La Cazuela de Sonia

Yo a esa mujer la conozco bien. Se llama Sonia, vive en el apartamento 3B del edificio de al lado, y durante tres años le cuidé al perro cada vez que ella y su esposo se iban de viaje. Un pitbull mezclado con no sé qué, todo bruto el animal, pero con ella era un pan. Por eso me extrañó tanto verla aquella noche en el estacionamiento, sentada en el borde de la jardinera de cemento, con la cabeza entre las manos y el teléfono apagado en la falda.

Eran como las ocho y media. Yo volvía de mi turno en el restaurante, con la espalda molida y un tupper de arroz con pollo que me dio la chef porque sobró del bufé. La saludé de lejos, pensando que había tenido un mal día. Pero cuando levantó la cara, vi que no era un mal día. Era otra cosa. Una rabia que no llora.

—Se me quedó la llave adentro —dijo, y lo dijo con una tranquilidad que me puso la piel de gallina.

—¿Quieres pasar al mío mientras llega tu esposo? —le ofrecí, porque para eso están los vecinos, digo yo.

Sonia negó con un gesto corto. Y después, sin que yo le preguntara nada, empezó a hablar. A veces uno es solo el desconocido que estaba ahí, y la gente necesita soltar las cosas.

Me contó lo de la cazuela.

La había preparado esa misma tarde. Pollo guisado con papas, aceitunas, pimientos, un sofrito de los que se huelen desde el pasillo. Tres libras de pollo, una botella de vino de cocinar, hoja de laurel que trae de una mata que tiene en el balcón. Y arroz blanco, y una ensalada de aguacate y tomate. Ella cocina como las abuelas de antes, con tiempo y sin prisa.

En la mesa estaban sentados el esposo, que se llama Andrés, la mamá de él, doña Miriam, y la hermana, que le dicen Yolita. La cuñada llegó “a saludar” y se quedó clavada en el sofá apenas olió el guiso.

—Hija, tú cocinas como los ángeles —le dijo la suegra, sirviéndose primero.

Y Sonia, con el delantal todavía puesto, sonrió. Porque eso hace uno: sonríe, aguanta, respira hondo.

Entonces Andrés dejó caer la noticia como si fuera un favor.

—Ah, Sonia, este fin de semana cogemos el carro tuyo. Vamos a llevar a mami a Orlando, que tiene la artritis fatal. Ya casi le dije a Yolita que le pedimos prestado lo de los pasaportes. Tú sabes, una semana en un condo, con piscina.

Sonia paró de servir.

—¿Mi carro? ¿Y por qué el mío?

Andrés ni la miró. Estaba partiendo pan.

—Porque el mío está en el taller, Sonia, no jodas. Además, tú esa semana ni lo usas, trabajas desde casa.

Doña Miriam asintió como una reina. Yolita, con la boca llena, soltó lo suyo:

—Ay, Sonia, no te pongas así. Es un simple viaje de cinco horas. Tú eres familia, ¿no? Además, con lo que ganas en la clínica, hasta te sobra para el casillero en el aeropuerto.

Ahí fue.

Sonia se quitó el delantal. Lo dobló en cuatro, con calma, y lo puso sobre el espaldar de la silla. No gritó. No tiró nada. Salió del apartamento, bajó al estacionamiento, y fue allí donde yo la encontré.

—Me tienen de tarjeta de crédito con patas —me dijo, y se rió de una manera que no era risa—. La casa es mía. La compré yo con mis ahorros y lo que me dejó mi papá. El carro es mío. El sueldo de enfermera de hospital, las horas extra, los turnos de doce horas, todo mío. Y ahora resulta que soy la cajera automática de la generosidad de Andrés.

Le pregunté si pensaba volver a subir. Se quedó callada un rato largo, mirando un charco de agua del riego que reflejaba el farol del estacionamiento.

—Todavía no —dijo.

Y como a los veinte minutos, Andrés bajó. En chancletas, con la camisa manchada de grasa del pollo. Venía con ese paso del que no sabe si va a retar o a pedir disculpas. Al final hizo las dos cosas.

—Sonia, por favor. Mami se puso mal. Dijo que se le subió la presión del disgusto. Ya sabes cómo se pone. Yolita la está calmando arriba. No podemos salir a la calle a estas horas con un papelón, ¿ok? Tú sabes que yo a ti te adoro. Sube y hablamos como gente adulta.

