La Maquinita de $120 en la Arena

Miren, yo trabajo en la recepción del edificio de apartamentos donde vive este muchacho. No es un trabajo glamoroso, pero me da para pagar el teléfono y el seguro del carro. Y desde mi silla alta, detrás del mostrador de fórmica, he visto cosas que no se cuentan en las reuniones familiares.

Lo llamaré Daniel, porque no me gusta andar ventilando nombres ajenos. Daniel es de esos tipos que cruzan el lobby sin levantar la vista del teléfono, tres pasos largos, la llave ya en la mano, cero ganas de conversar. Vive en el 204, paga la renta el primer día del mes, y nunca ha pedido que le reciban un paquete. Un fantasma con un llavero de la universidad estatal.

El tipo odia los papeles pegados. Lo sé porque un día lo vi arrancar un anuncio de trabajos de limpieza del corcho comunitario y hacerlo bola con una paciencia que daba miedo. No lo tiró. Lo sostuvo como si el papel le hubiera ensuciado los dedos y luego lo depositó en mi bote de basura con una frase corta: “No leo anuncios”. Y se fue. Olía a detergente de lavandería.

La historia empieza un viernes, cerca de las seis de la tarde, cuando lo vi cruzar el estacionamiento con una bolsa del supermercado en una mano y un plato de plástico blanco en la otra. Eso ya era raro. Daniel no subía comida al departamento. Yo pensé que había pedido takeout chino otra vez, pero la bolsa era de supermercado, de esas de diez centavos. Y traía un plato. ¿Un plato de plástico? ¿Para qué demonios?

Ya estaba yo con mi chaqueta puesta, lista para irme, cuando vi que no entró al edificio. Se sentó en la banqueta, justo al lado del arbusto seco que nunca han podado, y abrió una latita de comida para gato. De esas que huelen a mar muerto aunque estén cerradas. Luego raspó la comida con el plato, se lo deslizó a un gato negro que estaba debajo de un Camry viejo y se quedó mirándolo comer.

—Ya, ya, con calma —le oí decir, porque la puerta de cristal filtra lo suficiente—. No te atragantes.

El gato lo ignoró con esa elegancia de gato. Un animal flaco, con el lomo lleno de paja seca. Daniel estaba en cuclillas. La corbata le colgaba sobre el plato. Y en ese momento, le sonó el teléfono.

No alcancé a oír toda la conversación, pero por los trozos que llegaron, era su ex. Le preguntaba por un asunto de la tarjeta de crédito que todavía compartían. Algo de un gimnasio. Cuarenta dólares al mes. Daniel hablaba bajito, con esa paciencia falsa que uno ensaya en el espejo del baño. Y el gato comía.

—No te estoy pidiendo que me la pagues —decía Daniel—. Solo te estoy diciendo que esa membresía ya no es mía. Habla con el banco.

Del otro lado, la mujer gritaba tanto que yo oía el timbre raro de su voz, como una alarma distante. Daniel terminó la llamada con un “ok” que no era un sí y soltó el teléfono sobre la bolsa del supermercado.

El gato había terminado. Se lamió una pata con una calma absurda. Daniel lo observó de la misma forma en que la gente mira la televisión cuando ya no piensa en lo que ve.

Y ahí fue que pasó la cosa.

Del edificio de enfrente salió una mujer con un niño de unos cinco años. La mujer llevaba un morral de esos de tela con personajes de caricaturas y el niño arrastraba los pies de sueño. La mujer iba hablando por teléfono, sin ver al niño, y el niño caminaba unos pasos detrás. Se detuvo en la arena del pequeño parque y miró algo medio enterrado.

Era una camionetita de juguete. Una Hot Wheels, creo. De esas que venden en los pasillos de Walmart en un estante de metal. Iría a costar unos ocho dólares, no más.

El niño la vio. Se agachó. La desenterró con los dedos.

Y la mamá, sin soltar el teléfono, le ladró desde la mitad del estacionamiento:

—¡Eso no es tuyo, déjalo!

El niño había girado a mirar a Daniel. Quién sabe por qué. A veces los niños miran a los extraños con una confianza que da pena. Tal vez buscaba que alguien más viera el tesoro antes de soltarlo. Pero la mamá no estaba viendo a Daniel. Estaba viendo al niño.

