Desapareció… y mejor así

Daniel subía las escaleras de su edificio en la Pequeña Habana porque el elevador llevaba meses descompuesto. El olor a sofrito y café colado se mezclaba con la humedad del pasillo, y cuando llegó al cuarto piso, una sombra gris se encogió junto a la puerta del apartamento 4B. Era el gato de los Mendoza, un atigrado flacucho que siempre tenía la misma expresión de tristeza infinita.

Se oyeron voces adentro. La puerta se abrió de golpe y doña Rosa, envuelta en una bata desteñida, salió blandiendo una escoba. Le dio al animal un escobazo seco, en las costillas, sin mediar palabra. El gato soltó un maullido corto y la puerta se volvió a cerrar con tal violencia que el marco vibró. Daniel apretó los puños, pero no dijo nada. Ya había intentado hacerles un comentario antes y la mujer lo fulminó con la mirada, como si él fuera el problema.

Esa escena se repetía cada dos o tres días. A veces era Rosa, a veces su marido, don Manny. El gato pagaba con el destierro cualquier falta: una taza rota, un mueble arañado, una bola de pelos en el sofá. Daniel los había visto sacarlo simplemente sujetándolo por el pellejo del cuello y dejándolo caer en el pasillo como quien tira una bolsa de basura. Y el gato, en vez de huir, se quedaba ahí, frente a la puerta forrada de vinilo café, esperando que lo perdonaran.

Una noche de viernes, Daniel volvió del trabajo empapado porque afuera caía uno de esos aguaceros tropicales que no avisan. Estaba de mal humor: el turno había sido un desastre y la guagua venía llena de gente que lo empujaba. Al pisar el rellano del cuarto piso, oyó el maullido lastimero. El gato estaba acurrucado contra la puerta, tiritando. El pasillo olía a trapo mojado y el animal parecía más pequeño que nunca.

Daniel se agachó y le rascó detrás de las orejas. El gato ronroneó y le dio un cabezazo en la mano, y en ese gesto había una confianza tan absurda, tan inmerecida, que a Daniel se le encogió el estómago. Se quedó un rato en cuclillas, oyendo la lluvia afuera y el silencio dentro del apartamento 4B. Nadie iba a abrir esa noche.

—Ya basta, amigo —murmuró—. Te vienes conmigo.

Levantó al gato con cuidado, lo apoyó contra su pecho empapado y sintió el cuerpecito flaco vibrar con un ronroneo intenso. Subió dos tramos más hasta el sexto piso, abrió la puerta de su estudio y lo dejó en el suelo. El gato olfateó el ambiente, saltó al sofá cama y se hizo un ovillo sobre la manta tejida.

Esa misma noche, a pesar del cansancio y de que todavía lloviznaba, Daniel bajó al dollar store de la esquina a comprar una caja de arena, croquetas decentes y una latita de comida húmeda como para celebraciones. Cuando volvió, el gato lo esperaba junto a la puerta, frotándose contra el marco. Daniel sirvió la comida, el gato comió con ansia y luego se durmió sobre sus piernas mientras él veía repeticiones de una telenovela vieja.

Pasó el sábado. Daniel se asomó varias veces al pasillo, esperando oír a los Mendoza llamar al gato o ver un papelito pegado en el tablón de anuncios. Nada. El gato, mientras tanto, tomaba el sol en el alféizar y se estiraba con una lentitud que parecía de goma.

El domingo Daniel incluso abrió la puerta del apartamento con intención.

—Mira, si quieres volver, yo no te detengo.

El gato levantó la cabeza, miró la puerta abierta y luego empezó a lamerse una pata, muy despacio. Después caminó hacia Daniel, se enroscó en su tobillo y soltó un ronroneo fuerte. Mensaje claro.

El lunes, al regresar del trabajo, Daniel vio a don Manny salir por la puerta trasera del edificio con una bolsa de basura negra. De la bolsa asomaba algo rectangular, plástico, inconfundible: la caja de arena. Daniel sintió un vuelco. Se acercó con fingida indiferencia y lo saludó.

—Oye, vecino, qué curioso… hace días que no veo a su gato por el pasillo. ¿Está bien?

Don Manny soltó una carcajada breve y se acomodó la bolsa.

—¡Desapareció! Y mejor así, bendito sea Dios.

—¿Cómo que mejor así? —Daniel forzó la voz para que sonara tranquila, aunque un calor le subió por el cuello.

—Es que Rosita ya no lo aguantaba —explicó el hombre, limpiándose el sudor de la frente con un pañuelo—. Quería llevarlo al refugio ese de la Calle Ocho, ya sabe, donde los sacrifican cuando nadie los reclama. Pero a mí no me late manejar hasta allá, y luego hay que pagar el estacionamiento, y uno acaba gastando el tiempo. Total, que el gato se fue solito. ¡Nos ahorró la vuelta y el mal rato! Anoche hasta me compré una seis de cerveza para celebrarlo.

Daniel sintió que todo el pasillo se comprimía. Ahí estaba la verdad, servida con una sonrisa y una cerveza. No era que extraviaron al gato; era que ya tenían planeado condenarlo a una jaula fría y una inyección, y la única razón por la que no lo hicieron fue la flojera de un viejo. El gato no era una mascota: era un estorbo con fecha de eliminación.

—¿Y no les da ni tantita pena? —preguntó, sin poder contenerse.

Don Manny frunció el ceño, incómodo.

—Pena, ¿para qué? Es un animal. Oiga, y usted por qué pregunta tanto, ¿vio algo o qué?

Daniel negó con la cabeza y caminó rápido hacia las escaleras. Subió de dos en dos, con la imagen del gato aguardando fielmente en la puerta de un apartamento que nunca se volvería a abrir para él. Y luego imaginó al mismo gato, vivo y caliente, metido en una caja de transportadora dentro de un refugio ruidoso, o simplemente muerto sobre una mesa de acero.

Cuando entró a su estudio, el gato se desperezó y trotó hacia él, frotándose contra sus pantalones. Daniel lo cargó con suavidad, hundió la nariz en su pelaje y sintió el ronroneo contra su pecho. No dijo nada. Bajó a la cocineta, abrió otra lata de comida húmeda y la sirvió en un platito nuevo.

Después de la cena se tiraron juntos en el sofá cama. Daniel encendió el televisor, pero no prestaba atención. Miraba al gato, que tras un rato de amasar la manta se dejó caer de lado, luego rodó panza arriba y estiró las patas, dejando al descubierto la piel rosada y vulnerable del vientre. El gato lo miró con los ojos entrecerrados, completamente relajado, completamente a salvo.

Daniel apoyó la yema de un dedo sobre esa barriga suave, tan frágil, tan expuesta. El gato no se retractó; al contrario, comenzó a ronronear más fuerte. Afuera seguía lloviznando, pero dentro el aire estaba tibio y olía a café.

Entonces supo que no había cometido ningún robo. Solo había recogido lo que otros tiraron como basura y le había dado un lugar donde no tuviera que ganarse el derecho de existir. Un lugar donde lo quisieran, simplemente, porque sí.

Rating
( No ratings yet )
Like this post? Please share to your friends:
Leave a Reply

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

two + eleven =