Solo Cuatro Palabras de Don Efraín

El teléfono vibró sobre la encimera y el nombre en la pantalla me hizo soltar la espátula. «Don Efraín». Mi suegro. En catorce años de matrimonio con René, ese hombre no me había llamado ni una sola vez. Ni para el cumpleaños, ni cuando tuvimos que internar a mi mamá, ni el día que se inundó la cochera. Nunca. Y ahora, tres semanas después de firmar el divorcio, ahí estaba su nombre parpadeando como un anuncio de neón barato.

Dejé que sonara hasta que se cortó. No estaba lista.

Afuera, por la ventana de la cocina, se veía el estacionamiento del complejo de apartamentos en Westchester. El carrito de los elotes pasó tocando su campanita, y por un segundo pensé en bajar a comprar uno, como hacía los domingos cuando René todavía vivía aquí. Luego recordé que ya no había ningún «aquí» compartido. El apartamento estaba a mi nombre desde el principio, pero eso no importaba: cada rincón olía a ausencia.

El teléfono vibró otra vez.

Respiré hondo, agarré el trapo de cocina y me sequé las manos dos veces antes de contestar.

—¿Bueno?

Del otro lado, nada. Solo una respiración pesada, con un silbido leve, como si el aire le costara trabajo.

—¿Don Efraín?

Pasaron tres segundos largos. Luego su voz, ronca, partida, como si las palabras le pesaran más que las cajas de herramientas que cargaba desde hacía cuarenta años:

—Mija… perdón por no hablar antes.

Me quedé con el celular pegado a la oreja y la boca entreabierta. No eran cuatro palabras. Eran seis. Pero sonaron a confesión de vida entera.

—¿Perdón de qué, don Efraín? —pregunté, y mi propia voz me sonó ajena, como si viniera del pasillo.

No contestó. Solo se escuchó un clic suave y después el tono de llamada terminada.

Me senté en la silla de la cocina, la que tiene el cojín gastado del lado derecho, y me quedé mirando la pared. No lloré. No me salió. Solo me quedé ahí, con el teléfono en la mano, pensando en cosas que había enterrado hacía años.

Lo conocí en el verano de 2016. René me llevó a la casa de sus papás en El Monte para el famoso «domingo de carnita asada». Doña Juana, mi suegra, me recibió con un abrazo que apretaba de más y un escaneo de pies a cabeza en menos de tres segundos.

—Ay, qué bueno que no estás flaca —dijo, como si eso fuera un elogio—. Las flacas son bien amargadas.

Don Efraín estaba sentado en una silla plegable junto al asador, limpiando una pieza de carburador con un trapo lleno de grasa. Alto, delgado, con hombros caídos y unas manos enormes, de esas que arreglan transmisiones sin mirar. Treinta y cinco años en un taller mecánico en Pico Rivera. No me saludó. Ni siquiera levantó la vista.

—No le hagas caso —dijo René, sirviéndose una Modelo—. Así es mi apa, no habla mucho.

Y no habló. En la boda, en el salón alquilado en Montebello, me entregó un sobre y ni siquiera se paró de la mesa. Con un empujón leve del sobre hacia mí, como si me pasara la sal. Luego salió al estacionamiento a fumar. Lo vi por la puerta del salón, parado junto a su Silverado, mirando hacia la freeway.

—Tu papá ni me pela —le dije a René esa noche, ya en el hotel, mientras me quitaba los zapatos y maldecía los tacones.

—Así es él —respondió, desabrochándose la camisa—. No esperes que cambie.

Pasaron los años. René empezó a llegar tarde. Primero una hora. Luego dos. Después inventó turnos nocturnos en la compañía de reparto, como si yo no supiera que su ruta terminaba a las seis. Una vez le conté a doña Juana, con cuidado, midiendo las palabras, que algo andaba mal.

—Mija, los hombres se cansan —me cortó, revolviendo la olla de frijoles—. Y tú ya no te arreglas como antes. A nadie le gusta una mujer descuidada.

Yo estaba parada junto al fregadero, con las piernas hinchadas después de ocho horas en la línea de empaque, y no dije nada. Solo me mordí el cachete por dentro, como hacía desde niña.

Don Efraín entró en ese momento, sacó una silla del comedor y la puso detrás de mí. Sin decir nada. Sin mirarme. Solo la dejó ahí, a mi altura, y volvió a salir al patio.

Doña Juana ni lo notó.

Un año antes del divorcio, René llegó de mal humor porque la lavadora no drenaba en el departamento. Le dio una patada a la máquina y se fue a dormir. Al día siguiente, en la tarde, sonó el timbre. Era don Efraín, con una caja de herramientas y una bomba de agua nueva en la mano.

—¿Dónde está la lavadora? —preguntó, sin saludar.

—En el patio de servicio, don Efraín —le dije, sorprendida.

Se arrodilló y trabajó por una hora. Le ofrecí un café. Negó con la cabeza. Le ofrecí un agua de jamaica. Ni me contestó. Cuando terminó, guardó sus herramientas, se limpió las manos con un trapo azul y se fue sin despedirse.

—Gracias —le dije desde la puerta.

No volteó.

La última Navidad antes de que René se fuera, la pasamos en casa de sus papás. La mesa estaba llena: tamales, pozole, un pavo al horno que doña Juana presumía desde noviembre. Yo me senté en la esquina, junto a la hielera. Delante de mí, un plato vacío, porque la cena apenas empezaba.

Todos se pasaban los platos, se servían, hablaban encima de los demás. Y de pronto, una mano morena y agrietada puso una mandarina en mi plato. Levanté la vista. Don Efraín ya estaba mirando hacia otro lado, pelando silenciosamente la suya con las uñas.

