La Fiebre de 103 y el Sobre con las Llaves

El lunes desperté con una fiebre de 103 y por primera vez en tres años le mandé un mensaje a Yadira para decirle que no podía quedarme con los niños. A las siete de la mañana estaban en la puerta de mi apartamento, con una bolsa de la farmacia y una olla de caldo.

A ver, déjenme empezar por el principio, porque esto no se entiende sin saber quién es quién en esta familia. Yo soy Carmen Lucía Ordoñez, sesenta y siete años, enfermera jubilada del Jackson Memorial de Miami. Veintinueve años poniendo inyecciones, cambiando vendas y aguantando turnos de doce horas. Me jubilé pensando que por fin iba a descansar, a leer mis novelas, a cuidar mis matas de albahaca en el balcón. Y a los cuatro meses, mi hijo Raúl me sentó en la sala y me dijo: Mami, con lo que ganamos Yadira y yo no nos alcanza para el daycare de los dos. ¿Tú crees que puedas ayudarnos?

Y yo, como buena madre hispana, dije que sí. Porque una no dice que no. Porque para eso estamos las abuelas, ¿no? Para cargar con los muchachos mientras los hijos trabajan. Para estar disponible. Para no fallar.

Así que desde que Matías entró al pre-K y Sebastián a segundo grado, yo me volví chofer, cocinera, niñera y tutora de tarea. Todos los benditos días, de lunes a viernes, salía de mi apartamento en Hialeah a las dos y cuarto, agarraba la 37 hacia la escuelita por la Pequeña Habana, recogía a los muchachos, les daba merienda, les ayudaba con la tarea, los bañaba si hacía falta, los entretenía hasta que Yadira o Raúl los pasaban a buscar tipo siete, siete y media de la noche.

Y no me quejaba, ojo. Yo misma me metí en esto. Pero ya a mis sesenta y siete años, con la rodilla derecha que me jode desde que me caí en el estacionamiento del Publix, la rutina estaba pesada. Muy pesada. Todas las mañanas me levantaba a las cinco y media para prepararme, porque los muchachos llegan temprano a la escuela y aunque yo solo los recojo por la tarde, Yadira a veces me los deja a las seis y media de la mañana si a ella le toca abrir la clínica.

Este lunes, cuando sonó la alarma, el cuerpo no me respondió. Me dolía hasta el pelo. Me temblaban las piernas, tenía la garganta como si me hubiera tragado vidrio molido. Me puse el termómetro y marcó ciento tres. Ciento tres. A mi edad, eso no es juego. Llamé a la farmacia de la esquina y me dijeron que si no bajaba en veinticuatro horas, fuera a urgencias.

Me quedé acostada, mirando el ventilador de techo dando vueltas y más vueltas. Las sábanas mojadas de sudor. Y pensaba en Yadira, que tenía turno a las ocho en la clínica. En Raúl, que estaba en Fort Myers por un trabajo de construcción. En los niños, que necesitaban quien los recogiera.

Me tomó como veinte minutos escribir el mensaje. Lo borré como cuatro veces. Primero: "Yadira, me siento un poco mal." Después: "Yadira, tengo un poco de calentura." Al final escribí la verdad y la mandé sin pensarlo mucho: "Yadira, estoy enferma de verdad, tengo fiebre de 103, no voy a poder con los muchachos hoy. Perdóname por favor."

Ni siquiera me respondió. Pasaron cinco minutos. Diez. Veinte. Nada. Me imaginé a Yadira molesta en su carro, diciéndole a Raúl por teléfono que ahora qué iban a hacer, que si tu mamá se enferma quién va a cuidar a los niños. Pensé que me iba a escribir algo cortante. Algo tipo: "Ok, avísame mañana si vas a poder." Pero el teléfono seguía con la pantalla apagada, y yo seguía ahí, tirada en la cama sintiéndome un estorbo. La abuela que solo sirve mientras funcione.

Me dormí como a las seis y media, con la almohada empapada y un dolor de cabeza que no me dejaba ni pensar.

A las siete y dos minutos, el timbre.

Me levanté con un esfuerzo que no les puedo describir. Me puse la bata, fui arrastrando los pies hasta la puerta y la abrí. Y ahí estaba Yadira. Con los dos muchachos parados en el pasillo, y una bolsa de CVS en una mano y una olla en la otra.

