Cuarenta y un años casados y de pronto mi esposa empezó a acostarse antes que yo. Al principio pensé que era cansancio. Una noche entré al cuarto a buscar el cargador del teléfono y descubrí que no era sueño lo que la alejaba de mí, sino otra cosa que llevábamos meses sin nombrar.
Me llamo Ramón, tengo 71 años y vivo en El Paso, Texas, en la misma casa de ladrillo donde criamos a nuestros tres hijos, la que todavía huele a café de olla porque Rosa lo prepara todas las mañanas aunque ya casi no salgamos. Ella tiene 69. Nos casamos en la parroquia de San Ignacio en 1985, cuando yo trabajaba en la planta de ensamblaje y ella daba clases de tercer grado en la primaria de la colonia.
Siempre fuimos distintos en los horarios. Yo soy de trasnochar, ella de levantarse con el sol. Pero durante décadas encontramos un punto medio: nos acostábamos casi a la par, después del noticiero de las diez. Hace cosa de un año eso cambió. Primero se iba a las once. Luego a las diez y media. Después, algunas noches, hasta las nueve y cuarenta. Yo me quedaba solo en la sala con el control remoto y el perro dormido a mis pies, viendo lo que fuera —béisbol, algún programa de concursos, no importaba mucho qué—, y pensaba que Rosa simplemente ya no aguantaba el ritmo de antes.
Una noche entré al cuarto sin avisar. La luz de su lámpara de buró estaba encendida y ella tenía un libro abierto entre las manos, uno de esos que saca de la biblioteca del centro comunitario los martes.
—Pensé que ya estabas dormida —le dije.
—No.
Pasó varias veces más. Yo llegaba, la encontraba despierta, leyendo, y el "no" seco se repetía como una respuesta ensayada. Ahí entendí que no era el sueño lo que la mandaba a la cama temprano. Era que ya no quería estar en la sala conmigo.
Se lo pregunté una noche de frente, sentado en la orilla del colchón. Rosa cerró el libro, marcó la página con un recibo del supermercado que tenía a la mano, y dijo:
—Estoy cansada de pasarme cada noche viendo lo que tú quieres ver.
Me sorprendió, la verdad. Tenemos dos televisores en la casa, uno en la sala y otro en el cuarto de visitas. Le pregunté por qué no se ponía a ver otra cosa ahí.
—Porque después cenamos y cada quien se va a un cuarto distinto. Eso no es estar juntos, Ramón, eso es vivir en el mismo domicilio.
De ahí siguió una conversación que se puso incómoda rápido. Rosa me explicó que desde que me jubilé de la planta, hace ya seis años, nuestra rutina se había reducido a nada: yo pegado al noticiero y a los partidos de los Cowboys, ella sentada a mi lado aunque casi nunca le interesara lo que veíamos. Con el tiempo dejó de opinar, dejó de pedir que cambiáramos de canal, y simplemente empezó a subirse a leer.
—Tenemos meses sin hablar más de veinte minutos seguidos —me dijo.
Me pareció exagerado. Traté de recordar nuestra última conversación larga, de esas que antes teníamos en la cocina mientras ella picaba cebolla y yo la ayudaba a poner la mesa. No la encontré. Vivíamos juntos, comíamos juntos, íbamos juntos al HEB los sábados a hacer el mandado. Pero buena parte del tiempo nomás compartíamos el mismo techo.
Le pregunté si estaba cansada de mí.
—Estoy cansada de cómo vivimos —contestó, y marcó la diferencia con la mano, como separando dos cosas en el aire.
No es lo mismo. Estuve molesto varios días. Sentía que de repente todo lo que para mí era tranquilidad de matrimonio viejo, para ella era puro aburrimiento disfrazado de costumbre. Rosa también reconoció que había hecho mal en irse retirando cada noche sin decir nada, en guardarse el fastidio como quien guarda ropa que ya no usa pero no tira.
Empezamos con cambios chicos. Dos noches por semana apagamos la tele después de cenar. A veces platicamos de verdad, de los nietos, de su hermana en Las Cruces, de si vale la pena repintar la cerca del patio antes de que llegue el calor. Otras veces sacamos la baraja y jugamos conquián en la mesa de la cocina, bajo esa lámpara amarilla que compramos hace veinte años en una venta de garaje. También empezamos a hacer cosas por separado, y eso ayudó más de lo que esperaba. Yo sigo viendo mis partidos los domingos. Ella se metió a un club de lectura que se junta los jueves en la biblioteca, con café y pan dulce de la panadería de la esquina.
Lo curioso es que empezamos a extrañarnos un poco. Y eso, contra lo que yo hubiera pensado, nos hizo bien.
Una noche Rosa se fue a acostar temprano otra vez. Le pregunté si algo andaba mal.
—Hoy sí tengo sueño de verdad —me dijo, y se rió de mí, de mi cara de sospecha, antes de cerrar la puerta del cuarto.
Parece una historia sin mucho, lo sé. No hubo infidelidad, no hubo separación, no hubo ningún pleito grande frente a los hijos. Pero yo aprendí lo fácil que es confundir la falta de pleitos con estar bien de verdad. A veces una pareja no se rompe de golpe. Simplemente deja de mirarse durante demasiado tiempo, hasta que uno de los dos empieza a apagar la luz más temprano cada noche, sin decir por qué.
¿Ustedes creen que después de cuarenta años juntos es normal que una pareja termine viviendo más por costumbre que por verdadera conexión, o que cuando uno de los dos empieza a alejarse en silencio todavía estamos a tiempo de preguntarnos qué se nos fue quedando en el camino? Si esta historia les llegó, compártanla con quien quieran.