Marisol llegaba tarde, aunque no era que tuviera muchas ganas de llegar. La cita a ciegas en la cafetería de la calle Flagler había sido idea de su amiga Yolanda, que se dedicaba a emparejar a toda alma soltera que se cruzara en su camino con la insistencia de una casamentera profesional. "Mari, tiene cuarenta y cuatro años, está divorciado, no fuma, no bebe, y trabaja de contador. Aunque sea tómate un café con él." Café podía tomarse en su propia cocina, con calma, sin maquillarse. Pero discutir con Yolanda era tan inútil como explicarle a un gato por qué no debe meterse en la bañera vacía. Y hablando de gatos: Tostón estaba sentado sobre el refrigerador, observando toda la escena con esa cara de juez que ya se había hecho una opinión sobre ella y no era buena.
Marisol se puso el vestido azul que solo había usado una vez, en la boda de su prima en Hialeah, hacía como año y medio. Se miró en el espejo del pasillo, giró un poco. Tostón parpadeó despacio, con esa dignidad que solo tienen los gatos anaranjados gordos.
—¿Qué tal me veo?
El gato saltó del refrigerador y se fue directo hacia la puerta. Ella decidió tomarlo como un cumplido.
Se puso brillo en los labios, agarró la cartera, se calzó los tacones que tenía junto a la entrada y estiró la mano hacia la cerradura. Abrió la puerta. Y en ese mismo segundo, un rayo anaranjado se le escapó entre las piernas.
Tostón salió disparado al pasillo, se detuvo un instante —como calculando la ruta— y bajó las escaleras con la seguridad de quien sabe exactamente adónde va.
—¡Tostón! ¡Ven acá!
Tostón no vino. Tostón corría con la cola parada como antena de radio patrulla.
Marisol soltó la cartera, se quitó los tacones de un tirón, metió los pies en las chancletas que guardaba junto a la puerta y salió corriendo detrás de él. Cuarto piso. Tercero. Una curva cerrada donde casi se estrella contra el pasamanos, se sujetó, resbaló con una chancleta y por poco no se cae de bruces en el edificio de apartamentos de Coral Way donde vivía desde hacía seis años.
—¡Tostón, por el amor de Dios!
Tostón no le hacía caso a nadie por amor a Dios ni a nada.
Abajo, en el lobby, sonó el elevador abriéndose con ese chirrido particular que llevaba meses sin arreglar el encargado del edificio. De ahí salió un hombre. Alto, con una guayabera azul marino. Y justo en ese momento, un gato le saltó encima.
Sin avisar. Sin pedir permiso.
Tostón aterrizó sobre el pecho del desconocido, clavó las uñas en la tela de la guayabera, le metió el hocico bajo la barbilla y maulló con todas las de la ley. El hombre se quedó paralizado. Miró al gato. Después miró a Marisol, que en ese instante llegaba tropezando al lobby, colorada, despeinada, en vestido de cita y chancletas con dibujitos de flamencos.
Silencio.
—¿Es… suyo? —preguntó él.
—Mío —jadeó Marisol, con las manos en las rodillas—. Es mi gato. Se escapó. Disculpe.
El hombre asintió. Tostón seguía maullando, aferrado, sin ninguna intención de bajarse de ahí.
—¿Siempre hace esto?
—No. Normalmente ni a mí me hace caso a la primera.
El hombre se rió. Bajito, pero de verdad. Tostón, con eso, se puso a ronronear.
—Me llamo Ernesto —dijo—. Me acabo de mudar. Apartamento 2B.
—Marisol. Yo estoy en el 4A.
—Vecinos, entonces.
—Vecina.
Ella extendió los brazos hacia el gato. Tostón la miró. Y le dio la espalda, hundiendo la cara en el cuello de Ernesto.
—Ay, gracias —le dijo Marisol al gato—. Traidor.
Ernesto le rascó detrás de la oreja.
—A lo mejor solo necesita un rato.
—Lo que necesita es una dieta. Pero esa es otra historia.
Se quedaron ahí, en el lobby, junto al buzón de correos y el anuncio de la junta de condominio pegado con cinta adhesiva. Tostón ronroneaba. Ernesto lo sostenía con cuidado, una mano bajo la panza y otra sosteniéndole el lomo. Se le notaba la costumbre de cargar animales.
—¿Ha tenido gatos?
—Uno. Anaranjado, como este. Viví con él siete años, y cuando me mudé de Tampa para acá se quedó con mis padres. A veces lo extraño.
