Marisol salió del dentista pasadas las cuatro y se equivocó de calle. Fue así, sin drama: dobló donde no debía y ahí estaba el Mustang gris de Héctor, estacionado frente al edificio de Yolanda. La placa se la sabía de memoria — la había elegido ella misma en el DMV de Hialeah, bromeando con que el 7 traía suerte. Yolanda vivía en el segundo piso de ese edificio. Su amiga. Su comadre, casi: habían parido con dos meses de diferencia en el mismo hospital, Baptist, plantas distintas. La que llegaba cada Nochebuena con una bandeja de pastelitos de guayaba y una botella de sidra. Marisol no se detuvo. No tocó el claxon, no llamó. Las manos se le quedaron secas sobre el volante y la voz de adentro no le tembló para nada. Fue como cuando se va la luz en el pasillo del apartamento: un clic, y ya. Oscuro.
Llegó a casa y puso la tetera. Héctor volvió una hora y media después, oliendo a aire frío y a chicle de menta. Él nunca mascaba chicle.
—¿Dónde andabas?
—Pasé por el car wash. Había cola.
Ella asintió. El carro, dicho sea de paso, seguía sucio.
Se conocieron catorce años atrás en el cumpleaños de un primo, en Westchester. Ella tenía veintitrés, trabajaba de recepcionista en una clínica dental de Coral Way; él, veinticinco, instalaba aire acondicionado en obras nuevas por todo el condado. Alto, uno noventa y dos, manos anchas, esa costumbre de entrecerrar los ojos cuando escuchaba. No era guapo. Pero esa primera noche, cuando la miró, a Marisol le pareció que la sala se calentaba un par de grados. Se casaron al año siguiente, sin boda grande: firmaron en el juzgado de Miami-Dade, cenaron con diez personas en un restaurante cubano de la Calle Ocho, después caminaron por Brickell hasta las dos de la mañana. Al hijo lo llamaron Iván. Nació grandote, cuatro kilos, y berreaba tan fuerte que las enfermeras se reían del otro lado de la puerta. Tres años después llegó Camila, callada, con los ojos claros de Héctor y las pecas de Marisol en la nariz.
La vida siguió su curso, no perfecta pero pareja. Héctor armó su propia cuadrilla, tomaba contratos en centros comerciales y oficinas de Doral. Marisol pasó a otra clínica, turno rotativo. Compraron una casa con hipoteca en Kendall, tres cuartos, vista al canal de drenaje y a un mango que nunca dio fruta.
Yolanda entró en su vida cuando Camila tenía seis meses: vecina de al lado, después se mudó pero la amistad quedó. Tenía una hija de la edad de Iván y salían juntas al parque mientras los niños se peleaban por la misma pala en el arenero. Yolanda era de las que sabían escuchar. No interrumpía, no daba consejos que nadie pedía, solo asentía y a veces soltaba: "Y tienes razón, mija". Cejas oscuras casi unidas, un metro sesenta, la costumbre de meterse el pelo detrás de la oreja cada treinta segundos. Divorciada. El ex se había ido a vivir a Orlando y mandaba la manutención cuando se acordaba. Marisol confiaba en ella. Le contaba de las peleas con Héctor, de sus llegadas tarde, de que se había vuelto distante después de diez años juntos. Yolanda escuchaba, servía más café cubano y decía: "Todos los hombres son así. Se le pasa".
Después de aquel día del dentista, Marisol empezó a contar. No dinero. Tiempo. Héctor salía a las siete y media de la mañana. Los proyectos estaban repartidos por todo el condado y ella no tenía forma de verificar rutas. Pero las noches empezaron a estirarse. Antes llegaba a las siete, ahora a las ocho y media. A veces más tarde.
—El cliente me tuvo dando vueltas —decía, quitándose las botas.
—El tráfico en el Palmetto estaba imposible —decía, colgando la chaqueta.
—Los muchachos me dejaron colgado, tuve que terminar yo solo —decía, sentándose a la mesa.
Marisol le ponía el plato enfrente. Arroz con pollo, picadillo, plátanos maduros. Comida caliente: siempre la calentaba en cuanto oía el motor del garaje. Pero ahora se fijaba en otras cosas. El chicle de menta. El teléfono bocabajo en la mesa. Y algo más: dejó de llamar a Yolanda delante de ella. Antes marcaba, preguntaba por la niña, mandaba saludos. Ahora, si Marisol mencionaba a su amiga, Héctor asentía y cambiaba de tema.
