Cuando tenía quince años, entré a la Coral Gables Senior High y ya en la primera semana de clases supe que existía un muchacho llamado Tomás Leyva. Iba al otro salón de su grado, un año arriba del mío. No sabía nada de él, solo que cuando cruzaba el pasillo, se me cortaba la respiración.
Mis amigas lo descubrieron como a las dos semanas. No había forma de ocultarlo, porque siempre me quedaba muda justo cuando él aparecía cerca de la máquina de refrescos. Empezaron a molestarme: "Otra vez te pusiste roja, Susy." Y yo fingía que el horario de clases me importaba muchísimo.
Nunca cruzamos ni una palabra.
Una vez casi pasó. Fue en el baile de invierno de diciembre, en el gimnasio decorado con luces. Estaba parada junto a la ventana con un vaso de ponche, haciéndome la que esperaba a alguien. Él se dio la vuelta hacia mí. Parecía que iba a cruzar todo el gimnasio para llegar a donde yo estaba. Me entró pánico y me escapé al baño. Me quedé ahí como quince minutos contando los azulejos del piso.
Después de graduarme me dije: ya basta. Tomás Leyva es un capítulo cerrado.
Quería estudiar arquitectura. Mis papás en ese entonces estaban pensando en mudarse a Orlando por trabajo y me dijeron que no me iban a dejar sola en Miami. Terminé yéndome con ellos. El primer año me sentí como pez fuera del agua —todo era distinto, la gente hablaba diferente y hasta para encontrar un buen pan cubano tenía que manejar media hora. Pero después me acostumbré. Llegaron los exámenes, las primeras relaciones, el trabajo en un estudio de diseño. La vida me arrastró.
Y a Tomás no lo volví a ver en once años.
Cuando mis papás decidieron regresar a Miami, me fui con ellos. Mi mamá decía que extrañaba los almuerzos de domingo en casa de mi abuela en Westchester. Yo regresé porque quería volver a escuchar español en el elevador, en el Metrorail, en la panadería de la esquina.
Tres meses después de volver me llegó una invitación. Reunión de exalumnos, de todas las generaciones. Me escribió Lucía, con quien me sentaba en clase hace años. "Tienes que venir, va a ser en el Ball & Chain de la Calle Ocho. Le metieron banda en vivo y todo."
Dudé mucho tiempo. A la mayoría de esas personas las había perdido de vista. No sabía de qué iba a hablar con ellos. Pero Lucía no se rindió.
Llegué un viernes a las siete de la noche. En el patio del lugar había luces colgadas, tocaba una banda acústica y el aire olía a croquetas y café cubano. Estaba junto a la mesa de los gafetes buscando el mío cuando alguien detrás de mí dijo:
—¿Susana?
Me volteé.
Era él. Más grande, con barba corta y el pelo un poco más ralo, pero lo reconocí de inmediato. El corazón me dio un vuelco. Esperaba que dijéramos "hola" y cada uno siguiera su camino. En cambio se acercó más.
—Espera —dijo—. Tú de verdad desapareciste. Once años. Nadie sabía nada de ti.
Me dio risa. No sabía qué otra cosa hacer. En mi cabeza retumbaba una sola frase: ¿cómo pude desaparecer de tu vida si nunca estuve en ella?
Hablamos toda la noche. De Orlando, de su trabajo como diseñador gráfico en Coconut Grove, de cómo había cambiado Miami. Lucía pasó cerca de nosotros tres veces y cada vez me miraba con los ojos como platos. La ignoré.
Cuando nos despedimos, me dijo: —Mañana te escribo.
Me escribió a las diez de la mañana. Después me escribía todos los días. Al mes ya éramos pareja.
Me tardé bastante en contarle. Tenía miedo de que sonara infantil —una mujer adulta confesando un amor de secundaria. Pero un domingo estábamos en mi balcón, comiendo pizza, y me preguntó por qué siempre hablaba de la secundaria con tanto cuidado en las reuniones.
Respiré hondo.
—Tomás, yo estuve enamorada de ti casi toda la secundaria.
Dejó de comer. Se quedó viéndome. Y después se soltó a reír. No una risita —una carcajada de verdad, con lágrimas en los ojos. Me quedé ahí sentada con un pedazo de pizza en la mano pensando que se estaba burlando de mí.
—Perdón —dijo cuando se calmó—. Pero esto es una locura. Porque yo también estaba enamorado de ti.
No le creí. Entonces empezó a nombrar cosas que no podía saber por casualidad. Dónde me sentaba en las ceremonias de premiación. Que siempre iba a clase por el camino más largo, bordeando el estacionamiento de la escuela, para evitar al perro que estaba cerca de la otra entrada. Que tenía un llavero de mariquita en la mochila y un viernes se me olvidó en la casa.
Me quedé con la boca abierta.
Y después dijo lo que me dejó sin aire: —Yo pasaba cerca de tu salón a propósito. Todos los miércoles cambiaba de turno para borrar el pizarrón, así en el receso largo me tocaba pasar justo frente a la puerta del salón B. Una vez hasta preparé una excusa —iba a preguntarte por tutorías de matemáticas. Y después te vi riéndote con Lucía y pensé que no tenía ninguna oportunidad.
Esas palabras me cayeron como un balde de agua fría. Once años los dos mirándonos. Ninguno dio el paso.
Esa noche nos quedamos en el balcón hasta las tres de la mañana. Nos reíamos y nos reclamábamos a la vez. "Tú tenías que haberme buscado." "Tú tenías que haber dejado de huir." Fue una noche absurda, hermosa, una locura total.
Lo curioso es que no siento el tiempo perdido. Yo viví en Orlando. Aprendí cosas. Amé a otras personas. Él tuvo relaciones, viajó, maduró. Quién sabe si a los dieciséis años hubiéramos aguantado ni siquiera medio año —probablemente nos hubiéramos peleado en la primera discusión sobre a cuál baile de graduación íbamos cada quien. Eso ya nunca lo vamos a saber.
Nos casamos tres años después de esa reunión. La boda fue en una finca cerca de Homestead, tocó una banda de salsa y bailamos hasta el amanecer. Este año cumplimos cinco años de casados.
Tenemos gemelas. Lía y Olivia. Dos años, energía de cohete, siempre desarmando o escondiendo algo. La semana pasada encontramos un cepillo de dientes dentro de una bota y el control remoto en el bote de los pañales. Son dos pequeñas terroristas y las adoramos.
De vez en cuando todavía discutimos sobre quién debió dar el primer paso. Él dice que yo me hacía la difícil. Yo digo que él caminaba por el pasillo como si fuera el rey de la escuela, siempre rodeado de gente, y por eso me daba miedo hasta acercarme.
El mes pasado encontramos en una caja una foto vieja de la ceremonia de graduación. Salimos los dos. Cada quien parado con su grupo. Entre nosotros, unos seis metros de distancia.
La puse sobre la mesa y me quedé mirándola un buen rato. Dos jóvenes en el umbral de la vida adulta. Ninguno se imagina que catorce años después van a estar juntos de madrugada cambiando pañales y peleando por quién dejó el control remoto en el bote de basura.
Ayer la mandé a enmarcar. Compré el marco en el Target de Dadeland, uno blanco sencillo. Lo colgué en la pared junto a la puerta de la sala, al lado del perchero. Donde años atrás quedó cerrado nuestro primer encuentro con Tomás, ahora cuelga la prueba de que, desde el principio, esa puerta siempre estuvo abierta.