Marisol dejó la esponja en el fregadero y se secó las manos en el delantal antes de mirar a su marido, que se pasaba una toallita con alcohol por los rasguños del antebrazo.
—Marisol, esto no puede seguir así —dijo Ramón sin levantar la vista de su propia piel enrojecida—. Esa gata ya está muy vieja. Y yo, sinceramente, ya no aguanto los maullidos a la una de la mañana. Su carácter se puso insoportable.
—¿Y qué propones, Ramón? —a Marisol se le llenaron los ojos de lágrimas—. Lleva once años con nosotros.
—¿Y qué con eso? Ya está muy vieja. Tarde o temprano esto iba a pasar de todos modos. Mira, leí en internet que los gatos viejos a veces se van solos de la casa para morir tranquilos en algún rincón. Vamos a hacerle ese favor a Frijolita: la soltamos, que se vaya adonde quiera. Así ella descansa y nosotros también.
—¿Qué estás diciendo? ¿Me estás proponiendo tirarla a la calle? Si está viejita, Ramón…
—¿Y qué tiene de malo lo que digo? ¿Para qué la seguimos manteniendo en el apartamento? Ni siquiera podemos ir a Cancún en las vacaciones porque a la gata no la podemos dejar con nadie ni llevarla, el veterinario mismo dijo que el viaje sería un estrés para ella. Así que, mi amor, esta es la mejor opción para todos. ¿Entiendes? Si quieres, después conseguimos un gatito nuevo. ¿Qué dices?
—Eso no se hace, Ramón —suspiró Marisol, mirando a la gata que yacía en el piso de linóleo de la cocina, sin quitarles los ojos de encima, como tratando de entender qué tramaban esta vez sus dueños—. ¿Cómo la vamos a soltar así nomás?
—Ay, ya deja de repetir lo mismo. ¿Tú misma no ves que no nos queda otra? Frijolita ya está muy mal.
Ramón se quedó callado un momento, respiró hondo, tomó a su esposa de la muñeca y siguió:
—Y mal en todos los sentidos. Tengo los brazos llenos de arañazos. ¿Cuánto más quieres que aguante esto?
—Tú tienes la culpa, Ramón —Marisol bajó la mirada—. Tú mismo le pegas con la chancla y la agarras del pescuezo para sacarla al balcón.
—¡Porque grita de noche! ¡Y por eso no puedo dormir bien! ¡Ya me tiene harto!
Marisol volteó hacia la ventana para que su marido no la viera llorar. Afuera pasaba el camión de la basura, con esa musiquita que suena en todo el barrio los martes por la mañana. En lugar de acercarse a consolarla, Ramón le puso un ultimátum:
—Mira, Marisol —frunció el ceño—. Escoge: o soltamos a la gata en la calle, o hago mi maleta y me voy.
Frijolita no entendía el idioma de los humanos, pero por el tono con que hablaba Ramón, por esas miradas de fastidio que le lanzaba, supo que querían deshacerse de ella. ¿Por qué? Porque ya era vieja. ¿Y a quién le gustaría vivir bajo el mismo techo con una "vieja gruñona"? ¿Quién quiere aguantar sus gritos nocturnos y sus cambios de humor?
Sí, era cierto que gritaba. Porque le dolía el cuerpo, porque se sentía mal. Porque necesitaba el cariño que ya hacía tiempo no recibía de sus dueños. La alimentaban, le cambiaban el agua, le limpiaban la caja de arena con regularidad. Pero cariño, hacía rato que no había. No la querían: la toleraban. Y ahora a uno de los dos se le había acabado hasta la paciencia.
Ramón y Marisol, con quienes había vivido once años, todavía eran jóvenes. Soñaban con ir a la playa. Pensaban en tener hijos. Querían vivir para ellos mismos, al fin y al cabo. Y ella… ella simplemente estorbaba. Se les atravesaba entre las piernas y exigía atención constante. Frijolita ya casi no podía caminar sin esfuerzo, y ni siquiera lograba subirse sola a la cama. La vejez le había llegado de golpe, como si una mañana hubiera despertado y de repente entendiera que sus mejores años quedaban atrás.
Por más que Marisol trató de convencer a su marido, sus argumentos no fueron suficientes, y un sábado por la tarde Frijolita terminó en la calle. Ramón mismo la cargó hasta los contenedores de basura, detrás del edificio de ladrillo donde vivían, cerca de la lavandería de la esquina de Elm Street. Y Marisol, como si eso arreglara algo, le puso debajo una cobija vieja que llevaba meses queriendo tirar. Qué simbólico.
Frijolita quería gritar. Ella los había querido. Y ellos simplemente se deshicieron de ella, sin voltear ni una sola vez mientras caminaban de regreso al edificio. Quería gritar fuerte, sin parar, hasta quedarse ronca o hasta que el corazón se le detuviera. Pero se quedó callada. Solo los vio alejarse con una tristeza que no tenía nombre, a esas dos personas que la habían borrado de sus vidas sin el más mínimo remordimiento. Solo porque ya era vieja.