No revisó el celular. No instaló ninguna aplicación de rastreo. No llamó a Yolanda a hacerle preguntas. En cambio hizo algo simple: un jueves le dijo a Héctor que se iba con los niños a casa de su mamá, en Homestead, y que volvía el sábado. Su madre vivía a cuarenta minutos, en una casa con patio, aguacates y un perro viejo que ladraba a todo lo que pasaba por la calle. Marisol de verdad empacó, subió a los niños al carro y se fue. El viernes por la noche regresó. Sola, sin los niños. Se quedaron con la abuela.
No fue a su casa. Estacionó dos cuadras antes del edificio de Yolanda y caminó. Octubre, siete de la noche, ese frío raro de Miami que llega de golpe con el norther. Las hojas de un ficus crujían bajo sus pies, olía a humedad y a alguien cocinando arroz con habichuelas por una ventana abierta. El Mustang gris seguía en el mismo lugar. Marisol se sentó en un banco frente al parquecito del edificio. Los columpios crujían con el viento, vacíos. Sacó un termo de café que había preparado en casa de su madre y esperó.
Él salió a las diez menos veinte. Solo. Chaqueta desabotonada, la gorra en la mano, caminando rápido con la cabeza un poco gacha. Así caminaba cuando estaba nervioso. O apurado. Marisol terminó el café. Cerró el termo. Se levantó. No lo siguió. No lo llamó. No sacó el teléfono para una foto. Manejó de vuelta a Homestead, acostó a los niños y se tiró en la cama estrecha del cuarto de invitados, el mismo empapelado con flores diminutas que recordaba de niña. Durmió mal. No de dolor. De pensamientos que se formaban en fila y no la dejaban cerrar los ojos.
El sábado volvió a casa con los niños, como había prometido. Héctor los recibió en la puerta, ayudó con las maletas, la besó en la mejilla. Olía a su colonia de siempre y a nada más.
—¿Cómo está tu mamá?
—Bien. Tumbaron el aguacate del fondo, estaba podrido por dentro.
—Qué lástima. Daba buena fruta.
—Por fuera sí. Por dentro no.
Él la miró un segundo de más. Ella aguantó la mirada. Después se dio vuelta y fue a guardar la ropa.
Esa noche, con los niños dormidos, Marisol se sentó en la cocina con la laptop. Héctor veía el partido de los Dolphins en la sala y ella lo oía protestarle al árbitro a través de la pared. Un sonido de siempre. Como si nada hubiera cambiado. Abrió la carpeta de documentos y empezó a sumar. La casa a nombre de los dos. El Mustang a nombre de él. El salario: el de él, ocho mil al mes; el de ella, tres mil doscientos. Los niños menores de edad, ambos con derecho a manutención. Sumó hasta tarde. Calculadora, páginas de asesoría legal gratuita del condado, foros de mujeres divorciadas. A medianoche tenía una tabla armada.
Pero no pensaba divorciarse. Todavía.
Las siguientes tres semanas Marisol vivió como si nada. Cocinó, llevó a los niños al colegio, fue a trabajar. Sonrió. Héctor no notó nada porque no había nada que notar: ella no se puso más fría ni más cálida. Simplemente entró en un modo automático donde la vida real transcurría más adentro, en un lugar al que él ya no tenía acceso desde hacía tiempo.
Yolanda llamó dos veces. La primera para invitarla a un café. Marisol aceptó, fue, tomó un cortado, escuchó lo de la clase de baile de la hija de Yolanda y lo de la gotera del baño que nadie arreglaba.
—¿Y si le pides a Héctor? Total, él es el manitas —dijo Yolanda, y se cortó a media frase. Un instante. Su mano se movió hacia el pelo para meterlo detrás de la oreja y se quedó a mitad de camino.
—Se lo pido —dijo Marisol, tranquila—. Justo esta semana anda con menos trabajo.
Yolanda asintió y cambió el tema al clima. La segunda llamada fue una semana después, para invitarla al cine. Marisol dijo que no, que le tocaba turno. Colgó y se quedó mirando la pantalla del teléfono. La foto de fondo era de una parrillada del verano pasado: los tres, Marisol, Héctor y Yolanda, él en el medio con una mano en el hombro de cada una. Todos sonriendo. Cambió el fondo por una foto de los niños.
