Ramón llevaba once años con su taller de reparación de celulares en la calle 26, en La Villita, Chicago. Un local chiquito en un edificio viejo, con la parada del autobús 60 justo enfrente, y en el mostrador siempre una taza de café frío junto a una caja de tornillos donde guardaba los recibos. Olía a flux para soldar y a limpiador de pantallas. En febrero de 2027 Ramón leyó en un sitio de noticias del gremio que la Unión Europea estaba metiendo nuevas reglas: las baterías de los celulares nuevos tendrían que ser reemplazables por el propio usuario, sin pegamento, sin secadora de calor, sin tener que calentar el marco para despegarlo. Leyó el artículo tres veces, cada vez más despacio, y después salió al cuartito de atrás y se quedó ahí parado con el teléfono en la mano hasta que la pantalla se apagó sola.
Antes, cambiar baterías era su mina de oro. El cliente llegaba con el aparato, Ramón cobraba cuarenta y cinco dólares nomás por el servicio, porque había que despegar la pantalla, sacar la celda con cuidado del marco, sin dañar el cable plano. La gente le tenía miedo a hacerlo solo. Sabían que con un movimiento en falso la pantalla se rajaba, y ahí la reparación salía más cara que un celular nuevo. Ramón tenía su herramienta especial: una tarjetita de plástico para despegar, tan gastada en los bordes que brillaba amarilla. Esa tarjeta vivía siempre en el mismo cajón, en un compartimento marcado "baterías". En febrero la guardó en el cajón de los cables que ya nadie usa.
Los clientes empezaron a llamar menos. Al principio pensó que era el frío del invierno, después que era la competencia. No fue hasta abril que un muchacho joven le llevó su teléfono y le dijo que él mismo había cambiado la batería en su cocina, porque el fabricante traía las instrucciones en la caja. Le mostró a Ramón una foto en el celular: la carcasa abierta, la celda nueva, un desarmador de doce dólares comprado en Home Depot. Ramón miró la foto y le devolvió el teléfono al muchacho. No dijo nada. Solo cerró el cajón de los cables un poco más fuerte de lo necesario.
Su esposa, Yolanda, tenía en el mismo local la venta de accesorios: fundas, protectores de pantalla, cargadores. Fue ella la primera en notar que el dinero se estaba yendo de la cuenta del negocio, y que los ingresos habían bajado a la mitad. Ramón decía que era pasajero, que la gente todavía no confiaba en lo nuevo, que los fabricantes iban a encontrar la vuelta a la regla. Yolanda no discutía. Pero en mayo, cuando llegó el aviso de cobro de la renta del local, se lo puso a Ramón sobre el teclado, entre la letra A y la S, y se fue. Ramón se quedó mirando ese papel hasta la noche. En el mostrador ya había una tercera taza de café, tan fría como la primera.
En junio a Ramón le llegó una oferta de una cadena grande de reparaciones. Querían comprarle su cartera de clientes por ocho mil dólares. No era mucho, pero Ramón hizo cuentas en su libreta y calculó que, con los ingresos que tenía, le alcanzaba para cubrir la renta hasta fin de año. En vez de responder, se fue manejando hasta una feria de electrónica en Orlando. Caminó entre los puestos tocando los celulares nuevos, donde la batería se cambiaba como la pila de un control remoto. Un representante de una marca le contó que la línea de ensamblaje para Europa era distinta a la del resto del mundo, pero que igual la iban a implementar en todos lados, porque salía más barato que mantener dos líneas separadas. Ramón volvió de la feria con una bolsa de folletos que nunca abrió. La bolsa quedó en la entrada de la casa hasta agosto, cuando Yolanda la sacó a la basura de reciclaje.
Lo peor eran las llamadas de los clientes de siempre. El que había sido gerente de la oficina de correos le preguntó si le podía cambiar la batería de su modelo viejo, porque el nuevo no lo quería, ya estaba acostumbrado. Ramón podía. Se la cambió. Cobró veinticinco dólares, porque le daba vergüenza pedir más. El señor pagó y le dijo que la verdad, él mismo podría haberlo hecho, pero no tenía tiempo. Esa palabra, "solo", le dolió a Ramón más de lo que quiso admitir.
A principios de septiembre Ramón tomó la decisión. No la anunció. Simplemente un lunes por la mañana no abrió el local. En la puerta puso un letrero: "Taller cerrado. Gracias por once años." El letrero estuvo ahí tres días, después la lluvia corrió la tinta y solo quedó la palabra "cerrado". Antes de que lo quitara, llegó el aviso de embargo de la cuenta por la renta atrasada. Ramón firmó el papel sin leerlo. Yolanda estaba parada junto a la ventana, mirando el autobús que justo arrancaba de la parada.
En octubre Ramón vendió el equipo del taller: las mesas, las lámparas, la pistola de calor, el cautín, todo el cajón de tarjetas para despegar pantallas. Se lo compró todo el mismo muchacho que en abril le había mostrado la foto de la batería nueva. Le dio dos mil setecientos dólares por todo. Ramón vio cómo sacaban las mesas y pensó que, de todo aquello, lo que más iba a extrañar era esa tarjetita gastada y amarilla. Se quedó en el cajón de los cables. No la sacó.
Firmó el contrato con la cadena de reparaciones en noviembre. Ocho mil dólares por la cartera de clientes. La cuenta respiró un poco. Yolanda no dijo nada, solo le puso esa noche un plato de caldo de pollo y una tortilla, y al lado le dejó el recibo del súper, para que supiera cuánto había costado la comida. Ramón comió sin hablar. Guardó el recibo en la caja de tornillos, la del mostrador. Ahora la caja estaba en la cocina, porque el taller ya estaba cerrado.
La última vez que Ramón estuvo en el local de la calle 26 fue en diciembre. Llevaba las últimas cajas. En el piso quedaba solo la marca del escritorio, un rectángulo más oscuro que llevaba años sin ver la luz. Ramón se acercó a la ventana y se quedó un momento mirando la parada del autobús. Justo llegó el 60, el mismo que había tomado tantas veces para ir a trabajar. Se abrieron las puertas y nadie bajó. Ramón apagó la luz, cerró la puerta con llave y echó la llave por la ranura del correo, como había quedado con el dueño del edificio.
Esa misma noche le llegó un mensaje de texto de la cadena de reparaciones. Decían que iban a cerrar el punto de Chicago porque no había suficiente movimiento, y que de todos modos el servicio de garantía lo manejaban desde Dallas. Le preguntaban si no le interesaría recomprar su propia cartera de clientes. Ramón leyó el mensaje y dejó el teléfono boca abajo sobre la mesa.
Yolanda le preguntó quién le había escrito. Ramón dijo que nadie. Después se levantó y sacó del gabinete la caja de tornillos. Sacó el recibo que ella le había dejado esa noche y se quedó mirando el total: veintiocho dólares con cuarenta centavos. Volvió a guardar el recibo. Puso la caja encima del refrigerador, porque ahí tenía su lugar ahora.
Por la mañana Ramón llamó a la oficina de empleo del condado y sacó una cita para informarse sobre un programa de certificación como técnico de aire acondicionado. No le dijo nada a Yolanda. Simplemente salió de la casa y se subió al autobús 60, que justo estaba llegando. Se sentó junto a la ventana y vio cómo iban quedando atrás los negocios de la calle 26. No volteó a ver. En el bolsillo llevaba un papel con la dirección de la oficina y la pluma con la que había copiado esa dirección dos veces, para no olvidarla.