A la señora Lydia la conozco desde que yo era chamaquita. Ella vivía en la casa de enfrente, antes de que a mí me diera por los divorcios y terminara rentando el cuartito de atrás de la panadería. Todos los martes y jueves, sin falta, entra a las nueve y cuarto y pide un café de olla y una concha. Se sienta en la mesa de junto a la ventana, la que da a la calle, y se queda ahí una hora viendo pasar a la gente.
Los primeros años yo pensaba que era maña. Ya después, un día que andaba sola en el local porque la muchacha no llegó, le pregunté si quería otra concha y se echó a llorar ahí mero, con el café a medio tomar.
Tenía setenta y tres años. Yo creía que menos. Se veía fuerte, de esas viejitas que todavía cargan sus bolsas del mandado sin quejarse.
Me contó que a los cuarenta y dos se fue de Houston, donde nació, porque su marido la cambió por una mujer más joven. No hubo pleito feo, nomás un día él le dijo que ya no la quería y que mejor ella se regresara a la casa de su mamá. Que él se quedaba con todo: la casa, el carro, hasta los perros.
—Y yo no dije nada —me contó, moviendo la cuchara en círculos—. Agarré una maleta, metí lo que cupo y me vine en autobús. Ni un abogado busqué. Ni un papel firmé. Nomás me fui.
Se vino a El Paso porque aquí vivía una tía, hermana de su mamá. La tía la recibió, le dio un cuarto, le enseñó a coser. Y así se quedó. Treinta y un años. La tía murió, la casa quedó a nombre de Lydia, y la vida se le hizo chiquita: el café, el mercado, el canal de telenovelas, la iglesia los domingos.
—¿Y amigas? —le pregunté alguna vez.
Se rió.
—Tuve una. Se llamaba Marta. Murió de cáncer hace ocho años. Desde entonces, la gente me habla, me saluda… pero nadie me ha vuelto a preguntar cómo estoy.
Esa frase se me quedó en la cabeza mucho tiempo. Porque yo también me la sabía, nomás que no la decía en voz alta.
Un jueves de noviembre, Lydia llegó tarde. Eran casi las diez. Traía los zapatos mojados y un over de lana café que olía a humedad. Le puse su café y su concha, y ella se quedó mirando por la ventana sin tocar nada.
—Hoy cumplo setenta y cuatro —dijo.
Yo me quedé con el trapo de la barra en la mano, sin saber si felicitarla o no. Porque no lo dijo como quien espera fiesta. Lo dijo como quien anuncia un número de trámite.
—¿Y qué va a hacer de día? —le pregunté, por no dejar.
—Ya hice lo que siempre —contestó—. Prendí la vela de la virgencita, me eché mi bendición, me tomé mi café. Luego dije: voy a ir a otro café. Uno donde me conozcan. Y aquí estoy.
Nos quedamos calladas un rato. Afuera pasó un camión destartalado y un chavillo en bici con una bocina tocando bachata. Lydia siguió viendo la calle.
—Antes, los cumpleaños eran otra cosa —dijo—. Mi tía me hacía mole. Me compraba un pedacito de pastel de los que venden en la panadería La Popular, de esos con fresas. Y me regalaba un estambre o una bolsa de mano. No era mucho, pero era para mí.
Apoyó la cuchara en el plato y se pasó los dedos por el borde del over, estirando una hilacha suelta.
—Ahora nadie se acuerda.
Y no lo decía con lástima. Ni con rencor. Lo decía como se dice que mañana va a llover: un hecho.
Esa tarde me quedé con eso. No sé por qué. Tengo dos chamacos que ya ni me hablan, una exsuegra que me llama los domingos nomás para quejarse del médico, y un cuarto con una ventana que no abre. Tendría que andar pensando en mis cosas. Pero no. Estaba pensando en Lydia, con sus zapatos mojados y su cumpleaños de vela sola.
La semana siguiente, martes, Lydia llegó a su hora. Yo ya tenía listo el café. Cuando le puse la concha en el plato, ella no la agarró. Se quedó viendo la mesa, las mantelitos de cuadros, las bolsitas de crema.
