Hay cosas que uno no espera escuchar un martes cualquiera, a las siete de la mañana, mientras busca el bote de café en la alacena de la cocina de un apartamento en Hialeah. Mi hijo Mateo, de doce años, estaba sentado en la mesa con el teléfono en la mano y un gesto raro, como si la pregunta le hubiera estado dando vueltas toda la noche y por fin se le hubiera escapado sin permiso.
—Pa, ¿tú quieres a la mamá? —soltó.
Seguí revolviendo la cuchara despacio, mirando cómo giraba el azúcar en el fondo de la taza. No es una pregunta que se conteste sin aire.
Yo he trabajado en construcción los últimos catorce años. Salgo de la casa a las cinco y media, cuando por la avenida Palmetto apenas pasan los camiones de basura. Vuelvo a las seis de la tarde, con el cuerpo molido y la espalda rígida de cargar tablones. A veces me quedo dormido en el sofá del porche con las botas puestas. Mi esposa Viviana trabaja en una clínica dental en la Calle Ocho. Sale a las ocho y media con el almuerzo en una bolsita de tela y los zapatos apretándole los dedos. Seguro ustedes conocen los zapatos de las que trabajan de pie todo el día. Están gastados del borde, deformes, tristes.
La pregunta de Mateo no me sorprendió por lo que preguntaba. Me sorprendió porque me la hizo a mí. Y porque esa misma mañana, antes de salir, yo le había gritado a Viviana por el seguro del carro.
—Trescientos cuarenta dólares de subida, Vivi. Trescientos cuarenta. Eso no se paga solo. Yo no puedo sacar eso del bolsillo así, como si nada.
Ella estaba recogiendo las tazas con una mano y con la otra se acomodaba el pelo detrás de la oreja. No dijo nada. Apretó la mandíbula. Y esa mandíbula apretada decía todo lo que su boca no quería soltar. Eso es lo que hacemos Viviana y yo desde hace años. Yo exploto, ella aprieta los dientes, y así se acaba la pelea. Sin insultos, sin portazos. Pero con un silencio que se sienta entre los dos.
Mateo subió el volumen del teléfono. Una clave de reggaetón que yo no reconocí. Después se quitó los audífonos y me miró.
—Es que el papá del pana de la escuela le manda flores a la mamá todos los viernes. Y yo nunca te he visto hacer algo así.
No era reproche. Era curiosidad. Una curiosidad de muchacho acostumbrado a mirar más de lo que habla. Y ahí me di cuenta de una cosa: mi hijo no me preguntaba si yo le compraba flores a su madre. Me preguntaba si había algo adentro de mí que se pareciera a esas flores.
Yo no soy hombre de discursos. Crecí en una casa donde mi padre nunca le dijo a mi madre que la quería delante de los hijos. Él le arreglaba el tendedero, le cambiaba el tanque del gas, le compraba hielo cuando se iba la luz. Y uno sabía. No hacía falta andar con palabras. La quería con hechos. Eso me enseñaron. Y con eso he vivido.
Pero aquí las cosas son distintas. Aquí los muchachos nacen entre pantallas y ven todo el esfuerzo que uno hace y no lo traducen. No saben que el lunes, cuando su madre les dejó la comida guardada en vasos de plástico con la tapa escrita, eso también era amor. No saben que el viernes en la noche, cuando yo llegué tarde y me senté en el suelo del cuarto de la niña a arreglarle la luz del techo que parpadeaba, tampoco era un arreglo de foco. Era yo viendo cómo temblaba la oscuridad en la pared y pensando en Viviana, que le tiene miedo a los apagones.
Esa noche hablamos.
Mateo me contó que su abuela, la mamá de Viviana, le había dicho una vez: "Tu papá es buen hombre, pero no sabe querer". No sé si fueron esas palabras exactas. Seguro la vieja lo dijo con su boca torcida, como dice todo: que el mango del microondas se va a caer, que la vecina de al lado no limpia la entrada, que el viento que viene del puerto le da reuma. La vieja no es mala. Es una mujer que vivió un matrimonio seco y no perdonó jamás al marido por no haberle comprado una nevera mejor cuando tuvieron el dinero. Conmigo se lleva bien porque yo le pago la factura del teléfono de la casa sin preguntar. Pero de mí dice eso: que no sé querer.
