Mónica miró los arañazos frescos en el brazo de su esposo, Roberto, y sintió cómo la pasta de dientes que él se estaba untando no iba a calmar la infección que ya le subía por la piel. Eran las once y media de la noche en su casa de El Paso, y afuera el calor de junio no bajaba de los treinta grados, incluso en la oscuridad.
Roberto apretó el tubo con una mano y lo dejó caer sobre la mesada de la cocina, donde minutos antes habían quedado esparcidos los restos de una cena que ninguno de los dos había terminado.
—Ya no puedo más, Mónica. Se acabó. La gata maúlla a las dos de la mañana, ataca cuando la quiero acomodar y ahora estos rasguños en el brazo. Tengo miedo de que me deje una cicatriz antes de que esta semana termine.
Mónica no contestó de inmediato. Se quedó mirando el plato con frijoles que ya se había enfriado y las tortillas de harina apiladas en el centro de la mesa. De pronto, el ventilador de la sala giró con un chasquido y movió las hojas de un periódico local que anunciaba la feria del condado.
—La gata tiene catorce años, Roberto. No es culpa de ella. Es vieja.
—Por eso mismo. Ya vivió su tiempo. Si la dejamos ir, todos descansamos. La gata es un estorbo y tú lo sabes.
Mónica apretó los labios. Conocía ese tono: el tono de quien ya no pedía opinión, solo rendición.
A un metro de ellos, sobre un tapete raído que Mónica insistía en no botar, estaba la gata. Se llamaba Canela y había llegado a la casa cuando Roberto todavía era chofer de tráiler y pasaba más tiempo en la carretera que en la sala. Canela había sobrevivido a tres mudanzas, un huracán y la vez que el techo se llovió por completo en la recámara de atrás. Pero ahora era una gata vieja, con un ojo nublado y un maullido grave que salía de lo más hondo del pecho cuando las luces del baño se apagaban.
—No la voy a botar —dijo Mónica, sin levantar la voz.
Roberto se rascó la barba y dejó escapar un suspiro largo, como si esa respuesta fuera la confirmación de algo que ya sospechaba.
—Entonces me voy yo. O la gata o yo, Mónica. Tú me conoces.
Ella no respondió. Se quedó mirando el brazo herido de su esposo y luego posó los ojos en la gata. Canela no parpadeó. Tenía la cabeza inclinada, como si intentara leer la conversación en los gestos de la gente que la alimentaba desde hacía más de una década.
A la mañana siguiente, Roberto tomó la decisión. Metió a Canela en una caja de plástico, metió la caja en la batea de su camioneta Ford y condujo hasta un contenedor de basura detrás del centro comercial de la calle Mesa. Mónica iba sentada en el asiento del copiloto, con el rosario enredado entre los dedos, sin rezar una sola palabra.
—No mires —dijo él, cuando bajó del vehículo.
Ella miró de todos modos.
Vio a Roberto abrir la caja, sacar un trozo de cobija floreada que estaba guardada desde hacía ocho años y acomodarlo junto al contenedor. Luego vio a la gata salir tambaleándose, con las patas traseras temblorosas, y quedarse quieta, sin maullar, sin intentar escapar.
Roberto caminó de regreso a la camioneta y encendió el motor sin cruzar una palabra.
Esa noche, Canela durmió sobre el asfalto tibio y no cerró los ojos hasta que escuchó el eco de una patrulla en la avenida lejana.
A la mañana siguiente, la encontró una joven de veintisiete años llamada Karina, que había ido a tirar una caja de zapatos llena de cable viejo. Se detuvo tan cerca del bulto que tropezó con la cobija.
—¡Ay, Dios mío! —gritó, y retrocedió dos pasos.
Su novio, Iván, se acercó con el teléfono encendido para alumbrar. La luz blanca del celular mostró a una gata gris con una oreja desgarrada y la respiración tan lenta que se notaba el esfuerzo de cada costilla.
—Es una gata —dijo Iván—. Casi la piso.
—La dejaron aquí, ¿verdad? —preguntó Karina, todavía con el aliento agitado—. Trajeron la cobija y todo. La vinieron a botar como si fuera basura.
—Ya está grande, Karina. Por eso la dejaron. Mira cómo respira.
—Eso no importa. Mañana nos la llevamos. Si se queda aquí, se muere.