El plan no nació de golpe. Se armó por partes, como un rompecabezas sin la caja con la imagen de referencia. Primero una pieza, después otra, hasta que de pronto se ve el contorno.
Todo empezó con Norma. Norma trabajaba en la clínica como encargada de facturación, cincuenta y seis años, lentes colgados de una cadenita, hablaba tan bajito que había que inclinarse para oírla. Pero sabía de cada familia en un radio de cinco cuadras cosas que la gente prefería no saber de sí misma.
—Norma, usted que conoce a todo el mundo en Kendall —empezó Marisol un día en el descanso del almuerzo.
—A todo el mundo no. Pero a muchos. ¿Por qué?
—Tengo una amiga. Necesita un buen abogado de familia.
—Amiga, dice. —Norma se quitó los lentes, los limpió con el borde de la bata y miró a Marisol con esos ojos que hacen que uno se enderece en la silla—. Amiga —repitió Marisol.
—Bueno. Está la licenciada Estrada. Dura, cara, pero sabe lo que hace. Anota el número.
Marisol lo anotó. Llamó esa misma noche, mientras Héctor acostaba a Camila.
La licenciada Estrada resultó ser una mujer de pelo corto, un metro setenta y dos, con la costumbre de golpear el bolígrafo contra la mesa cuando pensaba. Se encontraron en una cafetería frente al juzgado de familia, en el downtown. Marisol le contó todo: el carro frente al edificio, el chicle, el "car wash", el silencio a medio camino.
—¿Tiene pruebas?
—Vi su carro. Dos veces.
—Eso no es prueba. Es una observación.
—¿Y qué es prueba?
—Mensajes, fotos, testigos. O que él lo admita. —La licenciada golpeó el bolígrafo contra la mesa—. Pero para la división de bienes, en Florida la infidelidad casi no pesa. Lo que importa es a nombre de quién está todo, quién pagó, si hay acuerdo prenupcial.
—No hay acuerdo.
—Entonces se divide todo por igual. Casa, carro, ahorros. Más manutención para los dos niños: el condado suele fijar un porcentaje del ingreso neto de él, ajustado por tiempo de crianza compartida.
Marisol asintió. Ya lo sabía. Pero quería oírlo de alguien que lo supiera con certeza.
—No quiero el divorcio —dijo.
La licenciada levantó una ceja.
—Quiero que él entienda.
Entender. Esa era la palabra. No vengarse, no castigarlo, no humillarlo. Que le cayera la ficha. Marisol lo pensaba cada noche, parada frente a la ventana de la cocina mientras hervía el agua. Afuera, el patio trasero, el mango sin frutos, un poste de luz que parpadeaba cada tanto. Se servía café en una taza blanca con el borde despostillado y bebía quemándose la lengua, porque nunca aguantaba esperar a que se enfriara.
Tenía que mostrarle la escena completa. No contarle, no explicarle, no armar un show. Mostrarle. Que se viera a sí mismo desde afuera y que eso doliera más que cualquier grito. Y a Yolanda también. A ella, tal vez, incluso más. Porque Héctor, con toda su bajeza, nunca le había prometido a Yolanda ser su amiga. Le había prometido ser esposo, y rompió esa promesa. Pero amiga sí había prometido ser Yolanda. Catorce años. Los niños, las enfermedades, las llamadas de madrugada, el dinero prestado, las Nochebuenas compartidas. Y ahí estaba.
Marisol empezó por lo pequeño. Dejó de contarle a Yolanda los detalles de su vida. Sin brusquedad, sin hacer show. Simplemente respondía más corto. "¿Cómo estás?" "Bien." "¿Y Héctor?" "Trabajando." Yolanda al principio no lo notó. O hizo como que no.
Después Marisol llamó a su prima Dalia. Dalia vivía en Tampa, trabajaba de agente de bienes raíces y tenía una voz que hacía que la gente se enderezara sola. Un metro cincuenta y cinco, pero parecía medir dos metros cuando hablaba.
—Dalia, necesito ayuda.
—Dime.
—Necesito organizar una cena. De esas después de las cuales a todo el mundo le queda clarísimo quién es quién.
Dalia se quedó callada un momento.
