El Viaje a San Antonio que Mi Hija No Me Perdonó

La invitación llegó un martes por la tarde, justo cuando estaba pelando papas para el caldo. "Queridos Halcones del '75: 50 años de graduados. Nos vemos el 14 y 15 de junio en San Antonio, Hotel El Camino. ¿Quién se apunta?"

Me llamo Esperanza, aunque desde que nacieron mis nietos en mi propia casa, todos me dicen "abue" con un tono que suena a orden disfrazada de cariño. Tengo 68 años, fui contadora por 34 años en una clínica dental de El Paso, y desde que enviudé hace 4 años vivo sola en un departamento de dos cuartos en el lado este de la ciudad.

Dejé el cuchillo sobre la tabla y me quedé mirando el teléfono. Cincuenta años. Toda una vida resumida en un mensaje de texto grupal. Afuera, un perro callejero hurgaba en la basura de la vecina y el sol de marzo calentaba el asfalto lo suficiente para que oliera a chapopote.

Mi hija Verónica vive en el departamento de abajo con su esposo Raúl y los dos niños, Mateo y Camila. Desde que Manuel, mi esposo, se fue de este mundo una madrugada sin avisar, la cercanía dejó de ser comodidad para convertirse en obligación. Yo ya no era la abuela que ayudaba. Era la que estaba disponible. Siempre. Para todo.

—Verónica, me llegó la invitación para el reencuentro de la escuela. Es en San Antonio, con hotel incluido.

—Ay, ama —suspiró—. Ese fin de semana Raúl y yo teníamos pensado ir a un retiro de parejas en Kerrville. ¿Y quién se queda con los chamacos?

—¿Y la mamá de Raúl?

—Ella va con nosotros, tú sabes.

Sí. Sabía. La mamá de Raúl tenía su vida: sus clases de zumba los lunes, sus desayunos con amigas los jueves, sus viajes a San Diego cada diciembre. Nadie le pedía que renunciara a nada.

A mí no me pedían. Me avisaban.

Guardé la invitación en la pantalla del teléfono y no la volví a abrir por dos semanas. La traía conmigo como una piedrita en el zapato, esa que molesta al caminar pero que da pena quitarse en público. Llamé a mis antiguas compañeras: Isabel de Laredo, Carmen de McAllen. Las dos sí iban. "¡Esperancita, tienes que venir! ¡Acuérdate de las tardeadas en el gimnasio! ¡Y Roberto Cantú va a llevar la guitarra!"

Roberto Cantú.

El nombre me pegó en el pecho como una pelota de goma. El muchacho flaco de la última fila, el que siempre usaba suéter de lana hasta en mayo, el que me prestaba su pluma en las clases de literatura porque la mía nunca servía. Poco más recordaba de él. Casi nada.

Un jueves por la noche, mientras Verónica subía a dejar a los niños para que yo los cuidara, se lo dije. No le pregunté. Se lo dije.

—Voy a ir al reencuentro. El 14 y 15 de junio. Van a tener que arreglárselas con los niños.

Silencio. Luego un suspiro largo, de esos que salen desde el fondo del estómago. Luego:

—Bueno, ama. Lo que tú quieras.

"Lo que tú quieras". Tres palabras que me cayeron como cubetazo de agua fría. Como si una mujer de 68 años que toma un autobús a San Antonio para ver a gente que no ve desde hace medio siglo estuviera cometiendo un delito.

Me fui.

El Hotel El Camino olía a pino y a café recién hecho. En el vestíbulo estaba Martha Peña, la eterna organizadora, con una etiqueta pegada a la blusa: "Generación '75" y una cámara colgada al cuello. Lloraba y abrazaba a cada persona que entraba, como si acabara de ganar la lotería y no supiera qué hacer con tanta emoción.

Reconocía a mis compañeros por los ojos. Los cuerpos habían cambiado, los pasos eran más lentos, las voces más roncas, pero los ojos seguían siendo los mismos. Isabel con su mirada burlona de siempre. Carmen con esas chispitas de fiesta que nunca se le apagaron. Y el que fue el más listo del salón, ahora con bastón y un audífono, pero con la misma sonrisa de quien siempre sabe algo que los demás ignoran.

Llegamos 23 de los 31 vivos. A cinco ya se los había llevado la vida. Tres nunca respondieron.

