Nelson Ortiz tenía cuarenta y ocho años, manos de mecánico y un metro noventa y tres de estatura, y esa noche estaba sentado en el escalón de la entrada de su casa en Elmwood, con el abrigo puesto encima de la piyama, llorando como no lloraba desde el funeral de su padre.
Afuera caía una llovizna helada que en Providence, en pleno diciembre, se convierte en hielo apenas toca el asfalto. Dos casas más allá, alguien tenía puesta la radio con villancicos en español, y el olor a café con canela se colaba por la ventana entreabierta de la cocina de la vecina. Nelson no lo notaba. Tenía la cabeza entre las manos y el teléfono todavía caliente en el bolsillo del abrigo, como si acabara de terminar la llamada que le había destrozado el día.
Había empezado a las seis de la mañana, cuando el hospital Rhode Island Hospital llamó para decirle que su madre había entrado en coma. Dos días antes le habían operado la cadera y todo parecía ir bien, hasta esa madrugada. Nelson salió disparado hacia allá sin ni siquiera cambiarse los pantalones de trabajo. En el estacionamiento del hospital le entró la llamada de su contadora: el IRS había congelado todas las cuentas del taller. Todavía sentado en la sala de espera, con el olor a desinfectante metido en la garganta, le llegó un mensaje del despachante de aduanas: un contenedor con piezas de motor que esperaba desde hacía semanas estaba retenido en el puerto de Boston por un problema en la documentación.
Y entonces, como si el día hubiera estado guardando lo peor para el final, sonó el teléfono con el nombre de su esposa en la pantalla.
—Nelson, sé que te voy a hacer daño, pero ya no te quiero. Hace meses que intento decírtelo y no encontraba el momento. Ya no puedo seguir así.
—¿Y la niña? —alcanzó a decir él, con la voz quebrada.
—No es tuya. Perdóname.
Nelson condujo desde el hospital hacia las oficinas del IRS en el centro de Providence sin ver realmente la calle. Podía con los problemas del negocio, podía con la operación de su madre, pero esa frase —"no es tuya"— le había vaciado algo por dentro. En un semáforo de Broad Street giró el volante sin pensar, cruzó al carril contrario, y solo la reacción del conductor de atrás, que pegó un volantazo hacia la izquierda, evitó que terminara estampado contra un poste.
Llegó a su casa sin recordar el trayecto. Cerró de un portazo, se quitó las botas mojadas y se dejó caer en la banqueta de la entrada. Ahí lo encontró el chirrido de la puerta trasera del patio, que él mismo había dejado sin cerrar. Se abría despacio, empujada por el viento.
Se puso tenso, listo para lo que fuera. Y lo que entró fue un gato. Un gato naranja, empapado, con el pelo pegado al cuerpo y una expresión que a Nelson le pareció, absurdamente, de urgencia.
—¿Tú quién eres? —le preguntó, todavía con la voz rota.
El gato caminó hasta él, saltó a su regazo y le puso las dos patas delanteras sobre los hombros. Se quedó mirándolo fijo, con esos ojos color ámbar, durante lo que a Nelson le parecieron varios minutos. Después bajó de un salto, caminó hasta la puerta y volteó a verlo, como esperando algo.
Nelson, sin saber por qué, se levantó y lo siguió.
El gato lo llevó hasta el edificio de al lado, un dúplex de dos pisos con la entrada sin llave. Ahí, debajo de una escalera angosta, algo se movía y hacía ruiditos. Nelson encendió la linterna del celular. Sobre una caja de cartón aplastada había una gata blanca, y a su lado, todavía húmedos, tres cachorros ciegos que se arrastraban buscando calor.
—Qué chiquitos son —dijo Nelson, y algo en el pecho se le aflojó por primera vez en todo el día.
Se acercó más y entendió por qué el gato naranja había ido a buscarlo: la gata blanca no lo había logrado. El parto la había matado.
—Por eso viniste a mí. Pero no tengo idea de qué hacer con esto, papá gato. Vamos a resolverlo.
Se quitó el gorro de lana, lo forró con un pañuelo del bolsillo y acomodó ahí a los tres cachorros. Los cargó con el gato naranja pisándole los talones hasta la clínica veterinaria de la avenida Reservoir, una que estaba abierta las veinticuatro horas cerca del hospital infantil.
La veterinaria, una mujer dominicana de acento cantado que se presentó como la doctora Ferreira, bañó a los cachorros y le enseñó a alimentarlos con jeringa cada tres horas. Todo el tiempo, el gato naranja se quedó sentado en una silla plástica, observando cada movimiento como si estuviera supervisando el procedimiento.
