El olor a café recién colado se mezclaba con el de la pintura fresca del porche cuando escuché la voz de Carmen desde la verja. Traía dos bolsas del Publix colgadas del brazo, y por cómo caminaba —casi trotando— supe que algo la tenía inquieta.
—¡Rosa! ¿Estás en casa? —gritó, sin ni siquiera esperar a que yo apareciera.
Salí secándome las manos en el delantal. Julio en Homestead pesa como una manta mojada, y a esa hora la humedad ya te tenía el pelo pegado a la nuca. El aspersor del vecino seguía encendido aunque llevaba lloviendo desde el mediodía; alguien tendría que decirle algo, pero nunca era yo quien se atrevía.
—Aquí estoy, Carmen. ¿Por qué gritas desde la calle? Entra.
—No, no, es un momento nomás. —Dejó las bolsas sobre el barandal, casi tirando una lata de frijoles que rodó hasta perderse entre las plantas—. ¿Estás sola? ¿Y Ramiro?
—Por ahí anda —solté un suspiro que me salió más cansado de lo que quería—. Dejó la podadora a medio patio otra vez. Ya ni le digo nada, para qué.
Carmen se acercó al porche con esa expresión que yo conocía de memoria: la de cuando tenía un chisme que le quemaba la lengua.
—Rosa, tengo algo que contarte. Pero no te me alteres.
Sentí un tirón raro en el estómago, como cuando el elevador frena antes de lo esperado.
—¿Qué pasa, Carmen?
—Vino Esteban. Está en mi casa ahora mismo. Tenía negocios por Miami y se dio la vuelta a vernos un rato.
La mano se me fue sola hacia el marco de la puerta. Necesitaba algo sólido de dónde agarrarme.
—¿Esteban? ¿Aquí, en Homestead?
—Aquí mismo, sentado en mi patio, contándome su vida. Tiene su negocio de importaciones allá en Houston, se casó, ya tiene nietos. —Hizo una pausa que a mí me pareció eterna—. Pero preguntó por ti. Lo primero que preguntó fue cómo estabas, si te iba bien.
—¿Y tú qué le dijiste? —la voz me salió quebrada, y noté cómo el calor me subía por el cuello hasta las orejas.
—¿Qué querías que le dijera? Le conté que trabajas en la escuela, que las niñas crecieron y ya cada quien hizo su vida. Rosa, él quiere verte. Nada más saludarte. Vente conmigo, justo estamos por servir la cena.
—¿Cómo voy a ir así, Carmen? Mírame. Ni arreglada estoy, y todavía tengo que darle de comer a las gallinas… Y si Ramiro llega y no me encuentra…
—¡Deja esas gallinas por una hora, mujer! Esteban se regresa esta noche. ¿Cuándo se van a volver a ver?
No contesté enseguida. Me quedé mirando el patio, la podadora tirada entre la yerba a medio cortar, como si esa máquina abandonada fuera el resumen entero de mi matrimonio. Veintitrés años con Ramiro y todavía terminaba las frases sola, todavía esperaba que él llegara para cenar y a veces ni una llamada.
Con Esteban había sido distinto. Hacía casi treinta años, cuando los dos trabajábamos en la fábrica de conservas de Florida City y él me llevaba a la salida en su Chevy destartalado, con la radio siempre en la misma estación de salsa. Se fue a Texas persiguiendo un trabajo mejor, prometió escribir, prometió volver por mí. No hizo ni una cosa ni la otra. Yo me casé con Ramiro dos años después, porque mi mamá insistía en que una mujer de veintiocho ya no podía darse el lujo de esperar milagros.
—Está bien —dije al fin, y me sorprendió lo firme que sonó—. Dame diez minutos.
Me metí a cambiarme la blusa manchada de sudor por una limpia, me pasé un cepillo por el pelo y, sin pensarlo demasiado, me puse los aretes pequeños de oro que mi hija mayor me había regalado en mi cumpleaños. En el espejo del baño vi a una mujer de cincuenta y un años con canas que ya no se molestaba en teñir, y por primera vez en mucho tiempo no me pareció una mala cara la que tenía enfrente.
La casa de Carmen quedaba a tres cuadras, esa calle de casas de bloque pintadas en colores pastel que el sol de Florida ya empezaba a desteñir. Se oía una radio con noticias del Marlins desde algún porche, y el perro flaco de los Guzmán, que siempre andaba suelto, me siguió media cuadra moviendo la cola sin ningún motivo, como hacía con todo el mundo.
Ahí estaba Esteban, sentado en una silla plegable de plástico, con una Coca-Cola de vidrio en la mano, la misma marca que tomaba de joven. Se levantó apenas me vio cruzar la reja, y por un segundo ninguno de los dos dijo nada.
—Rosa —dijo, con esa voz que el tiempo había vuelto más ronca pero seguía siendo la misma.
—Esteban.
Carmen desapareció hacia la cocina con una excusa sobre el arroz, dejándonos solos en el patio mientras el cielo se teñía de ese naranja quemado que solo se ve en los atardeceres del sur de Florida.
Hablamos casi dos horas. Me contó de Houston, de su esposa Alicia, de sus tres nietos, del negocio de repuestos de auto que había levantado desde cero. Yo le hablé de la escuela primaria donde llevaba dieciocho años como asistente de maestra, de mis hijas —una en Orlando, otra en Atlanta—, y, cuando ya no pude evitarlo más, de Ramiro.