—¿Es por tu marido?
—Y por la amiga.
—¿Los dos en la misma mesa?
—Exacto.
—Mari, ¿estás segura?
—Totalmente.
La pausa fue larga. Marisol oyó el chasquido de un encendedor del otro lado de la línea.
—Bueno. Cuéntame el plan.
El plan era simple. Marisol invitaría a gente a su cumpleaños. Treinta y nueve años, fecha sin nada especial, motivo no obligatorio, pero Héctor no sospecharía nada: ella siempre había disfrutado organizar reuniones, y él lo sabía. La lista: Héctor, Yolanda, Dalia (que vendría desde Tampa especialmente), Norma con su esposo, la vecina Rosa del otro lado de la calle, y dos compañeros de la cuadrilla de Héctor con los que él tenía confianza. Nueve personas en la mesa. Suficiente para tener público. Poca gente para perderse entre la multitud.
Marisol cocinó dos días. Arroz congrí, yuca con mojo, un pernil entero, cuatro ensaladas, un flan de la receta de su madre. La casa olía a ajo y a vainilla al mismo tiempo. Héctor ayudó: movió la mesa, sacó sillas del garaje, fue a comprar las bebidas. Estaba animado, atento. Incluso compró el regalo con tiempo: unos aretes de plata con turquesa. Bonitos. Ella se los puso. Se miró al espejo. Una mujer de pelo castaño recogido en cola, pecas en la nariz, una arruga fina entre las cejas que no estaba hace dos meses. Los aretes brillaban. Se apartó del espejo.
Yolanda llegó con una botella de sidra y un pastel. Como siempre. Abrazó a Marisol, le dijo "feliz cumpleaños, mija". Los labios más pintados de lo normal. Y un perfume distinto: no el floral de siempre, algo más denso, con almizcle. Marisol conocía ese perfume. Lo había visto en el mostrador de Sephora del Dadeland Mall, ciento diez dólares el frasco. Héctor le había preguntado su opinión un mes atrás: "¿Tú crees que es un buen regalo?". Ella pensó entonces que era para una compañera de trabajo. Ahora entendía.
—Pasa —dijo Marisol, y sonrió. De verdad. Porque todo iba según el plan.
La cena empezó tranquila. La gente comía, bebía, conversaba. Norma contaba de su nieto, que había empezado primer grado y ya odiaba las matemáticas. Rosa se quejaba de la asociación de vecinos. Los compañeros de Héctor hablaban de un contrato nuevo en Doral. Héctor estaba sentado frente a Yolanda. Entre los dos, Norma, como amortiguador. Pero Marisol veía. Cómo él evitaba mirar a Yolanda. Demasiado evitaba. Cómo apartaba los ojos cuando ella hablaba. Y Yolanda igual: le hablaba a todos menos a él, se reía un poco más fuerte de lo necesario y se acomodaba el pelo detrás de la oreja cada veinte segundos. Dalia estaba sentada al lado de Marisol. Bebía agua mineral, comía ensalada y observaba. Tenía esa costumbre de entrecerrar los ojos cuando estudiaba a alguien. Como un gato.
Después del plato fuerte, Marisol se puso de pie.
—Quiero brindar.
Todos se callaron. Héctor le sonrió. Abierto, cálido. La sonrisa de siempre, la que antes le ablandaba algo por dentro. Ahora no.
—Cumplo treinta y nueve. No es una fecha redonda. Pero quiero agradecer a la gente que está aquí. No por los regalos. Por la honestidad.
Recorrió la mesa con la mirada.
—Rosa, tú siempre dices la verdad. Aunque nadie te la pida. Gracias.
Rosa soltó una risita y levantó la copa.
—Norma, usted sabe de mí más de lo que sé yo misma. Y nunca lo usó en mi contra.
Norma asintió, un poco sonrojada.
—Dalia. Viniste desde Tampa para un cumpleaños que no es redondo. Eso vale mucho.
Dalia levantó en silencio el vaso de agua mineral.
Pausa.
—Héctor.
Él la miró.
—Me regalaste estos aretes. Preciosos. Gracias.
Él asintió.
—Y también le regalaste un perfume a mi amiga. Uno denso, con almizcle. Ciento diez dólares. ¿Te acuerdas que me preguntaste mi opinión?