Nos sentamos a una mesa larga en un salón privado, como en una boda, pero en lugar de vals había recuerdos servidos uno tras otro, como antojitos en un bufet. Quién se divorció, quién se fue al norte, quién batalló con el azúcar, quién ya tiene bisnietos, quién se quedó esperando algo que nunca llegó.

A Roberto lo ubiqué después de una hora. Estaba al fondo de la mesa, frente a una silla vacía, girando un vaso de agua mineral entre los dedos. Flaco como en la escuela, pero con una flacura distinta: la de alguien que la vida fue desgastando de a poquito, sin prisa. Traía una camisa clara, planchada con esmero. Se veía como un hombre que se preparó durante meses para ese día.

Me senté a su lado porque entre él y la silla vacía había una tristeza que me daba pena dejar sola. Y porque después de dos copas de vino tinto, una se vuelve más valiente.

—¿Roberto? ¿Cantú?

—Esperanza —dijo bajito, y sonrió como si mi nombre fuera una frase que llevaba años ensayando frente al espejo.

Platicamos. De lo que fue, poco. De lo que era ahora, un poco más. Había sido electricista toda su vida, vivía en un tráiler park en las afueras de Corpus Christi, tenía una hija en Chicago y una esposa que se fue hace 11 años, no muerta, solo ida. Lo contaba con una calma que me dio envidia, como quien describe el partido de los Cowboys del domingo pasado.

Luego alguien propuso que cada uno confesara algo que nadie del grupo supiera. El más aplicado confesó que copiaba en los exámenes de matemáticas. Martha admitió que ella había escrito aquella carta anónima al director contra el maestro de educación física. Risas, aplausos, caras de sorpresa exagerada.

Entonces Roberto se puso de pie.

—Yo escribía poemas —dijo—. En la prepa. Para una persona de este salón. Y todavía los guardo.

Me miró. No de reojo, no con vergüenza. Me miró derecho, como se mira lo que se ha esperado toda una vida para decir.

—Para ti, Esperanza.

La mesa se quedó muda. Carmen soltó un "¡Santo Dios!" y Martha se llevó la mano al pecho. Yo me quedé con la copa en la mano sintiendo un calor que me subía del cuello a las mejillas y me llegaba hasta las orejas. Igualito que cuando me pasaban al pizarrón a recitar de memoria y se me olvidaba hasta mi nombre.

—Aquí los traigo —dijo, y sacó del bolsillo de la chamarra un sobre blanco, sin nombre, de los que venden en cualquier papelería—. No tienes que leerlos delante de todos. Ni siquiera tienes que leerlos. Pero quería que supieras que una vez alguien te vio. De verdad te vio.

Tomé el sobre. Pesaba poquito. Seis hojas, tal vez siete. Cincuenta años guardadas en un cajón de un hombre al que yo recordaba por un suéter de lana y una pluma prestada.

Esa noche no los leí. Metí el sobre en mi bolsa y seguí en la fiesta, en los aplausos, en la foto grupal en la escalera del hotel. Roberto se mantuvo a un ladito, tranquilo, como si se hubiera quitado un costal de encima y por fin pudiera respirar.

En el autobús de regreso abrí el sobre. Seis hojas escritas con una letra pequeña, ordenada, de trazos firmes. No eran obras maestras. Eran juventud. Torpeza, ternura, una sinceridad que daba pena ajena y al mismo tiempo ganas de llorar.

"Esperanza junto a la ventana, en una luz que no sabe que es hermosa." Así empezaba el primero.

Lloré en silencio, con la frente pegada al vidrio, mientras por la ventana pasaba Texas: campos secos, gasolineras, letreros de pueblos a los que nunca fui, un par de halcones sobrevolando un basurero, una troca roja cargada de sandías.

Verónica me esperaba en la puerta de mi departamento.

—¿Y? ¿Estuvo bien? —preguntó con ese tono suyo donde el cuidado venía siempre mezclado con la queja.

Dije que sí. Que estuvo bien. De los poemas no hablé. De Roberto tampoco.

Pasaron los meses. El sobre estuvo guardado en el cajón de la mesita de noche, bajo la factura de la luz y un rosario viejo. Roberto me escribió dos veces. Mensajes cortos, correctos, sin apuros. El primero lo contesté a los tres días. El segundo, a las tres horas.

El tercero no llegó.