—Ya no sé ni para qué seguimos juntos —le confesé, mirando el vaso de té helado que Carmen me había puesto en las manos sin que yo lo pidiera—. Él llega tarde, se va temprano, y entre los dos ya no queda ni una conversación completa.
Esteban no dijo nada por un momento. Solo movió el hielo de su vaso con el dedo, como pensando qué tanto decir.
—Yo pensé en ti muchas veces, Rosa. Sobre todo los primeros años. Después el trabajo, los hijos, uno se acostumbra a no mirar atrás.
—Yo también —admití—. Pero ya no sirve de nada darle vueltas a lo que no fue.
Se hizo tarde. El hijo de Carmen tocó la puerta para avisar que el Uber de Esteban ya iba llegando; tenía que tomar un vuelo desde el aeropuerto de Miami esa misma noche. Nos despedimos en la reja, un abrazo breve, torpe, de esos que no saben bien dónde poner las manos.
—Cuídate, Rosa.
—Tú también, Esteban. Que te vaya bien allá en Houston.
No hubo promesas de escribirse, ni números de teléfono intercambiados con disimulo. Los dos sabíamos que ese encuentro era exactamente lo que parecía: un cierre, no un comienzo.
Cuando llegué a mi casa ya era casi de noche, y las luces del porche de Ramiro estaban apagadas, señal de que él tampoco había vuelto todavía. Me senté en los escalones, sola, escuchando a los grillos y viendo cómo la podadora seguía tirada en medio del patio, ya casi invisible entre las sombras.
No lloré. No sentí ganas de llorar. Sentí, más bien, una claridad que hacía tiempo no tenía: la de saber exactamente qué quería hacer con lo que me quedaba de vida, y con quién.
Al día siguiente, un sábado, esperé a que Ramiro se sentara a desayunar sus huevos con tocino como todos los fines de semana, con el partido de los Marlins sonando de fondo en la pequeña radio de la cocina.
—Ramiro, necesito que hablemos.
—¿Ahora? Estoy comiendo, Rosa.
—Ahora. —Puse sobre la mesa una carpeta azul que había sacado esa misma mañana del cajón donde guardaba los papeles importantes—. Ya llamé a un abogado. Se llama licenciado Peña, tiene su oficina en Cutler Bay. Nos vamos a divorciar.
Él dejó el tenedor sobre el plato con un golpe seco.
—¿De qué estás hablando? ¿Esto es por lo de ayer, que fuiste a ver a Carmen?
—Esto es por los últimos ocho años, Ramiro. No es por Carmen ni por nadie más. Es porque yo ya cumplí cincuenta y uno, y no pienso pasar los que me quedan esperando que a ti se te ocurra terminar de cortar el patio.
Se quedó mirándome, buscando algo que decir y sin encontrarlo. Yo abrí la carpeta y le mostré la hoja con la fecha de la primera cita en la oficina del abogado: el martes 8 de septiembre, a las diez de la mañana.
—La casa está a nombre de los dos —le dije, con la voz firme aunque por dentro el corazón me latiera como tambor—. El abogado dice que lo más justo es venderla y dividir lo que quede, cincuenta y cincuenta. Son casi ciento ochenta mil dólares en equity, según la tasación que ya mandé a hacer la semana pasada.
—¿Ya mandaste a tasar la casa sin decirme?
—Sí. Y ya hablé con un agente de bienes raíces también. Se llama Yolanda Reyes, trabaja para Century 21 aquí en Homestead. Va a venir el jueves a ver la propiedad.
Ramiro se levantó de golpe, con la silla raspando el piso de linóleo.
—No puedes hacer esto así, sin avisarme.
—Te estoy avisando ahora mismo. —Cerré la carpeta despacio—. Llevo meses pensándolo, Ramiro. Lo de ayer solo me terminó de confirmar algo que ya sabía: que prefiero estar sola a seguir sintiéndome sola contigo al lado.
Él se quedó parado en medio de la cocina, sin saber bien qué hacer con las manos, mientras afuera se oía el ruido del camión de la basura pasando por la calle, como cualquier otro sábado.
Tres semanas después firmamos los papeles en la oficina del licenciado Peña. Vendimos la casa en octubre, un poco antes de lo que esperábamos porque un matrimonio joven de Miami la quiso comprar de contado. Con mi mitad del dinero me alquilé un apartamento de dos cuartos cerca de la escuela donde trabajo, y con lo que sobró abrí una cuenta de ahorros a mi nombre en el Wells Fargo de la avenida Krome.
Carmen me ayudó a mudar las cajas el sábado que me cambié. Cuando terminamos, nos sentamos en mi nuevo balcón, cada una con un café, mirando el estacionamiento vacío donde ya no había podadora tirada ni nada que me perteneciera a medias con nadie.
—¿Y si algún día vuelves a saber de Esteban? —me preguntó, con esa curiosidad que nunca se le quitaba.
—No creo que vuelva a saber de él, Carmen. Y está bien así.
Le di un trago al café y me quedé viendo cómo el sol de la tarde le pegaba de lleno a las llaves nuevas que colgaban de un gancho junto a la puerta: las de mi apartamento, solo mías, sin copia para nadie más.