Daniel se paró. Quitó la tierra de sus pantalones con dos golpes secos. Y la mujer, en el mismo tono de sargento, sin soltar el teléfono:

—¿Cuántas veces te he dicho que no recojas cosas del suelo?

El niño soltó la camionetita y corrió hacia la puerta. La mujer lo siguió sin apurarse. El juguete quedó ahí, con una llanta todavía sucia de arena.

Daniel no se movió. Se quedó parado mirando la camionetita, y de pronto lo vi agacharse otra vez, recoger la camionetita como quien recoge una evidencia, caminar a la jardinera y ponerla sobre una piedra grande, bien visible. El gato lo siguió con la cola alta, como si estuviera inspeccionando el procedimiento.

—Ahí no va a molestar —le dijo Daniel al gato—. Y si la buscan, la encuentran.

Luego se fue a su departamento y el gato se sentó frente a la puerta del edificio.

Pues yo, que ya no recordaba cómo terminar de ponerme la chaqueta, me quedé con la boca cerrada. Porque en mi vida había visto a Daniel detenerse por una cosa que no era de su incumbencia. Y ahí estaba, hablándole a un gato callejero y acomodando un juguete de ocho dólares como si estuviera en un museo.

A la mañana siguiente, sábado, llegué a mi turno temprano porque la supervisora quería revisar los extintores. Y en la banqueta, junto a la puerta, estaba el gato. No sentado como los gatos, sino echado de lado, con una pata estirada, como si no tuviera esqueleto. Alguien le había dejado un tazón de aluminio con agua. Uno de esos tazones de cocina que ya no se usan para cocinar.

Daniel bajó a mediodía. Sin corbata, con una playera gris y chanclas de futbol. Traía la misma bolsa del supermercado del viernes, doblada en cuadrito, y una caja pequeña de heno para gato, de esas veterinarias que venden en Amazon. Caminó directo hacia el gato.

—¿Vas a quedarte aquí todo el día? —le preguntó, como si el animal le debiera una explicación.

El gato bostezó.

Yo le tuve que abrir la puerta porque no traía la llave del lobby, y le dije de broma:

—No sabía que trabajo medio tiempo para un refugio.

Daniel me miró con esa seriedad suya y dijo:

—Es que no puedo metérmelo al departamento. El contrato de renta prohíbe mascotas. El administrador vive en el 101 y se entera por el olor.

Y luego añadió, en voz más baja, como si le costara decirlo:

—Pero si me lo quedo afuera, algo va a pasarle. Aquí atropellaron a un perro el año pasado. Yo no vi, pero me lo contaron.

Eso sí lo sabía yo. Había sido un desastre. Tuvieron que llamar a control animal y la señora del 305 lloró tres días, aunque ni era de ella.

—¿Y entonces qué va a hacer? —le pregunté.

—No sé —dijo Daniel, pasándose la caja de heno de una mano a otra—. Por el momento, que no se muera de hambre. Y que no se muera de frío. Luego vemos.

El domingo temprano, vinieron a pintar la fachada. Lo avisaron con papelitos en cada puerta. Yo fui la encargada de repartirlos, así que sé de sobra que al del 204 le dejamos uno. Daniel no los lee. Nunca los lee. Pero esa vez, cuando terminé mi ronda, lo vi parado junto al elevador, con el papelito en la mano, como si el texto dijera algo más que “el edificio restringirá el acceso a la banqueta del lado sur”.

—Mire —me dijo, y me mostró el papel—. ¿Ahí dice que van a cerrar el área de la jardinera?

—Sí —le contesté—. Por las escaleras de mantenimiento. Desde las nueve de la mañana.

Daniel dobló el anuncio como si fuera una carta vieja y se lo metió en el bolsillo del pantalón. Luego se fue a hablar con los pintores, cosa que jamás había hecho. No los saludaba ni con la mano. Y ahí estaba, parado junto a la camioneta de la compañía, señalando la jardinera con el pulgar.

Volvió al cabo de un rato con una caja de cartón forrada con papel aluminio por dentro. La puso en la jardinera, junto a la piedra donde seguía la camionetita. Levantó al gato sin que éste protestara, lo acomodó adentro y pasó un buen rato tallándole la cabeza con los nudillos.

Uno pensaría que ahí terminó la cosa. Pero no.

El lunes, el administrador, el del 101, se apareció en la recepción con el ceño fruncido. Traía una hoja impresa y la golpeaba contra el mostrador mientras hablaba.

