# La Mata que Nadie Quería Regar
Esperanza llegó a mi vida en una caja de cartón mojada, con una etiqueta de la floristería de la Calle Ocho a medio despegar. Me la trajo Carmen, la contadora de la oficina, después de que la despidieran. "Cuídala, mija", me dijo. "Esta mata ha sobrevivido tres mudanzas y un huracán. No la dejes morir."
Yo, Lucía, no sabía nada de plantas. En mi apartamento de Hialeah, lo único verde era el letrero del banco que se veía desde la ventana. Pero ahí estaba esa mata de hojas largas y rayas pálidas, colgada en una maceta de plástico de las que venden en el Dollar Tree, mirándome como si me estuviera pidiendo trabajo.
La puse encima del microondas y me olvidé de ella por dos semanas. Cuando me acordé, las puntas de las hojas estaban marrones, quemadas como fósforos viejos. Pensé que se había muerto. La iba a botar, pero en eso mi hermana Yadira vino de visita con sus dos chamacos, y la niña, la más chiquita, se trepó en una silla para tocar la mata.
"¡Tiene bebés!" gritó.
Y sí. De la planta colgaban unos hilitos con bolitas chiquitas, como si Esperanza hubiera decidido reproducirse a escondidas. Eso me salvó de ser la asesina de la planta de Carmen.
Empecé a regarla los martes. Ponía el dedo en la tierra y si estaba seca, le echaba agua del filtro de la cocina. Una vez le puse hielo porque una vecina me dijo que eso era bueno para las raíces. La mata no protestó, pero yo creo que me vio con desconfianza.
Con el tiempo, se puso frondosa. Le salieron hojas nuevas, verdes y brillantes, con una raya blanca en el centro. Yadira decía que era una "mata de araña", como las que tenía mi abuela en Camagüey, y que daba buena suerte. Yo no creo en eso, pero sí noté que algo cambió en el apartamento: el aire olía distinto y el microondas ya no se veía tan triste.
Un viernes en la noche, llegué tarde del trabajo y encontré la maceta tirada en el piso. La tierra regada por toda la cocina. No había nadie. Revisé la puerta, las ventanas. Nada forzado. Mi gato Tito, un bicho gordo color naranja, dormía en el sofá con la panza al aire, como si no hubiera pasado nada.
Levanté la mata con cuidado. Sus raíces estaban expuestas, blancas y frágiles. La volví a sembrar en la misma maceta, pero la tierra no alcanzaba. Salí al pasillo a ver si encontraba algo. Lo único que recogí del suelo fue un papelito arrugado: un recibo de Western Union a nombre de un tal Rogelio Fuentes, por cuatrocientos ochenta dólares.
El lunes, en el trabajo, le escribí a Carmen por WhatsApp. Ya no trabajaba conmigo, pero seguíamos mandándonos mensajes de vez en cuando. "Carmen, ¿tú sabes quién es Rogelio Fuentes?" Me contestó enseguida: "Ni idea, mija. ¿Por qué?" Le expliqué lo de la maceta tirada y el recibo. Me mandó un audio preocupado, preguntando si había llamado a la policía, ofreciéndose a venir. Aquello me tranquilizó un poco, pero no del todo.
Esa noche no dormí. Me senté en la cocina con la luz apagada, mirando la mata sobre el microondas. Las hojas caídas formaban sombras largas en la pared, como dedos. Tito se acostó a mis pies, raro en él. Alrededor de las dos de la mañana, escuché pasos suaves en el pasillo, como de alguien descalzo. Luego, un golpecito metálico contra la cerradura. Alguien intentaba abrir la puerta y no lo lograba.
No llamé a la policía. Me quedé paralizada, agarrando el celular con las dos manos, sin desbloquearlo. Por debajo de la puerta se coló una sombra que se movía, tanteando. Después, silencio. Pasos que se alejaban corriendo. Tito bufó desde el sofá, con el lomo erizado.
A la mañana siguiente fui al banco. La cajera, una guajira con las uñas largas y un mazo de llaves colgando del cinturón, me atendió con desconfianza. Le expliqué que necesitaba revisar mi estado de cuenta. Me miró por encima de los lentes. "Señora, su cuenta está bloqueada por actividad sospechosa. Tiene que hablar con el gerente."
El gerente me recibió en una oficina con olor a café y papel. Me explicó que alguien había intentado entrar a mi cuenta por internet dos veces en la última semana: una desde Homestead, otra desde una biblioteca pública en Little Havana. El último intento fue el mismo viernes que amaneció la mata en el piso, a las once y catorce de la noche. Me mostró también algo que no esperaba: una solicitud de línea de crédito a mi nombre, por diecinueve mil dólares, iniciada esa misma semana y firmada con mi información, pero no con mi letra.
Mientras manejaba de regreso, la mente se me iba en círculos. Los bebés de la mata colgaban del espejo retrovisor: los había amarrado con un hilo rojo para que no se cayeran. Homestead, la biblioteca, el recibo de Western Union. Todo apuntaba a alguien que conocía mi rutina, mi dirección, y sobre todo, mi apartamento por dentro. Repasé cada nombre de mi vida, cada persona que había entrado a mi casa en el último año, y siempre terminaba en el mismo lugar: alguien de mi propia sangre tenía que haber hablado de más.
Llegué y me paré en la puerta sin abrirla, mirando el pasillo vacío. Del apartamento de al lado salía el olor a frijoles y el ruido de un noticiero en español. La vecina del 3B, una señora que siempre andaba en bata y con sandalias de plástico, abrió su puerta y me vio ahí parada.