—Mija —dijo sin mirarme—, el domingo me habló una sobrina.
—¿De Houston?
—Sí. La hija de mi cuñada. Tiene como cuarenta ahora. Dice que quiere venir a visitarme. Que le gustaría conocerme.
—Qué bueno, ¿no?
Lydia dobló la servilleta por la mitad, bien despacito, como si midiera la orilla.
—No me va a conocer a mí —dijo—. Va a querer ver la casa. Ya preguntó que si todavía es mía, que cuántos cuartos tiene, que si la rento o la vivo sola.
Ahí se me abrieron los ojos.
—¿Usted qué le contestó?
—Que la casa es mía. Y punto. Pero no soy tonta, mija. Sé lo que andan viendo.
Yo me hice la que limpiaba el mostrador, pero no le quitaba la oreja.
Resulta que la casa de Lydia no es una casita así nomás. Está en un barrio viejo, cerca del centro, en una calle que se ha ido llenando de restaurancitos y cafés de moda. La tía la compró en los setenta por nada. Ahora un letrero de bienes raíces en esa cuadra pide ochocientos mil dólares. Ochocientos mil. Y Lydia, viviendo con lo del Seguro Social y cosiendo dobladillos a escondidas de la IRS.
La sobrina, según Lydia, trabajaba en un banco en Houston. Casada, dos niñas. No había venido en treinta y un años. Ni una llamada cuando la tía murió. Ni una flor. Y ahora, de repente, quería venir a pasar el fin de semana.
—¿Y usted qué va a hacer? —le pregunté.
Lydia agarró su taza con las dos manos y se la acercó a la cara, como para calentarse.
—No sé todavía. Pero te digo una cosa, mija. Esa casa es lo único que tengo. Y no se la voy a regalar a una desconocida que ni se acuerda de cómo me llamo.
El jueves, Lydia no fue. Ni el martes siguiente. Ni el otro jueves. Yo no tenía su teléfono. En la panadería me dijeron que una muchacha de pelo chino la había visto salir de su casa con una maleta chiquita, como de ir a la clínica. Y que había otra señora con ella.
Pasaron como tres semanas. Yo ya daba por hecho que algo se la había llevado. Cada vez que cruzaba la calle por su cuadra, me fijaba en la casa: la reja cerrada, las luces apagadas, un volante de política arrugado en la entrada.
Hasta que un miércoles, a las once de la mañana, se abrió la puerta del café y ahí estaba ella.
Traía el mismo over de lana, pero limpio. Y una bolsa de papel con papeles asomando por la orilla.
—Un café de olla —dijo—. Y una concha, si no se acabaron.
Le serví. Se sentó en su mesa de siempre. Yo no le pregunté nada, porque una sabe cuándo hay que esperarse. Nomás le puse el café y me quedé del otro lado de la barra, secando la misma taza como mensa.
—Fui a Houston —dijo al fin.
Dejó la cuchara quieta por primera vez desde que la conocí.
—No le avisé a la sobrina.
Yo tragué saliva. Afuera pasó un vendedor de tamales con su carrito, gritando lo de siempre.
—Tomé un autobús de ochenta dólares. Llegué a la estación del downtown y caminé dos cuadras hasta una oficina de abogados. Mexicano el muchacho. Me atendió sin cita.
Abrió la bolsa de papel y sacó un fólder café, de esos con liga. Lo puso en la mesa.
—Primero fui a otra oficina. Esa de los letreros que pasan en la tele. Ya me iban a cobrar cuatrocientos por una consulta. Mejor caminé.
Contó que el abogado le revisó la escritura de la casa. Vio que estaba a nombre de ella, sin deudas, sin hipoteca. Le preguntó si tenía hijos. No. Marido. Divorciada con papeles viejos, pero válidos. ¿Sobrinos? Sí, tres en Houston, uno en California.