—¿Qué pasó? ¿Qué haces aquí? —le dije, y la voz me salió ronca, como de vieja fumadora.

Yadira no me preguntó si podía pasar. Entró directo. Venía en leggings y una camiseta de dormir de Raúl, con el pelo recogido de cualquier manera. Los muchachos entraron detrás de ella, callados, como si supieran que había que portarse bien.

—Te traje vitaminas y un jarabe para la garganta —dijo, y dejó la bolsa en la mesita de la sala—. Y caldo de pollo que puse anoche, antes de que me avisaras.

Yo me quedé en el pasillo, con la bata apretada y el termómetro todavía en la mano. No entendía.

—Yadira, ¿y tu trabajo? ¿Y los niños? ¿Quién los va a llevar?

—Hablé con mi supervisora. Le dije que tenía una emergencia familiar y necesitaba la mañana. Y los niños van a ir a la escuela como siempre. Yo los llevo de camino.

—¿Y tú crees que vas a poder con todo?

Se detuvo en la cocina, con la olla en la estufa, y me miró. Pero no me miró con rabia. Me miró con algo que no supe identificar en ese momento.

—Usted acuéstese, doña Carmen. Y quédese quieta, por favor.

Cerré la boca. Me fui a la cama sintiéndome como una muchachita a la que mandan a dormir. Desde el cuarto escuché a Yadira abriendo gavetas, sacando un tazón para el caldo, sirviéndome un vaso de agua con hielo. La escuché hablar con los muchachos en voz baja. Sebastián decía algo de un proyecto de ciencias. Matías preguntaba si abuela se iba a morir, y Yadira le decía que no dijera eso, que abuela solo tiene una gripe fuerte.

Después de un rato, Yadira entró al cuarto con una bandeja. Caldo, pan, un vaso de agua y dos pastillas de Tylenol.

—No me vas a decir que no tienes hambre —me dijo—. Hace tres años que vienes todos los días, hasta cuando tenías esa bronquitis en enero. No te pudiste quedar en cama ni un solo día.

—Eso no fue nada.

—Fue bronquitis, doña Carmen. Y usted vino y hasta nos hizo sopa de fideos.

Yo me quedé callada. Porque era verdad. En enero tuve una bronquitis terrible, tosiendo como perro, y ni así dejé de ir. No podía dejarlos botados. ¿Quién les iba a hacer la comida? ¿Quién iba a estar pendiente de que Matías no se metiera las crayolas a la boca? Y Yadira se acordaba. Lo tenía presente.

—Doña Carmen —dijo Yadira, y se le quebró un poquito la voz—. Usted no es la muchacha que contratamos. Usted es la abuela de mis hijos. Y si usted se enferma, los muchachos y yo podemos arreglarnos. Usted no tiene que estar muriéndose en esta cama con miedo de avisarme.

Yo no sabía qué decir. Me quedé viendo el techo, con la garganta apretada. No era la fiebre. Era otra cosa.

Yadira acomodó la bandeja en la cama y se volteó para salir. En la puerta, se detuvo.

—¿Sabe una cosa? Sebastián me dijo hace unos días que cuando usted lo recoge, siempre se paran en la pulpería de la calle Ocho y usted le compra un mango. Uno para él y uno para Matías, pero Matías no se da cuenta porque se lo pela antes de llegar a la casa.

Se me escapó una risa ronca.

—¿Eso te contó?

—Me lo contó. Y me dijo que los mejores martes son cuando hay mango maduro. Así que, por favor, cuídese. Porque esos martes son importantes para él.

Cuando Yadira salió del cuarto con los muchachos, yo me quedé acostada escuchando la casa en silencio. Sebastián se despidió desde la sala, con una vocecita que no era la de un niño chiquito sino la de un hombrecito de segundo grado: "Abuela, yo vengo por ti al regresar de la escuela. No te muevas." Matías me dejó un dibujo en la cama: yo acostada, el sol con cara feliz, y una palabra que él escribió solito —"abla" con una B de más y un garabato rojo.

Yadira terminó de lavar los platos, cerró la puerta con llave desde afuera y me dejó el teléfono en la mesa de noche cargando. Me escribió al rato: "Dejé las gotas de limón en el baño. Úsalas para la garganta."

