# Un extraño en la fila

Trabajo en la oficina del registro civil del condado de Miami-Dade desde hace once años. He tramitado miles de licencias de matrimonio y he visto cientos de novias. Normalmente soy yo la que ofrece pañuelos, arregla el velo y dice: "Respire hondo". Pero aquel viernes de julio no fue la novia quien necesitó ayuda. Fui yo la que tuvo que sentarse en la salita del fondo y quedarse mirando la parada de guagua por la ventana durante cinco minutos, para recomponerme.

Empezó como cualquier día. Las ocho de la mañana, el calor pegando desde el amanecer, el aire acondicionado de la oficina zumbando sin muchas ganas. Ella llegó primero, puntual, a las ocho y diez. Joven, quizás veintitrés años, con un vestido sencillo de flores. El pelo recogido en un moño flojo del que se escapaban mechones claros. Parecía una estudiante que por error había terminado en la oficina en vez de en clase.

—Buenos días, tengo cita para radicar la solicitud —dijo bajito.

Me pasó su identificación. Claudia Reyes. Dirección en Hialeah, uno de esos edificios de la calle 49. La miré otra vez. Tenía un manojo de llaves entre los dedos y las giraba nerviosa, como quien pasa un rosario. Ningún anillo en el dedo, las uñas mordidas hasta la carne. En las novias todo varía, pero por lo general algo delata la boda que se acerca. Ella parecía alguien que venía a resolver un trámite de herencia, no a formar una familia nueva.

—¿Y el novio? —pregunté, sacando el formulario.

—Ya viene. Yo llegué un poco antes.

Llené mis casillas. Esperamos. El aire acondicionado seguía su zumbido, alguien fotocopiaba papeles en el pasillo, la radio de la recepción tocaba una balada vieja de los noventa. Sentí algo recorrerme la espalda, justo por la columna, aunque no era asunto mío, ni mi boda, ni mi vida. Estoy sentada detrás del escritorio, recibo la solicitud, reviso los papeles. Nada más.

Él llegó a las ocho y cuarto. Entró como entran las personas convencidas de que el mundo entero debe esperarlas. Alto, bien formado, con una camisa oscura desabotonada en el cuello. Se sentó junto a Claudia y ella ni se movió. No volteó, no sonrió, ningún gesto de saludo. Los dos miraban al frente.

—Su identificación, por favor —dije.

Me la entregó de una manera que dejaba claro que para él aquello era puro trámite. Michael Torres. Diez años mayor que ella. La misma dirección, el mismo edificio en Hialeah. Ocupación: chofer en una compañía de transporte.

Empecé a llenar los datos del acta. Pregunto el apellido de soltera de la madre, los números de los documentos, lo de siempre. En algún momento Claudia abrió su cartera para sacar algo del bolsillo lateral. El cierre se atascó. Él no ayudó, ni siquiera volteó a ver. Se quedó con el teléfono en la mano, revisando algún partido, y cada vez que yo levantaba la vista, su pulgar seguía deslizándose por la pantalla.

—¿Podría prestar atención, por favor? —no aguanté más.

Levantó los ojos. Despacio, fijo. Pero no me miraba a mí, sino a algo detrás de mi hombro, a la pared donde cuelga una foto del antiguo edificio del condado de los años cincuenta. Tenía los ojos muy verdes, de esos que suavizan cualquier gesto, pero en ese momento parecían dos canicas de vidrio.

—Disculpe —dijo sin ninguna señal de arrepentimiento y dejó el teléfono sobre la rodilla.

Volví a las preguntas. Fijamos la fecha. Fin de agosto. Un sábado, como siempre en temporada. Pregunté por el nombre del testigo.

—Voy a pedirle a mi prima —dijo Claudia.

—Y yo a un compañero del trabajo —añadió Michael y regresó al teléfono.

Imprimo la solicitud. La pongo en el escritorio frente a ellos. Claudia tomó el bolígrafo, dudó una fracción de segundo, y firmó. Michael firmó sin leer una sola línea. Guardé sus papeles en la carpeta y entonces pasó. Claudia se puso de pie primero, me dijo "gracias" con mucha educación, y luego se volteó hacia Michael y le preguntó, sin más:

—¿De verdad quieres hacer esto?

Se hizo tanto silencio en la sala que escuché a mi compañera de recepción dejar caer una regla de metal sobre su escritorio.

—¿Cómo? —Michael por fin se despegó de la pantalla.

—Te pregunto si de verdad quieres hacer esto. Porque parece que viniste como quien va a la inspección del carro. Marcar la casilla e irse.

Se hizo un silencio. El aire acondicionado dio un chasquido. Miré mis propias manos como si de pronto fueran de otra persona. No sabía si debía salir, quedarme, o fingir que anotaba algo en la agenda.

—¿Yo? —soltó una risa fingida—. Eres tú la que ha andado con cara de funeral toda la semana.