El silencio fue tan completo que se oía el reloj de la pared, el mismo que siempre iba atrasado veinte minutos y que nadie se acordaba de ajustar. Yolanda se puso pálida. No sonrojada: pálida de verdad, como si la sangre se le hubiera ido de la cara de golpe, y de pronto se le notaron todas las pecas que normalmente pasaban desapercibidas. Héctor no se movió. El tenedor en la mano derecha, un pedazo de pernil clavado, que nunca llegó a la boca.
—No voy a hacer un escándalo —siguió Marisol. La voz salió firme; lo había ensayado tres días frente a esa misma ventana de la cocina, y se sabía cada palabra—. Solo quiero que todos en esta mesa sepan la verdad. Porque me cansé de saberla yo sola.
Se sentó. Nadie habló. Ocho segundos. Los contó. Después Norma dijo, muy bajito:
—Bueno. ¿A quién le sirvo flan?
Todo lo que pasó después fue rápido y lento a la vez. Como un choque de carro: dicen que en el instante del impacto el tiempo se estira. Yolanda se levantó de la mesa sin decir palabra. Tomó la cartera, se puso el abrigo y se fue. La puerta se cerró suave, sin golpe. Eso fue peor que un golpe.
Héctor se quedó. Bajó el tenedor. El pernil quedó en el plato. Los invitados empezaron a irse. Rápido, pero sin atropello. Rosa le apretó la mano a Marisol al despedirse y dijo:
—Fuerte.
Norma la abrazó sin decir nada. Los compañeros de Héctor se fueron sin despedirse de él. Solo de ella.
Dalia se quedó. Lavó los platos mientras Marisol se quedaba sentada frente a la mesa vacía. Migas de flan, una mancha de vino tinto en el mantel, olor a ajo y a vainilla. Todo igual. Todo distinto.
—¿Cómo estás? —preguntó Dalia sin darse vuelta de la pila.
—No sé.
—Es normal.
Héctor apareció en la cocina una hora después. Los niños dormían. Se quedó parado en el marco de la puerta y se veía más chico que de costumbre. Uno noventa y dos, pero en ese momento parecía medir uno setenta y cinco.
—Mari.
—Sí.
—¿Por qué lo hiciste así?
—¿Así cómo?
Se pasó las manos por la cara. La barba le raspaba contra las palmas.
—No así. No delante de la gente.
—¿Y delante de quién? Delante de mí llevas dos meses fingiendo que todo está bien. Delante de Yolanda fingías estar soltero. Delante de los niños fingías ser buen padre. Ya no queda nadie delante de quien no finjas.
Se sentó. La silla crujió.
—Fue solo dos veces —dijo.
—Tres. Yo vi tu carro dos veces. Y una vez Dalia lo confirmó. El miércoles.
Él miró a Dalia. Ella secaba un plato con un paño y no se dio la vuelta.
—Dalia, qué necesidad—.
—¿Ahora quieres reclamar? —preguntó Dalia. La voz tan baja como la de Norma, pero de esas que hacen que uno se pare y se vaya—. ¿En serio?
Se quedó callado.
La noche pasó sin dormir. Marisol en el cuarto, Héctor en el sofá de la sala. Dalia se fue a un hotel de la avenida principal. A las tres de la madrugada Marisol se levantó, fue a la cocina, se sirvió agua. Se quedó junto a la ventana mirando el patio. El Mustang gris estaba en el garaje. El poste de luz parpadeaba. No pensaba en él. Ni en Yolanda. Pensaba en ella misma. En que se pueden vivir catorce años al lado de una persona, conocer sus costumbres, sus olores, sus tonos de voz, y no saber nada. En que la confianza no se rompe de golpe. Se seca, como el aguacate del patio de su madre: por fuera corteza, hojas, frutos, y por dentro, podrido. En que mañana los niños se despertarían e irían al colegio. Iván pediría plata para el almuerzo. Camila olvidaría el uniforme de gimnasia. Y la vida seguiría girando como una lavadora que nadie sabe cómo apagar.
En la mañana Héctor se fue antes de que despertaran los niños. Dejó una nota en el refrigerador: "Hablamos esta noche". Marisol la despegó, la dobló en cuatro y se la guardó en el bolsillo de la bata.
Volvió a las siete. Con flores. Doce rosas rojas, en celofán con lazo. Ella las puso en un florero sobre el mostrador de la cocina. El agua estaba fría, los tallos crujían contra el vidrio.
