Un Gato, un Hombre y Cuarenta Minutos que lo Cambiaron Todo

El gato no lo soportaba. Pancho, mi gato, un gato gordo, gris, con cara de pocos amigos. Lo saqué de un refugio en Albuquerque cuando tenía veintidós años y era una bolita de pelo que cabía en una mano. Ahora es una pantera de sofá que duerme en mi almohada y me despierta a las 5:40 de la mañana pisándome el pelo. Pero era mi gato, mi sombra, mi compañero de departamento.

Conmigo era un pan de Dios. Ronroneaba como un motorcito de diez dólares, me seguía hasta el baño y me tocaba la nariz con la suya para pedirme de comer. Nunca un arañazo, nunca un mal gesto. La gente decía que Pancho era "un señor". Una tía mía de El Paso hasta le llevaba latas de atún cuando venía de visita.

Y entonces llegó Diego.

Lo conocí en la llantería de mi hermano. Estaba cambiando una llanta y Diego estaba ahí, esperando que le arreglaran una fuga. Alto, flaco, con una gorra de los Isotopes y una timidez que se notaba desde lejos. No hablaba mucho, pero cuando lo hacía, soltaba unos chistes tan secos que yo me reía cuando ya habíamos cambiado de tema. Algo raro me pasó. Me cayó bien. Muy bien.

La primera vez que vino a mi departamento, en la calle 4, Pancho estaba esperando en la puerta como siempre. Pero en cuanto vio a Diego, se detuvo. Las orejas se le pegaron al cráneo. La espalda se le arqueó. Y soltó un siseo tan violento que hasta yo di un paso atrás.

—¿Qué le pasa a tu gato? —preguntó Diego, con la mano todavía en la manija.

—No sé. Nunca había hecho eso. Nunca.

Pancho volvió a sisear, dio media vuelta y se metió debajo del sofá. Desde ahí lo miraba. Dos ojos amarillos, fijos, cargados de un odio que yo no le había visto jamás. Diego se agachó, le habló bajito, le ofreció la palma de la mano. Pancho le enseñó los dientes. Esa noche, Diego se fue y Pancho salió de su escondite, se subió a mis piernas y se durmió como si nada.

Pensé que era cosa de tiempo. Que se iba a acostumbrar.

No se acostumbró.

Diego venía cada vez más seguido. Y cada vez era lo mismo. Él tocaba el timbre, yo abría, y Pancho ya estaba en posición de ataque. Siseaba, se escondía, y no salía hasta que el departamento volvía a oler solo a mí. Diego lo intentó todo. Le compraba sobres de comida húmeda del autoservicio Smith’s. Se los dejaba en el piso y se iba al otro lado de la sala. Pancho salía, agarraba la comida y se metía otra vez abajo del sofá. Rápido. Como si Diego fuera a cobrarle el favor.

Una tarde, Diego se sentó en el piso con un libro. No lo miró. No le habló. Solo pasaba las páginas. Pancho lo observó desde su escondite un rato largo. Después asomó la cabeza. Y después, contra todos mis pronósticos, salió. Se acercó despacio. Diego estiró la mano, apenas unos centímetros. Pancho le lanzó un zarpazo. No lo agarró de milagro.

—Bueno —dijo Diego, mirándose los dedos—, me lo gané.

Yo me sentía mal. Por Diego, porque lo estaba intentando. Y por Pancho, porque no entendía qué le pasaba. Una amiga me dijo que eran celos. Que el gato me veía como su propiedad. Mi hermano, el de la llantería, me dijo: "Los animales saben cosas. Ese gato sabe algo de tu novio que tú no sabes". Y yo me quedaba pensando. ¿Sabe algo? ¿O solo es un gato terco que no quiere compartir su almohada?

Diego era bueno. De verdad. Nunca subió la voz. Nunca le devolvió el mal gesto al gato. Se aguantó más de seis meses de siseos, zarpazos y desprecios. Y lo peor era que Pancho no solo lo rechazaba: lo evitaba. Si Diego estaba en la cocina, Pancho se iba al cuarto. Si Diego pasaba al cuarto, Pancho salía corriendo. Vivían en el mismo departamento de sesenta metros, pero en mundos distintos.

Hasta que a Diego le dio la gripe.