—Este gato no es normal —comentó la doctora, sin dejar de trabajar—. Los machos casi nunca se quedan cerca de las crías así.
Cuando volvieron a casa, Nelson acomodó a los cachorros en una caja con una toalla vieja.
—Se quedan en este cuarto. Ahora yo me cambio y te bañas tú, papá.
El gato soportó el baño con una dignidad estoica, quejándose apenas por lo bajo, estornudando cuando el agua le entraba en la nariz, con las garras saliendo y escondiéndose sin parar. Cuando Nelson terminó de secarlo con la toalla, apareció debajo de todo ese pelo mojado una criatura naranja intenso, esponjada, casi ridícula de bonita.
—Eres todo un galán. ¿Cómo te voy a llamar?
Nelson fue tirando nombres —Tigre, Rufus, Simba— mientras el gato lo miraba sin ninguna reacción. Hasta que dijo:
—¿Qué tal Félix?
Se acordó de un dibujo animado que veía de niño en la casa de su abuela en Caguas, antes de que la familia se mudara a Rhode Island. El gato dejó de lamerse la pata, lo miró y, juraría Nelson, sonrió.
—Te gusta ese. Entonces así queda. Ahora a dormir, que mañana tengo un día horrible por delante.
Nelson ya se estaba quedando dormido cuando escuchó un arrastre insistente. Félix, empujando con la cabeza, había movido la caja de los cachorros por todo el pasillo hasta la habitación. La acomodó en la esquina frente a la cama, saltó adentro y se acostó rodeando a las crías, sin quitarle los ojos de encima a Nelson.
Los días siguientes fueron una sucesión de incendios que apagar. Nelson pasó una semana entera fuera, negociando en el puerto de Boston para liberar el contenedor —al final resultó que un empleado de aduanas había transcrito mal un número de la declaración—, mientras su contadora, Ivelisse, se quedaba en la casa alimentando a los cachorros con la jeringa cada tres horas, tal como le había enseñado.
Con el IRS la cosa se resolvió más rápido de lo esperado: un agente había confundido el número de identificación del taller con el de otra empresa con un dígito de diferencia. Bastaron dos llamadas y una carta del abogado para que las cuentas quedaran liberadas.
En el hospital, su madre salió del coma a los cuatro días y para Navidad ya la habían trasladado a habitación normal. Nelson dormía ahí algunas noches, en una silla reclinable, mientras los médicos hablaban de darla de alta antes de Año Nuevo.
Del divorcio no quiso saber nada. Dejó que el abogado se encargara de todo, sin preguntar, sin pedir explicaciones. A finales de enero llegó la notificación de la audiencia. Su esposa —ya no la llamaba así ni siquiera en su cabeza— no reclamó nada, porque en realidad nada era suyo: la casa, el taller, todo estaba a nombre de Nelson desde antes de la boda. La audiencia en la corte de familia de Providence duró menos de veinte minutos, solo con los abogados presentes.
Pasaron tres meses. Félix y sus tres cachorros ya no eran huéspedes: eran los dueños de la casa. Nada pasaba ahí sin su aprobación. Una noche de marzo, con los cuatro gatos trepados encima suyo en el sofá, Nelson decidió que ya era hora de ponerles nombre a los cachorros.
—Ya están grandes y siguen sin nombre. Vamos a arreglar eso.
Félix se sentó a su lado con aire de consejero. Nelson estuvo casi dos horas buscando nombres en el celular, proponiendo uno tras otro, mientras el gato aprobaba con la mirada o hacía un gesto de desagrado que Nelson había aprendido a reconocer. Terminaron llamándose Mango —el naranja, igual que su padre—, Coco —blanco con una mancha canela entre las orejas— y Ceniza, un gatito de un gris raro que no se parecía a ninguno de los dos padres.
—Oye, Félix. Recién me caigo en cuenta de que fuiste tú el que me sacó de todo ese lío de diciembre. Me hubiera hundido esa noche si no hubieras aparecido.
Nelson lo miraba con los ojos brillosos. Félix, acostado sobre sus piernas, se levantó despacio y repitió el gesto de aquella primera noche: las patas sobre los hombros, los ojos ámbar clavados en los de Nelson, quieto durante un buen rato. Después le lamió la nariz.
—Ya, ya. Yo también te quiero, viejo —murmuró Nelson, secándose la cara con el dorso de la mano, mientras afuera empezaba a caer la primera lluvia de primavera sobre Elmwood.