"¿Buscando a tu hermana?", preguntó. "Pasó por aquí hace dos noches, bien tarde. Dijo que tú le habías prestado la llave, pero se veía rara, hablando con un hombre en el pasillo. Yo la oí pelear con él, bajito, para que no se oyera."
El estómago se me subió a la garganta. Dos noches atrás era la misma noche del golpecito en la cerradura, los pasos descalzos, la sombra que tanteaba por debajo de la puerta. No un desconocido cualquiera: Yadira había estado ahí, discutiendo con ese hombre a unos metros de mi puerta, mientras yo me quedaba paralizada del otro lado con el celular en las manos. Entré al apartamento y me senté en el suelo, junto a la mata. No lloré. Tampoco hablé. Sólo arranqué una de las hojas secas y la hice pedacitos chiquitos sobre la mesa, uno por uno, hasta que no quedó nada.
Esa noche, Yadira llegó a las nueve y media. No tocó. Abrió con su llave, como si la casa fuera suya.
—¿Qué te pasó con la mata? —dijo, viendo la tierra en el piso.
—Se cayó —respondí—. ¿Quién es Rogelio Fuentes, Yadira?
Se quedó callada, mirando al microondas. Luego al gato. Luego a la ventana. Todo menos a mí.
—Él no te va a hacer nada —dijo por fin, con la voz baja—. Ya le pagamos la mitad.
—¿La mitad de qué?
—Del préstamo que le pedí. Rogelio presta dinero, Lucía. Con papeles y todo, no es nada raro. Pero necesitaba más para completar, y le dije que tenía una línea de crédito tuya que iba a cobrar pronto. Él fue el que vino la otra noche, a exigirme el resto. Intentó entrar aquí para ver si sacaba algo que empeñar mientras yo conseguía el dinero. Y anoche volvió, y ahí fue que la vecina nos vio discutiendo en el pasillo.
—¿Tú le diste mi dirección? ¿Le dijiste cómo era mi apartamento por dentro?
—Se me fue la lengua un día, discutiendo con él. Y él fue el que intentó lo de la cuenta, con datos que yo tenía guardados de cuando te ayudé con las declaraciones de impuestos.
Se agachó y recogió tierra del piso con la mano, como si estuviera ordenando. Eso me mató: verla fingir que arreglaba algo.
—Tú no necesitas ese dinero, Lucía. Tú no quieres casa, no quieres carro, no sales a ningún lado. Yo tengo dos chamacos. Uno enfermo. ¿Cuánto crees que cuesta el Pediasure de un mes? ¿Y la renta en Hialeah?
—¿Y por qué no me lo pediste a mí?
—Porque tú no hubieras querido. Siempre fuiste la que cuidaba el centavo. La que no se arriesgaba.
Esa frase me dolió más que la traición de la llave. Porque era verdad. Desde que papá murió, yo administraba la casa. Compraba lo justo. Ahorraba lo justo. No me arriesgaba. Y Yadira, en cambio, siempre andaba con fiestas y viajes y el marido ese que nomás pasaba a dormir.
No le contesté nada más. La miré arrodillada en mi cocina, limpiando la tierra con sus uñas pintadas de morado, y no sentí rabia. Sentí un cansancio hondo, como el que da descubrir que alguien que amas ha estado usando tu nombre como garantía sin decírtelo.
Al final, se levantó y se echó el cuento de que el banco iba a destrabar la cuenta el lunes y que "no pasaba nada". Se fue sin pedirme perdón.
El lunes por la mañana fui directo al banco. El gerente me recibió con la misma sonrisa de cartón. "Su cuenta ya pasó la verificación, señora. ¿Cómo la podemos ayudar?"
Le dije que quería cerrar la cuenta y cancelar cualquier solicitud de crédito a mi nombre. Me ofreció opciones, me habló de tarifas y de intereses. Le repetí lo mismo: la quiero cerrar. Cuando me quiso explicar que era una cuenta antigua, que perdería los beneficios, saqué mi licencia de conducir y la puse sobre el mostrador.
—Diecinueve años con este banco —le dije—. Y en dos días me enteré de cosas que ustedes nunca me dijeron. Ciérrela.
Me firmó un cheque de caja por todo el saldo: veintidós mil trescientos cuarenta y siete dólares con dieciocho centavos. Ese mismo día fui a otra institución, una cooperativa en la Pequeña Habana, y abrí una cuenta nueva. Número nuevo, tarjeta nueva, y una pregunta de seguridad que nadie de mi familia podría adivinar.
Esa tarde fui a la cerrajería de la avenida. Pagué ochenta y cinco dólares por un juego de dos llaves y una cerradura de seguridad. En la puerta cambié la placa de bronce por una de acero, enorme. La instalé yo misma, con un taladro que compré en el Home Depot, sudando y mentando madres. A las seis de la tarde, la puerta cerró como una caja fuerte. Ni un papelito de Western Union, ni una hermana, ni un Rogelio Fuentes podía volver a abrirla.
Ese domingo, Yadira vino a "saludar". Yo estaba en la cocina, cortando un esqueje de la mata con unas tijeritas de cocina, envolviendo la raicilla en un pedazo de papel toalla húmedo. Ella metió la llave en la cerradura, pero ya no giraba. Probó tres veces. Después tocó con los nudillos.
—¿Lucía? Abre, mija.
No abrí. Terminé de envolver el esqueje y lo puse en un vasito con agua sobre la ventana, donde le daba el sol de la tarde.
Los nudillos siguieron sonando contra la puerta, cada vez más flojos, mientras yo enjuagaba la tierra de mis manos en el fregadero y el cartero, dos pisos más abajo, tocaba el timbre del edificio repartiendo la correspondencia de la tarde.