Isabel Reyes vive en el tercer piso de un edificio de la calle Duval, en el barrio de Ybor City, Tampa, desde hace veintiséis años. El balcón lleno de geranios, en el alféizar un termómetro que desde junio marca tercamente dos grados de más. Maestra de química jubilada, viuda desde hace once años. Su hijo llama los domingos, siempre a las seis de la tarde, siempre por diez minutos.
Rufo apareció en el pasillo del edificio en marzo, cuando se rompió una tubería en el sótano y toda la cuadra pasó tres días sin agua caliente. Flaco, con un pedazo de oreja cortado, ojos color de miel guardada en frasco de pepinillos. Nadie sabía de dónde había salido. La vecina del primer piso, doña Carmen, decía que seguramente venía de detrás de las vías del tren, de donde están los garajes abandonados.
Isabel puso frente a la puerta un plato con sobras de puerco guisado. No dijo nada, no lo llamó. El gato comió cuando ella ya estaba adentro, con la puerta entreabierta para que no hiciera ruido al cerrarse.
Dos semanas después, Rufo empezó a esperar a Isabel en el pasillo a la misma hora en que ella regresaba del mercado de la Séptima Avenida. Una noche, mientras estaba sentada a la mesa revisando por tercera vez seguida la cuenta de la luz —ciento treinta y cinco dólares, cuarenta más que en mayo— el gato saltó a su regazo sin pedir permiso y se quedó ahí hasta que ella sacó la libreta de cuentas. Entonces se bajó y se fue a su plato, como si supiera que había hecho lo que tenía que hacer.
Su hijo, cuando vino para la Pascua, solo preguntó: "Mami, ¿desde cuándo dejaste que ese gato viviera aquí para siempre?"
Isabel no supo decir exactamente cuándo. Solo recordaba que un día dejó de cerrar la puerta con llave durante el día, porque Rufo salía y entraba cuando quería, y ella dejó de tener miedo de perderlo.
El perro se queda porque uno lo retiene. El gato se queda porque podría irse y no se va. Isabel pensaba en eso a veces, por las noches, cuando Rufo se sentaba en el alféizar en vez de en su regazo, y aun así ella sabía que en la mañana la estaría esperando en el pasillo.
En pleno verano, cuando cortaron el agua caliente del edificio por reparaciones, a Isabel le dio una fiebre de ciento tres grados. Estuvo tres días en cama, sin poder levantarse ni siquiera por un vaso de agua. Rufo no se apartó de la cama. No maullaba sin parar, no pedía caricias. Se sentaba en la silla de al lado, a veces ponía la pata sobre la colcha, justo donde estaba la mano de ella. La vecina, que le llevó un caldo en un frasco, lo encontró exactamente en esa posición el segundo día y el tercero, y luego le contó al hijo por teléfono que nunca había visto a un animal cuidar así a una persona.
Isabel lo dijo a su manera cuando por fin se levantó de la cama y abrió la ventana por primera vez en una semana, para airear el apartamento que olía a medicinas. Le habló al cuarto vacío, porque Rufo justo había salido al techo del edificio de al lado: —Bueno, parece que todavía nos vamos a aguantar juntos un rato más.
Su hijo llamó un martes, no un domingo, a las nueve de la noche, lo cual ya de por sí era preocupante. Dijo que la vecina le había contado de la fiebre, de los tres días, de que nadie se hubiera enterado si Isabel se hubiera desmayado en el pasillo. Dijo que tenía un apartamento en Orlando con elevador, segundo piso, un cuarto listo para ella desde ya. Dijo también que ya no iba a seguir llamando cada domingo a adivinar si su mamá estaba viva.
Isabel sostenía el teléfono y miraba a Rufo dormido en la silla donde había estado sentado durante toda la enfermedad. Por un momento, breve pero real, pensó en el elevador, en no tener que contar setenta y ocho escalones, en su nuera, que hace un caldo muy bueno, en su nieto, al que ve cuatro veces al año. Dijo: "Puede que tengas razón" —y por un segundo escuchó en su propia voz que estaba lista para aceptar.
Fue entonces cuando Rufo abrió los ojos, saltó de la silla y se restregó contra su pierna, tal como lo hacía cada mañana desde que ella había dejado de cerrar la puerta.
—No puedo llevarme al gato a un edificio donde no se permiten mascotas, ¿verdad? —le preguntó a su hijo.
Su hijo se quedó callado un momento de más.
—Entonces me quedo —dijo ella—. Él llegó solo y decidió solo quedarse aquí. No lo voy a llevar ahora a la estación de autobuses con una bolsa de comida, como si fuera un mueble del que me quiero deshacer.
Su hijo le preguntó si eso era de verdad una razón para quedarse en un apartamento de tercer piso sin elevador, en un edificio que ya tenía cuarenta años.
Isabel fue al pasillo de entrada, abrió el cajón de la cómoda y sacó una libreta de cuadros donde desde marzo anotaba lo que Rufo hacía cada día —la primera anotación, la primera noche en el pasillo, el primer salto al regazo. Empezó a leerle a su hijo por teléfono, página por página, hasta que la voz se le quebró en la frase sobre la silla junto a la cama.
Su hijo guardó silencio un buen rato. Después dijo que iba a llamar a la administración del edificio para pedir un pasamanos para la escalera —el costo lo dividirían entre los dos, ochenta dólares de su parte, para que a ella le fuera más fácil subir los escalones.
Instalaron el pasamanos en octubre. Isabel se detiene ahí a veces, tomando aire en el tercer tramo de escaleras, y Rufo la espera dos pisos más arriba, en el tapete de la puerta, mirando hacia abajo hasta que oye sus pasos.