Y es mentira. Yo sé. Lo que pasa es que quiero sin bulla. Quiero como se quiere cuando uno carga la caja de herramientas al baúl de la camioneta para que a ella no se le dañe el aire acondicionado en el tapón de la I-95. Quiero como se quiere cuando uno se levanta temprano un domingo y hace fila en la ventanita de El Palacio de los Jugos para traerle el batido de mamey que a ella le gusta, con doble azúcar, porque yo sé que le gusta dulce.
Pero Mateo no ve eso. Ve su teléfono. Ve los mensajes de texto que su amigo le pasa: "Mi papá le compró un carro nuevo a mi mamá". Y a mí no me alcanza para un carro nuevo. Ni siquiera me alcanza para las flores de los viernes, que en la bodega de la esquina cuestan quince dólares el ramo chiquito.
Entonces hice algo que no había hecho en meses. Fui al cuarto de Viviana. Ella estaba sentada en la cama, acomodando los recibos en una carpeta de tres ganchos. Sin levantar la vista, me dijo:
—¿Ya le preguntaste a Mateo lo del proyecto de ciencias? Porque se le olvidó la maqueta en la sala.
—No vine por eso —le dije.
Ella siguió acomodando recibos. Los doblaba en tres partes con una precisión que me dolía. Yo me senté en el borde de la cama, del lado donde ella no estaba. Sobre la mesita de noche estaba la foto de la boda, con los dos flacos, ella con un vestido prestado de la prima, yo con una corbata marrón que me puso el cuñado. Y al lado, el vaso con agua que ella se deja cada noche, siempre a la mitad.
—Mateo me preguntó que si yo te quería —dije.
La mano de Viviana se detuvo un segundo sobre un recibo del hospital. Lo vi. Después volvió a doblar.
—Ese muchacho habla demasiado.
—No. Tiene los ojos bien abiertos.
Hicimos silencio. El abanico del techo daba vueltas y hacía un ruido como de animal cansado. Yo sentía el olor a suavizante de las sábanas y a la crema de manos que ella se pone antes de dormir. Y se me vino encima toda la casa: la hipoteca, la camioneta con ciento cuarenta mil millas, el tratamiento de la muela de mi hija, la cuota de la escuela, los zapatos de Viviana gastados del borde.
—Yo no te demuestro nada, Vivi —dije—. Estoy cansado y no te demuestro nada.
Ella apretó el papel contra su muslo.
—Tú me demuestras mucho. Lo que pasa es que en esta casa no hay tiempo para las flores. Y yo no te las estoy pidiendo.
—Te las estoy pidiendo yo.
No me miró. Dobló otro recibo. Lo metió en el compartimiento del mes. Y después, con la misma voz con la que se pide el café por la ventanita del trabajo, me dijo:
—Entonces demuéstramelo ahora. No mañana. Ahora.
Y yo no supe qué hacer con las manos. No supe qué decir. Porque uno puede querer mucho y a la vez no saber cómo poner ese querer enfrente. Esa es la verdad. Mi papá no me enseñó a deshacer ese nudo. Me enseñó a pagar la factura, a colgar el cuadro del Niño Jesús en la sala, a madrugar. Pero cuando mi mamá lloraba por la ventana, él encendía la tele y subía el volumen. Y yo crecí pensando que el amor era eso: un volumen alto que tapaba el llanto.
Mateo me lo preguntó, y yo se lo contesté con una mentira:
—Claro que la quiero, hijo.
Pero la pregunta no era si yo la quería. Era si yo sabía quererla delante de él.
Al día siguiente no fui al trabajo. Le dije al supervisor que me dolía la pierna. Mentira. Me dolía otra cosa adentro, un peso raro que no tenía nombre. Me fui a la escuela de Mateo a la salida. Llegué temprano, me estacioné en doble fila como hacen los demás, y esperé en la acera con las manos en los bolsillos. Salió él con el bolsón arrastrando. Me vio.
—¿Qué haces aquí? —me dijo.
—Te vine a buscar.
—La mamá me recoge a las cuatro.
—Hoy no. Hoy te llevo yo. Y vamos a hacer una parada.
Fuimos a la tiendita cubana de la esquina de la escuela, la que tiene el letrero verde botella y el gato durmiendo sobre un saco de papas. Le dije que escogiera algo. Él me miró raro, como si yo le hubiera hablado en otro idioma.