Una mañana de octubre, con el primer frío del año entrando por la ventana de la cocina, me quedé mirando el teléfono y me di cuenta de que llevaba quince minutos con la pantalla encendida, esperando. Quince minutos. Me senté en la orilla de la cama y me puse las pantuflas de una, sin despegar la vista del aparato.

Esa misma tarde fui a la central de autobuses de El Paso y compré un boleto a Corpus Christi. Ida y vuelta. 47 dólares con 50 centavos.

—¿A Corpus? ¿Y eso? —me preguntó la señora de la taquilla, una güerita con uñas de gel que mascaba chicle sin parar.

—Voy a tomarme un café con un amigo.

No le di más explicaciones. Ni ella pidió ninguna. Me dio el boleto, me deseó buen viaje y siguió con su chicle.

En el autobús, con el desierto de Texas deslizándose por la ventana, pensé en Verónica y en su "lo que tú quieras" que me seguía sonando a grosería. Pensé en los poemas de Roberto y en lo que habría sido mi vida si aquel muchacho de suéter de lana hubiera sacado el sobre 50 años antes. Y me di cuenta de que no importaba. Que no se trataba de recuperar nada ni de arrepentirse de nada. Se trataba de tomar un café.

En Corpus hice una conexión breve y luego seguí hasta una parada pequeña cerca del tráiler park. Roberto me esperaba junto a la parada de autobús, con una gorra de los Astros en la mano y una sombrilla para el sol. No sonrió ni me saludó de lejos. Solo asintió, como si hubiéramos quedado en vernos esa mañana desde hacía 50 años.

Caminamos dos cuadras y media hasta una cafetería campestre con toldos rojos y sillas de plástico. Pedimos dos cafés de olla y un pan de elote para compartir. Roberto no preguntó por qué había ido. Yo no pregunté por el tercer mensaje. Hablamos de su hija en Chicago, de mis nietos, del clima, del precio del gas. A ratos nos quedábamos callados, y el silencio no pesaba.

Cuando me subí al autobús de regreso, él se quedó parado en la banqueta, con la sombrilla cerrada y la gorra en la mano, hasta que el camión dobló la esquina.

En El Paso, Verónica me estaba esperando afuera de mi departamento. Cruzada de brazos, ceño fruncido.

—Fuiste a verlo, ¿verdad? —dijo, y no sonó a pregunta.

—Fui.

—Ama, ¿y los niños? Te llamé como veinte veces. No sabíamos dónde estabas.

—Los niños tienen papá y mamá. No me necesitan para existir.

Abrió la boca para decir algo, pero luego la cerró. Nos quedamos un momento frente a frente, las dos con el sol de la tarde dándonos en la cara. Luego subió a su departamento y cerró la puerta con un golpe seco, como quien le pone punto final a una conversación que ni siquiera empezó.

Esa noche metí el sobre de Roberto en una cajita de madera que Manuel me regaló en nuestro aniversario 25. La misma cajita donde guardé su alianza cuando murió. Ahora los poemas de un muchacho que me amó en secreto viven junto al anillo de un hombre que me amó a su manera. Y no sentí culpa. Se me hizo curioso, nada más, que la vida acomode las cosas así, sin avisar.

Verónica todavía me dice "lo que tú quieras" con el mismo tono, pero ahora lo dice menos. La última vez que cuidé a los niños, Camila me preguntó si yo tenía novio. Le dije que no, que solo un amigo en Corpus Christi que escribe poemas. Se le quedó viendo raro y siguió coloreando su libro de princesas.

Roberto y yo hablamos por teléfono ahora cada domingo. Él me escucha contarle de las tortillas de harina que amasé, de la lavadora que volvió a fallar, de los pájaros que cantan afuera de mi ventana. Yo escucho cuando me cuenta de su hija en Chicago y de los partidos de los Astros. No nos prometimos nada. No hablamos de futuro ni de pasado. Solo del domingo siguiente, y del siguiente, y del siguiente.

Y de vez en cuando, cuando cuelgo el teléfono, me quedo viendo la cajita de madera y pienso en aquel muchacho flaco que me prestaba su pluma y en una luz junto a la ventana que no sabía que era hermosa.

A lo mejor nunca vuelvo a San Antonio. A lo mejor sí. Por ahora, con el café de olla y un boleto de autobús a Corpus Christi, me alcanza.

Eso, y que al fin aprendí a decir "lo que tú quieras" y sentirlo mío.

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