Tres Turnos de Silencio en la Mina Warren

No creí que fuera a volver a ver a Lupe después de aquello. Pero los pueblos mineros son así: las deudas no se pagan, se heredan. Y la nuestra venía de lejos, de cuando las dos trabajábamos en la planta de tratamiento de aguas de la mina Warren, al norte de Grants, Nuevo México.

A la mina la cerraron en el ochenta y seis. Se inundó, como todas. El agua subió por los túneles, se mezcló con el uranio de las paredes y se quedó ahí abajo, esperando. Durante años nadie supo qué hacer con ella. Hasta que llegaron unos científicos de Albuquerque con una idea rara: unas bacterias que se comen el uranio. Le echaban glicerol al agua, cosa que parecía receta de cocina, y los microbios convertían el veneno en piedra sólida. Algo así nos explicaron en la junta del condado.

Lupe y yo trabajábamos en el laboratorio de monitoreo. Ella llevaba los registros de las bombas y yo tomaba las muestras de los piezómetros. Nos tocaban los turnos de noche, cuando la planta se quedaba callada y se oía el viento bajar por la cuenca del río San José.

La noche del incidente, Lupe estaba revisando los frascos de la cámara anóxica. Yo venía del pozo siete con una hielera llena de tubos de ensayo. Hacía un frío de enero que calaba los guantes. Al entrar, la vi de espaldas, con la mano apoyada en la incubadora, sin moverse.

—¿Qué pasó? —le pregunté.

—Nada —dijo. Pero no volteó. Tenía los dedos apretados contra el borde de la mesa, blancos del esfuerzo.

Dejé la hielera en el piso y me acerqué. En la pantalla del cromatógrafo se veían los picos de concentración. Algo no cuadraba. Los niveles de uranio disuelto en la muestra del pozo nueve estaban más altos de lo que decía el informe que ella había mandado esa mañana a la oficina estatal.

—Lupe, esto no es nada.

—Ya te dije que no pasó nada.

Tomó el frasco y lo vació en el fregadero. El agua verdosa se fue por el desagüe. Era una muestra de control, no servía para nada sin la etiqueta. Pero el gesto se me quedó grabado.

No le dije a nadie. ¿A quién iba a decírselo? Yo llevaba apenas once meses en la planta y Lupe era la supervisora del turno. La que me había enseñado a calibrar el pH-metro y a no fiarme del medidor de oxígeno cuando la batería andaba baja. La que me invitaba chicharrones en el descanso y me contaba de su hija Yessenia, que quería estudiar hidrología en Socorro, en la Tech, y de cómo ella misma nunca había pasado del diploma de la preparatoria de Grants.

A los tres meses, la auditoría del departamento de medio ambiente encontró las irregularidades. Cuatro trimestres de datos alterados. Los niveles de contaminación en el acuífero poco profundo se habían reportado hasta un sesenta por ciento más bajos de lo real. El agua que llegaba a los ranchos de abajo, a los pozos de los vecinos, traía más uranio del permitido.

Cuando vinieron a preguntar, Lupe dijo que yo me encargaba de digitar los datos en el sistema. Que ella firmaba sin revisar porque confiaba en mí. Y yo no tenía copias de las bitácoras de campo, porque ella las guardaba bajo llave en su casillero.

La junta del condado se reunió un jueves. Recuerdo el olor a café quemado de la sala y el ventilador que rechinaba en el techo. El director de la planta tocaba una pluma contra la mesa, tic, tic, tic, mientras el abogado leía los cargos.

A Lupe la cesaron. A mí me ofrecieron renunciar sin que me metieran en la lista de inhabilitados, y acepté. Tenía dos hijos y una hipoteca sobre una casa rodante en la colonia Miranda. No estaba para pelear.

A los seis meses me llegó el citatorio. Lupe me había demandado. Pedía doscientos cuarenta mil dólares por daños a su reputación y pérdida de ingresos. Delante del juez, su abogado dijo que yo la había manipulado, que ella era una empleada ejemplar con diecisiete años de servicio.

Y yo me quedé callada. Porque no tenía pruebas. Porque mi palabra era la de la muchacha nueva contra la de la supervisora de toda la vida. Porque en los pueblos mineros, como en las minas, el agua siempre busca la grieta más débil.

La demanda se estancó. Los abogados se pasaban papeles y el caso se postergaba. Yo conseguí trabajo en una gasolinera Love's saliendo a la interestatal cuarenta. Después en una farmacia en Gallup. Después en el centro de salud de la colonia, tomando muestras de sangre y papeleo del Medicaid.

Pero antes de irme de la planta, hice una cosa que nunca le conté a nadie. En mi último día, cuando ya había firmado la renuncia, pasé por la oficina del sindicato local, la que administraba el fondo de retiro de todos los empleados de la mina, activos y cesados. La empleada de la ventanilla me explicó que cualquiera podía abonar a la cuenta de un afiliado, aunque no fuera pariente ni tuviera poder, con tal de tener el número de membresía. Solo el titular podía retirar o firmar movimientos, pero cualquiera podía meter dinero. Como cuando la gente deja limosna en la cajita de un desconocido.

Yo tenía el número de Lupe de memoria, de tantas planillas que había llenado a su nombre durante meses. Y tenía, además, algo que pesaba más que la culpa: la tarde en que ella me contó, entre risas, que Yessenia soñaba con la universidad de Socorro y que ella llevaba años ahorrando cincuenta dólares al mes en una lata de café, porque no confiaba en los bancos desde que le habían embargado el carro a su hermano. "Un día esa niña va a salir de aquí", me dijo, "aunque yo me quede haciendo turnos de noche hasta que me jubilen". Esa frase se me quedó pegada como el olor a azufre de la planta.

