**El gato que llevó a otros tres al patio de una desconocida — y se quedó ahí para siempre**

La puerta del cobertizo, en las afueras de Immokalee, Florida, Rosa Elena la abría de una patada — la bisagra se había zafado desde el otoño pasado y nunca encontraba tiempo para llamar a alguien que la arreglara. Esa mañana la puerta rechinó, dejó pasar una cuña de luz, y la mujer se quedó parada en el umbral con una cubeta de cáscaras de papa para las gallinas. En el rincón, sobre la chamarra vieja de su esposo que llevaba dos años queriendo tirar, estaba echada una gata atigrada. Junto a su panza se movían tres crías — todavía ciegas, mojaditas, con el pelo pegado al cuerpo.

—Ay, no puede ser —se le escapó.

La gata levantó la cabeza. No echó las orejas para atrás ni bufó. Nomás esperaba a ver qué pasaba — como si ya lo hubiera decidido todo por su cuenta y ahora estuviera comprobando si la persona iba a decidir lo mismo.

Rosa Elena cerró la puerta y se fue para la casa. Una sola idea le daba vueltas: no las podía correr, los gatitos se iban a morir. Pero hacerse cargo de un animal ajeno a los sesenta y ocho años tampoco era cosa de risa.

**Una casa donde hace mucho reina el silencio**

Su esposo había fallecido hacía cuatro años. Desde entonces vivía sola. Su hijo Roberto estaba en Tampa, y su hija Marisol, en Orlando, aunque casi no se veían más que en las fiestas, y eso más por FaceTime que en persona.

La casita en Immokalee era todo lo que le quedaba de aquella vida en la que de la cocina salía olor a cebolla frita, en la entrada alguien se quitaba las botas de hule, y en el patio ladraban, cacareaban y hacían bulla todo al mismo tiempo. Ahora solo había silencio. Tanto que se oía gotear la llave de la cocina — otra cosa que llevaba tiempo sin arreglar.

Esa noche le llevó al cobertizo un plato con leche y unos pedacitos de pescado hervido. Lo puso en el suelo y se hizo para atrás, hasta la puerta. La gata esperó a que la mujer retrocediera unos pasos y solo entonces se acercó. Comió rápido, con hambre, pero entre bocado y bocado volteaba a ver a sus crías.

—Con hambre andabas, pobrecita —murmuró Rosa Elena—. ¿Dónde andarías cargando con estos tres?

Una semana después los gatitos abrieron los ojos. La madre se puso más rellenita, el pelo le brilló, ya no se le marcaban las costillas. Y Rosa Elena se descubrió esperando que llegara la noche. No la novela de las siete, ni la llamada de Marisol los domingos. Sino ese momento en que abría la puerta chillona y alguien la volteaba a ver. Que alguien la necesitara ahí mismo, no según un horario.

**Al noveno día la gata no apareció**

Esa mañana Rosa Elena llegó con el plato — y encontró solo a los tres gatitos. Chillaban, se trepaban unos encima de otros, hociqueaban la chamarra vacía. La leche de la mañana seguía intacta.

—¿A dónde te fuiste?

Dejó la comida, se quedó sentada hasta que oscureció, en un cajón de manzanas volteado. La gata no volvió. Tampoco al día siguiente. Los gatitos se debilitaron, dejaron de arrastrarse — solo se quedaban tirados, quejándose bajito.

Tuvo que recordar algo que no hacía desde hacía como veinticinco años. En ese entonces Roberto había traído un gatito de la calle y ella lo había regañado: para qué otra boca más si apenas nos alcanza. Y después había pasado dos semanas dándole de comer a ese gatito con un gotero, levantándose a las tres de la mañana sin contárselo a nadie.

Ahora diluía leche, la calentaba hasta que estuviera tibia en la muñeca y gota por gota se la daba a esas boquitas diminutas. Pasó una semana. La gata no apareció. Los gatitos aprendieron a lamer de un platito. Rosa Elena movió la caja al porche, más cerca del calor de la estufa.

—Tú no te vayas a encariñar —se decía más a sí misma que a los gatitos.

Su vecina Carmen pasó a pedirle una cebolla, se quedó parada en la puerta del porche, miró la caja y movió la cabeza.

—Rosa, ¿para qué te metes en esto? Llévalos al refugio del condado y ya.

—La madre los abandonó. ¿Qué quieres, que yo también los abandone?

—No es que los haya abandonado —Carmen suspiró y dejó la bolsa en el piso—. Se perdió. Por la carretera pasan como locos, Dios nos libre. Tú no te vayas a encariñar, Rosa. Tres no los vas a poder mantener.

Rosa Elena se quedó callada. Ya se había encariñado. Desde hacía una semana. Pero Carmen tenía razón: los nietos venían en el verano, y la más chica era alérgica, estornudaba nomás de oír la palabra "gato". Y las fuerzas tampoco le alcanzaban para andar correteando a tres.

—Mañana los llevo al mercado de pulgas —prometió—. Ahí hay gente buena, seguro se los llevan.

—Sí, cómo no —resopló Carmen ya desde la puerta—. Te conozco desde hace treinta años.

Esa noche no pudo dormir. Rosa Elena se quedó acostada oyendo el silencio. Antes siempre había alguien haciendo ruido en la casa — su esposo roncaba que se oía en todo el cuarto, los hijos cuchicheaban tras la pared, el gato Manchas corría por el pasillo como desquiciado. Ahora solo goteaba la llave.

**En el portón**

A la mañana siguiente salió al porche — y se quedó helada por segunda vez ese mes. Junto al portón estaba la gata atigrada. Sucia, flaca, el pelo hecho nudos. Y a su lado, un gatito color canela. Mucho más grande que sus tres crías, de unos cinco meses ya. Con una oreja rasgada y arrastrando una pata trasera.

