Sombras en el pórtico de la calle Cardenal

Trabajo en la farmacia de la esquina de la calle Cardenal, en Río Grande City, hace dieciocho años. Desde detrás del mostrador uno ve pasar a todo el pueblo: los que compran insulina a escondidas para que el marido no se entere, los que piden algo para dormir y en realidad quieren hablar cinco minutos con alguien. Y ve a las vecinas. A doña Refugio la vi crecer casi como parte del paisaje, porque su casa de bloques grises queda justo enfrente, con esa cerca de alambre que ella misma pintó de blanco hace tres veranos.

Doña Refugio Salcido tiene sesenta y cuatro años, aunque el sol del valle del Río Grande le puso encima como diez de más. Vive sola desde que su esposo, Anselmo, se fue detrás de una mujer de Rio Bravo y nunca volvió. Cría gallinas en el patio trasero, tiene un huerto de chiles serranos que riega antes de que salga el sol, y trabaja media jornada limpiando las oficinas de una compañía de seguros en la carretera 83. La conozco porque cada mañana, antes de abrir la farmacia, la veo caminar hacia la parada del autobús con ese paso apretado de quien lleva prisa aunque no la tenga.

Nunca hablamos de su hijo hasta el año pasado. Fue una clienta, la señora Obdulia, la que un día, mientras esperaba su receta, se puso a contarme —bajito, como quien no quiere que se oiga— que el muchacho de doña Refugio, Ezequiel, llevaba nueve años preso en la unidad de Huntsville. Que había matado a un hombre en una pelea afuera de un bar de El Cenizo, por una deuda de trescientos dólares. Que la madre no había ido a verlo ni una sola vez.

Yo no juzgué nada. En este trabajo uno aprende que cada quien carga lo suyo, y que las cuentas entre madre e hijo no las entiende nadie desde afuera. Pero sí me quedé pensando, porque doña Refugio siempre me pareció una mujer que caminaba con algo pesado enterrado adentro, algo que no se le notaba en la cara pero sí en cómo apretaba los labios cuando alguien mencionaba a los hijos.

Esa noche de agosto yo cerraba tarde, porque había llegado un cargamento de medicamentos que había que acomodar en el refrigerador. Salí pasadas las nueve, con el calor todavía pegado al asfalto, ese calor de Río Grande City que no se va ni de noche. Iba caminando hacia mi carro cuando vi una figura sentada en los escalones de la casa de doña Refugio. Un hombre delgado, con la cabeza rapada, una mochila desgastada entre los pies. Al principio pensé que era alguien pidiendo trabajo o comida, de esos que a veces llegan del otro lado del puente internacional.

Me detuve un momento, no por curiosidad sino porque el radio de mi carro no prendía y tuve que forcejear con la llave. Desde ahí, sin querer, escuché.

—Ma, salí hace cuatro días —dijo el hombre, con una voz que sonaba como si llevara tiempo sin usarla para hablar con alguien que le importara—. Vine en camión desde Huntsville. Hice transbordo en San Antonio y otro en Laredo. Caminé desde la central de camiones porque no me alcanzaba para el taxi.

No escuché la respuesta de ella, porque no hablaba. Solo vi que se quedó parada en el marco de la puerta, con un balde de plástico en la mano —de esos que usaba para darle agua a las gallinas— y que el balde se le resbaló y se volcó sobre el piso del pórtico. El agua le mojó los pies y ella ni se movió.

—Sé que no merezco que me perdones —siguió él—. Sé lo que hice. Pero pensé en ti todos los días allá adentro. Quiero arreglar las cosas, aunque sea un poco.

Y entonces ella habló, y su voz llegó hasta donde yo estaba parada, junto a mi carro, fingiendo que seguía con la llave.

—No tengo hijo —dijo—. Mi hijo se murió hace nueve años. Tú eres otra persona. Vete de mi casa.

Él no se movió. Ella entró, y oí el golpe seco de la puerta y el chasquido del cerrojo. Me subí al carro despacio, sin querer que notaran que había estado ahí. Antes de irme miré por el espejo: el hombre seguía sentado en el escalón, con la mochila entre las rodillas, mirando la puerta cerrada como quien mira algo que ya sabe que no se va a abrir esa noche.

Los siguientes días supe más porque la señora Obdulia volvió a la farmacia, esta vez con la noticia fresca y el chisme corriendo por toda la cuadra: Ezequiel se había quedado durmiendo en el pórtico dos noches, y al tercer día una vecina le dio permiso de dormir en su cochera. Que doña Refugio salía de su casa por la puerta de atrás para no cruzarse con él en la mañana. Que él conseguí trabajo lavando trocas en un yonque sobre la carretera 649, y que con la primera paga se compró una camisa limpia y se apareció otra vez frente a la casa de su madre, esta vez sin sentarse en el escalón, solo parado en la acera, esperando.

Yo lo vi con mis propios ojos un martes, cuando fui a comprar chiles al mismo huerto de doña Refugio porque ella también los vendía a los vecinos. Toqué el timbre y fue Ezequiel quien salió a atenderme, porque doña Refugio no estaba. Me cobró los chiles con una calculadora vieja de bolsillo, y mientras contaba las monedas me dijo, sin que yo le preguntara nada:

—Usted es la de la farmacia, ¿verdad? Mi mamá compra ahí sus pastillas para la presión.

Le dije que sí. Y él, mirando el huerto y no a mí, agregó:

—Le he estado ayudando con el riego. Ella no lo sabe, o no quiere saberlo, pero yo vengo antes de que amanezca y riego todo antes de que ella salga. Así, si algo necesita, ya está hecho.

No supe qué contestarle. Le pagué los chiles y me fui.

Pasaron como dos meses. Un jueves de octubre, ya con el calor bajando un poco, doña Refugio entró a la farmacia por su medicina de siempre. La vi distinta: no traía el rebozo enrollado tan apretado en el cuello, y en la mano cargaba un sobre de manila, de esos gruesos, con papeles adentro. Se lo puse sobre el mostrador mientras yo buscaba su receta, y ella, sin que yo dijera nada, empezó a hablar, como si necesitara decírselo a alguien que no fuera de la familia.

—Voy para la notaría —dijo—. Voy a poner la casa a nombre de él. Y la mitad del huerto también. Anselmo nunca quiso ni saber de ese muchacho, y ahora está allá en Rio Bravo con su otra mujer, sin acordarse de nada. Yo tengo sesenta y cuatro años y ya no puedo con las gallinas y el huerto yo sola. Y él lleva dos meses regándome las matas antes de que salga el sol, sin que yo se lo pidiera.

Le pregunté, con cuidado, si había hablado con él. Ella asintió apenas y dijo:

—Le dije que la casa no borra los nueve años. Pero que ya no tiene que dormir en la cochera de la vecina. Le dije que el mueble no lo perdona, pero que ya puede entrar por la puerta de enfrente.

Guardó el sobre en su bolsa, pagó su medicina y salió. La vi cruzar la calle hacia la notaría de la esquina, donde ya la esperaba, parado junto a la puerta, un hombre delgado con una camisa limpia. Él le abrió la puerta para que pasara primero. Ella entró sin decir nada, pero sin cerrarle la puerta detrás.

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