No fue perdón lo que sentí al abrir esa cuenta a su nombre. Fue una deuda que nadie más iba a pagar. Empecé con doscientos cuarenta dólares el primer mes —la misma cifra, por pura casualidad amarga, que ella pedía en la demanda— y seguí depositando esa cantidad cada mes, en la sucursal del sindicato en Albuquerque, sin decirle a nadie, ni siquiera a mi esposo.

Pasaron once años.

Y un día de mayo, entró Lupe por la puerta del centro de salud.

Traía a Yessenia de la mano. La niña ya no era niña, tendría unos catorce, flaca, con el cabello suelto y la piel pálida. Lupe llenó los papeles en la ventanilla. Yo estaba atrás, en el laboratorio, revisando tubos. La vi a través del vidrio esmerilado. Había envejecido. Llevaba una sudadera gris y tenis blancos de hospital.

No me vio. Pasaron al consultorio del doctor Rivera. Cerré la carpeta de química y me quedé viendo el pasillo vacío.

Después supe lo que pasaba. La enfermedad de Yessenia era rara. El cuerpo no le producía una enzima, no recuerdo cuál. Necesitaba un tratamiento de por vida. El doctor Rivera pidió un expediente genético y estudios de herencia. Y en medio del papeleo, alguien del hospital en Albuquerque encontró el nombre de la madre en una base de datos.

No por la mina. Por el seguro. Por un formulario viejo de empleados que se había digitalizado. Y de paso aparecieron también las bitácoras de campo. Los originales. Los que Lupe había dicho que guardaba en su casillero y que nunca aparecieron en su momento. Con su letra, con las fechas, con los números reales de los pozos, los que no coincidían con los reportes que había mandado a la oficina estatal.

No sé quién los digitalizó. Quizá el sindicato, quizá la oficina de archivo del condado, quizá uno de los científicos del proyecto de biorremediación, que se había llevado cajas enteras para sus estudios de metagenómica. El caso es que aparecieron, guardados en el mismo sistema donde estaba mi comprobante de pagos.

El abogado de la demandada —el mío, aunque yo ya ni me acordaba de tener uno— pidió una audiencia. Y esta vez yo no me quedé callada.

La sala era pequeña, en el edificio del condado en Grants, con sillas de plástico y una ventana que daba a la carretera. Lupe se sentó al frente con su abogado. Yo me senté atrás con una carpeta marrón sobre las piernas. No miraba a nadie. Miraba la carpeta como si adentro estuviera un animal dormido.

Cuando me tocó hablar, me paré. Puse la carpeta sobre la mesa. No la abrí.

—Su señoría —dije—. Yo ya no trabajo en la mina. Ya no quiero nada de la señora Pérez. Solo quiero que retire la demanda.

El abogado de Lupe se puso de pie. Dijo que mi actitud era una confesión velada. Que si no tenía nada que esconder, que mostrara los papeles.

—No tengo nada que esconder —le dije.

Abrí la carpeta. Las bitácoras estaban ahí, prestadas del expediente del hospital, con permiso del abogado. Las puse primero, una por una, sobre la mesa. La letra de Lupe, las fechas, los números reales de los pozos. El abogado de ella se quedó con la boca entreabierta, sin decir nada.

Pero debajo de las bitácoras había otra cosa. Los comprobantes de los pagos. Once años de abonos al fondo del sindicato de la mina, que yo seguí haciendo mes con mes a nombre de Lupe Pérez. Doscientos cuarenta dólares cada mes. Veintiocho mil quinientos sesenta en total. Los recibos originales, engrapados, en orden.

El juez me miró. El abogado de Lupe se quitó los lentes y volvió a ponérselos.

—¿Y esto qué significa? —preguntó.

—Que la cuenta de retiro del sindicato está a nombre de ella —dije—. Que cualquiera puede depositar con solo el número de afiliada. Y que yo llevo once años metiéndole dinero. Ella no lo sabía. Pero todo está registrado.

La sala se quedó callada. De esas quietudes que no se rompen ni con la tos de nadie.

Lupe me vio entonces como no me había visto en todo el día. No con odio, no con sorpresa. Con una cosa extraña, como si estuviera viendo una foto vieja de alguien que no recordaba bien.

La audiencia terminó una hora después. La demanda se retiró. No hubo disculpa. No hubo abrazo. Lupe salió del edificio del condado con su bolsa negra y su sudadera gris. La vi subir a una camioneta Buick y arrancar hacia Gallup.

Me quedé en el estacionamiento, con el viento de mayo levantando tierra del camino a la Mina Warren. Me subí a mi carro y dejé la carpeta en el asiento del copiloto.

Esa noche, en casa, saqué el teléfono y llamé al sindicato en Albuquerque. Pregunté cuánto había en la cuenta de retiro de Lupe Pérez.

—Treinta y un mil cuatrocientos dos dólares —dijo la muchacha del otro lado.

—¿Y se puede transferir a otro nombre?

—Depende. La cuenta está a nombre de ella. Tiene que firmar ella.

—No importa —dije—. Déjela así.

Colgué el teléfono y lo dejé bocabajo sobre la mesa de la cocina, junto a la lata de café donde mi propia hija guardaba el cambio de las propinas.

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