Zamora no volvió a reconocer la casa de la calle Hialeah

Zamora nunca volvió a reconocer la casa de la calle Hialeah

Yo llevo nueve años manejando la guagua de la ruta 17 por Coral Gables, y a las personas se les nota cuándo se les partió algo por dentro. Ese tipo, Andrés Zamora, se subió en la parada de Douglas Road con un maletín de esos de ejecutivo y cara de no haber dormido en tres días. No era de los que miran el teléfono ni de los que se quejan del tráfico. Se sentó junto a la ventana, puso el maletín en las rodillas y se quedó viendo la calle como si contara los postes.

Yo no lo conocía de nada. Pero a la tercera cuadra me di cuenta de que venía de un aeropuerto. Tenía esa rigidez en el cuello de quien durmió sentado en una sala de espera, y en la solapa de la chaqueta todavía traía el papelito de la etiqueta del equipaje.

Me acuerdo porque ese día yo venía retrasado, con el aire acondicionado fallando otra vez, y la gente se abanicaba con lo que tenía a mano. Una señora con una bolsa de Publix me preguntó si faltaba mucho para la 22. Y Zamora seguía inmóvil, con la llave de una casa apretada en el puño, de esas llaves doradas con la cadenita.

Se bajó en la esquina de la calle Hialeah, unas doce cuadras antes de la avenida, y no dijo nada. Pero yo me quedé viéndolo por el espejo retrovisor un segundo de más. Hay personas que caminan hacia su casa y uno lo nota: van ligeros, con las llaves ya punteando. Él no. Él caminaba como el que va a firmar una sentencia.

Dos días después lo volví a ver. Se subió a mi ruta a la misma hora, a las 7:14 de la mañana, pero ya sin maletín. Traía un notebook viejo, de esos Acer negros con la tapa toda rayada, un fajo de papeles doblados en el bolsillo de la camisa, y una carta de despido en un sobre que se le asomaba del bolsillo trasero del pantalón. Me saludó con un movimiento corto de cabeza, se sentó en el mismo asiento y volvió a mirar por la ventana. No hablamos. Yo hago mi ruta, no soy psicólogo. Pero cuando pasábamos por una casa con un árbol de mango caído por la tormenta de septiembre, él se encogió, como si el árbol se le hubiera venido encima.

La tercera vez fue un viernes. Yo estaba parqueado en la parada de la calle 8 y él se acercó a la guagua antes de que abriéramos. Yo estaba afuera, estirando las piernas y revisando el retrovisor derecho, que se me había aflojado. Me preguntó si esa ruta pasaba todo el día. Le dije que sí. Me preguntó si era difícil manejar en Miami. Le dije que el tráfico era lo de menos. Él quiso saber si yo trabajaba también de noche. Le dije que mi ruta terminaba a las diez, y entonces me contó que a él lo habían botado de la empresa donde trabajaba, que ya tenía la licencia clase B sacada hacía tiempo por si algún día la necesitaba, y que ahora sí la necesitaba. Sacó dos billetes de veinte y me pidió si podía recomendarlo con algún supervisor de la compañía.

Yo me quedé viéndolo. El hombre venía de un trabajo de escritorio, se le notaba en las manos: dedos delgados, sin callos, con esa mancha de bolígrafo en el nudillo del índice. Le pregunté si estaba seguro, que esto no era fácil, que uno maneja sentado doce horas, que los baños son los de las gasolineras y que la espalda a los dos años queda molida. Y él me dijo que justo eso buscaba: algo que le ocupara las manos y no le dejara tiempo de pensar.

Otro día me tocó verlo bajarse en Douglas Road con una bolsa negra de basura llena de papeles, botellas de soda de dos litros apretadas, cajas de pizza apiladas como ladrillos, y un colchón inflable desinflado que se le resbalaba en el hombro. Andrés lo había metido todo en un contenedor del estacionamiento municipal. No pude ver qué más llevaba; yo estaba esperando la luz verde. Pero él volvió a subir a la guagua en la siguiente parada, se limpió las manos con una toallita húmeda y me dijo que lo sentía por el olor.

—No hay problema, compa. Yo aquí he visto de todo.

No sé por qué le dije eso, pero se le aflojó un poco la cara.

Fue en la cuarta semana cuando la mujer se apareció en la parada. Yo los he visto pelear a muchos en la guagua: parejas que se sientan separadas, que se gritan por teléfono, que se bajan en distintas paradas sin decir adiós. Pero esta mujer no gritó. Se quedó parada en la acera, mirando a Andrés por la ventana, con una cartera de esas de cuero rojo colgada del brazo y una bolsita de anillos de cebolla apretada en la otra mano. Él no se movió. Ella subió. Le extendió el teléfono como quien pasa una cuenta. Le dijo que la cerradura de la casa que estaba al final de la calle, la que él acababa de vaciar, ya no abría con la llave dorada.

—Cambié el código —dijo Andrés, sin expresión.

Ella soltó una risa que sonó a bolsa rota. Le dijo que la casa era de los dos, que los muebles de la sala los habían comprado juntos en El Dorado, que el colchón era el que su madre le había regalado en la boda civil, que no podía llegar del trabajo y encontrarse con las cajas apiladas en la cochera.