—¿Quién dejó un gato en la jardinera? —preguntó, sin saludar—. Está prohibido. Higiene. Seguridad. Plagas.

Yo iba a abrir la boca, más que nada para fingir sorpresa, cuando apareció Daniel. Venía de la calle, con su bolsa del supermercado del viernes, otra vez doblada. Se quedó a un paso del administrador y le dijo, sin subir la voz:

—Yo fui. Y ya estoy buscando a dónde llevarlo.

El administrador no se esperaba que Daniel lo asumiera así, sin rodeos. A veces la gente se acobarda o se hace la que no sabe. Daniel no.

—No puede tenerlo en la propiedad —dijo el administrador.

—Ya sé —respondió Daniel—. Por eso le dije que ya estoy buscando a dónde llevarlo. Dame hasta el viernes.

Y sacó la billetera, de esas de cuero que guardan los recibos viejos, y contó unos billetes.

—¿Cuánto cobra el edificio por un gato una semana? —preguntó.

El administrador soltó una risita seca, de esas que no llegan a la boca.

—No cobramos por gato, Daniel. El reglamento dice que no se pueden tener mascotas en las unidades ni en las áreas comunes.

—¿Y en la banqueta?

—Eso es área pública.

—Perfecto —dijo Daniel, guardando la billetera con la calma con que se cierra un trato—. Entonces estará en la banqueta. En una casita de cartón. No es mascota del edificio. Es un animal sin dueño del que me estoy haciendo cargo como ciudadano. ¿O hay algún letrero que prohíba estar parado en la banqueta con un gato ajeno?

Yo creo que en ese momento el administrador entendió que con Daniel no iba a ganar por las malas. Se fue mascullando algo de “salud pública” y de que “nos van a caer los de la ciudad”, y Daniel se quedó un rato mirando el mostrador, como si contara los rayones de la fórmica.

Esa semana lo vi raro. No triste. Ocupado. Con el teléfono en la oreja, hablando bajito con horarios y direcciones. Una tarde lo vi desde la ventana, sentado en la jardinera con el gato en las piernas. Tenía la camionetita de juguete en la mano libre y la giraba con los dedos, como si le sacara brillo. El niño de enfrente, el de los cinco años, salió con su mamá. El niño vio la camionetita en la piedra. Se quedó mirándola, le dio una patada a la arena y siguió caminando.

Y entonces trabajé el turno del viernes y no vi al gato.

Subí a dejarle los paquetes al del 302 y me asomé por la ventana del pasillo. La jardinera estaba vacía. La casita de cartón ya no estaba. Tampoco la camionetita.

Bajé de nuevo a recepción y Daniel estaba entrando con una bolsa de supermercado llena de comida de gato, de esas bolsas grandes que se cargan como un bulto de cemento.

—¿Y el gato? —le pregunté.

—Se lo di a una señora de San Bernardino —dijo, dejando la bolsa en el piso—. Tiene un patio cercado, tres gatos y una mecedora. El veterinario de la clínica de la esquina me ayudó a quitarle las pulgas. Ciento diez dólares el tratamiento.

Yo me quedé viendo la bolsa de comida.

—¿Y eso?

—Se lo mandé también —dijo—. Para que no empiece de cero otra vez.

Luego se puso a sacar el teléfono y me mostró una foto: el gato, con collar azul, echado sobre un cojín de floripondios en el patio de una casa que no era la nuestra. Se veía gordo. Contento. Vivo.

—¿Y la camionetita? —le pregunté, porque no me aguantaba.

Daniel se rió. Una risa corta, como un ladrido suave.

—Se la dejó la mamá del niño. Debajo de la puerta. Con una nota que decía: “Para el que recoge lo que nadie quiere”.

Y se fue, cargando su bolsa de comida como quien carga un pendiente cumplido.

Yo apagué la lámpara de recepción y me quedé un rato mirando el estacionamiento vacío. Hacía frío. La noche de California se cuela por las rendijas. Pensé en Daniel y en su risa corta, y en el gato de San Bernardino, y en esa camionetita de ocho dólares que ahora quién sabe dónde guarda. Y por un segundo se me hizo raro lo fácil que es que un hombre que no lee anuncios termine enmarcando una nota de una desconocida. Pero no dije nada. Recogí mi bolsa y salí a la banqueta, donde ya no había nadie esperando.

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