Iván no dormía bien desde hacía meses por culpa del turno nocturno en la bodega de Amazon, y no tenía ganas de meterse en problemas ajenos. Pero no discutió. Tomó a la gata en brazos con un cuidado que ni él mismo reconoció, y la subió al asiento trasero del Honda Civic.
La gata no se resistió.
Esa madrugada, Canela maulló a las tres de la mañana. Karina la escuchó desde la cama y se levantó sin encender la luz. La tomó con las dos manos, la acercó a su pecho y se quedó media hora en la mecedora que había heredado de su abuela en Ciudad Juárez, meciéndose en la oscuridad.
La gata calló.
A la noche siguiente, Iván llegó tarde del trabajo y vio a la gata en su lado de la cama.
—¿Y esto? —preguntó, señalando el bulto gris que ocupaba la almohada.
—La veterinaria dijo que no debe dormir en el piso. Tiene artritis. Se la vio en una radiografía que costó ciento ochenta dólares.
—¿Ciento ochenta dólares por una gata que encontramos en la basura?
—Por una gata, sí. Mañana hay que pagar la consulta de seguimiento. Y hay que comprarle una camita ortopédica. Y comida para riñones.
Iván miró a Karina y luego miró la gata. Canela levantó la cabeza con la lentitud de los animales que saben cuándo sobra una palabra.
—Me voy a la sala —dijo Iván.
Durmió en el sofá durante tres semanas. La gata dormía con Karina, envuelta en una camiseta vieja de la preparatoria Franklin, y maullaba cada vez que la casa se quedaba demasiado silenciosa.
Un domingo por la tarde, Karina publicó una foto de la gata en un grupo de Facebook de rescate de animales de la ciudad. Escribió: “Se da en adopción. Es muy tranquila. Está esterilizada.” No mencionó la edad. No mencionó los riñones.
Las respuestas llegaron rápido.
El primero en presentarse fue un hombre de unos cuarenta años con una mochila de herramientas y una sonrisa que desapareció al tocar la puerta.
—Pensé que era joven —dijo, viendo a la gata acostada sobre la cobija floreada.
—Es adulta —respondió Karina—. La edad no se nota.
—Sí se nota. Se mira cansada. ¿Cuántos años tiene?
—Catorce, tal vez quince.
—Yo tuve un gato que vivió diecinueve años. Pero los últimos dos se la pasó en el veterinario. No, gracias. Mejor paso.
Dos días después llegó una mujer con un chaleco reflectante y el cabello recogido con un palito de madera. También preguntó por la edad. También dio media vuelta.
—Comprendo —le dijo Karina a Iván esa noche—. Nadie quiere una gata vieja. Prefieren un gatito que salte y juegue.
—La entienden más de lo que crees. La edad asusta porque no hay manera de devolverla si algo sale mal.
Karina no dijo nada. Al otro día, la tercera pareja llegó puntual a las siete de la noche. Eran dos señores que olían a loción de farmacia y traían un transportín nuevo, de plástico azul, con toallitas absorventes en el fondo.
—Qué bonita gata —dijo la mujer, mientras se acercaba al sofá—. Es gris, como la que tenía mi mamá en Delicias.
—Es muy tranquila. Se acostumbra rápido.
—¿Y cuántos años tiene?
—Catorce —respondió Iván, desde la puerta de la cocina, porque Karina se había quedado callada.
La mujer no hizo gesto de disgusto, pero bajó la mano.
—Ah. Catorce. Ya está bastante vivida.
—Sí —dijo Iván—. Bastante vivida. También maúlla por las noches y cuando la quieres revisar, te saca las uñas. A mí me rasguñó la mano cuando intenté ver si era macho o hembra.
La mujer buscó a su esposo con la mirada. Él ya estaba de pie.
—Mejor pensamos.
Karina se quedó en el sofá, mirando la puerta. Iván fue a la cocina y se sirvió agua del garrafón. No se hablaron durante un rato. Luego Karina preguntó por qué, y él se encogió de hombros.
—Porque si se la llevan, la van a volver a dejar en un contenedor. Esa gente compra transportín nuevo, pero no tiene la paciencia para una gata que ya no corre.
Esa noche, Canela caminó por primera vez hasta la sala sin ayuda. Iván estaba tirado en el sofá viendo un documental de carros antiguos en el teléfono. La gata se quedó frente a él, con las patas delanteras apenas separadas.
—¿Qué quieres? —le preguntó él, y volvió a mirar la pantalla.
