# Pato con arándanos en Miami

Boda de hace cinco años, una hijita de dos años que siempre había vivido con los abuelos… y esa noche yo estaba preparando la cena de aniversario cuando toqué a esa puerta.

Me llamo Marta Villalobos, tengo cincuenta y tres años y desde hace diecisiete trabajo como enfermera en el área de maternidad del Baptist Hospital, en Miami. He visto de todo en mi vida —un parto en el pasillo, un padre que se desmayó al ver la sangre, una suegra que llegó con el coche del bebé antes de que naciera—. Pero aquel jueves de noviembre lo voy a recordar distinto a todos los demás.

Terminaba mi turno a las cinco de la tarde e iba caminando hacia la parada del autobús en la Calle Ocho cuando vi a mi vecina del edificio, Yolanda Reyes, de treinta y dos años, profesora de química en una preparatoria por la Flagler. Estaba parada frente al edificio con una bolsa del Publix, con el mismo vestido color vino que se había puesto para su aniversario de bodas el año pasado. De la bolsa asomaba un manojo de cilantro. Le pregunté si pasaba algo. Me dijo que estaba cocinando pato con salsa de arándanos, que cumplían cinco años de casados con Julio, que quería que esa noche fuera especial. Sonrió, pero esa sonrisa no le llegaba a los ojos —de esas sonrisas he visto cientos en la sala, cuando una paciente dice "estoy bien" mientras se agarra del barandal con tanta fuerza que se le ponen blancos los nudillos.

Yo no vivo con ellos, no sé qué pasó detrás de esa puerta durante el último año. Pero el edificio donde vivimos, uno de esos de ladrillo viejo por la Calle 8, tiene paredes delgadas y un elevador que hace tanto ruido que se escucha en cada piso —así que a veces, por las noches, oía voces alzadas detrás de la puerta del apartamento doce. Nunca me metí. No era asunto mío.

Ese día le ofrecí a Yolanda ayudarle a subir las bolsas, porque todavía cargaba una con jugo de arándano y mostaza —Julio, según decía, adoraba la salsa de arándanos con el pato. Subimos juntas en el elevador. En el pasillo olía a ropa vieja frita que venía del apartamento de los vecinos de la planta baja, alguien en el tercer piso tenía las noticias puestas, se escuchaba la voz del presentador por la puerta entreabierta. Yolanda me contaba cómo se iba a rizar el pelo, qué perfume se iba a poner —ese con vainilla que Julio una vez llamó "el olor del que me enamoré". Lo dijo y enseguida se corrigió: "bueno, eso decía antes".

Me bajé en el cuarto piso, ella siguió subiendo. No sabía entonces que la volvería a ver esa misma noche —y que lo que iba a ver sería completamente distinto de lo que ella estaba preparando.

A las ocho y media la llamé para devolverle una tarjeta del Publix que se le había caído en el pasillo. Toqué la puerta. No abrió ella.

En el umbral estaba Julio —alto, en traje, como si viniera de una cena importante y no de su trabajo en una firma de contabilidad por la Brickell, donde normalmente andaba en camisa de vestir sin corbata. Junto a él, agarrada de su brazo, había una muchacha. Tal vez veintiséis años, el pelo teñido de rubio platino recogido en una cola alta, una blusa rosa ajustada sobre un vientre enorme —ocho, quizás nueve meses. Olía a un perfume dulce de farmacia tan fuerte que lo sentí antes de siquiera alcanzar a darle la tarjeta.

—¡Ay, Marta! —exclamó Julio, como si ese fuera el mejor momento para presentar visitas—. Esta es Karen. Se va a venir a vivir aquí con nosotros. Está embarazada, ¿sabe?, de nueve meses. Me va a dar un hijo varón.

Detrás de ellos, al fondo del pasillo, estaba Yolanda. Con el mismo vestido color vino. En la mano tenía un trapo de cocina, como si acabara de secarse las manos y se le hubiera olvidado dejarlo. No gritaba, no lloraba. Estaba parada como clavada al piso, y su cara tenía esa misma expresión que les veo a las mujeres cuando el doctor les dice algo que no logran procesar de inmediato.

—Cinco años esperé a que ella me diera un hijo varón —me dijo Julio, tan fuerte que seguro lo oyó todo el pasillo—. Y ahora tengo una mujer de verdad en la casa.

Detrás de ellos, en las escaleras, apareció la suegra de Yolanda, Carmen Reyes. Traía un ramo de crisantemos blancos y sonreía de oreja a oreja, como si viniera a un bautizo y no a presenciar una infidelidad.

—Yolanda, mija, ¿qué haces ahí parada? —dijo, poniéndome el ramo en las manos a mí, aunque yo no era la destinataria—. Pon a calentar agua para un té de manzanilla, que a Karen le da acidez.

No me quedé más tiempo. No era asunto mío, me repetía en el elevador mientras bajaba. Pero durante las siguientes tres semanas pasé todos los días frente a la puerta del apartamento doce, sacando la basura, y todos los días oía lo mismo: un bebé llorando en el piso de arriba en casa de los vecinos, el televisor de Carmen, y silencio detrás de la puerta de Yolanda, quien ahora dormía, según supe después, en el sofá cama de la sala mientras Karen y Julio se quedaban con el cuarto principal.

La volví a encontrar a mediados de diciembre, en el pasillo, cuando subía cajas. Le pregunté si se iba a mudar. Me dijo que sí —pero no como yo pensaba.

Resultó que el apartamento de la Calle 8 lo había comprado por completo con el dinero de la venta de un condominio que le dejó su abuela en Hialeah, y legalmente, desde hacía tres años, después de un cambio en el acuerdo prenupcial que ambos firmaron ante un notario por la Coral Way, le pertenecía únicamente a ella. Julio no lo recordaba, o fingía no recordarlo —contaba con que su esposa, cansada y humillada, simplemente empacara y desapareciera. En cambio, Yolanda fue con ese mismo notario, sacó una copia certificada del título de propiedad, llamó a un cerrajero de un servicio por la Flagler y cambió la chapa de la puerta antes de que Julio volviera del trabajo. No le gritó por teléfono. Simplemente dejó un sobre bajo la puerta de los vecinos con la instrucción de que se lo entregaran cuando llegara —adentro había una carta con la dirección de un bufete de abogados por el Downtown y la indicación de que tenía catorce días para llevarse sus cosas, porque el apartamento estaba en venta.

Lo vi esa noche —parado frente a la puerta del doce con una llave que no entraba en la chapa nueva, tocando el timbre, y después dando golpes con el puño, hasta que bajó Carmen desde arriba y le dijo que dejara de hacer escándalo, que los vecinos iban a llamar a la policía. Yolanda para entonces ya no estaba en el apartamento —había sacado la última caja el día anterior, con la ayuda de su hermano, y había puesto el apartamento en venta por trescientos ochenta mil dólares, cosa que supe después por la agente de bienes raíces que pegó el anuncio en el buzón.

No sé dónde vive ahora. Una vez me dio en el pasillo su nueva dirección, algo por Kendall, pero no la anoté. Solo sé que la última vez que la vi, no llevaba en las manos una caja, sino una carpeta con documentos —la misma que antes había estado guardada con el notario y que ahora era suya. Y que no volteó a mirar el edificio cuando cerró la puerta del taxi.

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