—Tenemos que hablar —dijo él.
—Habla.
Se sentó a la mesa. Ella se quedó de pie junto al fregadero.
—Fue un error. Una estupidez. No sé ni cómo explicarlo.
—No hace falta.
—Mari, no quiero que.
—¿Qué? ¿Que me vaya? ¿O que me entere?
Él no contestó. Y ese silencio le dijo más que cualquier palabra. No le tenía miedo a lo que había hecho. Le tenía miedo a que lo hubieran descubierto.
—No me voy a ir —dijo Marisol—. Por ahora. Tenemos hijos. Tenemos la hipoteca. Y no voy a romperles la vida por una tontería tuya.
—No es una tontería.
—Para mí sí. Porque tú lo convertiste en eso.
Él levantó la vista. Había algo ahí que ella no había visto antes. No arrepentimiento. Desconcierto. No entendía lo que estaba pasando. Esperaba gritos, un show, lágrimas, maletas hechas. Y en cambio tenía enfrente a una mujer tranquila junto al fregadero, diciéndole que él era una tontería.
Con Yolanda, Marisol no habló durante tres semanas después de la cena. Después Yolanda llamó. La voz le temblaba, hablaba rápido, comiéndose las palabras, como siempre que estaba nerviosa.
—Mari, escúchame. Yo sé que tú. Yo entiendo. Pero déjame explicarte.
—Habla.
—La culpa es mía. Él vino a arreglarme la gotera, y.
—Yolanda. La gotera.
—Sí, la gotera. Se lo pedí yo.
—La gotera se dañó hace dos meses. Tú misma me lo contaste entonces. Y eso se arregla en cuarenta minutos. Él se quedaba tres horas.
Silencio.
—No te voy a acusar de nada —dijo Marisol. Apretaba el teléfono con tanta fuerza que se le pusieron blancos los nudillos, pero la voz no le tembló—. Eres adulta. Él es adulto. Los dos tomaron una decisión. Yo también tomo la mía. Y mi decisión es que ya no somos amigas.
—Mari.
—Espera. No estoy gritando. No me estoy vengando. No le estoy contando a todo el mundo, aunque podría. Simplemente no quiero saber más de ti. No porque te odie. Porque no puedo respetarte.
Yolanda se puso a llorar. Marisol la oía sollozar, tratando de decir algo, sin encontrar las palabras.
—Adiós —dijo Marisol, y colgó.
Se quedó parada frente a la ventana un largo rato. La tetera había hervido hacía tiempo y ya estaba fría. Las rosas del mostrador empezaban a abrirse: los pétalos se separaban, algunos ya secos en los bordes.
Pasó un mes. Héctor cambió. No mejor, no peor. Distinto. Llegaba a tiempo. No mascaba chicle. No volteaba el teléfono. Empezó a hablar con los niños en la cena, algo que no hacía desde hacía dos años: le preguntaba a Iván por el equipo de fútbol, a Camila por sus dibujos. Marisol observaba. No confiaba. Observaba.
Una noche él dijo:
—Fui a terapia.
—¿Para qué?
—Para entender.
—¿Entender qué?
—Por qué hice lo que hice.
—¿Y?
—La terapeuta dice que me aburría. Que buscaba algo distinto. Que no tenía que ver con Yolanda. Que tenía que ver conmigo.
Marisol tomó un sorbo de café.
—Y por eso pagaste ciento veinte dólares la sesión.
—Ciento cuarenta.
—Ciento cuarenta dólares para que te dijeran que eres un egoísta.
—Más o menos.
Casi sonríe. Casi. Las comisuras de los labios se movieron y se quedaron ahí, quietas.
—Puedes no creerme —dijo él—. Lo entiendo. Pero lo estoy intentando.
—Lo veo.
—¿Eso significa algo?
—Significa que lo veo.
Él asintió. Se levantó, lavó su taza, la guardó en la alacena. Se fue al cuarto. Marisol se quedó en la cocina. La taza blanca despostillada, el vapor del café, la ventana con el patio y el mango sin frutos. El poste de luz por fin no parpadeaba: lo habían arreglado.
Dalia llamaba cada cuatro días. Corto, al grano.
—¿Cómo?
—Aquí.
—¿Y él?
