Se llamaba Rosaura, tenía veintiséis años y un hijo de catorce meses al que cargaba como si fuera un bulto de arroz cuando las cosas se complicaban. Y esa mañana de octubre, en Union City, Nueva Jersey, las cosas se complicaron desde el minuto uno.
Faltaban apenas cuatro pasos para llegar a la entrada de la clínica pediátrica de la avenida Bergenline cuando la rueda delantera del cochecito —uno usado, comprado por ochenta dólares en una venta de garaje en Weehawken— se desprendió y rodó hasta chocar con un poste de parquímetro.
—¡Contigo todo es un problema! —gritó Esteban, su esposo, agachado en la acera tratando de encajar la rueda de nuevo en el eje.
Rosaura se quedó con la boca abierta. El aire olía a pan dulce de la panadería cubana de la esquina, y un perro atado afuera del lavado de ropa ladraba sin parar, como si también se hubiera cansado de la escena. Ella no entendía por qué la culpa era suya. Había esquivado el bache de la Forty-Eighth Street como siempre lo hacía.
—¿Yo qué hice, Esteban? Tú fuiste el que dijo que compráramos uno de segunda mano en vez de pagar los ciento veinte que costaba el nuevo en el Walmart de Secaucus.
—Ay, déjame —respondió él, sin mirarla, forcejeando con la rueda.
El pequeño Tomás, sintiendo la tensión, empezó a llorar con esos berridos que solo los bebés de un año saben sacar cuando el mundo de los adultos se desmorona a su alrededor. Rosaura lo levantó en brazos mientras Esteban seguía peleando con el cochecito, sudando dentro de su chaqueta de los Giants a pesar del frío.
—¿Le ayudo? —preguntó un hombre que pasaba, sonriendo.
—No, gracias, yo puedo solo —ladró Esteban, y luego, en voz más baja pero igual de venenosa, le soltó a Rosaura—: Si no fuera por ti, no estaría pasando esta vergüenza.
El hombre se encogió de hombros y siguió caminando, aunque se volteó dos veces, sonriendo todavía, como quien guarda una escena para contarla después.
Esteban terminó arrojando la rueda adentro del cochecito, lo plegó de mala gana y cargó con él escaleras arriba. Rosaura lo siguió con Tomás en brazos, pensando: "¿Con este hombre me casé yo? ¿Este es el que prometió estar conmigo en las buenas y en las malas?" Y se respondió a sí misma que no, que ese hombre dulce que conoció hace cinco años en una fiesta de quince en Jersey City había desaparecido. Desde que nació Tomás, Esteban se había vuelto de piedra.
Dentro de la clínica, el ambiente era sofocante: filas de sillas plásticas llenas de madres con bebés, un televisor viejo pegado a la pared transmitiendo un programa de Univisión sobre recetas con plátano, y un dispensador de agua que goteaba sin parar sobre un charco que nadie limpiaba.
—Rosaura, vamos a estar aquí hasta la tarde —se quejó Esteban, mirando el reloj.
—¿Y qué quieres que haga? Ya casi nos toca.
—¿Sabes qué es lo peor? Que hoy era mi día libre de la tienda, y en vez de descansar, estoy aquí parado contigo.
—Conmigo y con Tomás. Tú fuiste el que quería un hijo. Decías que me iba a ayudar en todo.
—Sí, sí, claro.
Pero por dentro, solo pensaba en lo harto que estaba de los gritos del niño. Le taladraban los nervios, y lo único que lo calmaba era salir a fumar cada diez minutos al estacionamiento.
Dos horas después salieron de la clínica rumbo a la parada de la ruta 23.
—¿No arreglaste la rueda? —preguntó Rosaura, con Tomás dormido en sus brazos.
—¿Con qué, con los dedos? —le gritó otra vez—. Llegando a casa lo resuelvo. Y tú mejor aprende a manejar esa cosa bien. Te dije que esquivaras los huecos.
—¿Me enseñas tú, entonces?
Esteban no respondió. Solo apretó la mandíbula. Cuando llegó el autobús, él entró primero y se sentó en el único asiento libre. Rosaura tuvo que quedarse de pie, con un brazo sosteniendo al niño y el otro aferrado al tubo para no caerse con cada frenazo.
—Señor, ¿no le va a dar el asiento a la muchacha? Va con el bebé —protestó una señora mayor, sentada junto a la ventana, con una bolsa del supermercado ShopRite entre las piernas.
—Perdone, ¿y eso a usted qué le importa? —respondió Esteban, cortante—. Yo cargo con el cochecito.
—No se preocupe, yo puedo parada —le dijo Rosaura a la señora, agradeciéndole en silencio con los ojos.
"Ya, ya, son solo seis paradas y llegamos a casa", se repetía para aguantar las ganas de llorar. Estaba agotada de esa vida. Ella y Esteban ya no parecían esposos: parecían dos desconocidos que compartían la misma dirección.
—Señorita, siéntese aquí —escuchó una voz de hombre.
Se volteó y reconoció al mismo que les había ofrecido ayuda frente a la clínica.
