Yo estaba sirviendo el café cuando mi suegra, Carmen Alicia, soltó aquello con la misma naturalidad con que se pide un vaso de agua:
—Mira, Leticia, esa cadena tuya de oro. Te la voy a llevar para dársela a Valeria. Ya está por cumplir sus dieciocho y una muchacha como ella necesita lucir algo fino en la universidad. Tú ni la usas para nada serio.
La cafetera se me quedó a media altura. La miré por encima del vapor y pensé en todas las maneras posibles de responder sin que se armara la de siempre. Afuera, por la ventana de la cocina, se veía el toldo rayado del edificio de al lado y se oía al vecino regando sus geranios con la manguera. En El Paso, en octubre, el calor ya no aprieta tanto, pero aquella tarde la cocina hervía.
Carmen Alicia seguía sentada como si estuviera en una junta directiva. Blusa planchada, uñas recién hechas color vino, el bolso de cuero café abierto sobre la mesa, como si ya viniera por algo concreto. Mi esposo, René, estaba a un lado, enjuagando una taza con demasiada calma. A René le tocó de niño callarse frente a su madre y se le quedó la costumbre. Yo ya lo conocía: no iba a decir ni una palabra.
La cadena a la que se refería Carmen Alicia no era una joya cualquiera. Era de mi abuela Ramona. Peso completo, eslabones grandes, un cierre firme que a veces me marcaba la nuca. Mi abuela la compró en Matamoros en 1976, con lo que ahorró de un año entero de coser uniformes para una guardería. Yo era niña y la veía ponérsela solo los domingos, para ir a la iglesia de la calle Frutas. Decía que el oro no era para esconderlo, pero tampoco para andarlo luciendo por lucirlo: era para que te viera la gente cuando tú quisieras que te viera.
—Usted sabe de dónde salió esa cadena, Carmen Alicia —le dije, y la taza de café sonó al apoyarla en la mesa.
—Ay, Leticia, no me vengas con cuentos. Tú trabajas en un local de flores en la avenida Zaragoza, con las manos metidas en cubetas de agua todo el día. ¿Quién te va a ver ahí, el señor que pide un ramo para la esposa? Valeria, en cambio, va a entrar a la facultad de arquitectura en la UTEP. Va a andar con gente de nivel.
En la esquina de la cocina, el perro se estiró. Era un callejero color miel que habíamos recogido dos años atrás en el parque de la Chihuahuita. Tenía las orejas disparejas y una cicatriz en el hocico, pero era nuestro y se llamaba Canelo, como la carretera por donde lo encontramos. Aquella tarde tenía el hocico apoyado en mis pies.
Carmen Alicia ni lo miró. Estaba concentrada en abrir un estuche azul que sacó del bolso. Lo puso sobre la mesa, con la tapa de terciopelo hacia arriba, como si fuera el título de una casa.
—Te lo digo con cariño —añadió—, pero esa cadena está guardada para nada. La usas debajo del suéter. El oro es para que luzca.
René se limpió las manos con el trapo y por fin soltó algo:
—Mamá, ya no le muevas.
Ella ni lo volteó a ver.
—Tú cállate, René. No te estoy pidiendo opinión.
Y fue ese “tú cállate” lo que me apagó las ganas de discutir. Había pasado años tratando de explicarle cosas a esta mujer: por qué no queríamos bautizar a la niña a los tres meses, por qué preferíamos rentar a comprar en un fraccionamiento lejos de su casa, por qué yo no iba a vender el coche que me dejó mi tío. Explicarle era como echarle agua a una pared de adobe: resbala y no entra.
René agarró las llaves del camión y salió al patio con cualquier excusa. El perro se levantó de un brinco, creyendo que íbamos de paseo. Y en ese momento, sin pensarlo mucho, me desabroché la cadena.
Carmen Alicia estiró la mano.
—Eso es, mi’ja —dijo—. Verás que es lo mejor.
Yo no le di la cadena. Me agaché, le pasé las manos por el lomo al Canelo, que movía la cola a mil por hora, y le coloqué el oro alrededor del cuello. El perro se quedó quieto un segundo, como entendiendo que aquello era serio, y luego alzó la cabeza, con los eslabones brillándole entre el pelo.
—Tiene razón, Carmen Alicia —le dije, enderezándome—. Yo no la luzco. No me la ve nadie. Pero al Canelo lo saco dos veces al día por el parque de la Chihuahuita. Allá van muchos perros de raza. Hasta un weimaraner que parece de catálogo. El Canelo necesita verse bien. Que lo respeten en la manada.
Carmen Alicia se quedó con la mano estirada delante del estuche vacío. El color se le subió desde el cuello hasta la frente. Abrió la boca y no le salió nada. El perro, feliz de la vida, dejó oír el tintineo suave de la cadena al sacudirse.
—Leticia… ¿tú estás loca? —dijo al fin, con una voz que no era la suya.
En ese instante René volvió del patio. Se detuvo en la puerta, vio al perro con la cadena puesta, vio la cara de su madre y se dobló de la risa. A René no le da risa fácil; aquella vez se agarró del marco de la puerta. Carmen Alicia lo fulminó, agarró el bolso, tiró el estuche al suelo y salió de la cocina.
—¡Esto no se queda así! —gritó ya en la sala—. ¡Yo no vuelvo a pisar esta casa!
El portazo retumbó hasta la cocina. Hasta las tazas del trastero vibraron.
Esa noche, después de que René se calmara, me senté con el perro a los pies, le quité la cadena del cuello y me la volví a poner. Estaba tibia por el calor del animal. La guardé debajo de la blusa, donde siempre. René me tomó la mano por encima de la mesa.
—No te la quites nunca —me dijo.
—No la voy a soltar —le contesté.
Carmen Alicia no volvió a tocar el tema conmigo. A la semana, me enteré por una prima de René de que andaba diciendo por el barrio que yo había enloquecido. Pero lo decía con cierto cuidado, como quien ya no está segura de nada.
La sobrina cumplió sus dieciocho. Le regalamos un sobre con trescientos dólares y René le escribió una tarjeta: “Para tus útiles de la universidad”. No volvieron a pedirme joyas.
Una mañana, en el local de flores, una señora mayor me vio la cadena asomando por el cuello de la camisa y me preguntó si era de ley. Le dije que sí, que era de mi abuela. Me sonrió y me contó que su madre tenía una parecida que había tenido que vender en los ochenta. Nos quedamos hablando un rato, entre cubetas y tallos.
Al salir del trabajo, fui a mi camioneta, le subí al Canelo del asiento del copiloto y me quedé un momento mirando la avenida. Me toqué la cadena con la yema de los dedos. Estaba ahí. Y ahí se iba a quedar.