En ese momento la gata se acercó y se acostó sobre sus piernas. No maulló. No se movió.
Iván levantó la mano y la puso sobre el lomo de la gata sin pensarlo. El pelo estaba áspero en algunas partes y suave en otras. Sintió las vértebras bajo la piel.
—Ni se te ocurra morirte aquí —dijo, pero no la quitó.
La veterinaria sugirió al mes siguiente un tratamiento para los riñones. Costaba cien dólares y requería una visita cada dos semanas para inyectarle líquidos. Karina dijo que no importaba, que ajustaban el gasto con comprar menos cosas para la casa. Iván dijo que no importaba y dejó el tema.
La gata se llamaba Canela, aunque Iván la llamaba “la señora” cuando llegaba del trabajo.
—La señora otra vez en mi almohada —decía, y se iba a la sala a ver sus carros antiguos.
Una noche, Karina lo encontró dormido en el sofá con la gata atravesada sobre el pecho. La camiseta le quedaba grande, así que la gata parecía flotar sobre la tela gris. Apagó la lámpara y volvió caminando de puntitas a la recámara.
A la mañana siguiente, en la cocina, Karina encontró una hoja de papel doblada sobre la mesa. Era la dirección de una página web de veterinaria. Al reverso, con letra de Iván, estaba escrito: “La señora tiene cita el sábado a las diez. Yo la llevo.”
Ese sábado Iván esperó en el estacionamiento de la clínica mientras adentro le explicaban a Karina que la gata gozaba de buena salud para su edad, aunque los riñones todavía necesitaban vigilancia. Al salir, Karina vio a Iván recargado en el cofre del Honda, comiendo una bolsa de papitas.
—¿Cómo está? —le preguntó él a través de la ventanilla abierta.
—Bien. Dijo que le gusta cómo va. Pero hay que darle suero dos veces por semana.
—Pues ni modo.
Un año después, Canela murió un domingo de septiembre, acostada en su cobija floreada, mientras Karina y Iván estaban en la cocina, uno frente al otro, comiendo huevos con chorizo. No hubo llanto, no hubo urgencia. Iván se levantó a media tarde y la encontró quieta, con el hocico enterrado entre las patas. Karina la envolvió en la misma cobija y la enterraron debajo del árbol de mezquite que crece en el patio trasero. Iván cavó el hoyo con una pala que tenía el mango partido y después puso encima una piedra plana, blanca, del tamaño de una mano.
—Catorce años —dijo Karina, en voz baja—. Casi quince.
—¿Y crees que se murió en paz? —preguntó Iván.
Karina se limpió las manos en el short y no contestó. Luego entró a la casa, sacó dos cervezas del refrigerador y se sentó con Iván en las sillas de plástico del porche. Afuera, el calor del desierto hacía temblar el aire sobre el asfalto.
Esa noche, al apagar la luz, Iván se quedó mirando el espacio vacío a los pies de la cama.
—¿Sabes qué? —dijo—. Nunca pensé que iba a extrañar que me rasguñara.
Karina se acercó y puso una mano sobre el pecho de él, como si quisiera detener el silencio.
—¿Te acuerdas de la cobija? —preguntó Karina.
—Claro que me acuerdo.
—Era horrible. Floreada y toda tiesa de polvo. Y todavía huelía a gasolina.
—Por eso la enterramos con ella—dijo él—. Era suya. Alguien la dejó con ella. No la íbamos a dejar sola de nuevo.
El ventilador del porche seguía girando afuera, moviendo el aire caliente que entraba por la rendija de la ventana. Ninguno de los dos se movió por un instante.
Fue Iván quien volvió a hablar, justo antes de quedarse dormido:
—Mañana voy a limpiar la batea del Honda. La señora dejó pelos por todos lados. Otra vez.
Se quedó callado.
Luego, sin abrir los ojos:
—Y la camioneta de aquel tipo… La Ford aquella que pasó al lado del contenedor… la vi una sola vez, pero la recuerdo. Era gris, con una calcomanía de un águila en la puerta.
Karina se incorporó.
—¿Por eso la trajiste? ¿Porque viste la camioneta?
—No. La traje porque tú me dijiste. Pero no lo olvido.
Karina se recostó otra vez. No dio las buenas noches. Solo puso el brazo sobre el pecho de Iván y dejó que el aire del desierto entrara por la ventana, fresco por primera vez en toda la noche.