Marisol miró a Tostón, que entrecerraba los ojos de puro placer en brazos ajenos. Después miró a Ernesto. Después el reloj. La cita. El café en Flagler. El contador que no fumaba ni bebía.
Sacó el teléfono.
"Yoli, no voy a llegar. Emergencia. Se me escapó el gato."
Yolanda respondió al instante: "¿ESTÁS HABLANDO EN SERIO?! ¿Por un gato?!"
"Exactamente por un gato. Después te cuento."
Guardó el teléfono.
—Mire, Ernesto. Sé que esto suena raro. Pero, ¿no quiere subir a tomarse un cafecito? Como compensación por el ataque felino.
Ernesto miró a Tostón. Tostón miró a Ernesto. Algo había pasado entre esos dos en tres minutos.
—Un cafecito sí me tomo —dijo.
El café se alargó. Primero tomaron el colado que Marisol tenía en la cafetera de la cocina, porque el café con leche se le había acabado esa semana y no había ido todavía a Publix a comprar más. Después ella se acordó de que tenía flan de la nevera, sobrante del cumpleaños de su hermana. Mientras lo sacaba, encontró una lata de galletas maría que llevaba meses escondida detrás de las latas de frijoles. Las galletas seguían buenas.
Hablaron durante dos horas. De Tampa, de los huracanes, de por qué Ernesto se había mudado a Miami después del divorcio —"quería empezar en un lugar donde nadie supiera mi historia completa", dijo, y se quedó mirando el flan como si ahí hubiera algo importante que decir—. Marisol le contó de su trabajo en la clínica de Coral Gables, de cómo Tostón había llegado a su vida hacía cuatro años, flaquito y maltrecho, debajo de un carro estacionado en la 8th Street, y de cómo en cuestión de meses se había convertido en el gato más gordo y más dueño de casa de todo el edificio.
Tostón, mientras tanto, se paseaba por la mesa robando pedacitos de galleta y restregándose contra el brazo de Ernesto cada vez que este dejaba de acariciarlo por más de treinta segundos.
Cuando Ernesto se fue, ya casi de madrugada, dejó su número anotado en una servilleta de papel, junto al fregadero.
—Para lo del gato —dijo, con media sonrisa—. Por si se vuelve a escapar.
—Se va a volver a escapar —contestó Marisol—. Es un desastre.
Y en efecto, se volvió a escapar. Tres veces más esa misma semana, siempre hacia el 2B, siempre directo a los brazos de Ernesto, como si tuviera un radar. La cuarta vez, Marisol ni se molestó en correr detrás. Tocó la puerta del 2B con el gato ya adentro, sentado en el sofá de Ernesto como si fuera suyo.
—Creo que su gato se mudó —le dijo Ernesto, abriendo la puerta con una taza de café en la mano.
—No es mi gato. Es un agente libre. Solo se hospeda en mi apartamento por cortesía.
Empezaron a salir de verdad después de eso. Nada de cafeterías en Flagler ni citas armadas por Yolanda: cenas improvisadas los martes, caminatas los sábados por Vizcaya cuando bajaba el calor, y un domingo en que Ernesto llegó con una caja de cartón y dentro había un gatito atigrado que había encontrado abandonado cerca de su trabajo, en Doral.
—No sé cuidarlo yo solo —dijo, como disculpándose—. Y pensé que a Tostón le vendría bien compañía.
Tostón olfateó al intruso, lo miró con desconfianza durante exactamente un día y medio, y después lo adoptó como si fuera su proyecto personal de crianza. Al gatito lo llamaron Café, en honor a la cafetera que lo había empezado todo.
Pasaron once meses. Ernesto dejó el apartamento 2B para mudarse al 4A con Marisol, los dos gatos, la cafetera colada y la lata de galletas maría, que nunca dejaron de tener existencias porque ahora era Ernesto quien se acordaba de comprarlas.
Yolanda, por su parte, nunca perdonó del todo que el arquitecto sin vicios se hubiera quedado plantado en la cafetería de Flagler esa noche, pero terminó siendo la madrina de la boda que se celebró un año después, en un salón de Coral Gables con vista al jardín botánico, donde Tostón —con una moñita anaranjada a juego con su propio pelaje, cortesía de la sobrina de nueve años de Marisol— se paseó entre las mesas como si el evento entero hubiera sido idea suya desde el principio.
Y en cierto modo, lo había sido.