La Última Fiesta de los Jueves

Nadie me preguntó, pero yo estaba ahí. Soy Leticia, la vecina de al lado, y los jueves por la noche la casa de los Herrera se llenaba de ruido. No de música, no de pleitos: de platos, de risas y de ese olor a carne asada que se metía en mi cocina aunque cerrara todas las ventanas.

Ese jueves, como todos los jueves, la parrilla estaba encendida desde las seis. Las luces colgaban entre los limoneros del patio trasero, y una hilera de camionetas ocupaba la calle. Por la rendija de la cerca se veía la mesa larga, cubierta con un mantel blanco que la señora Herrera planchaba cada semana con un orgullo que a mí me daba envidia.

Yo estaba regando mis geranios cuando la vi llegar.

La esposa de Herrera se llama Valeria. Una mujer de unos cuarenta y tantos, menuda, con el cabello recogido en una cola apretada. Siempre me saludaba desde lejos, movía la mano sin detenerse. Esa noche no saludó. Caminaba despacio por el sendero de tierra, con su bolso colgado del hombro y una postura rígida, como si cada paso le midiera el aire.

No entró de inmediato. Se detuvo frente a la cerca, junto al poste de la luz, y miró hacia adentro. Hacía un calor pegajoso, de agosto en el valle, y las cigarras sonaban tan fuerte que casi no se escuchaban las voces. Pero a Valeria se le oyó clarito, porque no levantó la voz. Eso fue lo que me hizo apagar la manguera.

—Saben de dónde salió el dinero, ¿verdad? —dijo, y no era una pregunta.

Yo me quedé quieta, con los dedos mojados. Adentro, todo se detuvo. Los primos bajaron los vasos. La hermana de Herrera dejó de reírse. Hasta el perro que siempre ladra cuando paso se calló.

Herrera se levantó de la cabecera. Es un hombre grande, con ese pecho ancho de quien cargó cajas toda la vida, y cuando sonríe le salen hoyuelos que las señoras de la iglesia comentan. Pero esa noche no le vi hoyuelos.

—Val, ya llegaste —dijo, abriendo los brazos como si fuera a abrazarla a distancia—. Siéntate, te sirvo algo.

—No vine a sentarme, Tomás.

El hombre dejó caer las manos. Así de rápido se le fue la fiesta del cuerpo.

Yo no sabía si meterme a mi casa o quedarme ahí parada, con la manguera goteando sobre mis zapatos. Pero no me moví. Hay momentos en que una sabe que no debe irse.

Valeria abrió el bolso, sacó un sobre arrugado y lo levantó para que todos lo vieran. No tenía la dirección escrita. Estaba vacío.

—Este sobre tenía mil ochocientos dólares, Tomás. Mi bono del trimestre. Lo conté el lunes. Hoy está vacío. Tú sabes algo.

Herrera se puso pálido. No como quien miente, sino como quien nunca imaginó que le preguntaran en voz alta.

—Yo lo iba a reponer, Val. Nomás estaba esperando que me saliera lo de la troca.

—¿Cuál troca? —Valeria dio un paso adelante—. ¿La que vendiste en marzo? ¿O la que ibas a arreglar para el compadre y nunca apareció?

En la mesa, la suegra se alisó el vestido con las dos manos. Una señora bajita, con el cabello teñido de caoba y las uñas perfectas. Siempre que venía, traía un pan dulce para los nietos. Esa noche no trajo nada.

—Mija, esto es asunto de la casa —dijo, con una voz suave que yo le conocía de las mañanas en la lavandería—. No es para andarlo ventilando.

—Con respeto, señora Elsa —Valeria la miró sin pestañear—, su hijo lleva once meses sin trabajo. Yo pago la hipoteca, el seguro de los dos carros, la colegiatura de la niña y el recibo de la luz de esta casa. Y ahora también las fiestas de los jueves.

Nadie habló. El primo mayor bajó la cabeza hacia su plato. La esposa del primo se puso a doblar servilletas que ya estaban dobladas. El hijo más chico, un muchacho de veinte años con la barba a medio crecer, tenía el celular en la mano y no lo apagó, como si ver la pantalla lo protegiera de estar ahí.

—¿Y el dinero? —preguntó Valeria.

Herrera se pasó la lengua por los dientes, despacio, y luego se cruzó de brazos.

—Era la carne para el asado, Val. Y los refrescos. Y el pastel para mi mamá, que cumplió setenta la semana pasada.

Un viento seco movió las ramas del limonero. Alguien soltó un tenedor.

—¿Y la carne costó mil ochocientos dólares, Tomás? —Valeria dio otro paso. Ahora estaba a unos diez pies de la mesa—. ¿O vas a decirme que también pagaste los globos?

—Yo sé que te molesta, Val, pero es mi familia.

—Tu familia comió pollo el lunes, y era pechuga congelada. Tu hija pidió dinero para unos tenis nuevos y le dije que esperara a la quincena. ¿Tú sabes lo que es eso? ¿Sabes lo que es decirle a tu hija que espere, mientras tu marido gasta tu bono en costillas para asar?

El fuego de la parrilla chisporroteó. Nadie la apagó.

Herrera dios un paso atrás, no de miedo, sino de quien busca una pared donde apoyarse. Se rascó la nuca.

—Yo nunca te he pedido que trabajes tanto —dijo por fin.

Valeria soltó una risa corta, sin ganas.

—Claro que no. Porque si yo no trabajo, no comes. ¿O de qué vamos a vivir, Tomás? ¿De tus ideas? ¿De las trocas que no vendes? ¿De las promesas?

La suegra se puso de pie. Costaba trabajo, porque la silla era de plástico y la hierba estaba blanda, pero se levantó con dignidad.

