El Honda Gris en el Arroyo

Nosotras íbamos a Savannah a pasar el fin de semana largo. Cinco amigas, un sedán prestado, una hielera con refrescos y una playlist que ya se sabían de memoria. Era viernes por la tarde y la interestatal estaba despejada. Yo iba manejando, con una mano en el volante y la otra buscando un chicle en la guantera. Recuerdo que pensé: qué bien se siente tener veinte años y ningún lugar donde estar hasta el lunes.

A la altura del condado de Burke, la carretera se volvió campo. Cercas de alambre, pinos, un letrero despintado de una iglesia bautista. Fue entonces cuando Camila, que iba atrás, gritó.

—¡Oye, oye, frena!

Casi no la escucho del susto que traía en la voz. Frené y seguí su dedo. Allá abajo, a unos cuarenta metros del asfalto, un Honda gris estaba hundido de punta en un arroyo, con las llantas traseras todavía girando.

No lo pensamos. Es verdad que no lo pensamos. Alguien marcó al 911, pero yo ya iba corriendo entre la maleza, con los tenis resbalando en el lodo. El agua estaba helada. No sé si por el mes o por la sombra de los árboles, pero dolía al entrar.

Dentro del Honda había una mujer gritando y dos niños. El mayor, como de siete años, logró agarrarse del cuello de Rebeca —mi amiga que llegó primero— y salió tosiendo con agua hasta el pecho. A la mujer la sacamos entre tres, jalándola por los brazos. Gritaba que el chiquito seguía adentro.

El niño tenía cuatro años y estaba en su sillita, detrás del asiento del conductor. Para entonces el agua ya tapaba las ventanas. Me metí de nuevo, pero no veía nada. El agua era marrón por la tierra revuelta. Toqué el techo, el respaldo, y al fin encontré la correa del arnés. Estaba atorada. Jalé. Nada. Jalé otra vez, con las dos manos, mientras mis pulmones pedían aire. La hebilla no cedía.

Saqué la cabeza, respiré entre dientes y volví a sumergirme. Rebeca estaba al otro lado, moviendo la mano dentro del agua, buscando. Entre las dos logramos presionar el botón de la hebilla. El cuerpo del niño salió flotando, sin peso, como una rama. Lo subimos a la orilla.

No respiraba. Tenía los labios de un morado oscuro que no se me quita de la cabeza. La mamá lloraba con un sonido que no parecía humano, y el hermano, parado en el lodo, no decía nada. Yo no sabía qué hacer. De verdad: no tenía idea.

Pero Daniela sí. Daniela había trabajado dos veranos como salvavidas en la alberca municipal de su barrio. Se arrodilló junto al niño, le revisó la boca con dos dedos y empezó las compresiones en el pecho. Uno, dos, tres. Las contaba en voz alta. Hasta veintisiete. Luego le inclinó la cabeza, le sopló en la boca y volvió a empezar.

Ninguna dijo nada. Yo solo veía las manos de Daniela subir y bajar sobre el pecho del niño, mojadas, firmes. Recuerdo que una uña de ella traía esmalte rojo medio despostillado, y que yo no podía dejar de mirarle la uña porque si miraba la cara del niño me iba a romper.

Y entonces el niño tosió. Primero un ruido chiquito, como un hipo. Luego una arcada y agua. Mucha agua. Se dobló de lado y vomitó sobre el pasto. La mamá lo levantó y lo apretó contra su pecho, los dos temblando, los dos llorando. El hermano se soltó a llorar también, por fin.

Cuando llegaron los paramédicos, ya el niño respiraba solo. Lo revisaron a la orilla del arroyo, envuelto en una cobija plateada. A nosotras nos dieron unas toallas y alguien nos dijo que estábamos en shock, que nos sentáramos.

Nos sentamos en la cajuela del Honda de Rebeca, las cinco en fila, sin hablar. Una patrulla del sheriff llegó poco después. El oficial, un señor canoso con bigote de policía de pueblo, nos tomó los datos en una libreta forrada de cuero. Antes de irse, se quitó el sombrero y nos dijo:

—Señoritas, ustedes hicieron algo muy grande hoy.

Nadie respondió. Una semana después nos hicieron un reconocimiento en la oficina del sheriff del condado. Nos dieron una placa cada una y una foto. La mamá del niño, que se llama Mariana, fue a vernos con su esposo. Llevaba un pastel de fresa comprado en el Walmart y una tarjeta escrita por el niño mayor. Ese día ya no parecía la mujer del arroyo. Traía el cabello recogido y una blusa floreada, y nos abrazó una por una, sin apurarse.

Yo guardé la placa en una gaveta. No la miro casi nunca. No es que no me importe, es que lo que de verdad recuerdo no está en la ceremonia. Lo que recuerdo es el ruido del agua entrando por las ventanas del Honda, el olor a tierra mojada y a gasolina diluida, y los zapatos de Daniela tirados a un metro del barro porque se los quitó para arrodillarse mejor.

Y recuerdo, sobre todo, el momento exacto en que el niño abrió los ojos. Los abrió sin entender nada, con la cara llena de briznas de pasto. La mamá lo mecía y le decía «ya, mi amor, ya pasó, ya estás conmigo». Y las cinco nos quedamos ahí paradas, sin saber si acercarnos o irnos, con agua fría escurriéndonos por la ropa.

Manejamos de regreso a la universidad esa misma noche. Ninguna puso música en todo el camino.

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