La comí. Estaba dulce. El jugo me escurrió entre los dedos y me limpié con la servilleta. Nadie más notó nada.

René se fue un martes. Sin escándalo, sin peleas. Llegó del trabajo, abrió el clóset, sacó una maleta y dijo:

—No sé, creo que es lo mejor. Ya hablamos luego.

Nunca hablamos.

El divorcio salió rápido. Fue un trámite de mutuo acuerdo en la corte de Norwalk. Sin hijos, sin casa que pelear. A los dieciocho días me llegó el papel por correo. Y a los veinte, la llamada de don Efraín.

Después de su «perdón», pasé dos días sin dormir mucho. No dejaba de pensar en la mandarina, en la silla, en la lavadora. En todas las veces que lo había juzgado mal. En todas las veces que él, con sus manos calladas, me había preguntado si estaba bien.

Al tercer día, me subí al carro y manejé cuarenta minutos hasta El Monte. No avisé. Toqué la puerta. Abrió doña Juana.

—Ay, mija, qué milagro —dijo, con la misma sonrisa de dientes disparejos—. Pásale, hay café de olla.

—Gracias, doña Juana. Vengo a ver a don Efraín.

—Está en el patio, arreglando una podadora.

Caminé por el pasillo con olor a frijoles y a Suavitel. Salí al patio. Ahí estaba, sentado en un banquito de hule espuma, con una podadora desarmada a sus pies.

—Don Efraín.

Levantó la vista. Por primera vez en catorce años, me sostuvo la mirada.

—Quiero que sepa una cosa —le dije—. Yo también le debo una disculpa. Por creer que usted no me quería.

Él parpadeó, lento, como si estuviera acomodando una idea difícil.

—La silla —dijo, con la voz ronca—. Aquel día, en la cocina. Yo vi que estabas cansada.

—Lo sé.

—La mandarina… era para que no te sintieras sola.

—Ya lo sé, don Efraín.

Se quedó callado un rato. Luego agarró una llave inglesa del suelo y empezó a girarla entre los dedos, como si buscara una tuerca invisible.

—Yo no supe hablar —dijo—. Nunca supe.

Me senté en la orilla del banco de trabajo, junto a una maceta de ruda. Por un momento, los dos miramos hacia el mismo punto del patio, donde la soga de la ropa se movía un poco con el viento.

—Usted habló con las manos, don Efraín —le dije—. Y yo no supe escuchar.

No respondió. Solo asintió despacio.

Antes de irme, saqué de mi bolsa un sobre de manila. Adentro iba el cheque que había recibido ese mes por las horas extra en la empacadora. Se lo puse en la mesita junto a su silla.

—¿Y esto? —preguntó, sin tocarlo.

—Un dinero que le debía —mentí, casi sin saber por qué—. Por la lavadora y por la bomba de agua.

—No te debo cobrar eso, mija.

—Ya lo sé. Pero yo sí le debía una cena. Invite a doña Juana a Los Jarritos. Dicen que el menudo ahí es bueno.

Me fui sin abrazarlo. No sé por qué. Sentía que si lo tocaba, algo se iba a romper.

Manejé por la 60 de regreso a Westchester con la radio apagada. En el estacionamiento del complejo, el carrito de los elotes ya se había ido. En su lugar estaba la Silverado blanca de René, detenida frente a mi puerta.

Bajé tranquila.

—Mi papá me dijo que viniste —dijo René, sin salir del carro. Tenía la ventana abierta y el brazo colgando, como si estuviera esperando a que yo le diera permiso de hablar.

—Sí, fui a verlo.

—¿Por qué?

—Porque me llamó.

Se rió bajito, con la boca torcida.

—¿Y qué? ¿Te pidió perdón o algo así?

—No te incumbe, René.

—¿Cómo que no me incumbe? Es mi papá.

—Y es mi ex suegro. Y es mi derecho visitarlo si me da la gana.

Se quedó callado. Después apagó el motor y se bajó. Se recargó contra la puerta del carro y cruzó los brazos. Se veía viejo. O quizá yo lo veía distinto.

—¿Vas a seguir cenando con mi familia? —preguntó, y había algo en su tono, un filo pequeño, como de celos mal disimulados.

—Voy a seguir viendo a don Efraín —contesté, metiendo la llave en la cerradura—. Lo que tú hagas con tu vida ya no es asunto mío.

—Yo no te hice nada malo, Yadira.

Lo miré. No con odio. Con una tranquilidad tan limpia que casi dolía.

—Cierto. No me hiciste nada malo. Nomás me hiciste sentir invisible catorce años. Y tu papá, cada domingo, me pasaba una silla o una mandarina. No con palabras. Con las manos.

René bajó la vista. Hurgó en su bolsillo, sacó las llaves de su troca y las giró en la palma, sin rumbo.

—¿Y ahora qué? —preguntó.

—Ahora, nada. Nomás no me llames para pedirme que deje de visitar a tu papá. Porque no voy a dejarlo.

Abrí la puerta y entré. Al pasar junto al espejo del pasillo, vi a René todavía parado junto a su Silverado, las llaves en la mano, sin subirse, mirando la puerta cerrada. No le dije adiós. No le expliqué. No le prometí nada. Solo puse la bolsa sobre la mesa y encendí la luz del comedor.

Esa noche, por primera vez en meses, dormí de corrido. Y soñé con una cocina ajena, una silla de madera, y una mandarina tibia que me esperaba en un plato vacío.

Rating
( No ratings yet )
Like this post? Please share to your friends:
Leave a Reply

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

two × four =