—Valeria, yo no sabía nada de esto. Si me hubieras dicho…

—¿Y de qué habría servido, señora Elsa? Usted viene cada jueves, come de mi mandado y se va. Nunca preguntó de dónde salía.

La señora se quedó con la boca abierta. Se la cerró despacio, como si tuviera que juntar las palabras para responder, pero no le salió ninguna.

Entonces Valeria hizo algo que todavía no me explico. No gritó, no lloró, no tiró nada. Se acercó a la mesa, tomó el cuchillo de trinchar que estaba junto a la bandeja de carne y lo dejó caer sobre el plato de Tomás, con un golpe seco que retumbó entre las luces.

—Eso es lo único que vas a volver a cortar con mi dinero, Tomás. Nada más.

Un niño empezó a llorar en alguna camioneta. Una mujer lo calló desde lejos.

Valeria se quedó mirando a su marido unos segundos, con las manos quietas sobre la madera de la mesa. Luego se dio la vuelta y caminó hacia la salida, pasando otra vez junto al poste de la luz. No me miró. Yo no la llamé.

Herrera se quedó parado, con la servilleta arrugada en la mano. Su hermano se levantó para decirle algo, pero él lo detuvo con un gesto.

—Déjala —murmuró—. Se le va a pasar.

Pero no se le pasó. Porque al día siguiente, cuando me asomé entre las persianas, vi a Valeria cargando maletas hasta su Honda. Eran las siete de la mañana y el sol apenas empezaba a calentar el pavimento. Cerró la cajuela, se quedó un momento mirando la casa y luego se subió al carro. No lloró ni se despidió de los vecinos. Solo encendió el motor y se fue.

Herrera salió después, en camiseta y descalzo, con el cabello alborotado.

—¿Val? —gritó hacia la calle vacía—. ¡Val, ya estuvo, no te pongas así!

El carro ya había doblado la esquina. El perro del vecino empezó a ladrar.

Esa tarde, mientras barría mi porche, lo vi llegar a la casa de su mamá. Iba en la troca prestada del primo, y cargaba una hielera con los restos de la carne. La señora Elsa lo recibió en la puerta, con los brazos cruzados.

Al domingo, la casa de los Herrera estaba en silencio. Las luces del patio seguían colgadas entre los limoneros, pero nadie las encendió más. El césped empezó a crecer.

Supe que no volverían a los jueves como antes porque el siguiente jueves no hubo ni un solo carro estacionado. Solo una bolsa de basura con platos de plástico en la banqueta, y el olor a carne quemada que se quedó entre los árboles como un fantasma.

Y vi a Tomás una vez, dos semanas después, sentado en la escalinata de la entrada, mirando la calle como si esperara que el Honda blanco apareciera de nuevo. Tenía una hoja de papel arrugada en la mano izquierda. No era una carta. Era el estado de cuenta. Lo dobló, lo metió en el bolsillo y se quedó ahí, con la cabeza baja, hasta que se encendieron los faroles de la esquina.

Yo no dije nada. Una no opina de lo ajeno. Solo me acordé de mi madre, que siempre decía: “La comida se comparte, pero la vergüenza no se sirve en la mesa ajena”.

Y mire usted. Tantos años de casados, dos hijos, una casa con limoneros y una parrilla de cinco quemadores. Y al final, lo que los partió no fue la falta de trabajo. Fue un sobre vacío en el bolso de una mujer que un jueves, a las ocho y veinte de la noche, se hartó de pagar la fiesta.

Yo no sé si hizo bien. Solo sé que el siguiente fin de semana vi un anuncio en la ventana de su carro, en el estacionamiento del supermercado. Decía: “Se vende casa. Trato directo. Sin agentes”. Y abajo, un número de teléfono.

No lo apunté. No hacía falta. Todas en la calle nos lo sabíamos de memoria.

A los tres días, Valeria volvió a la calle. No en su Honda, sino en un auto prestado, con una carpeta bajo el brazo. Entró a la casa, habló con su hija y salió cargando una caja con libros y un juego de tazas que yo le había visto en la cocina.

Herrera la siguió hasta la banqueta, con la respiración cortada.

—¿Y la casa, Val? ¿Vas a vender la casa? ¿Así nomás?

Ella abrió la puerta del auto y puso la caja en el asiento trasero. Luego se volvió, con la carpeta todavía apretada contra el pecho.

—La casa ya la vendí, Tomás. Al contado. El dinero está en mi cuenta. La mitad es tuya, porque así lo dice la ley. Pero yo ya no vivo aquí, y tú tampoco, dentro de un mes. El comprador fue muy claro.

—¿Y a dónde se supone que vaya yo?

—No sé —Valeria abrió la portezuela—. Pregúntale a tu familia. Para la fiesta de los jueves siempre tuvieron hambre. A ver si alguien te da de cenar.

Cerró la puerta. Encendió el motor. Y al alejarse, bajó la ventanilla y me miró, por fin.

—Leticia —dijo—. Los geranios se están secando. Riégalos de noche, no de mañana, con este calor.

Le dije que sí con la cabeza. No supe qué más decirle.

Y así terminó la última fiesta de los jueves. No con llanto, ni con policía, ni con una ambulancia en la puerta. Con un cuchillo sobre un plato y una mujer que se fue manejando, con la mirada al frente y mil ochocientos dólares menos en el bolso, pero con toda la calle entera a sus espaldas.

A veces me asomo a la ventana de mi cocina, ya de noche, y veo las luces apagadas entre los limoneros. Y me pregunto si Valeria les devuelve el saludo a los vecinos cuando va de visita a la casa de su hermana, allá por la avenida del Valle.

No lo sé. Quizá no. Porque desde aquella noche nunca me volvió a mover la mano desde lejos.

Y yo, la verdad, tampoco se lo pedí.

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