Yo limpio los pasillos del edificio en la calle Delaware, en Reading, Pensilvania, desde hace nueve años, y esa mañana de martes llegué a las siete y cuarto, como siempre, con mi café de la gasolinera Sunoco de la esquina todavía humeando en el vaso. Vi a doña Carmen parada frente a la entrada del building B, con la escoba en la mano pero sin moverla, viendo el piso como si no supiera qué hacer con lo que tenía enfrente.
Doña Carmen es la encargada de mantenimiento de los tres edificios de ese complejo desde hace más de una década. La conozco de saludarnos en el lobby, de esos cinco minutos de plática mientras ella espera el camión de la basura y yo termino mi turno en el edificio de al lado. Es de las que a las seis de la mañana ya tiene las macetas de geranios regadas y el buzón de correo limpio de propaganda vieja.
Me acerqué porque pensé que se le había roto algo, una tubería, un vidrio, lo que sea. Pero no. Lo que vi fue toda la banqueta de la entrada cubierta de dibujos hechos con gis de colores: flores, corazones, un sol con rayos torcidos, y en letras grandes, torcidas también, "GRACIAS SRA. CARMEN POR TODO". Los niños del edificio —los reconocí, son los mismos que juegan bicicleta hasta que se mete el sol y a los que ella siempre regaña con cariño para que no dejen los triciclos tirados en la entrada— habían tomado la iniciativa solos, sin que ningún adulto se los pidiera.
Me contó, con la voz medio quebrada, que ella siempre les ayuda a buscar pelotas perdidas debajo de los carros, que nunca los regaña feo cuando riegan tierra o dejan cosas tiradas en el jardín, y que por eso los niños decidieron hacerle ese detalle. "Hoy sí me alegraron el día", les dijo a los chiquillos, que la miraban esperando su reacción con esa expresión de quien sabe que hizo algo bueno.
Yo seguí con mi carrito de limpieza hacia el edificio C, pero no llegué ni a la mitad de la cuadra cuando escuché una puerta cerrarse con fuerza detrás de mí. Era el señor Aponte, del segundo piso del edificio B, el que siempre trae el Honda Civic plateado con el emblema de los Eagles pegado en la ventana trasera. Salió con su portafolio bajo el brazo, listo para el trabajo, y se detuvo en seco al ver el mosaico de colores en el piso.
No dijo nada al principio. Solo se quedó viendo sus zapatos, como calculando por dónde pisar sin mancharse. Después caminó bordeando el dibujo, con esos pasos exagerados de quien no quiere ensuciarse, y fue directo a buscar a doña Carmen, que todavía estaba recogiendo los gises que los niños habían dejado tirados.
"Esto no se puede quedar así", le dijo. "El gis se pega en los zapatos, y de ahí se va directo al pasillo, a la alfombra del lobby. Si querían dibujar, para eso está el parque que tiene toda esa cancha de básquetbol vacía a dos cuadras. No la entrada de todo el edificio."
Una de las mamás, la señora que vive en el 4B con sus mellizos, salió justo en ese momento a tirar la basura y alcanzó a escuchar el reclamo. "Ay, con la primera lluvia se va todo", le contestó, casi riéndose. "Nomás querían hacerle un detalle bonito a la señora. No sea así."
El señor Aponte no se rio. "Esto no tiene que ver con las buenas intenciones", le dijo, ya con el tono más seco. "Tiene que ver con que un espacio común no se puede llenar de un lado a otro sin preguntarle a los demás que vivimos aquí. Voy a hablar con la oficina de la administración. Para eso pagamos cuota de mantenimiento, para que haya reglas." Y se fue rumbo a su carro.
Eso corrió por el complejo más rápido que cualquier aviso pegado en la puerta del lobby. Para el mediodía, cuando pasé de regreso con mi carrito, ya había dos campos armados. La señora del 4B había sacado su propia silla plegable a la banqueta, como quien monta guardia, y decía que si Aponte quería pelear por un dibujo de niños, que fuera a quejarse a otro lado. El señor del 3A, uno que casi nunca sale de su departamento, se paró en su puerta a decir que Aponte tenía razón, que él también había pisado gis sin querer la semana pasada y se le había manchado la entrada de su carpeta de trabajo. Los niños, que habían escuchado todo desde la esquina, sentados en el borde del jardín, se quedaron quietos, sin animarse a acercarse a doña Carmen.
Fue el más chico del grupo, el hijo de la señora del 4B, el que se le acercó primero. Le preguntó si el señor Aponte iba a hacer que doña Carmen se metiera en problemas por su culpa. Doña Carmen le dijo que no, que ella no se iba a meter en problemas por un dibujo, pero until entonces yo no la había visto tan seria.
A las cuatro de la tarde llegó un papel pegado con cinta en la puerta del lobby del edificio B, firmado por la administración: recordaba a los residentes que estaba prohibido "modificar o decorar las áreas comunes sin autorización previa", y pedía que se limpiara "cualquier material ajeno a la superficie original de las banquetas antes del fin del día." No mencionaba a nadie por nombre, pero todos supieron de dónde había salido.
Doña Carmen leyó el papel dos veces, ahí parada, y luego lo dobló y se lo guardó en el bolsillo del delantal. No dijo nada. Se fue a buscar la cubeta y el trapeador, y yo, que ya iba de salida con mi turno terminado, me quedé un rato apoyado en mi carrito, viéndola.
"¿Se lo van a cobrar a usted, doña Carmen?", le pregunté, porque de verdad no sabía si a ella la iban a hacer responsable por no haber limpiado antes.
Ella negó, pero no como quien dice que no pasa nada, sino como quien ya decidió algo. "Voy a dejar que los niños lo vuelvan a hacer mañana", me dijo. "Más grande. Si la administración quiere pelearse con unos niños de siete años por un dibujo de gis, que se pelee. Yo ya cumplí, lo voy a limpiar hoy como dice el papel. Pero no les voy a decir a los niños que no lo vuelvan a hacer."
Me sorprendió que me lo dijera a mí, que apenas soy el que trapea el edificio de al lado, pero entendí que necesitaba decírselo a alguien antes de hacerlo. Le ofrecí quedarme a ayudarla con la cubeta, aunque ya había fichado la salida, y ella aceptó con un gesto rápido de la mano, como quien no quiere darle más vueltas al asunto.
Limpiamos juntos esa tarde, los dos, mientras el sol se iba metiendo detrás de los edificios y los faros de los carros que subían por Delaware rumbo a la I-176 empezaban a encenderse. El agua se llevó las flores, los corazones, el sol de rayos torcidos, y las letras de "GRACIAS SRA. CARMEN". Cuando terminamos, la banqueta quedó gris otra vez, mojada, brillando bajo la luz del poste de la esquina.
El señor Aponte llegó del trabajo pasadas las siete, subió directo sin decir palabra a nadie, sin mirar siquiera hacia la entrada limpia. Doña Carmen, apoyada en su escoba, lo vio entrar y no dijo nada tampoco. Guardó el trapeador en el clóset del pasillo, se sacó el papel doblado del bolsillo del delantal, lo volvió a leer una vez más bajo la luz del poste, y lo tiró a la basura.
A la mañana siguiente, cuando llegué con mi café de Sunoco a las siete y cuarto, la banqueta del edificio B ya estaba cubierta otra vez de dibujos de gis, más grandes que el día anterior, con un sol nuevo y más letras, y los niños, con las cajas de gises vacías tiradas a un lado, corrían ya hacia la parada del camión escolar como si no hubiera pasado nada.