas que su mamá le había mandado con tamales en Navidad. Iba subiendo y bajando, sudando, con el teléfono en el bolsillo del short. En la última bajada, se detuvo frente a mi puerta. No tocó. Se quedó parado un momento. Yo no abrí la puerta. No era mi asunto.
A la mañana siguiente, Marisol tocó a mi puerta. Traía una caja de herramientas roja, de esas que venden en Home Depot. Me pidió prestada una escalera. Me dijo que iba a cambiar el candado de la puerta del departamento.
—¿Tú sola? —le pregunté.
Me mostró una llave nueva, de las que no se pueden copiar en cualquier cerrajería. Una Mul-T-Lock, con tarjeta de garantía. Costaba ochenta dólares. Me lo dijo como quien dice que va a comprar pan.
—Sí, Ofelia. Yo sola. Siempre he podido, nomás que no me daba cuenta.
Me quedé en la puerta observando cómo trabajaba. Sacó un desarmador, quitó los tornillos del candado viejo, lo dejó caer en una bolsa de basura. El nuevo encajó con un clic seco, como el sonido de una puerta que se cierra con llave desde adentro.
No me pidió ayuda, pero se veía segura, como si estuviera armando un rompecabezas que ya conocía de memoria. Cuando terminó, guardó la herramienta, se limpió el sudor con el dorso de la mano y me entregó la escalera.
—Gracias, vecina. Le debo un café.
—No me debes nada.
Ella se fue al trabajo. Yo regresé a mi cocina. El café de olla se había enfriado, así que lo puse en el microondas y me quedé viendo por la ventana. La calle estaba tranquila, con ese calor húmedo que anuncia tormenta por la tarde.
Al día siguiente, Doña Carmen Rosa volvió. Subió las escaleras con una caja de comida preparada, de esas de aluminio con tapa de cartón. Llamó a la puerta del departamento de Marisol. Llamó tres veces. Nadie salió. Se asomó por la ventanita que da al pasillo interior, pero las persianas estaban cerradas.
—¡Mija! —gritó—. ¡Te traje un arroz con pollo! Es para el muchacho. Le hace falta comer bien.
Esperó unos minutos. Nadie salió. Encendió el teléfono y marcó. Se oía el tono desde afuera, como un zumbido lejano. Luego, un mensaje automático: "El número que usted marcó no está disponible."
Doña Carmen Rosa guardó el teléfono. Se quedó un rato contemplando el candado nuevo. No dijo nada. Luego bajó las escaleras con la misma caja de arroz con pollo, con el mismo taconeo lento que yo reconocía. Solo que ahora la bolsa de HEB no estaba vacía, pero tampoco iba llena de dinero. Iba llena de excusas.
A las pocas horas, Reinaldo llegó con una maleta. Se paró frente al departamento y metió la llave vieja en la cerradura. Giró. La llave no entró. Volvió a intentar. Nada. Se quedó viendo el candado como si fuera un animal raro. Luego se volteó hacia mi ventana. Yo me hice para atrás, detrás de la cortina.
Se sentó en el escalón, sacó el teléfono y escribió algo. Esperó. Escribió otra vez. Luego se levantó, pateó una piedrita y se fue caminando hacia la parada del camión, con la maleta rodando detrás, haciendo ruido de ruedas sueltas sobre la banqueta agrietada.
Esa noche, Marisol regresó a las once y media. La vi desde la ventana, mientras calentaba una tortilla en el comal. Se detuvo un momento en la entrada, contempló el candado nuevo, metió la llave, entró.
Encendió la luz del pasillo y se sentó en el sofá. No encendió la televisión. Se quedó un rato así, con la nuca recargada en el respaldo, los pies descalzos sobre la alfombra. Luego sacó una hoja doblada del bolsillo trasero del short y la puso sobre la mesita de centro. Era un recibo del banco. No alcanzaba a leer la cantidad, pero vi que dobló la hoja con cuidado, como se dobla algo que costó mucho trabajo conseguir.
Después se levantó, echó llave por dentro y apagó la luz.
Yo apagué la mía también. Pensé en todas las veces que había escuchado a Doña Carmen Rosa llamarla "nadie". Y pensé en el candado nuevo, en la estufa limpia, en la puerta cerrada. Esa noche comprendí que "nadie" era la palabra que usan los que no pueden entrar.
Pero no dije nada. No era mi asunto.