Yo estaba en la cama del hospital con el control de la tele en la mano, sin decidirme entre un reality de remodelaciones o las noticias, cuando Marta, la mujer de la cama de al lado, se inclinó hacia mí con ese tono que usan las personas cuando van a contarte algo que te va a arder.
—Oye, Carmen, ¿y ese hombre que te trajo los paquetes?
—¿Daniel? —dije, sin apartar los ojos de la pantalla—. Mi yerno.
—Pues lo conozco.
Me reí sin ganas porque Marta era de El Monte y yo de Huntington Park. No se conocían ni los perros de su calle con los de la mía.
—Te habrás confundido.
—No, no. Yo tengo memoria para los carros. Es él. Una Silverado gris. Y no lo vi una vez, ¿eh? Lo he visto como seis, siete veces en el estacionamiento del parque de mi cuadra. Pasea con una muchacha panzona. Bajita, pelo teñido de un rubio raro. Caminan de la mano.
Dejé el control sobre la cobija. La máquina de presión hizo un ruidito y empezó a apretarme el brazo.
—Marta, no digas pendejadas.
—Es él, Carmen. Un sábado se sentaron a tomar esquite en la banca de junto al kiosco. Me le quedé viendo. La muchacha se llama… creo que Yajaira. Yajaira, sí.
No le contesté. Me levanté y me fui jalando el tubo del suero hasta el pasillo, con las pantuflas haciendo un ruido de lija contra el piso. No quería que me viera la cara.
Mi hija, Verónica, llevaba nueve años casada con Daniel. Nueve años que yo pensaba que por fin le había tocado un buen hombre. No es que Daniel fuera cariñoso conmigo —me decía “señora Carmen” y me tendía la mano en lugar de abrazarme—, pero con Vero era distinto. La esperaba a la salida del trabajo. Le llevaba flores el 14 de febrero. La defendió de su propia madre, doña Silvia, una mujer flaca y amargada que durante años se la pasó diciendo en las posadas que su nuera era una inútil porque no le daba nietos.
Y ahí estaba el detalle, claro. Verónica no podía tener hijos. Le habían quitado un ovario a los diecisiete y el otro apenas funcionaba. Los médicos usaron palabras bonitas: “probabilidad muy baja”, “posible estimulación”. Daniel decía que no importaba. Que él se casó con ella, no con una fábrica de nietos.
Eso decía.
Pero si la tal Yajaira estaba panzona, a lo mejor no era cuento.
Me dieron de alta un martes. Verónica pasó por mí en la Silverado gris de Daniel. Traía un café con leche de avena en la mano y un buen chisme de la oficina. El carro olía a pino artificial y a algo más, un perfume de mujer barato, de los que venden en el swap meet. Vero no usa perfume.
Me aguanté todo el camino por la 710. No quería hablar con la ventana abierta, con los camiones al lado. En casa, ya con la puerta cerrada, le dije:
—Mira, Vero, te tengo que contar algo.
Me miró por encima del vaso y le cambió la cara. Pensó que era de mi salud.
—No, no. Estoy bien. Es de Daniel.
Le solté lo de Marta. Lo demás se lo ahorré.
—¿Qué? Mamá, esa señora estaba medicada. No sabía ni qué día era.
—Al día siguiente me lo repitió. Me describió la camisa que traía Daniel el domingo. La de cuadros morados. Me la enseñaste por FaceTime, Vero.
Dejó el café en la mesa del comedor. Se quedó viendo una mancha de agua de una maceta. Nada más.
—O sea, ¿tú le crees a una extraña y no a tu yerno?
—Yo no te estoy diciendo que sea verdad. Te estoy diciendo que hay que verificar.
—Ay, mamá.
Esa noche no cenamos. Yo me metí al baño y abrí el cajón de los remedios sin saber qué buscaba. Cerré el cajón. Abrí la regadera, dejé correr el agua un rato, y me senté en el filo de la tina con la frente contra el azulejo frío.
A la mañana siguiente, Verónica me mandó un mensaje bien corto: “Ya lo hablé con él. Dice que ni sabe dónde queda El Monte. Déjalo ir.”
Yo no lo dejé ir.
Un jueves levanté mis cosas y crucé la ciudad. No se lo dije a nadie. Me estacioné frente al parque que me describió Marta, en una calle de casas pintadas de colores pastel con rejas negras. Había un kiosco, una troca de tacos y un señor vendiendo bolsas de rebanadas de mango con chile. Puse La Nueva 101.9 en el radio y esperé.
A las seis y veinte de la tarde, la Silverado gris se metió al estacionamiento junto al bebedero de agua.
