El pozo que mi suegro nunca me perdonó que cerrara

Yo soy Ramón Elizondo, tengo cuarenta y un años y trabajo como técnico de mantenimiento en una planta de tratamiento de agua en Albuquerque, Nuevo México. Cuento esto porque quiero que se entienda algo: no fui yo el que empezó la guerra con mi suegro. Fue él, once años antes de que yo llegara siquiera a conocer a su hija, el que perforó un pozo ilegal en un terreno cerca de Grants, en el condado de Cibola, sin permiso del estado y sin saber — o sin querer saber — que esa zona tiene depósitos naturales de uranio desde los tiempos en que ahí operaban minas allá por los años cincuenta y sesenta.

Don Herminio Casares — así se llama mi suegro — heredó ese terreno de su padre. Cuatro acres de tierra seca con mezquites, una casa de adobe medio caída y ese pozo que él mismo cavó a mano con dos primos, en 1987, para no depender del agua del pueblo. Toda su vida bebió de ahí. Regó ahí sus chiles, sus tomates, dio de beber a sus cabras. Y cuando yo, quince años después de casarme con Lupita, mandé analizar esa agua por mi trabajo — porque francamente algo no me cuadraba en cómo se veía — el laboratorio encontró niveles de uranio disuelto que triplicaban el límite seguro de la EPA.

Se lo dije un domingo, en su patio, mientras él le echaba carbón a la parrilla para las carnitas. Le enseñé el papel del laboratorio. Se limpió las manos en el mandil, lo leyó despacio, y me lo devolvió doblado en cuatro, como si con doblarlo desaparecería lo que decía.

— Este pozo lo hizo mi papá — me dijo—. Y yo llevo tomando esta agua cuarenta años y aquí estoy.

— Don Herminio, el uranio no lo mata a uno de un tiro. Le daña los riñones despacito. Su nieta se está bañando con esa agua.

Ahí fue cuando me clavó los ojos de una manera que no se me olvida: como si yo hubiera venido a robarle no el agua, sino la historia completa de su familia. Para él yo era el yerno técnico, el que llegó de la ciudad con papeles y análisis a decirle que lo que su padre construyó con las manos estaba envenenado. Y honestamente, entiendo por qué le dolió tanto. Ese pozo era lo único que le quedaba de su papá, que murió cuando él tenía diecinueve años. No era terquedad nada más — era que cerrar el pozo significaba, para él, aceptar que el legado se había podrido por dentro.

Esa tarde no dijo una palabra más. Se metió a la casa y dejó las carnitas quemándose en la parrilla. Lupita salió después, me agarró del brazo y me dijo bajito que mejor no volviera a tocar el tema, que su papá "necesitaba tiempo". Yo le dije que el tiempo era justo lo que no teníamos — el condado ya tenía reportes de contaminación por uranio en esa área desde 2019, y varios vecinos habían empezado a clausurar sus propios pozos.

Pasaron ocho meses. En ese tiempo don Herminio dejó de invitarme a las carnes asadas. Cuando yo iba a dejar a Lupita y a la niña, él salía, saludaba con la cabeza y se metía al taller a "arreglar algo". Mi suegra, doña Consuelo, sí me hablaba, pero a escondidas, como quien pasa información de contrabando: me decía que a don Herminio le había empezado un dolor raro en la espalda baja y que no quería ir al doctor.

Lo que cambió las cosas no fui yo insistiendo. Fue un artículo que me mandó un colega del trabajo, de una revista científica, Nature Communications, sobre unas bacterias que encontraron en el agua inundada de una mina abandonada en Alemania. Resulta que esos microbios, alimentados con glicerina en condiciones bajas de oxígeno, convierten el uranio disuelto — el peligroso, el que se mete en el cuerpo — en un mineral estable que ya no hace daño, y en ciento treinta días limpiaron como el noventa y cinco por ciento del uranio de esas muestras de agua, dejándolo encerrado sólido dentro de las paredes de las mismas bacterias.

Se lo imprimí. No en inglés técnico, sino que se lo traduje yo mismo, a mano, en una hoja de cuaderno, sentado en la mesa de su cocina un martes en la noche, con la radio prendida en la estación de rancheras que él siempre pone. Se lo puse enfrente junto con un café de olla que me sirvió doña Consuelo sin que nadie se lo pidiera.

— Esto no es que su pozo esté condenado para siempre — le dije—. Hay ciencia ahora que puede sacar el uranio del agua sin químicos, sin dejar lodo tóxico. Lo hacen bacterias, don Herminio. Cosas que ya existen en la tierra.

Él leyó la hoja completa, dos veces. Se quedó viendo la taza de café un rato largo.

— ¿Y eso cuánto cuesta? — preguntó, sin subir la vista.

Le expliqué que la tecnología todavía se está probando para aplicarse a gran escala en Estados Unidos, en pozos como el de él, pero que mientras tanto lo urgente era clausurar ese pozo específico y conectar la casa a la línea municipal de agua, que ya pasaba a dos calles de su terreno. Que el gobierno del condado de Cibola tenía un programa de subsidio para eso, por el historial minero de la zona.

No me contestó esa noche. Pero tres semanas después, cuando fui a buscar a Lupita, lo encontré afuera con una pala, parado junto al pozo, viéndolo como quien vela a un difunto.

— Tráeme el papel de esa gente del condado — me dijo, sin voltear—. El del subsidio.

Nunca me lo agradeció con palabras, y yo tampoco lo esperaba. Lo que sí hizo, un sábado de octubre, fue llamarme para que lo acompañara a firmar los papeles en la oficina del condado en Grants. Puso él mismo la firma. Yo solo estuve ahí parado, con la carpeta bajo el brazo, mientras la señora del mostrador le explicaba que en cuarenta y cinco días tendrían la cuadrilla para sellar el pozo y conectar la línea nueva.

Cuando salimos, hacía ese calor seco de octubre que en Nuevo México todavía pega fuerte a mediodía, y un perro flaco de algún vecino nos siguió media cuadra hasta el estacionamiento sin que nadie le hiciera caso. Don Herminio se subió a su troca, una Ford F-150 del 2003 que ya no prende a la primera, y antes de arrancar me dijo, mirando el volante y no a mí:

— Tu suegra ya quiere que le arreglen el jardín con esa agua nueva. Dice que las rosas van a crecer mejor.

Fue lo más cerca que estuvo de decirme que tenía razón. Y para mí, con eso bastó.

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