—Porque mi mamá ya reservó el salón y mi prima que vive en Orlando compró el boleto para la boda. Todos quieren esta fiesta más de lo que la queremos nosotros.

—No hagas drama delante de una desconocida.

Ya no disimulé más. Los miré por encima de los espejuelos. Claudia seguía con su manojo de llaves. Michael todavía tenía el teléfono entre los dedos, como si estuviera a punto de contestar una llamada.

—No se trata de la gente —dijo ella, tranquila—. Se trata de que yo sí te quiero, y tú a mí no. Y no vamos a empezar el día de la boda como si eso fuera a cambiar.

—Claudia, ¿de qué estás hablando…?

—No estoy hablando. Estoy preguntando. Porque si tú no quieres, no hay solicitud, ni salón, ni nada que cancelar. Solo estamos tú y yo, y este sábado que no tenemos por qué ver llegar.

Él se quedó callado. Sentí flotar entre ellos una tensión horrible, pegajosa, tan densa que daban ganas de abrir una ventana. Hacía calor en la oficina, pero de pronto sentí frío en la nuca.

—Piénsalo hasta el miércoles —dijo Claudia—. Pero no vengas a buscarme hasta que decidas. En serio, Michael. No quiero verte hasta que tengas algo concreto adentro.

Y se fue. Así, sin más. Cerró la cartera, se acomodó un mechón detrás de la oreja y desapareció por el pasillo. Quedó el olor a polvo compacto y al café de la máquina.

Michael se quedó sentado. Miraba la pared, esta vez de verdad. Se quedó así como un minuto, luego se levantó, guardó el teléfono y me dijo, casi de pasada:

—Para el miércoles seguro se le pasa. Todas se ponen así antes de la boda.

No respondí. Le entregué la solicitud doblada, él la agarró y se la metió en el bolsillo del pantalón sin cuidado, arrugándola. Salió sin despedirse.

Me quedé sola en la sala. Miré por la ventana. La guagua articulada estaba parada en la esquina. Claudia sube, una mancha clara entre siluetas oscuras. Arranca frente al edificio, y yo hago algo que no hacía hace años. Me levanto y me acerco a la ventana, como si fuera a ver algo que el cristal jamás dejaría ver.

El miércoles, tal como había dicho, Claudia regresó a la oficina. Otra vez puntual, otra vez sola. Esta vez con una blusa de botones pequeños y una carpeta con documentos.

—Buenos días —dijo—. Quería retirar la solicitud de matrimonio que presentamos el miércoles pasado.

Me dio el número del caso y su identificación. Encontré la carpeta en el archivo. Saqué el formulario donde las dos firmas estaban una junto a la otra. Michael había hecho un garabato grande y descuidado; ella había firmado con mucho cuidado, como si se tratara de un examen de escritura.

—¿Le dijo algo? —pregunté como sin querer, aunque en mi trabajo nada sale sin querer. Cada pregunta es concreta, aunque se diga en voz baja.

—Vino el martes después del trabajo. Se paró en la puerta. "No quiero así" —dijo. Y ya.

—"No quiero así"… —repetí, sintiéndome tonta.

—Ya no te quiero, pero me acostumbré a ti —dijo. Exactamente esas palabras. Como si yo hubiera estado esperando algo así todo el verano.

Tomó el bolígrafo que le entregué. Firmó el retiro. Lo dejó sobre el escritorio con cuidado, como para no dejar marca en la madera. Se puso de pie.

—Gracias por no hacerme esperar por él en el pasillo hace un mes. Eso, al menos, fue mejor que no sé qué.

—¿Y su mamá? —quise saber, aunque en ningún formulario oficial existe esa casilla.

—Todavía no sabe. Se lo voy a decir el sábado, en casa de mi abuela. Él, bueno, que se esconda. Capaz me voy con mi tía Elena para el lago de Homestead, a nadar un rato. El agua ya está tibia por esta época.

Sonrió. Breve, apenas con la comisura de los labios, pero fue una sonrisa real, ligera, no una sonrisa de trámite.

Se despidió y salió. Y yo saqué de la carpeta la solicitud que acababa de anular, y miré la fecha de la boda. Hacía poco había sido un sábado concreto en el calendario. Ahora volvía a ser un día cualquiera de agosto.

Llevé el formulario a la trituradora. La máquina zumbó, tragó el papel. Por una fracción de segundo vi sus firmas en tiras, antes de que desaparecieran en el bote de plástico.

Mi compañera de recepción se asomó por la puerta.

—Ven, hice té de frutas, trae las galletitas.

—Ya voy. Pero antes dime algo —me gritó todavía—, me ha tenido pensando desde la mañana. ¿Por qué te quedaste así, parada junto a la ventana el viernes, cuando la guagua arrancó?

Lo pensé un momento. Miré hacia la trituradora, donde en el fondo ya solo giraba polvo claro de papel.

—Porque vi a una mujer salvarse la vida. Y eso pasa una vez entre mil solicitudes.

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