Encuentro en la 26

Llevaba diecinueve años sin escuchar su nombre en voz alta, y bastó con que Carmen lo dijera parada en la reja para que se me fuera el aire del pecho.

Era sábado, cerca del mediodía, en Reading, Pennsylvania. Yo estaba en el patio de atrás tratando de arreglar la manguera del riego —llevaba goteando dos semanas y Héctor prometió revisarla el domingo pasado, y el domingo pasado se fue a jugar dominó con los primos y volvió cuando ya estaba oscuro. Otra vez.

—¡Rosalinda! ¿Estás en casa? —la voz de Carmen venía de la calle.

Salí secándome las manos en el delantal. Carmen estaba ahí con dos bolsas del Aldi, todavía con las llaves del carro colgando de un dedo, como si hubiera venido corriendo desde la tienda para contarme algo antes de guardar ni siquiera la leche en el refrigerador.

—Aquí ando, Carmen. ¿Por qué te quedas parada en la acera? Entra.

—No, no, es un momento nada más. —Se acercó, bajó la voz aunque no había nadie más que el perro del vecino ladrándole a una ardilla—. Oye, ¿y Héctor? ¿No está?

—Anda por ahí, como siempre. —Me recosté en el marco de la puerta—. Dejó la podadora tirada a medio patio y se fue. Ya ni le digo nada, para qué.

—Rosalinda. —Carmen se acercó un paso más, y algo en su cara me hizo agarrarme del marco de la puerta—. Tengo que decirte algo, pero no te me vayas a poner nerviosa.

—¿Qué pasó?

—Llegó Ernesto a visitarme. Está en mi casa ahorita mismo.

Sentí que el pecho se me apretaba como cuando uno traga algo muy grande y muy frío de un solo bocado.

—¿Ernesto? ¿Aquí, en Reading?

—Vino por un asunto de negocios, algo de una propiedad que tiene del lado de Allentown, y de paso se quedó a comer conmigo. Ya sabes que somos primas. Está sentado en mi patio contándome de su vida. Tiene su compañía de camiones, allá en Houston. Se casó, tiene nietos ya. —Hizo una pausa que a mí me pareció eterna—. Y preguntó por ti. Lo primero que preguntó fue por ti. Que cómo estabas, que si te iba bien.

—¿Y tú qué le dijiste? —me salió la voz como si no fuera mía.

—Pues qué le iba a decir. Que trabajas en la primaria de maestra asistente, que las niñas ya crecieron y cada quien anda por su lado. Rosalinda, él quiere verte. Nada más saludarte. Vente a mi casa, ahorita estamos por servir la cena.

—¿Cómo voy a ir así, Carmen? Mírame nada más. Ni arreglada estoy, y todavía tengo que darle de comer a las gallinas antes de que oscurezca. Y Héctor puede llegar en cualquier momento.

—Ay, deja esas gallinas por una hora nada más. Ernesto se regresa esta noche. ¿Cuándo se van a volver a ver?

Me quedé viendo la manguera rota, tirada entre las matas de tomate que yo sola había sembrado esa primavera, y pensé que llevaba diecinueve años sembrando tomates sola.

Ernesto había sido mi primer novio de verdad, allá cuando los dos trabajábamos en la fábrica de empaque en Lancaster, antes de que él se fuera a Texas persiguiendo un trabajo mejor y me pidiera que me fuera con él. Yo no fui. Mi mamá estaba enferma, mis hermanos eran chicos todavía, y yo era la mayor. Me quedé. Él se fue, escribió dos cartas, después nada. Yo conocí a Héctor un año después, en una boda de un compañero de trabajo, y me casé con él porque era buena gente, trabajador, y porque para entonces yo ya había aprendido a no esperar demasiado de la vida.

Diecinueve años. Dos hijas criadas —Yesenia vive en Filadelfia ahora, es enfermera; Adriana se fue a Orlando con su esposo—. Diecinueve años de aguantar que Héctor dejara las cosas a medias, que llegara tarde, que se le olvidara el aniversario, que se gastara la mitad del cheque en la lotería del Turkey Hill.

—Voy a cambiarme —le dije a Carmen, y ella sonrió como quien gana algo.

Me metí a la casa, me puse el vestido azul que había comprado para la graduación de Adriana y casi no había usado desde entonces. Me miré en el espejo del baño, ese espejo con la esquina despostillada que Héctor también prometió cambiar. Tenía cuarenta y cuatro años y por primera vez en mucho tiempo me importó cómo me veía.

Cuando llegué a casa de Carmen, Ernesto estaba sentado en una silla plegable en el patio, con una Corona a medio tomar en la mano, hablando con el esposo de Carmen sobre algo de camiones. Se levantó al verme y por un segundo ninguno de los dos dijo nada. Tenía canas en las sienes, una camisa de vestir que costaba más de lo que Héctor gastaba en ropa en un año, y esa manera de pararse derecho que yo recordaba de cuando teníamos veinte años.