Cayó un martes. Salió de trabajar en la construcción, entró a casa y me dijo que le dolía todo. A las nueve de la noche tenía 39.5 de fiebre. A las once, 40.1. Tiritaba tanto que la cama vibraba. Le puse toallas frías en la frente. Le di Tylenol y agua. Pancho, desde la puerta del cuarto, miraba. No entraba. Solo miraba.

Al segundo día, Diego estaba peor. Casi no hablaba. Dormía. Tosía con un sonido seco, feo, que me daba miedo. Llamé a la clínica comunitaria y me dijeron que lo vigilara, que si no respiraba bien lo llevara a urgencias. Yo no dormía. Revisaba su temperatura cada dos horas. Pancho seguía en la puerta. Inmóvil. Como una estatua de gato gris.

Al tercer día tuve que salir. Se me acabó el Pedialyte, y no había nada para hacerle caldo. Pancho seguía en la puerta, echado en su tapete viejo. Me miró cuando agarré las llaves. No se movió. Le dije: "Ahorita vengo". Como si fuera a entender.

Fui a Walgreens. Hice fila detrás de una señora que no encontraba su tarjeta. Tardé más de lo que quería. Cuarenta y cinco minutos en total. Cuando volví, el departamento estaba en silencio. Silencio raro. El cuarto de Diego tenía la puerta entreabierta.

Entré despacio.

Y lo vi.

Diego estaba boca arriba. La cobija estaba a sus pies, hecha bola. Y sobre su pecho, Pancho. Mi gato. El que había pasado medio año odiándolo. Estaba acostado, con las patas metidas debajo del cuerpo. Los ojos cerrados. Y ronroneaba. Ese sonido. Ese que yo reconocía. El del motorcito.

Subía y bajaba con la respiración de Diego. Inhalaba. Exhalaba. Como un fuelle de peluche.

Me quedé parada en la puerta. No podía respirar. Sentía que si me movía, se rompía el hechizo. Pancho abrió un ojo. Me miró. Lo volvió a cerrar. Y siguió ronroneando.

Salí sin hacer ruido. Me senté en el sofá. Y lloré. Lloré como estúpida, con la bolsa de Walgreens todavía en la mano.

Diego despertó como a la hora. Lo oí.

—¿Qué…? ¿Qué es esto?

Me asomé. Estaba tieso, con los brazos pegados al cuerpo, mirando al gato que le dormía en el pecho como si fuera una bomba a punto de estallar.

—No te muevas —le dije, en voz baja.

—Ni lo estoy intentando. Pancho… ¿está bien él?

Pancho levantó la cabeza. Bostezó. Y le tocó la barbilla con la nariz. Después se acomodó. Y siguió durmiendo.

Diego me miró. Tenía los ojos brillantes. Y no era de la fiebre.

—Está calientito —dijo.

—Tú también. Sigues teniendo como 38.

—No. Él. Está calientito aquí adentro, en el pecho. No sé. Es raro.

No era raro. Era exactamente lo que necesitaba ver.

Diego tardó cinco días en recuperarse. La fiebre desapareció. La tos se fue. Y Pancho no se movió de su lado. Ni un solo siseo. Ni una oreja echada para atrás. Diego se sentaba en el sofá y Pancho se le echaba encima. Diego se ponía a ver el partido de los Isotopes y Pancho ronroneaba en sus piernas.

—Me lo robaste —le dije una tarde.

—No. Me lo gané. Seis meses de zarpazos. —Diego le rascó la cabeza—. Ahora soy de los suyos.

Y es verdad. Ahora Pancho duerme con él. En su almohada. Le mete la cola en la nariz. Lo espera en la puerta. Y si yo me acerco a la cama de noche, me mira como diciendo: "Este es mi lugar. Busca otro".

Mi tía de El Paso dice que los gatos se acuestan donde uno está enfermo. Que lo curan. Mi hermano dice que Pancho finalmente entendió que Diego no era un extraño, sino el que se quedaba. Yo no sé. Solo sé que ese martes, cuando volví de Walgreens y vi a Pancho en su pecho, sentí que la casa, por primera vez, estaba completa.

No hice nada. Solo saqué el Pedialyte de la bolsa. Y cerré la puerta despacio.

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