Sonia se levantó de la jardinera. Se sacudió el pantalón. Y le respondió sin levantar la voz:

—Que Yolita la calme. Y que la piscina de Orlando se la pague Yolita. O tu sueldo, Andrés. O la tarjeta de tu mamá. Porque yo no voy a pagar un solo dólar por un viaje que ni sé si voy a querer hacer.

El hombre se puso pálido.

—¿Cómo que no vas? ¡Si es para mi mamá!

—Ah, ¿sí? —Sonia alzó la barbilla—. ¿Y qué pago yo cuando la lleven en mi carro? ¿La gasolina y los refrescos también?

Andrés se pasó la mano por el cuello. Y soltó una frase que a mí me dejó de piedra:

—Tú tienes la culpa de que esto no funcione, Sonia. Siempre has sido egoísta con mi familia, desde que no quisiste dar el cuarto de huéspedes para la tía de Yolita. Ellos me lo dijeron, y yo no quería creerles. Pero ahora me doy cuenta de que esto es una mierda porque tú lo conviertes en una mierda.

Yo me hice el que estaba metiendo la llave en mi puerta del pasillo, pero no abrí. El pasillo estaba oscuro, y yo quieto, con mi tupper tibio en la mano, oyendo sin querer. Uno no debería, pero a veces es más fuerte que uno.

Sonia dio tres pasos hacia él. Sin prisa. En el estacionamiento semi vacío, se la veía como una mujer que ha tomado una decisión sin drama.

—Andrés, la casa es mía, el carro es mío, el sueldo es mío, y por fin me doy cuenta de que yo también soy mía. Esta noche te quedas en el apartamento porque no te voy a echar a las doce de la noche. Pero mañana llamo a mi abogado. Y al banco. Y a la compañía de seguros. Porque tu nombre lo quito del contrato de arrendamiento, de la cuenta compartida y del título del carro.

Andrés se rió, pero la risa le salió como un hipo.

—Eso no se puede así de fácil.

—Son mis bienes, Andrés. Lo dice la escritura. Y en Florida, una esposa que compró la propiedad con sus ahorros y recibió una herencia tiene mucho más derecho que una suegra ofendida. Si quieres, te lo confirmo el lunes con la notaría, que ya le dejé un mensaje de voz hace un rato.

Le pasó el teléfono por delante. La pantalla se encendió y vi, de reflón, el ícono del banco abierto. O la app de mensajes, no recuerdo. Pero vi que no estaba improvisando. La mujer llevaba más de una hora sentada en esa jardinera haciendo llamadas y mandando mensajes. No estaba llorando. Estaba liquidando su matrimonio.

Andrés subió al apartamento. Sin decir palabra, con los hombros caídos. Sonia se quedó en el estacionamiento, de pie, viendo la ventana del tercer piso.

A la mañana siguiente, sábado, yo bajé temprano para ir a la panadería. Y allí vi a Yolita cargando una bolsa de hielo y una caja de pastelitos de guayaba. Iba llorosa, con los labios apretados.

—¿Qué pasó? —le pregunté, por educación.

—Mi hermano es un drama. Y la otra, una ingrata. Ya ni le importó que mami amaneciera con el azúcar por el techo.

Yolita pagó y se fue refunfuñando, con su caja de pastelitos bajo el brazo. Como si diez pastelitos de guayaba arreglaran un matrimonio.

No volví a ver a Sonia hasta el martes. Llegó con una camioneta diferente, una camioneta de segunda, una Ford plateada. Estacionó en el puesto de siempre, y el carro viejo de Sonia ya no estaba. Andrés no apareció por el vecindario en más de una semana.

Y luego, un domingo, la vi de lejos. Estaba en el balcón de su apartamento, regando la mata de laurel. No lucía feliz, ni triste, ni lo que la gente entiende por tranquila. Lucía, eso sí, como una persona que por fin no le debe nada a nadie.

Lo último que supe fue por el dueño de la lavandería. Andrés y doña Miriam y Yolita se mudaron a un complejo de apartamentos por la I-4, cerca de una gasolinera y un Denny’s. Andrés trabaja de chofer en una compañía de transporte, y dicen que cada vez que ve un carro igualito al que era de Sonia, baja la cabeza y mira para otro lado.

En cuanto a la cazuela, se la comieron fría aquella noche, entre los tres, sin Sonia. A mí me lo pareció, por el balcón, porque la ventana de la cocina quedaba abierta y por el olor. O será que los vecinos siempre terminamos dándonos cuenta de todo: de quién llora en el estacionamiento, de quién se queda con la casa, y de quién se cree que el dinero del otro es una herencia que se reparte antes de que el otro se muera.

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