A mí no me vayan a salir con que los perros son como de la familia y que si los quieres los tienes adentro. A mis años ya sé distinguir entre un animal y un nieto. Pero la Chente era otra cosa. La Chente era mi perra, una mezcla de pastor con sabe Dios qué, que se quedó conmigo cuando mi hijo Armando se fue a probar suerte a San Antonio con la tal Rebeca, aquella muchachita de uñas largas que no soportaba el olor a frijoles.
La Chente tenía once años. Los mismos once años que pasaron desde que Armando me la dejó en la puerta un domingo, con una correa roja y una bolsa de alimento que no me alcanzó ni para la quincena. "Nomás un mes, amá", me dijo. Y el mes se volvió once años. A la Chente le fallaba la cadera, se quedaba dormida a mitad del patio con la lengua de fuera, y aun así, todas las mañanas se paraba en dos patas para verme hacer el café.
Este año el calor en Laredo estaba insoportable. Julio y agosto se pegaron como tortilla en comal, y la casa olía a perro mojado aunque la bañara cada tercer día. Mi nuera Rebeca, la de las uñas largas, vino en Navidad y me soltó, como quien no quiere la cosa: "Susy, esa perra ya está muy grande. Armando dice que a lo mejor conviene dormirla antes de que sufra". Yo la corté con una sonrisa de dientes apretados: "La que se va a dormir aquí eres tú si no cambias ese pinche alumbrado en el pasillo". No volvió a tocar el tema en toda la semana.
Pero el golpe vino después. En marzo. Cuando Armando me llamó y, en lugar de preguntarme por mis rodillas, me contó que el banco le iba a quitar el terreno en San Antonio si no juntaba cuarenta y dos mil dólares antes del viernes. Que si yo podía hipotecar la casa de Laredo, la de la abuela Petra, la que me dejó a mí y no a él, pero que al fin y al cabo iba a ser suya algún día, ¿o no?
Yo no le dije ni que sí ni que no. Colgué y me quedé mirando el teléfono como si ahí adentro viviera el diablo. Esa casa no era de Armando. Era la casa donde nací, donde nació mi madre, donde nació mi abuela. Y el banco no estaba pidiendo un favor: estaba pidiendo que yo firmara un papel por una deuda que ni era mía.
Ese viernes amaneció nublado, de un gris raro para Laredo. La Chente no se levantó a la puerta como siempre. La encontré echada junto al catre viejo, el que usaba mi difunto esposo para la siesta. Respiraba hondo, con un silbido que no le había oído antes. Le puse agua fresca y un pedazo de tortilla con manteca, y ni la tortilla miró. Entonces sonó el teléfono. Otra vez Armando. Pero esta vez no era su voz de hombre apurado; era la voz de un niño que se ahoga: "Amá, si no firmas, Rebeca me deja. Ya me dijo. Se lleva a los niños con su hermana a Houston".
En ese momento entendí todo.
No era el banco. Era Rebeca. No que se iba a ir: que ya se iba. Que ya lo había decidido desde diciembre, desde que vio la perra tirada junto al catre y pensó que con mi casa se arreglaba todo. Y Armando, mi Armando, el que me ayudaba a cargar las bolsas del HEB y me llamaba cada cumpleaños, me estaba pidiendo la casa a cambio de quedarse con alguien que no lo quiere ni para calentar las tortillas.
Le dije que me diera un día. Un día para pensarlo, Armando. Veinticuatro horas.
Colgué antes de que pudiera decir "te quiero, amá".
La Chente subió la cabeza y me miró. No con tristeza, no con lástima. Con una dignidad rara, como la de los caballos viejos. Y ahí, junto al catre, lloré. Lloré de coraje, de miedo, de vergüenza. Lloré once años de ausencia de mi hijo, lloré cuarenta y dos mil dólares que no iba a juntar ni vendiendo la máquina de coser, lloré porque la perra se estaba muriendo y nadie en mi familia iba a llorarme a mí de esa manera.
El sábado, muy temprano, salí al patio con la correa roja. La Chente se levantó con un esfuerzo que me dolió y caminó conmigo hasta la troca. La subí en brazos, como cuando era cachorra y se orinaba en los asientos de atrás. No arranqué rumbo al banco. Arranqué rumbo a la oficina de notaría del centro, donde trabaja la señora Elsa, la que me ayudó con los papeles del difunto. Llevaba la escritura de la casa en una carpeta morada.
Llegué a las diez. La señora Elsa me recibió con su café cargado y me preguntó si venía por la hipoteca. Le dije que no. Que venía por otra cosa.
