En nuestro hospital del condado, en Passaic, Nueva Jersey, el sarampión era una palabra de los libros de texto. Algo que se veía en fotos viejas, de la época en que las clínicas móviles recorrían los barrios y la gente hacía fila con sus tarjetas amarillas de vacunación. Ninguno de nosotros esperaba verlo con sus propios ojos.
Y sin embargo. Ala pediátrica, finales de enero, afuera el frío y las ramas peladas de los árboles junto al estacionamiento. Trajeron a un niño de seis años, con fiebre de 104, con sarpullido, con una tos tan fuerte que la madre no podía sostenerlo en brazos. Estaba de turno la doctora Ramírez, pediatra con treinta años de experiencia. Todavía recordaba el sarampión de antes de que se generalizara la segunda dosis de la vacuna MMR. Miró la piel del niño y dijo, bajito pero de forma que todos la oyeran:
—Esto es sarampión.
La madre del niño, la señora Yolanda, estaba sentada en una silla junto a la cama. Tenía en la mano un perro de peluche que el niño había soltado cuando le subió la fiebre. No lloraba. Solo preguntaba si de verdad no era una alergia. El niño no estaba vacunado. Un aplazamiento, luego otro, luego una señora de la guardería dijo algo sobre el mercurio y el aluminio, y después las citas se fueron perdiendo. Así pasa.
Los primeros tres días parecían todavía una infección grave. Oxígeno, hidratación, antibiótico para la sobreinfección bacteriana, porque con el sarampión el sistema inmunológico puede apagarse por semanas. En el hospital olía a desinfectante y a la comida de la cafetería que se enfriaba en el pasillo. En la pared frente a la cama colgaba un dibujo de un muñeco de nieve, firmado "Miguel, 6 años", traído del preescolar la semana anterior.
La cuarta noche el niño dejó de reconocer a su madre. No era sueño. Miraba a través de ella. Después empezó a repetir la misma frase, cada vez más lento. La doctora Ramírez ordenó una punción lumbar. Cayó la noche, y en la sala de guardia parpadeaba la luz verde del monitor.
—Encefalitis —dijo por la mañana—. Por el sarampión.
La señora Yolanda estaba junto a la ventana. Afuera empezaba a nevar, tan fino que parecía dudar si caer o no. Preguntó si eso se cura. La doctora no contestó enseguida. Tomó el vaso de café ya frío y lo puso otra vez sobre la mesa, exactamente en el mismo lugar donde había estado.
—A veces sí —dijo—. Y a veces se queda.
Se queda —esa palabra quedó flotando en el cuarto como un olor a humedad que no se puede ventilar. Al niño lo trasladaron a cuidados intensivos. Sepsis, choque, la presión bajó tanto que la enfermera tuvo que llamar al anestesiólogo en plena madrugada. En el expediente médico quedaron anotados tres diagnósticos, cualquiera de los cuales podía matar por sí solo. Edema cerebral. Infección generalizada. Falla multiorgánica.
Yo estaba de guardia esa noche en la sala de emergencias. No era mi paciente, pero las voces de cuidados intensivos se oían hasta el pasillo. La señora Yolanda caminaba frente a la puerta, con la orejita del perro de peluche apretada en la mano. Pasó junto a mí dos veces. La segunda vez me preguntó dónde estaba la máquina de café, porque la cafetería ya había cerrado.
Al quinto día el niño se estabilizó. No sanó —se estabilizó. Es decir, dejó de estar muriendo en ese minuto exacto. Tenía respirador y catéter, y junto a la cama había una bomba de infusión que le administraba medicamentos para bajar la presión intracraneal. La madre se sentaba a su lado y le peinaba el pelo con un peine pequeño que sacó de su bolso. Era un peine rosado, con un diente roto en el medio.
La doctora le dijo a la señora Yolanda que si el niño hubiera recibido las dos dosis de la vacuna, no estaría ahora en esa cama. No lo dijo con reproche. Lo dijo como quien da el pronóstico del clima: con calma, sin apretar los labios. La señora Yolanda no respondió. Dejó el peine sobre la mesita, junto a una botella de agua a medio terminar.
Al décimo día Miguel abrió los ojos. Miraba el techo, parpadeaba. No reconoció a su madre hasta dos días después. Luego, una mañana, dijo "agua". Una sola palabra. La señora Yolanda le acercó un vaso con popote, y le temblaba tanto la mano que el agua se derramó sobre las sábanas.
El niño salió del hospital tres semanas después. Con un expediente grueso como un catálogo. Con recomendación de seguimiento neurológico permanente, citas en el consultorio de psicología, y una lista de medicamentos para surtir en la farmacia. Rehabilitación, exámenes de control, evaluación del desarrollo. La señora Yolanda firmó el alta. La leyó dos veces. Después dobló las hojas por la mitad y las metió en su bolso, en el mismo compartimento donde guardaba el perro de peluche.
Una semana después apareció en nuestro hospital alguien del Departamento de Salud. No, así no fue. La señora Yolanda fue por su cuenta al centro de salud. Se presentó en la clínica de vacunación de la avenida Main, en un edificio con la pintura despostillada, junto a una tienda de bicicletas. Llevó a Miguel para la primera dosis de MMR. El niño le tenía miedo a la aguja. La madre lo tomó de la mano y le mostró algo en el teléfono: un video de gatos, uno que tira una taza de la mesa.
Cuando la enfermera registró la dosis en el sistema y en la cartilla de vacunación del niño, la señora Yolanda sacó de su bolsillo un papel arrugado. Era un anuncio de la guardería, de hace tres años. Lo habían puesto en el corcho de avisos del vestidor. Algo sobre no vacunar a los niños contra el sarampión, que era decisión de los padres, que la medicina no lo sabía todo. La señora Yolanda puso ese papel sobre el mostrador de la clínica.
—Por favor, tírelo —dijo.
La enfermera la miró, luego miró a Miguel, que chupaba una paleta de la farmacia. Tomó el papel y lo metió en la trituradora. En la clínica se oyó el zumbido, y olía a alcohol. La señora Yolanda le dio las gracias. Salió con el niño a la calle, en un suave deshielo de marzo. Del techo goteaba agua. Miguel caminaba despacio, porque la pierna izquierda todavía no respondía del todo firme, y se agarraba de la manga de su madre, mientras la paleta se le derretía en la mano.