La señora Lupe cambia la cerradura del 2B

Vivo en el 2A, junto a la puerta de la señora Lupe. Trabajo de noche en el hospital y duermo por la mañana, así que me entero de todo lo que pasa en el pasillo: quién llega, quién sale, quién arrastra una maleta. Mi perra Chata se sienta en la ventana y ladra cada vez que alguien toca el timbre del 2B. Ese apartamento estuvo vacío meses. En agosto olía a pintura fresca. En septiembre olía a café y a canciones de Los Tigres del Norte.

A la señora Lupe la vi llegar un martes, como a las diez y media. Traía cajas de cartón, una lámpara de mesa y una radio pequeña, de esas que se agarran con una mano. No pidió ayuda. Metió las cosas sola, subiendo el elevador tres veces. La puerta quedó entreabierta. Yo pasé con la bolsa de basura y vi que la cocina era angosta, con un traste de frijoles sobre la estufa. No me presenté. Ella no saludó. Nomás me vio y siguió moviendo cajas.

Después supe, por casualidad, que acababa de divorciarse. Un día bajamos juntas por la escalera y me lo dijo sin que yo le preguntara. "Cuarenta y siete años, hija." Se tocó el dedo, donde ya no traía el anillo. "Y apenas ahora puedo dejar un libro en la mesa sin que nadie me diga nada." No le pregunté más. Ella no contó más. Pero yo ya me imaginaba que no había sido asunto de traiciones, sino de ahogarse despacio.

Tres semanas después, un sábado por la mañana, oí el timbre del 2B. Yo estaba en el pasillo, esperando el correo. Traía en la mano una taza de café y pensaba si bajar por el periódico. Un hombre grande, calvo, con un maletín gris y una bolsa de Walmart, tocó dos veces. No era joven. Traía zapatos caros, de suela gruesa, pero la camisa arrugada. La señora Lupe abrió. No lo saludó. Le preguntó: "¿Qué haces aquí?" El hombre entró sin esperar. Dijo algo del calentador de agua, que se le había descompuesto. "Nomás unos días, Lupe." Yo me quedé en el pasillo, porque el correo no llegaba y porque la puerta se quedó abierta. Las paredes son de papel. Lo que oí me lo sé de memoria.

—No, Rogelio. No te puedes quedar. Vete con tu hijo. O a un hotel.

—¿Un hotel? ¿Con mi pensión? Mira, no seas cruel. Somos familia todavía.

—Ya no. El divorcio salió hace meses. Tú firmaste.

—Firmé porque me obligaste. Tú y tu abogada.

—No te obligué. Te lo pedí por años.

El hombre levantó la voz. Algo de cuarenta y siete años. Cuarenta y siete. Lo repitió dos veces. "Me dejas en la calle, después de todo." Luego bajó la voz y dijo que la hermana de ella le había llenado la cabeza de ideas. Que se iba a arrepentir. La señora Lupe respondió algo bajito. No le entendí. Oí que movía una silla. El hombre salió al pasillo. El maletín se le atoró en la puerta y lo jaló de un tirón. Llevaba la bolsa de Walmart apretada contra el costado. No me vio. Iba murmurando.

Yo entré a mi casa y me senté en el sofá. La perra Chata se me subió al regazo. Sentí pena por los dos. Pero no era mi asunto.

Tres días después, vi a un cerrajero frente a su puerta. Era un muchacho flaco, con el uniforme de la compañía. La señora Lupe estaba con él, mostrándole la cerradura. "Quiero que me ponga un cilindro nuevo. Y no le dé copias a nadie." El cerrajero dijo que sí. Trabajó como una hora. Sacó el cilindro viejo, lo puso en una bolsa transparente. Le cobró noventa y cinco dólares. La señora Lupe sacó un fajo de billetes de veinte y le pagó. Después probó la llave nueva tres veces. La guardó en el bolsillo del vestido. A mí me pareció que con esa cerradura no iba a compartir nada.

Una noche, antes de que volviera Rogelio, oí que la señora Lupe hablaba por teléfono en la cocina. La ventana del 2B da al pasillo y se oía todo. "Sí, mijo, ya sé que te pidió la receta de la sopa. No le des todo. Que aprenda." Pausa. "No, no lo odio. Pero no voy a ser su criada otra vez." Colgó y se puso a cantar bajito. Algo de José Alfredo Jiménez. "El último trago", creo. Se me escapó una risa. No de burla. De alivio.

Una semana más tarde, yo salí a tirar la basura a las siete de la mañana. El hombre, Rogelio, estaba otra vez. Traía el mismo maletín gris. Tenía una llave plateada en la mano. La metió en la cerradura nueva. No giraba. La sacó, la miró, la volvió a meter. Nada. Tocó el timbre dos veces. Golpeó la puerta con el puño.

—¡Lupe! ¡Abre! ¡Me dejaste sin entrar! ¿Qué le hiciste a la chapa?

Desde adentro, la voz de la señora Lupe sonó pareja, sin gritar:

—No tienes llave. Ya te dije que no. Vete con tu hijo.

El hombre gritó algo de que era una ingrata, que después de cuarenta y siete años lo dejaba como un perro. La señora Lupe no respondió. Oí que giraba la llave nueva por dentro. El hombre se quedó parado, con la llave en la mano. La volvió a meter. Nada. Luego agarró su maletín y se fue. El maletín tenía una rueda que sonaba como carrito de paletas. Yo me quedé con la bolsa de basura en la mano. No me moví hasta que el elevador se cerró.

Pasaron meses. Un domingo por la mañana, vi a la señora Lupe salir con una bolsa de papel. No era de Walmart, era de H-E-B. Traía tamales, creo, porque olía a masa y chile. Un carro gris se estacionó enfrente. Era Rogelio, pero estaba más flaco. Se bajó, abrió la cajuela y sacó una bolsa de ropa. La señora Lupe se acercó. Le dio la bolsa de papel. Él la tomó. No se abrazaron. Le dijo algo. Ella se rió un poco. Luego él subió al carro y se fue.

La señora Lupe se quedó en la acera, viendo el carro doblar la esquina. Después subió a su apartamento. La puerta se cerró. Yo entré al 2A con la bolsa de basura todavía en la mano, y Chata ya estaba parada junto a la ventana, esperando para ladrarle al próximo que tocara el timbre.

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