Se bajó Daniel. Camisa blanca, lentes oscuros. Abrió la puerta del pasajero y le dio la mano a una muchacha con la panza a punto de reventar. No era rubia, era una muchacha con el pelo negro recogido en una dona.
En la troca de enfrente, yo me puse las gafas como si eso cambiara algo. No sé para qué, si Daniel ni me conocía el carro —era un Toyota Camry de mi hermana, que me lo prestó para ir a “hacer unos mandados”—.
Caminaron hasta una banca. Daniel le puso la mano en la espalda, de esa forma en que un hombre toca a una mujer para guiarla. Le compró una nieve de fresa en el carrito de los helados. Se sentaron muy juntos. Ella recargó la panza contra su brazo.
Llamé a Verónica desde el estacionamiento de un lavado de carros.
—Vero, ven para acá.
—¿Dónde estás, mamá?
—En el parque de El Monte. Frente al kiosco. Te mando la ubicación.
Colgó. Me volvió a llamar.
—Mamá, estoy trabajando.
—Pide salir. Si no vienes, me quedo aquí y les tomo una foto.
Llegó cuarenta minutos después, con el maquillaje corrido en la pinza de la nariz. Se sentó en el Camry sin decir nada. Le pasé unos cacahuates japoneses que traía en la bolsa. Los abrió con calma, uno por uno, como si no estuvieran a cien metros.
—¿Cuál es?
Señalé con la barbilla.
—Sentado en la banca de junto al kiosco. La que tiene la panza.
Verónica miró por la ventana. La nieve de fresa ya se estaba derritiendo entre las piernas de Daniel. La muchacha tenía los pies hinchados, metidos en unas chanclas de plástico. Verónica se quedó un rato en silencio. Luego soltó una risita corta, de las que duelen.
—Sabes qué, mamá —dijo, y ya no le salió la voz.
Esa es la parte que no quiero recordar. Pero la recuerdo.
No se bajó del carro. No le gritó. No azotó la puerta. Nada de eso. Se quitó el anillo de matrimonio, lo dejó en el posavasos y me dijo:
—Vamos a ver al abogado de mi amiga Nadia.
Al día siguiente fuimos. La licenciada Salazar nos recibió en una oficina chiquita, con un ventilador de pie y un póster enmarcado de la Virgen de Guadalupe. Verónica contó todo. La licenciada tomó nota y le preguntó:
—¿Usted quiere el divorcio?
—Sí —dijo Verónica—, pero quiero una cosa de mi mamá.
Yo me enderecé en la silla de plástico. No sabía que yo tenía algo de ella.
—Quiero que mi mamá ya no le firme nada a Daniel.
Me quedé helada. Porque ahí estaba el otro asunto, el que yo venía callando desde que salí del hospital.
Daniel no era solo mi yerno. Era mi socio.
Cuando me diagnosticaron lo del azúcar y ya no pude estar tanto tiempo en el lote de carros, puse la firma de Daniel como administrador de mi cuentas principales. No se lo dije a nadie. Fue por conveniencia, porque Verónica trabaja todo el día y yo andaba mal de la vista con los contratos. Le firmé un poder para que moviera el dinero de la cuenta del lote. Para pagar nómina, la renta, los desperfectos.
Nunca pensé que iba a usarlo para otra cosa.
Esa misma tarde llamé al banco. La muchacha que me contestó me conocía de años, de cuando yo iba a pagar el agua en persona. Me pasó con el gerente.
—Quiero saber todos los movimientos de mi cuenta desde que está la firma de Daniel.
Tardaron un día en enviarme los estados de cuenta al correo.
Me fui a la cocina, me serví un té de limón que se me quedó enfriando sobre la mesa, y me puse a leer. Los cargos estaban claritos, con su fecha y su nombre.
Hubo uno al principio, chiquito, en una casa de empeño. Luego un depósito a una clínica de fertilidad. Luego otro a un departamento que no era el de mi hija. Y luego la renta de un salón de fiestas. Después, pagos quincenales a una mujer que firmaba recibos de “cuidado prenatal”. Al final, un cargo de dos mil cuatrocientos dólares en A Pequeño Precio, por muebles de bebé.
En total, cuarenta y ocho mil dólares en siete meses.
No lloré. Me puse a contar los puntos de agua de la cortina, uno por uno, hasta que se me durmió la mano izquierda.
El siguiente viernes, citamos a Daniel en el lote, después del cierre. Llegó con la Silverado gris recién lavada, oliendo a cera barata. Nosotras lo estábamos esperando en la oficina, con la licenciada Salazar y un notario amigo de ella.
