La guerra me quitó el calendario. Ya no pienso en meses ni en años, pienso en ciclos: cuánto falta para el próximo traslado, cuánto aguanta el cuerpo sin dormir, cuántas veces puedo volver a casa antes de que todo cambie otra vez. Pero este tramo es distinto. Me tocó un periodo tranquilo, de esos que no pides en voz alta porque sabes que se acaban. Horarios normales. Una cama. Silencio para recuperar el aliento.
Y entonces apareció ese hueco.
No era dolor ni tristeza, era una especie de vacío eléctrico que pedía algo. El cuerpo descansado se volvía inquieto. Necesitaba llenarlo con algo que doliera lo suficiente para sentirse real.
Un sábado por la mañana paré en un gimnasio de la South 12th Avenue, en Tucson, porque vi desde la camioneta un letrero de neón que parpadeaba en la esquina. Adentro olía a gis, hierro y café quemado. Un hombre fornido con gorra de los Diamondbacks estaba sentado junto a una pila de discos, anotando números en una libreta con el lomo roto. Se llamaba Marco Estrada. Entrenador de fuerza desde hacía más de veinte años, de esos que no te preguntan de dónde vienes hasta que no te ven cargar.
—Necesito algo que me canse —le dije.
Marco me recorrió de arriba abajo con los brazos cruzados. No se rió.
—Eso se arregla —contestó.
Los primeros días no podía levantar los brazos para lavarme el pelo. Las manos me temblaban al sostener el tenedor. Marco me miraba desde el otro lado de la barra y solo decía: «Otra vez.» Y yo lo hacía. Porque ese cansancio era distinto. No era el de estar alerta, ni el de cargar equipo ajeno, ni el de las noches rotas. Era un cansancio mío, elegido, ganado repetición a repetición.
Un jueves, mientras cargaba discos, un joven con playera de la federación de powerlifting del condado dejó un volante sobre la mesa de recepción: campeonato estatal en Phoenix, inscripciones abiertas. Le pregunté a Marco si yo podía competir.
—Primero dime por qué quieres hacerlo —dijo él.
Pensé en el niño que fui, en los veranos en casa de mi abuela en Douglas, viendo competencias en una televisión con antena de conejo.
—Porque puedo —respondí.
Marco no sonrió. Solo asintió y me pasó un formulario.
—Entonces vamos a hacerlo bien. Nada de improvisar el día de la competencia.
Empezamos con una sesión fuerte por semana. Yo dormía ocho horas, comía huevos con tortillas de harina, tomaba agua con electrolitos. Pero a la tercera semana algo se torció: en un intento de sentadilla, sentí un tirón agudo en la ingle derecha, como si un cable se hubiera soltado por dentro. Marco me hizo parar la sesión ahí mismo.
—Distensión leve —dijo el fisioterapeuta al día siguiente—. Dos semanas sin cargar peso, o te la juegas a partirte algo de verdad.
Dos semanas. El campeonato estatal era en veinticinco días. Marco reorganizó el plan: bandas de resistencia, trabajo isométrico, hielo cada noche. No dijo nada sobre las probabilidades. Solo apuntaba números en su libreta y cerraba la boca.
Llegué a Phoenix con la ingle vendada y la sentadilla todavía dudosa. El centro comunitario de Mesa tenía gradas plegables y un ventilador industrial que zumbaba como motor de lancha. Mi categoría subía la barra en incrementos de cinco kilos. En el primer intento de sentadilla, la levanté sin problema. En el segundo, sentí el tirón otra vez, un pinchazo que me subió por la cadera, pero terminé el movimiento. El juez levantó la mano: válido.
El tercer intento era el que definía el podio: ciento setenta kilos. Marco se paró frente a mí, tan cerca que sentí el olor a menta de sus pastillas.
—No pienses en la pierna. Piensa en la barra. Solo en la barra.
Bajé, sentí el tirón, aguanté, subí. El juez marcó blanco en los tres semáforos. Válido. Grité algo que no recuerdo, un sonido más animal que palabra.
Con esa marca cerré el título de Maestro en la federación del estado y sumé cuatro records regionales. Marco me enseñó las planillas de resultados sin decir gran cosa, solo un golpe seco en el hombro con el puño cerrado.
Seis semanas después, la ingle ya curada, llegó el último torneo del ciclo, en un auditorio de Chandler donde el piso temblaba cada vez que alguien soltaba la barra. Mi rival directo era un tipo de Tempe, Héctor Ríos, con quince kilos más de marca personal que yo. Nos separaban dos intentos.
En mi segundo intento de peso muerto fallé: la barra no se despegó del suelo más de dos centímetros. El juez marcó rojo en los tres semáforos. Intento nulo. Me quedaba una sola oportunidad para no bajar del podio.
—Ciento noventa y cinco —le dije a Marco mientras me vendaba las muñecas—. Si no sube, no sube.
Marco no dijo nada motivacional. Solo revisó mi agarre, me ajustó dos dedos la posición de los pies y golpeó la plataforma con la palma abierta.
—Ya sabes qué hacer.
Me acerqué a la barra. El público de Chandler, unas doscientas personas, se quedó en silencio. Agarré, tensé la espalda, empujé el suelo con los talones. La barra subió despacio, demasiado despacio, hasta la altura de las rodillas, donde siempre se estanca todo. Ahí apreté los dientes y terminé el jalón. Los tres jueces levantaron la mano blanca. Válido.
Superé a Héctor Ríos por dos kilos y medio. Cerré el ciclo con el segundo lugar general y una nueva marca personal.
De regreso en Tucson, guardé el número escrito por Marco en su libreta —195 kg, PM final, válido en tres— doblado dentro de la cartera. En la puerta del refrigerador sigue la foto de cuando tenía diez años, con una escoba sobre los hombros, fingiendo levantar pesas frente a una cámara desechable. La miro cada mañana mientras tomo café.
P. D. Había otra forma de llenar el vacío: emborracharme hasta perder la cuenta en algún bar de la South 4th Avenue. La semana antes del torneo de Chandler pasé por ahí, me senté en la barra, pedí una cerveza y la dejé sin tocar sobre la madera mientras miraba el reloj. A los veinte minutos pagué y me fui al gimnasio. Marco ya me estaba esperando con la libreta abierta.