Trabajo en una clínica veterinaria de emergencia en Laredo, Texas. Llevo once años en el turno de noche y pensé que ya lo había visto todo. Mascotas atropelladas, envenenadas, abandonadas en cajas de cartón junto al contenedor. Pero lo de octubre pasado me dejó sin dormir varios días.
Eran las tres y cuarenta de la madrugada cuando sonó el teléfono de la recepción. La auxiliar de turno, Marisol, levantó el auricular y frunció el ceño. Algo no cuadraba. Me hizo una seña para que escuchara la conversación en altavoz.
Una mujer, voz temblorosa, decía que tenía un venado bebé en el garaje de su casa. Que lo había encontrado hacía dos semanas cerca de un sendero en el parque estatal. "Estaba solo", repetía. "Lo salvé, ¿me entiende? Lo salvé."
Marisol le preguntó qué le había estado dando de comer. Leche evaporada, dijo la mujer. Y avena para bebé. Y Pedialyte de uva. Todo mezclado en un biberón de plástico.
—¿Ha llamado a un rehabilitador de fauna silvestre?
—Bueno, intenté… pero no contestaban. Y ya se había encariñado con nosotros. Pensé que podía cuidarlo yo misma.
El animal llevaba dos días sin levantarse. Por eso llamaba.
Le dije que lo trajera de inmediato. Que no era un consejo, era una urgencia. La mujer llegó a las siete de la mañana, cuando ya estaba por terminar mi turno. Me quedé.
El venado no abría los ojos. Peso: cuatro kilos y medio, menos de la mitad de lo esperado para su edad. Temperatura corporal peligrosamente baja. Deshidratación severa a pesar del Pedialyte. El vientre hinchado, duro como una pelota de tenis mal inflada.
Le pusimos vía intravenosa, suero tibio, analgésicos. Hicimos análisis de sangre. El veterinario de guardia movía la cabeza mientras leía los resultados, sin decir palabra. Infección sistémica. Parásitos. Los riñones apenas funcionaban.
La mujer esperaba en la sala de recepción, con una manta de bebé en las manos, de esas con estampado de conejitos. Dijo que era la manta donde dormía el animalito.
Le expliqué lo que estábamos viendo. Que la leche evaporada no tiene los nutrientes que un cervatillo necesita. Que la avena para bebé le había destrozado el intestino. Que los problemas renales no se arreglan con suero y paciencia.
Ella lloraba, apretando la manta contra el pecho con los dos puños cerrados.
—Pero lo salvé —decía—. Estaba solito. La mamá no volvió.
No le dije lo que pensaba. Que a esa edad, las hembras dejan a sus crías escondidas entre la maleza y se alejan para pastar y no atraer depredadores con su olor. Que vuelven. Siempre vuelven, salvo que alguien las espante o se lleve a la cría.
A las once de la mañana el venado entró en paro respiratorio. Intentamos reanimarlo durante veinte minutos. Marisol no decía nada, solo me pasaba los instrumentos con la mano temblorosa.
Cuando terminó, salí a la sala de espera. La mujer levantó la vista.
—¿Ya está mejor?
No le contesté de una vez. Me senté a su lado.
—Lo perdimos.
Ella se quedó muy quieta, como si no hubiera entendido. Luego se puso de pie, dejó la manta doblada sobre la silla y salió sin decir nada.
La manta se quedó ahí tres días. Nadie se atrevió a moverla, ni siquiera para pasar el trapeador alrededor. Marisol la rodeaba con la escoba cada mañana. Al cuarto día la doblé de nuevo, más pequeña, y la guardé en una bolsa de plástico transparente. Con un marcador escribí el único nombre que teníamos: Paciente 247. La metí en el archivador del fondo, en el cajón donde se acumulan los collares sin dueño y las correas que nadie viene a buscar.
Cerré el cajón con la rodilla porque tenía las dos manos ocupadas.