—Rosalinda —dijo, nada más eso, y su voz sonó como si hubiera estado guardando ese nombre en un cajón todo este tiempo.

Nos sentamos a cenar los cuatro. Él habló de su empresa de transporte, de sus dos nietos, de una casa en Katy, Texas, con alberca. Yo hablé de las niñas, de mi trabajo en la escuela, ayudando a los maestros de kínder con los niños que apenas están aprendiendo inglés. En un momento, cuando Carmen y su esposo se metieron a la cocina por el postre —un flan que Carmen había hecho esa mañana, todavía tibio—, Ernesto puso la mano sobre la mesa, cerca de la mía, sin tocarla.

—Nunca dejé de preguntarme cómo te había ido —dijo—. Me enteré por tu prima que te casaste con un tal Héctor.

—Sí. Diecinueve años ya.

—¿Eres feliz?

La pregunta se quedó ahí, sobre el mantel de flores que Carmen había comprado en el Walmart de la Route 61, junto al plato de flan que nadie había tocado todavía. Y yo, que llevaba años sin que nadie me preguntara eso, no supe qué contestar de inmediato.

—Soy la que sostiene la casa —dije al final—. Eso es lo que soy.

Ernesto no dijo nada más esa noche. Se fue como a las nueve, se despidió de mí con un abrazo breve y me dejó su número escrito en una servilleta, "por si algún día necesitas algo, lo que sea", dijo. Yo guardé la servilleta en la bolsa del vestido azul y volví a mi casa caminando, porque quedaba a solo tres cuadras y la noche estaba templada, con ese olor a pasto recién cortado que le queda al vecindario después de que alguien por fin usa la podadora.

Héctor estaba en la sala cuando llegué, viendo un partido de los Phillies con el sonido casi apagado. Ni preguntó dónde había estado.

—¿Cenaste? —le pregunté.

—Comí un sándwich —dijo, sin voltear a verme—. ¿Y tú?

—Fui a casa de Carmen. Vino Ernesto de visita.

Ahí sí volteó.

—¿Ernesto? ¿El que…?

—El mismo.

Héctor se quedó viéndome un momento largo, y algo en su cara —no supe si era miedo o vergüenza— hizo que por fin dijera algo que no había dicho en años:

—¿Y qué, te vas a ir con él?

—No —le contesté, y era verdad—. Pero necesito que sepas que ya no voy a seguir siendo la única que sostiene todo aquí. Necesito que la próxima vez que dejes algo a medias, lo termines. Necesito que llegues a la hora que dijiste que ibas a llegar.

—Rosalinda, no es para tanto…

—Sí lo es. —Me senté en el sillón frente a él, con la bolsa del vestido azul todavía en la mano, la servilleta de Ernesto dentro—. Llevo diecinueve años esperando que cambies solo un poco. Y hoy vi a un hombre que se fue de mi vida y construyó algo, y yo aquí sigo esperando que arregles una manguera.

No hubo pelea esa noche. Héctor apagó el partido y se fue a acostar sin decir más. Yo me quedé un rato en la cocina, con la servilleta de Ernesto extendida sobre la mesa, mirando ese número de Houston escrito con una letra que ya no reconocía como mía en la memoria.

No lo llamé nunca. Pero al día siguiente, un domingo de junio con el cielo bien despejado, saqué de la gaveta del clóset la cuenta de ahorros que había abierto a escondidas hacía tres años, cuando empecé a trabajar tiempo completo en la escuela —una cuenta solo mía, en el PNC Bank de la Penn Avenue, con cuatro mil ochocientos dólares que había ido guardando de mi sueldo, poquito a poco, sin decirle a Héctor ni una palabra—. La saqué, la puse sobre la mesa de la cocina junto al café, y cuando Héctor bajó a desayunar se la mostré.

—Esto es mío —le dije—. Lo gané yo, lo guardé yo. Y con esto voy a pagar un curso de certificación para ser maestra de verdad, no asistente. Empiezo en agosto, en el community college de Reading.

Héctor miró la libreta de ahorros como si fuera un objeto extraño, algo que no encajaba con la mujer que él pensaba conocer.

—¿Y yo qué? —preguntó, y en su voz había algo genuino, casi asustado.

—Tú vas a arreglar esa manguera de una vez —le dije, y me tomé el café—. Y vamos a ver, con el tiempo, si el resto también se arregla.

Guardé la libreta de vuelta en mi bolsa. La servilleta con el número de Ernesto la tiré esa misma tarde, doblada en cuatro, al fondo del basurero de la cocina, debajo de las cáscaras de papa que había pelado para la cena. No la necesitaba para saber lo que valía.

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