Mi amiga Lorena conoció a un tipo en la boda de su prima, en San Antonio. Ella mide uno setenta y seis sin tacones. Él, uno sesenta y nueve. Cuando lo vi entrar al patio del salón con el saco beige y la gardenia en la solapa, parecía más alto de lo que es. Caminaba con el pecho abierto, como si el techo le quedara bajo.
La cosa es que a la tercera salida, él mismo lo dijo. Estaban en el River Walk, ella pidió una margarita frozen y él una Michelada. Y de pronto, soltó:
—¿No te molesta que yo sea más chaparro que tú?
Lorena se quedó con el popote a media boca. No era inseguridad de adolescente. Era algo ya masticado, viejo, como un callo en la lengua.
—¿Y por qué me tendría que molestar? —preguntó ella.
—Porque a las mujeres les gusta sentirse protegidas. Y yo, pues… no te llego ni al hombro si te pones botas.
Ella se rió. Pero él no.
A los dos meses, Lorena ya no usaba tacones. Ni botas, ni plataformas, ni siquiera esos tenis con suela gruesa que tanto le gustaban. Iba a todos lados en flats, encorvada apenas, como si quisiera regalarle esos siete centímetros que la naturaleza no le dio a él.
Una noche estábamos en su apartamento, en el westside, y yo le dije que eso no era amor, era una podadora de una persona.
—Tú no lo entiendes —me contestó, mientras partía un aguacate con más fuerza de la necesaria—. Él es buen hombre. Me presenta con su mamá, me cambió el aceite del carro, me mandó flores al trabajo el día de mi cumpleaños. Las flores venían con una tarjeta que decía “para mi chaparrita”.
—Lorena, mides uno setenta y seis. Tú no eres la chaparrita de nadie.
Se quedó callada. El aguacate se le estaba poniendo negro.
El problema no era la diferencia de estatura. Era que él necesitaba que ella se encogiera para sentirse completo. Y ella, que había pasado la universidad con beca, que pagaba su Honda ella solita, que le había plantado cara a un supervisor en el hospital cuando quiso bajarle las horas, se estaba doblando como una silla plegable.
La gota que derramó el vaso fue un domingo en el Mercado de pulgas. Se encontraron a una exnovia de él. Una morena altísima, de esas que se ven desde tres puestos de distancia.
—¿Y quién es ella? —preguntó Lorena, en el camino al estacionamiento.
—Nadie. Salí con ella un año.
—¿Y por qué terminaron?
—Por la misma razón que tú no usas tacones. Porque ella nunca quiso bajarse.
Lorena se detuvo en seco, entre un puesto de cinturones y un señor que vendía discos de Los Tigres del Norte.
—¿Qué dijiste?
—Que ella no se quiso bajar. Que le gustaba andar toda estirada, como jirafa.
Esa noche, Lorena me lo contó por teléfono. Le temblaba la voz, pero no estaba llorando. Estaba furiosa. De ese coraje que sale frío, sin gritos, como el agua rebosando una olla de frijoles.
—Siete centímetros, Maribel. Toda mi vida no le alcanza. Siete centímetros.
La dejé hablar. A veces la gente no necesita consejo, necesita escucharse.
El sábado siguiente, Lorena fue al concierto de una banda tejana en el Alamodome. Se puso un vestido rojo, se alisó el pelo y sacó del fondo del clóset unas botas vaqueras negras de tacón cubano. De esas que resuenan en el piso como un aplauso.
Él la recogió a las ocho. Se quedó en la puerta, con las llaves del carro colgándole de la mano.
—¿Vas a ir así?
—Así.
—Es que… me siento raro. La gente va a pensar que soy tu hijo.
—La gente piensa lo que quiere. Yo lo que quiero es bailar.
No bailaron. Él duró toda la noche sentado, con el teléfono en la mano, viendo el partido de los Spurs. Ella bailó con sus primas. Bailó con una tía de sesenta años que se sabía todas las de Selena. Bailó sola, con los brazos abiertos, mientras el acordeón le llenaba el pecho de aire.
A las once y media, él le mandó un mensaje de texto desde el otro lado de la mesa: “Nos vamos cuando quieras”.
Ella contestó: “Yo me quedo”.
Y se quedó.
Lo que pasó después no fue un drama de telenovela. No hubo gritos ni platos rotos. Él se fue. Ella siguió bailando.
El lunes, Lorena fue a la tienda y compró una caja de tacones. Siete pares. Uno por cada centímetro que él le había estado robando.
Los puso en fila en su clóset, en el estante de arriba, donde los pudiera ver cada mañana antes de irse a trabajar.
—Ya no es por él —me dijo, mientras colgaba el vestido rojo en la puerta del baño—. Es por mí. Porque me gusta ser alta. Porque me gusta que me vean llegar.
No le contesté. Solo le serví un vaso de agua de jamaica y me senté a su lado, en la cama, mientras ella se quitaba las botas vaqueras y se masajeaba los pies descalzos.
Esa noche, en el clóset de Lorena, los siete pares de zapatos brillaban en la oscuridad como una hilera de velas.