Mi abuelo Reinaldo tenía las manos manchadas de aceite hasta los sesenta y ocho años, y no había forma de convencerlo de que se jubilara del taller que había levantado él solo en el este de Los Ángeles, cerca de Whittier Boulevard. Ese sábado de agosto el calor apretaba tanto que hasta las chicharras se habían callado, y yo estaba sentado sobre un barril volteado, viéndolo desarmar un carburador con la paciencia de quien no tiene ningún apuro en la vida.
—Abuelo —le dije, mientras él limpiaba una pieza con un trapo que ya había sido azul alguna vez—, ¿cómo se le pierde a uno la vida?
Dejó el trapo sobre el banco de trabajo. Se quitó los lentes, los limpió con la orilla de la camisa —siempre hacía eso antes de contestar algo que le importaba— y se sentó frente a mí en su banquito de madera, el mismo que había hecho con retazos de un pallet.
—Se pierde de muchas maneras, m'ijo. La mayoría no tiene nada que ver con morirse.
Un perro flaco que rondaba el callejón se asomó por la puerta del taller buscando sombra, y mi abuelo, sin cortar lo que decía, le aventó un pedazo de tortilla que tenía guardado en la bolsa de la camisa. El perro se lo comió y se echó junto a la llanta de un Buick del 91 que llevaba ahí meses esperando que alguien viniera a recogerlo.
—Uno pierde la vida —siguió— cuando se pasa los días viviendo la historia de otro. Cuando quiere el negocio que tiene su compadre, o la casa que compró su cuñado, en vez de construir lo suyo. Yo conocí a un hombre aquí en el barrio, tenía una tortillería que le daba de comer a toda su familia, y se la pasaba amargado porque su hermano puso una taquería más grande cruzando la calle. Cerró su negocio de puro coraje. El hermano sigue ahí. La tortillería ya no existe.
Se levantó, fue hasta el refrigerador chiquito que tenía junto a la caja registradora vieja, sacó dos Jarritos de mandarina y me dio uno. La botella estaba tan fría que se empañó de inmediato con el calor del taller.
—También se pierde la vida criticando el error del vecino y no corrigiendo el propio. Y se pierde cuando uno se queda dando vueltas al mismo fracaso, como perro persiguiéndose la cola, en lugar de buscar para dónde caminar.
Le pregunté si a él le había pasado eso alguna vez. Se rio, no de mí, sino de algo que traía guardado.
—Cuando se murió tu abuela, pasé como dos años sin querer abrir el taller los lunes. Me quedaba en la casa mirando el mismo día una y otra vez, el día que se fue. Tu tío Beto me tuvo que venir a sacar de ahí a rastras, literal, me agarró del brazo y me trajo caminando hasta acá.
Afuera, alguien pasó con la música del carro a todo volumen, una cumbia que se fue apagando calle abajo. Mi abuelo esperó a que se perdiera el ruido antes de seguir.
—Y se pierde la vida comparándose. Envidiando lo que tiene el otro en vez de volverse uno mismo mejor. O nomás fijándose en lo que está mal y dejando de ver lo que todavía está bien. Yo tengo este taller chiquito, nunca tuve el dinero pa' comprar el terreno de al lado, ese que ahora es un lote de carros usados con banderitas de plástico. Pude haberme amargado toda la vida por eso. Pero mira —y con la mano señaló las paredes llenas de fotos, calendarios viejos, una estampita de la Virgen de Guadalupe pegada con cinta junto a la caja registradora—, aquí crie a tus tíos, aquí conocí a medio barrio, aquí te estoy enseñando a ti lo poco que sé.
Se puso de pie con ese trabajo que le costaba desde que la rodilla empezó a fallarle, y volvió al carburador como si la conversación no hubiera interrumpido nada.
—La vida no se pierde solo cuando uno deja de respirar, m'ijo. A veces se pierde mucho antes. Cuando uno deja de intentar. Cuando deja de esperar algo bueno. Cuando deja de darse permiso de estar contento.
Guardó silencio un rato largo, ajustando una pieza con los dedos manchados de grasa negra que nunca se le quitaba del todo, ni con el jabón Lava que usaba los domingos antes de misa.
Tres semanas después, mi abuelo cerró el taller por primera vez en once años sin que fuera domingo ni día festivo. No fue porque se enfermara ni porque decidiera al fin jubilarse. Fue porque esa mañana llegó temprano, se sentó en su banquito de madera con un café en la mano, y se puso a mirar cómo entraba la luz por la puerta del taller, cómo se movía el polvo en el aire, cómo el perro flaco del callejón dormía tranquilo junto al Buick del 91.
Se quedó ahí sentado toda la mañana. No arregló nada. No contestó el teléfono cuando llamó un cliente. Cuando mi tío Beto llegó a mediodía preocupado porque nadie abría la persiana de metal a tiempo, lo encontró así, quieto, con el café ya frío entre las manos.
—¿Todo bien, apá?
Mi abuelo levantó la vista, y no había en su cara nada de tristeza.
—Todo bien, m'ijo. Nomás estaba viendo que todavía tengo mucho que no he perdido.
Se levantó, se lavó las manos aunque no las tuviera sucias, y ese día, por primera vez en años, cerró el taller a las cuatro de la tarde en vez de a las siete. Se fue a comer elotes con su nieto al parque, sin prisa, sin carburador que arreglar, gastando el tiempo que antes gastaba solo en trabajar.