—Se esfuerza. O finge.
—¿Y tú?
—Espero. Ni yo sé qué.
—Es normal, Mari.
—Ya me lo dijiste.
—Te lo vuelvo a decir.
Marisol colgaba y se iba con los niños. Revisar la tarea, planchar el uniforme, hacerle las trenzas a Camila para el otro día. Movimientos de siempre, manos de siempre, mechones entre los dedos, de siempre.
Una de esas noches, Iván preguntó:
—Mami, ¿por qué la tía Yolanda ya no viene?
Marisol se quedó quieta. El peine en la mano, la cabeza de Camila delante, el pelo con olor a champú de fresa.
—Nos peleamos.
—¿Por qué?
—Por cosas de adultos.
—¿Es culpa de papi?
Miró a su hijo. Trece años, los ojos claros de Héctor, el hoyuelo de ella en la barbilla. Lo había visto todo. Los niños siempre ven todo.
—Es culpa de los dos —dijo—. De papi y de la tía Yolanda. Pero eso lo resolvemos papi y yo. Juntos.
—¿No se van a divorciar?
—No.
Ese "no" sonó más seguro de lo que ella se sentía. Pero Iván asintió y se fue a su cuarto. Se oyó la puerta cerrarse, después la música apagada de los audífonos.
Camila, que había estado callada todo ese rato, levantó la cabeza.
—Mami, me hiciste una trenza bonita.
—Gracias, mi amor.
—Mami.
—¿Sí?
—¿Estás triste?
Marisol se arrodilló frente a su hija. Le miró los ojos claros, donde se reflejaba la luz de la lámpara.
—Un poquito. Pero se me va a pasar.
Camila la abrazó por el cuello. Brazos delgados, olor a champú, el aliento tibio contra la piel.
En Navidad estuvieron los cuatro solos. Sin invitados, sin pastelitos de guayaba, sin sidra. Héctor compró un árbol de verdad. Iván ayudó a decorarlo, Camila colgó la estrella subida a un banquito. La casa olía a pino y a mandarinas. Marisol se quedó parada en la entrada de la cocina, mirándolos. Héctor acomodaba las luces, Iván pasaba los adornos, Camila daba órdenes. Una familia común. Una noche común. Un árbol común. Solo que ahora ella conocía el precio de esa normalidad.
Héctor se dio vuelta, la sorprendió mirando. Sonrió. No con la sonrisa de antes, ligera, despreocupada. Otra. Con algo de culpa, algo de súplica, algo más para lo que no había palabra. Marisol no le devolvió la sonrisa. Pero tampoco se dio vuelta. Eso fue más honesto que una sonrisa.
En enero sacó del bolsillo de la bata la nota que había doblado en cuatro esa mañana después de la cena. "Hablamos esta noche." Su letra: grande, inclinada hacia la izquierda, la "H" con un trazo que parecía una firma apresurada. La desdobló, la alisó con la palma sobre la mesa. La miró. Después la rompió. En cuatro pedazos, después en cuatro más. Los trocitos de papel cayeron en el bote de basura, sobre cáscaras de plátano y una bolsita de té usada.
Fue al baño. En el lavamanos estaba la jabonera de siempre, los cepillos de dientes en el vaso: dos de adultos, dos de niños. La afeitadora de él en la repisa. La crema de ella. Todo en su lugar. Todo como siempre. Abrió el agua, se lavó la cara con agua fría y se miró en el espejo. Una mujer de treinta y nueve años, pelo castaño, pecas, una arruga fina entre las cejas. Los aretes de turquesa no se los había quitado. Bonitos.
Desde la sala llegó la risa de Camila y la protesta de Iván. Héctor les decía algo y los dos se reían. Marisol cerró la llave. Se secó la cara con la toalla. La colgó derecha en la barra. Fue hacia ellos.
No porque hubiera perdonado. No porque hubiera olvidado. Porque esa era su vida, sus hijos, su casa con el papel de pared que habían elegido juntos, con la hipoteca que pagaban entre los dos, con el reloj de la mesita de noche que siempre iba atrasado. Y de su propia vida no pensaba irse.
Las rosas del mostrador de la cocina llevaban ya tres semanas ahí. Los pétalos se secaban por los bordes, pero ella todavía no las había tirado. Algo en esa lentitud le parecía honesto.