Ahí fue donde yo entendí la primera parte.

Andrés no le levantó la voz. Le preguntó cuánto tiempo llevaba él sin lavar una taza, antes de irse. La mujer abrió los ojos, y yo miré hacia el espejo para no parecer metido. Andrés seguía:

—¿Tú sabes lo que apesta una caja de arroz frito después de diecisiete días? ¿Tienes idea de las moscas que se juntan alrededor de una lata de frijoles a medio abrir? Eso era lo que yo limpiaba cada semana mientras tú decías que no tenías tiempo.

Ella le respondió que exageraba, que un poco de desorden no era para tanto, que no todo el mundo vive arrodillado con la escoba. Entonces Andrés sacó el teléfono, tocó algo y se lo enseñó. Yo no vi la foto, pero la mujer cambió de color, y me imagino que la imagen no era de un catálogo de muebles.

La guagua iba por la avenida, y todos los pasajeros se hacían los que veían por la ventana, que es lo que hacemos en Miami cuando alguien lava la ropa sucia en público.

—El abogado presentó la demanda el martes —dijo Andrés—. La venta de la casa quedó congelada hasta que se aclare de quién es la deuda de la asociación de vecinos y quién paga el daño a la cocina. Nadie compra una casa con manchas de moho en el techo. Si me buscas, me encuentras en el depósito de la ruta, donde entro a las cinco de la mañana.

La mujer se quedó sin palabras. En la siguiente parada, cuando las puertas se abrieron, el aire caliente le pegó en la cara y le movió el flequillo. Salió caminando con la cartera roja colgando y los anillos de cebolla a medio comer, de esos que venden en los kioscos de la calle 8.

Andrés se tomó una semana de silencio.

Luego, un sábado en la tarde, regresó a la guagua con una gorra de lona gris y una bolsa de Home Depot. Me contó que iba a alquilar un cuarto en Hialeah Gardens, junto a unos venezolanos que tenían un taller de frenos.

Yo no le pregunté si estaba triste. Solo le pregunté si ya se había acostumbrado al madrugón.

Me dijo que no, pero que le gustaba.

La última vez que lo vi, bajó en la parada donde hay una iglesia católica pequeña, con un aviso de clases de inglés para adultos. Llevaba una caja con una cafetera italiana, dos tazas blancas y un jarrón de vidrio con una flor de plástico adentro. Eran cosas que no quiso vender. Me dijo que no las quería para él: que la cafetera y las tazas se las dejaría a una vecina de la calle Hialeah, la señora que siempre le prestaba la manguera para lavar el carro. Que el jarrón lo pondría en la iglesia, por si alguien quiere poner flores de verdad.

—¿Y tu esposa? —le pregunté, porque uno a veces no se aguanta.

—No la he vuelto a llamar. Cambié el número el lunes. Tengo once años de pagar Internet, cable y una línea de crédito que usaba ella para pedir comida a domicilio. Ni una sola pizza me comí yo. Ahora el plan lo puse a nombre de nadie.

Así me dijo.

Yo iba manejando y una señora con un perrito chihuahua subió en la parada siguiente. El perrito le ladró a Andrés, y él se rió. Se rió con una boca que por fin no apretaba los dientes. Al bajarse en Hialeah Gardens, me dejó sobre el tablero una bolsita de café molido de La Carreta y un billete de cinco dólares.

—Para el café de mañana, chofer —dijo.

Y se fue.

Yo terminé la ruta a las diez y cuarto, guardé la guagua en el depósito de la 36. Al salir, el guardia de turno estaba en la garita con su radiecito sintonizado en una emisora cubana; sonaba un guaguancó de Celia Cruz que hablaba de algo que ya no vuelve. Me quedé parado un minuto, con la gorra en la mano, pensando en el olor que queda cuando el azúcar se derrama y nadie la limpia a tiempo.

No supe nada de él por meses. La ruta 17 siguió, con su calor, sus turistas, sus bolsas de compras. Y a mí me quedó la costumbre de mirar hacia la parada de Douglas Road, a las 7:14, por si acaso.

Como a finales de noviembre, un pasajero dejó el periódico olvidado en el asiento. Iba hojeándolo en el semáforo de la avenida, cuando vi en los clasificados un anuncio de remate: una casa en Coral Gables, tres cuartos, piscina pequeña, jardín con palmeras. El inmueble estaba a nombre de una tal Sonia Zamora, con deudas de impuestos acumuladas desde hacía tres años. La venta que Andrés había mencionado nunca se cerró; el trámite se quedó congelado, como él dijo, y con el tiempo la casa terminó cayendo en manos del condado por falta de pago.

No sé por qué, pero recorté el anuncio.

Todavía lo tengo en la guantera, doblado en cuatro. Cada mañana, cuando paso por Douglas Road a las 7:14, bajo la ventana un momento, aunque haga calor, y dejo que entre el olor a pan cubano de la panadería de la esquina.

Yo solo manejo la guagua.

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