Frijolita entendía que ya nada iba a cambiar. Entendía que ese era su destino en la vejez: morir no en brazos de sus dueños, sino ahí, junto a los contenedores, completamente sola. Sobre una cobija vieja. En ese instante, cuando sus dueños desaparecieron de su vista sin voltear ni bajar el paso, Frijolita se decepcionó de las personas por primera vez en su vida. Más que decepción, sintió un rencor silencioso hacia el mundo entero. Un mundo donde a nadie le importan las "viejas" como ella. Un mundo donde ya no queda cariño… O tal vez nunca lo hubo. Porque cuando de verdad se quiere a alguien, no se le abandona en la calle. Y esa cobija no era un gesto de cuidado: era solo un intento de aplacar la conciencia.
Frijolita se quedó ahí, con la cabeza apoyada en las patas, pensando que algún día también a sus dueños les llegaría la vejez. Y no lo pensaba con rencor, como suele hacer la gente que busca vengarse de sus heridas. No. Lo pensaba con pena.
—¡Ay! —gritó Yolanda, dando un salto hacia atrás.
—¿Qué pasó? —preguntó una voz de hombre desde la oscuridad del callejón.
—Casi piso algo. O a alguien… —contestó Yolanda, sacando el celular del bolsillo de la sudadera—. No veo nada, está muy oscuro aquí atrás.
Unos segundos después, se quedó mirando con sorpresa a la gata tendida sobre una cobija vieja y llena de agujeros, que la observaba sin poder moverse. Si hubiera sido más joven, habría salido corriendo. Pero ya no podía.
—Pues… hay una gata aquí —dijo Marcos sonriendo, acercándose a su esposa—. ¿Eso fue lo que te asustó?
—No me asusté —respondió Yolanda—. Es que no entiendo de dónde salió. Hace media hora sacamos las cajas de la mudanza y no había nadie aquí. Ni la gata, ni esa cobija.
Y era cierto: llevaban horas, después de terminar la remodelación de su apartamento nuevo en el segundo piso, sacando trastos viejos hacia el contenedor. Habían hecho tres viajes cargando cajas de cartón y bolsas de basura, y no había ni rastro de la gata. Y ahora, de repente, ahí estaba.
—Bueno, no estaba, ¿y qué? Habrá llegado hace rato. ¿Cuántos gatos callejeros no hay en este barrio?
La gata intentó pararse, pero volvió a desplomarse sobre la cobija. Las patas no le respondían.
—¿Ves, Marcos? Ni siquiera puede pararse bien. Eso solo significa una cosa: alguien la trajo aquí a propósito, junto con esta cobija.
—Bueno, mírala bien: está viejita, tiene problemas. Seguro sus dueños pensaron que era más fácil deshacerse de ella que cuidarla.
—¡Exacto! La tiraron a la basura como si fuera un mueble roto. Pero una gata no es un mueble. Está viva. También quiere seguir viviendo, aunque sea vieja.
—Yolanda… espera —Marcos frunció el ceño—. No me digas que quieres llevártela a la casa. Se te nota en la cara.
—¿Y qué propones? ¿Dejarla aquí a que se muera junto a la basura? No, jamás me lo perdonaría. Tenemos que ayudarla. No seamos como esa gente.
—¿Y cómo piensas ayudarla? Si la abandonaron así, seguramente ya no tiene remedio, y le queda poco tiempo.
—¿Y si no es así? A lo mejor simplemente se cansaron de ella. Y no te toca a ti decidir cuánto le queda de vida. Esta noche duerme con nosotros, porque anunciaron helada. Y mañana la llevamos al veterinario.
—¿Y después qué?
—Después, Marcos, voy a intentar buscarle un hogar. Estoy segura de que hay gente buena que la va a querer.
Así fue como Frijolita, ya en su vejez, terminó en un apartamento ajeno, con gente que no conocía. Solo que ella no entendía por qué. ¿Para qué la habían recogido? Era una vieja gruñona, le quedaba poco de vida, y su carácter no era precisamente dulce. Pero ya no le quedaban fuerzas para resistirse. Así que se dejó llevar, literalmente, en los brazos de Marcos. Brazos que, por cierto, arañó esa misma noche cuando él quiso revisar si el animal que había traído a casa era gato o gata; a simple vista no siempre se puede saber.
—Tú tienes la culpa —sonrió Yolanda, viendo a su marido soplarse los rasguños frescos—. ¿Para qué la agarraste así de improviso? Es como pedirle el ID a una mujer para saber su edad y luego extrañarte de que te dé una cachetada.