—¿Para qué?
—Para tu mamá. Lo que tú quieras. Algo que le guste. Tú sabes lo que le gusta.
Se quedó un rato mirando los estantes con caramelos de guayaba, los dulces de coco, las pastas de mango. Al final agarró un chocolate en polvo de la marca que usaba la abuela, el de la lata roja y amarilla. Costaba seis dólares con cuarenta. Lo puse en el mostrador. La señora de la caja, que me conoce desde que Mateo iba en carriola, me dijo:
—¿Y eso?
—Un encargo de mi hijo —le dije.
Pagamos. Salimos. En el carro, Mateo no hablaba. Miraba por la ventanilla, y la brisa del Palmetto le movía el pelo suelto. Se parecía a Viviana en ese silencio activo, lleno de pensamientos.
—Pa —dijo de repente—, ¿tú le vas a dar eso a la mamá?
—Tú se lo vas a dar. Pero antes le vas a decir una cosa: que el papá te dijo que te enseñara a querer con hechos, y que este chocolate es de él.
Mateo se rio.
—Eso suena raro.
—Ustedes los muchachos de ahora quieren todo con emojis. La vida no es un emoji, Mateo.
Llegamos a la casa. Viviana estaba en la cocina, con el teléfono entre el hombro y la oreja, hablando con la supervisora de la clínica. Tenía el uniforme puesto todavía. Vi sus zapatos en el piso, al lado de la puerta, deformes, torcidos. En la mesita del porche estaba la factura del seguro, abierta, con el número subrayado en bolígrafo: trescientos cuarenta dólares.
Mateo entró corriendo.
—¡Mami! —gritó—. El pa me dijo que te dijera que te quiere con hechos. Y me compró esto. Bueno, yo lo escogí. Pero él lo pagó. Y quiere que te lo dé yo.
Viviana apagó el teléfono. Nos miró a los dos. Después se agachó y abrazó a Mateo con una fuerza que no le conocía. Sobre su hombro, su cara era un desastre: la raya del delineador corrida y los ojos rojos como si hubiera llorado en la clínica, en el baño, entre paciente y paciente, mientras yo estaba en el trabajo gritándole por el seguro.
Esa noche, después de cenar, me senté con ella en el porche. El abanico de techo daba vueltas. El gato del vecino cruzó por el muro del patio y se quedó mirándonos un rato, con los ojos amarillos, como juzgándonos.
—¿Trescientos cuarenta? —le dije—. Los pagamos. Partimos el pago de la tarjeta y lo pagamos. No importa. Lo importante es que tú no te vuelvas a levantar con la mandíbula apretada.
Ella se rio bajito, sin ganas.
—Me levanto con la mandíbula apretada porque me duele la muela.
—También arreglamos eso. En la clínica te dan el número del dentista barato. Vamos los dos.
No me miró, pero su mano buscó la mía por debajo del vaso de agua, ese que siempre está a la mitad. La apretó una vez, seco. Y soltó.
A la mañana siguiente, Mateo me vio preparar el café y se me quedó viendo con la cara de interrogación.
—Pa —dijo—, ¿tú ya no le vas a gritar a la mamá?
—No, hijo.
—¿Y si te vuelve a molestar lo del carro?
—Le voy a decir: "Vivi, cuando llegue del trabajo, hablamos". Y después le arreglo lo que hay que arreglar.
—¿Y le vas a comprar flores?
Agarré la taza. Y se me ocurrió que en la bodega de la esquina las flores están en un cubo de metal, al lado de la nevera de los refrescos. Que cuestan quince. Que hay de todos los colores, pero a Viviana le gustan las rosadas, las chiquitas, las que huelen a jabón fino.
—No, Mateo —le dije—. Flores, no. Pero esta semilla.
Y no me entendió. Está bien que no me entienda ahora.
Salí para el trabajo. En el asiento del copiloto iba una cajita blanca con la semilla de un árbol de aguacate que Viviana quería sembrar en el patio desde hacía años. La compré en la ferretería del tío de un compay, por once dólares con noventa. La camioneta trepidó sobre el asfalto. El semáforo de la Calle 49 se puso en verde. Solté el clutch. El motor rugió, y arranqué con la cajita quieta en el asiento, meciéndose apenas con cada bache de la Palmetto.