—Me dijo: usted puede hacer un testamento y la casa va para quien usted diga. Y si no quiere que nadie se meta mientras usted viva, con más razón.
Lydia me miró por encima del fólder.
—No sabes lo que se siente, mija. Toda la vida pensando que no tenía nada. Y luego un extraño te dice que cuatro paredes viejas valen ochocientos mil dólares. Y que son tuyas.
Sacó una pluma de la bolsa del over, una Bic negra, de esas de capucha mordida en la punta.
—Ya firmé el testamento. La casa se la dejo a la clínica del Sagrado Corazón, la que tiene el asilo para viejitos sin familia. Esa que está por la Mesa. Ahí conocí a una monja, hermana Carmen, cuando fuimos a llevar a una vecina. Esa gente sí trabaja.
Levantó la taza y le dio un trago. La ví agarrar la concha y partirla con los dedos, como yo le he visto hacer miles de veces desde que era niña. Pero ahora la partía más despacio, como si la estuviera saboreando antes de morderla.
—Y también firmé un papel que le prohíbe a la sobrina, y a cualquiera, meterse con la casa mientras yo viva. Se llama no sé qué, poder duradero. El abogado me lo explicó. Con eso, ni la melena de la muchacha me va a sacar a la calle.
Solté el trapo. Me quedé parada, con la boca abierta.
—¿Y a la sobrina qué le va a decir?
Lydia se echó un sobrecito de Splenda al café y lo movió.
—Nada. Que cuando quiera venir, venga. A tomar café, como tú. La casa no es asunto de ella.
Se rió bajito, casi para adentro.
—Le mandé un mensaje. Que estoy muy contenta de que quiera conocerme. Que aquí la espero con un pan dulce y que la casa está bien, no le digo de quién.
Se quedó callada, viendo por la ventana. Afuera, un abuelito con sombrero vaquero le daba monedas a la nieta para el puesto de nieves.
—¿Sabes qué hice en Houston después de firmar? —preguntó.
—No.
—Fui a la panadería que estaba por la casa de mi mamá, la de mi niñez. Ya no está. Ahora es un lote de estacionamiento. Me senté en una banca del camión, ahí, junto al lote, y me compré una nieve de coco. Y me supo a cuando tenía diez años.
Dejó la cuchara sobre el plato, ya de plano rendida.
—No sé cuántos cumpleaños me queden. Pero este, mija, me lo festejé en Houston. Yo sola. Con mi casa en la bolsa.
Me quedé con la boca seca. Como si ella hubiera viajado a otro planeta y hubiera vuelto con las botas polveadas. Y yo, sin salir de El Paso en cuatro años.
Esa noche, cuando cerré el café, estas son las cuentas que hice: setecientos ochenta y cinco, lo que liquida el tío de la panadería cada semana; doscientos cuarenta, mi renta; ochenta, el recibo de la luz; ciento veinte, la gasolina. Y lo que me pasó por la cabeza a las nueve y media, mientras bajaba la cortina de fierro, no fue que Lydia se había vuelto rica.
Fue que la vejez no le daba miedo. Ni la soledad. Ni la sobrina.
Le daba miedo que alguien le quitara lo único que había construido sin darse cuenta. Y ahora eso ya no era un miedo: era un fólder café con una liga, guardado en una bolsa de papel.
El jueves, Lydia llegó a las nueve y cuarto. Yo le puse el café antes de que pidiera nada. Ella dejó la concha en el plato y sacó de su bolsa un estambre rojo, de los madejitos que venden en la Mercería Don Pepe. Empezó a tejer una bufanda, ahí, en la mesa.
—¿Para quién? —le pregunté.
—Para alguien que tenga frío —dijo—. Ya no me alcanza el tiempo para andar tejiendo rencores.
Y se quedó con su tejido, con su café, con su calle. Yo me quedé detrás de la barra, con el trapo al hombro. Y me di cuenta de que las dos, cada una en lo suyo, estábamos rodeadas de lo que habíamos decidido conservar.
Ella su casa. Yo el café. Y había que cuidarlo.