Curiosamente, con Yolanda la gata se portó distinto. Ni un solo maullido de queja mientras ella la bañaba durante veinte minutos en una tina con agua tibia, en el baño chiquito del apartamento. La gata ya estaba limpia, en realidad, pero después de pasar tiempo junto a la basura, había que dejarla como nueva.
—Oye, espera. ¿Y yo dónde duermo? —protestó Marcos al entrar al cuarto y encontrar en la cama a su esposa y… una bola de pelo hecha ovillo.
—Shhh, no grites —susurró Yolanda—. No la puedo dejar en el suelo. Mañana le compro una camita y ya tiene su lugar. Tú puedes acomodarte en la orilla, nada más ten cuidado de no molestarla. Ya está dormida.
—Ah, claro. Y en la madrugada me araña otra vez, ¿no? No, gracias. Mejor duermo en el sofá de la sala.
Esa noche Frijolita gritó fuerte, pero no por mucho tiempo. Yolanda la levantó enseguida, la apretó contra el pecho y la acarició hasta que se calmó. Y se calmó rápido, porque sintió algo que no sentía hacía mucho: que la querían. A ella, la vieja, la gruñona, la querían. Era tan raro y tan bueno a la vez que casi de inmediato se quedó callada y comenzó a ronronear en los brazos de Yolanda.
Al día siguiente, Yolanda convenció a Marcos de llevarlas en la camioneta hasta la clínica veterinaria de la avenida principal. Después, marido y mujer pasaron casi una hora recorriendo la tienda de mascotas, con él cargando en silencio una canasta cada vez más pesada llena de comida, arena y juguetes. Esa tarde Marcos le recordó a su esposa que ella misma había dicho que buscarían casa para la gata.
—Me acuerdo, mi amor —sonrió Yolanda—. Pero primero hay que curarla bien. ¿Quién va a querer una gata enferma? El veterinario dijo que en un mes estará mejor. Y después ya vemos lo de buscarle dueños. Claro, si para entonces tú no has cambiado de opinión y quieres quedarte con ella.
—No voy a cambiar de opinión. Y no voy a querer eso.
Ese mes fue toda una prueba para Marcos. Aunque la gata tenía su propia camita, no quería dormir sola y por las noches maullaba fuerte. Yolanda siempre la llevaba a su lado, y al amanecer Marcos terminaba en la orillita de la cama, porque el resto lo ocupaban su esposa y, claro, la gata. Eso sí, trataba de no quejarse mucho, porque a la gata no le gustaba y podía sacar las uñas.
—Mira, ya está mucho mejor —dijo Yolanda contenta, viendo a Frijolita meterse en una bolsa de papel del supermercado que se le había caído al suelo—. Ya casi se recupera.
—Qué bueno. Entonces ya es hora de buscarle familia. Se nos ha quedado de visita demasiado tiempo.
—O tal vez… mira qué a gusto está con nosotros. Hasta ya le puse nombre. Frijolita le queda perfecto, ¿no crees?
—Yoli, tú prometiste que la gata era algo temporal —Marcos arqueó las cejas—. Y las promesas se cumplen.
—Ay, qué aguafiestas eres, Marcos.
Buscarle hogar a Frijolita resultó mucho más difícil de lo que Yolanda pensaba. ¿Por qué? Porque a nadie le entusiasmaba adoptar una gata vieja. Ni una llamada, ni un mensaje. Entonces Yolanda decidió quitar del anuncio la información sobre la edad. Y funcionó. Empezaron a llamarle preguntando cuándo podían pasar por la gatita, porque salía muy bonita en las fotos, y en las fotos no se notaba cuántos años tenía en realidad.
Yolanda no quería engañar a nadie. Solo tenía la esperanza de que, al conocer a Frijolita en persona, la gente no le diera tanta importancia a la edad. Al final, dicen que para el amor no hay edad. Solo que…
…cuando los interesados llegaban a conocerla, se quedaban mirando con desconcierto a la gata, luego a Yolanda, luego a Marcos, que se quedaba parado sin decir nada junto a la puerta.
—Usted no mencionó que estaba tan… tan vieja. En las fotos parecía que tenía unos tres o cuatro años. ¿Y esta ya tiene como quince? Se le nota que respira con dificultad.
—El veterinario dijo que unos doce —respondió Yolanda—. Pero para un gato, eso no es tanto. Hay casos de gatos que llegan a vivir hasta veinte años sin problema.
—¿Y por qué está siempre acostada? —seguía preguntando la señora—. Le cuesta caminar, ¿verdad? En el anuncio no decía nada de problemas de salud.
—No tiene ningún problema. La curamos hace poco. Y sí, camina despacio, pero eso es cosa de la edad, nada más. Créame, es muy cariñosa y buena.
—No, gracias. Esa gata no me sirve —dijo la mujer secamente, y salió del apartamento.