—Estás viva —Rosa Elena bajó los escalones—. Estás viva.

La gata se levantó y caminó hacia ella. El gatito canela cojeó detrás, pegándose a su pierna. La gata maulló una vez, con exigencia, casi con enojo, y volteó a verla hacia arriba.

—¿Y este quién es? —la mujer se agachó—. ¿A quién trajiste?

El gatito temblaba. Se le marcaban las costillas, tenía los ojos llorosos, y de la pata le supuraba algo turbio. La gata volvió a maullar y se echó a andar de vuelta hacia el portón. Se detuvo. Volteó. Esperó.

Rosa Elena la siguió. La gata caminaba con seguridad — pasando por el invernadero de Carmen, cruzando el callejón, junto a la llave de agua comunitaria, hasta la casa vieja de los Domínguez. El viejo había muerto hacía como tres años, los parientes solo iban de vez en cuando, ni todos los años. La cerca estaba caída entre la maleza, el porche podrido, el vidrio roto desde el invierno antepasado.

Debajo del porche se removían otros dos gatitos. Igual de flacos, con los ojos pegados.

—Dios mío —dijo Rosa Elena en voz baja.

La gata se restregó contra su pierna y volvió a mirarla hacia arriba. No le rogaba. Nomás le pedía — tranquila, sin drama. Aquí están. Llévatelos.

—No puedo —la mujer movió la cabeza—. ¿Me entiendes? No puedo con todos.

Regresó a su casa. Los gatitos en la caja ya chillaban pidiendo comida. Rosa Elena les sirvió alimento, les puso agua, se sentó a la mesa y se quedó con la cabeza entre las manos.

Y en su mente daba vueltas una sola cosa. La gata había cruzado tres patios. Se había acordado dónde le habían dado de comer y no la habían corrido. Había encontrado, entre una decena de casas, precisamente esa. Y había traído no a su propio gatito — sino a uno ajeno. Había venido a pedir por él.

**"Ahora tengo seis"**

Al mediodía Rosa Elena armó la transportadora, agarró trapos y se fue de nuevo hacia la casa de los Domínguez. La gata esperaba junto a la cerca, como si supiera. A los dos de debajo del porche los sacó sin ninguna lucha — ya ni se resistían, no tenían fuerzas. Al gatito canela lo cargó en brazos en el camino de regreso. La gata caminaba a su lado, paso a paso, sin quedarse atrás ni una sola vez.

En su casa la mujer tendió toallas viejas en el porche, trajo agua, comida. La gata comió despacio, deteniéndose seguido, y cada vez contaba con la mirada a los seis. ¿Están todos? ¿Están vivos?

—Bueno —Rosa Elena se dejó caer en una silla—. Ahora tengo seis.

Carmen llegó esa tarde, vio el porche y se llevó las manos a la cara:

—¿Ya perdiste completamente la cabeza?

—No es para siempre —Rosa Elena esquivó su mirada—. Los curo y los regalo.

—Sí, cómo no, los regalas.

**Cuatro se quedan**

Y sí que empezó a regalarlos. Le pidió a su nieta Yesenia que pusiera un anuncio en Facebook, llamó a medio pueblo. Al gatito canela lo llevó al veterinario del centro — le cosieron la herida, le dijeron que lo llevara dos veces más para revisión.

—Va a sobrevivir —dijo el doctor con la bata puesta—. Es fuerte.

A dos de los del portón se los llevó una pareja joven de Immokalee — llegaron en un Honda Civic viejo, trajeron transportadora y una bolsa de alimento, preguntaron de todo. Al tercero se lo pidió la vecinita Sofía, que estuvo insistiendo tres días hasta que la abuela cedió.

Y a sus tres propios gatitos Rosa Elena también pensaba regalarlos. Pero de algún modo no se acomodaban las cosas. A veces la gente que se aparecía era medio rara — preguntaban demasiado si después los podían devolver. A veces simplemente algo por dentro le decía: no, éstos no.

Al mes le quedaban cuatro gatitos y la gata. Se sentaba en el porche y veía a la madre atigrada lamer a los cuatro, uno por uno. Igual a todos. A los propios y al adoptado color canela — sin ninguna diferencia.

En el otoño llamó Marisol desde Orlando — le preguntó cómo estaba de salud, cómo el clima, y de pasada mencionó que su mamá se oía distinta por teléfono. Más alegre.

—Es que aquí se me armó compañía —se rió Rosa Elena y le contó todo de los gatos. Su hija se quedó callada un momento y después le dijo: abre una página en Facebook, enséñales a los nietos.

En agosto llegó Roberto de visita. Recorrió el porche, miró todo ese zoológico felino.

—Mamá, ¿en serio? ¿Cinco gatos?

—Cuatro gatitos y la mamá —le sirvió té en una taza con el asa despostillada, la misma de la que tomaba café su papá en las mañanas—. Sí, en serio.

Roberto se quedó pensando. Después, sin saber por qué, sonrió.

—Sabes, hace mucho no te veía así. Que se queden, si con ellos estás bien.

La gata atigrada ahora la esperaba en el porche cada mañana, se sentaba en el escalón de arriba y aguardaba a que se abriera la puerta. El gatito canela, ya recuperado y bien alimentado, se le subía a las piernas por las noches y ronroneaba tan fuerte que se oía en el cuarto de al lado.

La llave de la cocina finalmente también la arregló — llamó a un plomero en septiembre. Le dijo que ahora había ruido en la casa y que el goteo no la dejaba dormir.

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