Esa tarde, por primera vez, no tuve que recoger a nadie. No preparé ninguna merienda. No calenté ninguna cena. Me quedé en la cama, oyendo la nevera zumbar y el ventilador girando, con el dibujo de Matías en la almohada de al lado. Y pensé en los últimos tres años. En todos los días que salí de este apartamento sin importar si me dolía la rodilla, si estaba triste, si no había dormido por la tos. Pensé en que nunca me tomé un día libre. No porque no me lo dieran. Sino porque yo creía que si fallaba un día, si me enfermaba un día, si decía "hoy no puedo", entonces ya no servía. Que la familia me vería distinto. Que lo único que me hacía valer era estar disponible.

Yadira me había dicho lo contrario. Sebastián me lo había dicho también, a su manera, con lo del mango. Matías me lo había dibujado en un papel rayado.

A las siete de la noche, sonó mi teléfono. Raúl. Llamaba desde Fort Myers, desde la habitación del hotel, y se escuchaban los carros pasando por la autopista al fondo.

—Mami, Yadira me contó. ¿Cómo estás?

—Mejor, mi hijo. La fiebre bajó un poco.

—Mami… —hizo una pausa—. Nosotros no queremos que te mates por los muchachos. Si un día no puedes, no pasa nada. Hablamos. Nos arreglamos. Tú eres mi mamá. No mi empleada.

Le dije que sí, que ya Yadira me había hablado. Pero no le dije lo que me costó tragarme el nudo en la garganta. Raúl no es de hablar mucho. Cuando mi esposo falleció hace catorce años, Raúl me cargó en silencio, sin palabras, siempre resolviendo cosas, arreglando la tubería, pagando la luz, sin preguntar. Y ahora me estaba diciendo lo que yo necesitaba oír. "Tú eres mi mamá. No mi empleada."

Al día siguiente, la fiebre me bajó. Yadira llamó a mediodía para chequear. Yo le dije que me sentía mejor, que al día siguiente retomaba. Pero Yadira me dijo: "El jueves también puedes descansar, si quieres. La vecina se ofreció a recogerlos." Sonaba como si me estuviera invitando a algo limpio, sin culpa, sin deuda.

El jueves, sin embargo, me levanté temprano. Me puse mi blusa favorita, me eché mis gotas de limón, me peiné con calma. Y me fui a la escuela. Los muchachos salieron corriendo, Matías con los brazos abiertos, Sebastián con su mochila colgando de un solo hombro, y se me vino encima un calor en el pecho que no tenía nada que ver con la gripe.

En el carro, mientras íbamos por la Calle Ocho, Sebastián me dijo: "Abuela, ¿hoy es martes?" Le dije que no, que era jueves. Y él se rio y me dijo: "No importa. El mango del jueves también sabe rico." Pasamos por la pulpería y compré dos. Y se los pelé en el semáforo, como hago siempre, escondiendo el de Matías para que no viera que a Sebastián le daba uno más grande.

Esa noche, cuando Yadira vino a recoger a los muchachos, me dio un sobre. Un sobre blanco, de los baratos, de papel delgadito. No dije nada. Lo abrí cuando se fueron. Adentro había una tarjeta dibujada por los muchachos —"Gracias abuela" con letras de colores— y un sobrecito más pequeño. Lo abrí. Era un certificado de regalo de la farmacia por cien dólares y una nota de Yadira: "Para que te mimes cuando quieras, sin preguntarnos. Te lo ganaste hace tres años."

Lo dejé sobre la mesa. Y me quedé sentada en la cocina, viendo el sobre, viendo la tarjeta, oyendo la nevera y el zumbido de la calle. No lloré. Ya había llorado el lunes, en la cama, con la fiebre y el dibujo de Matías sobre el pecho. Ahora me reí, despacio, con una risa que me salía del estómago, como si se me estuviera yendo un peso que cargué por mucho tiempo.

Tenía razón Yadira. Tenía razón Raúl. Tenían razón los muchachos con sus mangos y sus dibujos. Yo no era una empleada en esta familia. Era la abuela. Y la abuela se puede enfermar, se puede cansar, se puede sentar un martes cualquiera a pelar mangos sin miedo a que la despidan.

El viernes compré un calendario nuevo para la cocina. De esos grandes, que se cuelgan en la pared. Y en los días que yo quisiera, marqué con un círculo rojo uno que otro sábado para mí sola. Nada de culpa. Nada de permiso. Solo el calendario colgado en la pared, con espacios en blanco que antes no existían.

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