Después llegaron otros interesados, tres o cuatro parejas más, pero todos decían básicamente lo mismo: que "la gata está vieja y ellos quieren una joven y sana". La última vez llegó una pareja de esposos, ya casi jubilados.
—Buenas tardes, ¿aquí están dando en adopción a una gatita muy bonita? —preguntó la señora sonriendo.
—Sí —respondió Yolanda, dejándolos pasar—. Ya no es tan joven, pero es muy buena…
—Ay, ¿y cuántos años tiene? ¿Veinte, tal vez? —preguntó la mujer alarmada al ver a la gata.
—No, unos doce. Quizás un poco más.
—Pues no se le nota. Se ve bien vieja… La verdad no sé qué hacer, si llevármela o no. Yo pensaba que…
—¿Y acaso la edad importa tanto? —interrumpió Yolanda.
—Claro que importa —intervino el esposo—. Si la gata está vieja, le queda poco de vida. Y seguramente tiene problemas de salud. ¿Para qué la queremos?
—Pues fíjese que tienen toda la razón. No la necesitan. ¡Además esta gata también araña! —dijo Marcos con sarcasmo, mostrando los brazos llenos de rasguños—. Y grita de noche tan fuerte que hasta los vecinos amenazan con llamar a seguridad del edificio.
—¿En serio? —se espantó la mujer—. Usted no puso nada de eso en el anuncio —le reclamó a Yolanda.
—Disculpen, pero esa gata no nos sirve.
Cuando la pareja se fue, Yolanda cerró la puerta y miró a su marido con extrañeza.
—¿Y ahora por qué asustaste a esa gente? A lo mejor lograba convencerlos de llevarse a Frijolita.
—¿Para qué, Yolanda? ¿Para que después la tiren a la basura como hicieron los dueños anteriores? Está clarísimo que solo quieren un juguete. Y nuestra Frijolita no es ningún juguete. Lo que ella necesita ahora es tranquilidad, no otro susto. Otra traición no la va a resistir. Se le nota en los ojos.
Frijolita no esperaba algo así de Marcos. La verdad, no entendió ni una palabra de lo que dijo, pero por el tono de su voz supo que la estaba defendiendo. Y fue tan inesperado que ni siquiera se le ocurrió arañarlo cuando él la tomó en brazos. Porque sí, Marcos la cargó frente a los ojos sorprendidos de su esposa y se la llevó al cuarto. La acomodó con cuidado sobre la cama, aunque ya se había acostumbrado a dormir en su camita y hasta había dejado de maullar de noche, y él se acostó en la orillita, como siempre. Y sonriendo, por primera vez le pasó la mano por el lomo:
—Tranquila, Frijolita. A ti nadie te va a regalar. Y toda esa gente que te dice vieja no entiende que a la vejez hay que respetarla. Ya cuando lleguen a tu edad, entonces sí van a entender. Tal vez.
Desde entonces no volvió a haber más intentos de buscarle casa a la gata, porque Frijolita… se quedó a vivir con Marcos y Yolanda, que ya no eran gente extraña para ella, y el apartamento ya no era un lugar ajeno.
Pasaron los meses. Un jueves de octubre, Yolanda encontró en el buzón un sobre del banco junto con la factura de la luz, y adentro venía el estado de cuenta de los seiscientos dólares que había gastado en veterinario, comida especial y análisis de sangre para Frijolita durante ese primer año. Lo leyó en la mesa de la cocina, con la gata dormida sobre sus pies, y no sintió que fuera un gasto: lo archivó junto con los papeles del apartamento, en la misma carpeta donde guardaba las cosas importantes.
Un año después, ya con Frijolita trece cumplidos, tocó timbre alguien en la puerta de ese mismo edificio. Era Marisol. Había visto por casualidad, en un grupo de Facebook del vecindario, una foto de "gata en adopción" que alguien había vuelto a compartir meses atrás, y algo en esos ojos amarillos le hizo reconocerla. Vino a preguntar si acaso todavía la tenían, si podía llevársela de regreso, que ya las cosas con Ramón habían cambiado, que ahora sí tenía tiempo para cuidarla.
Yolanda la dejó hablar hasta el final, parada en el umbral sin abrir más la puerta. Después fue a la carpeta, sacó la hoja con el registro del veterinario a nombre de Frijolita —vacunas, cirugía de una muela, análisis de riñón— y se la mostró.
—Esto es lo que costó que ella siguiera viva después de que ustedes la dejaron en la basura —le dijo—. Ya tiene dueños. Y un nombre que no es el que ustedes le pusieron.
Cerró la puerta despacio. Adentro, Marcos ya había puesto la camita nueva junto a la ventana, donde entraba el sol de la tarde, y Frijolita, con sus trece años, dormía ahí sin saber que afuera, del otro lado de esa puerta, alguien se había quedado parado un buen rato antes de bajar las escaleras.