Verónica no quería entrar. Dijo que si lo miraba, se le iba a aflojar el cuerpo y no iba a poder hacerlo.
—Ese no es tu trabajo, hija —le dije—. El mío es firmar. El tuyo es no dejarlo entrar a la casa.
Ella se metió al Camry con el aire acondicionado al máximo. Yo me quedé con la licenciada y con el notario. Sobre la mesa estaba la carpeta con los estados de cuenta y el contrato de revocación del poder.
Daniel entró con las llaves de la camioneta en la mano, como si viniera a cobrar la nómina.
—¿Qué pasó, señora Carmen? ¿Se le ofreció algo?
Le di la vuelta a la carpeta y la abrí en la página donde estaba el cargo de la clínica de fertilidad. Le puse el dedo encima del nombre: Yajaira Peña, beneficiaria.
Daniel se quedó viendo la hoja. Sonrió, de ese modo en que sonríe un hombre que ya no puede salir corriendo.
—No es lo que usted cree.
—¿No? —dije—. ¿Entonces qué es?
No contestó. Se pasó la lengua por los labios. Se enderezó la camisa, como si la arruga fuera el problema.
La licenciada le acercó el contrato.
—Se le informa que la señora Carmen revoca el poder firmado el diecisiete de enero. Desde este momento usted no puede tocar la cuenta del negocio. Ni una orden de pago. Ni un peso para la renta de un departamento que no le corresponde.
Daniel soltó una risita hueca.
—Carmen, no sea así. Hablemos como familia.
Le di vueltas a la pluma en los dedos. Afuera se oyó que pasaba un señor con una bocina, vendiendo elotes.
—Órale, Daniel. Como familia.
Firmé. Le estampé la firma igualita a la que él venía imitando en los cheques. El notario selló la hoja. La licenciada le tomó una foto al contrato con su teléfono.
Daniel se quedó parado junto a la puerta de vidrio, con la carpeta en la mano y los labios apretados. Luego se metió otra vez a su camioneta y encendió el motor. Lo vi alejarse por la avenida, con la Silverado gris perdiéndose detrás de los cables de la luz.
Esa noche fuimos a la casa de Verónica, que quedaba a quince minutos del lote. Llevamos a un cerrajero. Cambiamos la chapa de la puerta principal y la del portón del garaje. Le dije a Verónica que se metiera conmigo y durmiera en el sillón de la sala, con la reja puesta.
A la mañana siguiente, Daniel llegó como siempre, con las llaves en la mano. Se detuvo frente a la puerta. Le habló bajito, como si la cerradura lo conociera.
—Vero, ábreme.
Nadie le abrió. Yo estaba detrás, tomando café frío, viendo por la mirilla. Vi que le dio vuelta a la llave una vez, dos veces, y no entró. La sacudió. Luego se asomó por la ventana de la cocina, con la cara chiquita detrás del vidrio.
No le abrí.
Verónica se quedó dormida en el sillón con el control del aire acondicionado en la mano. Yo me senté en la escalera de la entrada con los papeles del banco y el contrato bien doblados en la bolsa de mi sudadera. No sé cuánto tiempo estuve ahí.
A los tres días, Verónica metió la demanda de divorcio. Yo le pasé la carpeta a la licenciada y le dije que con esa yo respondía por mi hija. Que Daniel no se llevara ni el portón.
Cuando se finalizaron los papeles, Verónica vendió la casa de ambos. Con su parte, me regresó los cuarenta y ocho mil dólares.
—¿Y ahora qué hago con esto, mija? —le dije, viendo el cheque sobre la mesa.
—Pues lo que quiera, mamá. A usted le costó.
Me puse a pensarlo. Setenta y dos horas después, fui al banco y retiré la cantidad completa. Fui a una casa hogar para señoritas embarazadas en el centro, una que sostiene la iglesia de la veintidós y Logan. Dejé el dinero en un sobre a nombre de la casa, sin remitente.
Y me fui a comer un elote al parque de El Monte. Con sal, limón y un poquito de chile del que pica. Me senté en una banca con la vista dando al kiosco.
Esa noche, Daniel mandó un mensaje al celular de Verónica desde otro número. Le escribió: “Tu mamá firmó sin avisarme. Los cuarenta y ocho.”
Verónica me enseñó la pantalla. Me puse los lentes de cerca y leí el mensaje.
—Dile que ahora le toca trabajar —le dije—. Como desde el primer día.
Y eso fue todo. Yo me quedé viendo la calle vacía desde la ventana de la sala. Afuera, un perro callejero se echó junto al poste de luz, y una camioneta gris pasó despacio frente a la casa, sin pararse.