—¿Usted quiere escriturar la casa a su hijo?
—No —le dije—. A la Chente.
La señora Elsa se quedó callada. Se talló la frente con la palma, como si yo le hubiera hablado en otra lengua.
—Suzana, eso no se puede. Un perro no puede heredar.
—No quiero heredarle. Quiero que la casa quede a nombre de una fundación. La de los perros viejos de la frontera. Esos que ya nadie quiere. Esos que cargan once años con uno sin pedir nada. Usted me dijo que se podía hacer. Usted me contó de una señora de McAllen que dejó todo a los gatos.
—Eso fue diferente.
—Diferente, ¿por qué? ¿Porque el gato de ella era de raza y mi Chente es de la calle?
La Elsa no sabía si reírse o abrazarme. Al final, abrió el archivero y sacó un formato. "Esto es un fideicomiso", me explicó. "Va a costarle ochocientos dólares hacerlo bien, y no se puede deshacer después. Armando puede pelear, pero si usted está en sus cabales y hay un tercero de testigo, no van a tumbar nada".
Saqué ochocientos cuarenta dólares en efectivo, de la cajita de lata escondida detrás del tinaco del patio. Los contó dos veces. Me dio copia de todo. La Chente esperaba afuera, echada a la sombra de un mezquite, con la lengua afuera y los ojos chiquitos. Le enseñé la carpeta morada.
—Ya la casa no es tuya ni mía —le dije—. Es de los tuyos.
El domingo, Armando llegó desde San Antonio sin avisar. Estacionó la camioneta en la banqueta, y por la ventana de la cocina vi que venía solo. Sin Rebeca. Sin los niños. Con una rabia que le temblaba en las manos. La Chente, echada junto al catre, levantó la cabeza cuando escuchó su voz:
—Amá, ¿qué hiciste?
Yo no abrí de inmediato. Dejé que tocara el timbre tres veces. Luego abrí la puerta con la carpeta morada en la mano y un vaso de limonada en la otra.
—Hice lo que debía, mijo. Pasarle la casa a la que se queda junto a mí.
Armando leyó el fideicomiso ahí parado. Lo vi leer la palabra "canina", la vi leer "irrevocable", la vi leer mi nombre y el de la notaria y el de la testigo. Después alzó la cara y me preguntó si yo estaba loca.
—No, Armando. Loca no. Ocupada tal vez. Los perros viejos no esperan a que uno se decida.
Se fue azotando la puerta de la troca. Yo me quedé en la cocina, con la puerta abierta para que entrara el aire, y me serví otro vaso de limonada.
El siguiente sábado, la señora Elsa me llamó para leerme una carta que había llegado a la notaría. Era de un abogado de San Antonio, del despacho de la familia de Rebeca. Pedían revisar el estado mental de la firmante. Rebeca quería que un juez declarara nulo el fideicomiso.
Yo me reí, con todo el garguero.
—Que lo revise, Elsa. Que venga un juez. Que venga un psiquiatra. La Chente va a estar en la puerta, parada en dos patas, para demostrar que en esta casa la única que está loca no soy yo.
La Chente murió un martes de abril, en silencio, junto al catre. La enterré debajo del naranjo del patio, junto a la barda del vecino, con su correa roja enrollada como almohada. Armando no vino al entierro. Rebeca lo dejó de todos modos, a los cuatro meses, y se fue a Houston con un gerente de un taller de llantas que le prometió un departamento climatizado.
Hoy, cuando paso por la notaría, la señora Elsa me saluda con la mano y me deja café en un vaso de unicel. Y yo voy cada jueves a la fundación, con una bolsa de croquetas y una cubeta. No voy a acariciar recuerdos. Voy a limpiar, a cambiar agua. Voy a dejar que los perros viejos me duerman en las piernas y a firmar, cada fin de año, los papeles que dicen que la casa de la abuela Petra, la de la barda blanca y el naranjo, seguirá de pie mientras exista un perro sin nadie en la frontera.
La última vez que vi a Armando fue en un supermercado. Iba con una muchacha nueva, más joven, con uñas cortas y aretes de concha. Él me vio primero y se quedó parado. La muchacha no entendía por qué se había detenido junto a la crema de avellana. No se dijeron nada. Armando me miró la carpeta morada que yo llevaba bajo el brazo, un jueves, rumbo a la fundación.
Yo le hice un gesto con la barbilla, y seguí de largo.
Había que entregar los papeles antes de las dos.
Con la otra mano, la libre, le compré a la Chente un hueso de carnaza, como si todavía estuviera echada al pie de la caja registradora, esperando a que yo pagara.