—Gracias, pero ya casi me bajo…
—No, siéntese. Si el chofer frena de golpe, usted se va a…
No terminó la frase porque justo en ese instante el autobús dio un frenazo seco en la esquina de Bergenline con la Cuarenta y Ocho, y Rosaura cayó directo contra el pecho de aquel desconocido. Si no hubiera estado ahí, se habría caído con el niño en brazos.
—Gracias —dijo ella, sosteniendo fuerte a Tomás.
—No es nada. Siéntese, por favor.
Se sentó en el asiento que quedó libre y, por fin, pudo respirar. Le dolían las piernas como si hubiera caminado diez millas. El hombre se quedó de pie a su lado, mientras Esteban se puso morado de rabia, incapaz de perdonarle a su esposa que hubiera aceptado la ayuda de un extraño. Durante todo el trayecto armó mentalmente la lista de reclamos que le soltaría en cuanto bajaran.
El hombre se llamaba Ramón, tenía treinta y un años, trabajaba reparando aires acondicionados para un edificio de apartamentos en West New York, y había notado algo que nadie más parecía ver: los ojos de esa muchacha estaban rojos, no por el frío, sino porque llevaba mucho tiempo sin dormir bien.
Bajaron los tres en la misma parada, frente a una lavandería con las luces fluorescentes zumbando. Esteban, apenas pisó la acera, explotó:
—¿Tú te das cuenta de lo que acabas de hacer? ¡Dejarte abrazar por un desconocido en el bus, delante de media cuadra!
—Esteban, él me sostuvo porque me iba a caer con Tomás. ¿Qué querías, que me partiera la cara contra el piso?
—¡Lo que quiero es que dejes de darle motivos a la gente para que se meta en lo nuestro!
Ramón, que ya se había adelantado unos pasos, se detuvo y se dio la vuelta.
—Oiga, yo no me metí en nada. Solo evité que su esposa se cayera. Si eso le molesta, el problema es con usted, no con ella.
—¿Y a usted quién lo llamó? —le gritó Esteban, dando un paso hacia él.
—Nadie. Pero tampoco hacía falta que me llamaran para ver que usted trata mal a su familia delante de todo el mundo.
La gente de la parada empezó a mirar. Una muchacha que esperaba con auriculares puestos se los quitó para no perderse nada. Rosaura sintió que la cara le ardía de vergüenza, pero también —y esto la sorprendió— de algo parecido al alivio. Alguien, por fin, decía en voz alta lo que ella llevaba meses tragándose.
—Vámonos, Esteban —le dijo, tirando del cochecito roto con una mano.
Pero Esteban no se movió. Se quedó mirando a Ramón con los puños cerrados, y por un segundo pareció que iba a pasar algo peor. Entonces Tomás, que se había despertado con el escándalo, soltó un llanto agudo que cortó la tensión como un cuchillo. Esteban parpadeó, miró al niño, miró a su esposa, y algo en su cara se quebró —no de rabia esta vez, sino de cansancio puro.
—Vámonos —repitió, y esta vez fue él quien caminó primero, cargando la rueda suelta en la mano, sin decir una palabra más.
Esa noche, después de acostar a Tomás, Rosaura se sentó en la mesa de la cocina del apartamento que alquilaban en la calle 49, bajo la luz parpadeante del único foco que Esteban nunca había cambiado. Sacó la carpeta azul donde guardaba los papeles importantes: el contrato de alquiler, las copias del Seguro Social, y el recibo de la cuenta de ahorros que había abierto sola, sin decirle nada a su marido, seis meses atrás, con el dinero que ganaba limpiando casas los sábados.
Había mil cuatrocientos dólares ahí. No era mucho, pero era suyo.
Esteban entró a la cocina buscando agua y la vio con la carpeta abierta.
—¿Qué es eso?
—Mis papeles. Y los de Tomás.
—¿Para qué los sacas a esta hora?
Rosaura cerró la carpeta despacio y lo miró de frente, algo que hacía tiempo no hacía.
—Mañana voy a llamar a mi prima Yolanda. Ella tiene un cuarto libre en su casa de Guttenberg, a seis cuadras de aquí. Me voy a quedar ahí con Tomás un tiempo.
—¿Estás hablando en serio? ¿Por lo de hoy? ¿Por un tipo en un autobús?
—No es por el tipo, Esteban. Es porque ese tipo, en dos minutos, me trató con más respeto que tú en los últimos ocho meses. Y eso no lo voy a seguir aguantando.
Esteban abrió la boca para gritar, como siempre, pero no le salió nada. Se quedó parado en el marco de la puerta, con el vaso de agua a medio camino, mientras Rosaura guardaba la carpeta en su bolso y apagaba la luz de la cocina.
Tres semanas después, Esteban llamó a la puerta de la casa de Yolanda en Guttenberg. Rosaura abrió con Tomás dormido sobre el hombro y no lo dejó pasar del porche. Le devolvió las llaves del apartamento que ya no iba a volver a usar y le dijo, con la carpeta azul todavía bajo el brazo, que el abogado de asistencia legal del condado de Hudson ya tenía el caso de manutención abierto. Esteban se quedó en la acera, con la rueda del cochecito viejo —la misma que nunca llegó a arreglar— todavía en el maletero de su carro, mirando cómo la puerta se cerraba despacio frente a él.