El taller de don Refugio

# El taller de don Refugio

—Abuelo, ¿usted cree que uno puede echar a perder la vida sin darse cuenta?

Refugio Salcido dejó la llave de cubo sobre el banco de trabajo y se limpió las manos con un trapo que ya tenía más grasa que tela. Afuera, en la Calle 26 de Little Village, un camión de paletas pasaba tocando esa campanita que Marcos, su nieto de quince años, reconocería hasta dormido.

—Depende de quién esté haciendo la pregunta. —Don Refugio no volteó a verlo—. ¿Qué hiciste?

—Nada. —Marcos se sentó en la llanta vieja que su abuelo usaba de banco desde que él tenía memoria—. Es que mi hermano llamó anoche. Dice que hay chamba en Phoenix, en la compañía de su suegro, instalando aire acondicionado. Dice que en un año gano más que usted en cinco aquí.

El taller olía a aceite quemado y a las gorditas que la tía Consuelo mandaba desde la taquería de la esquina, todavía calientes en su envoltura de aluminio. Don Refugio no dijo nada. Se agachó junto al Malibu del 2011 que llevaba tres días destripado, esperando una pieza que no llegaba de la yonke de Cicero, y siguió aflojando un tornillo que ya estaba flojo.

—Y le dije que sí —soltó Marcos, más rápido de lo que quería—. Le dije que en cuanto acabe el semestre me voy. Ya até de dejar la escuela.

La llave de cubo se detuvo a medio giro.

—¿Y tu mamá sabe?

—Todavía no.

—¿Y yo, que apenas ayer te enseñé a sacar el filtro de aceite sin regar medio galón en el piso, tampoco sabía?

Marcos no contestó. El Capitán, el perro flaco de la vecina, se asomó por el portón medio abierto y se echó junto a la llanta sin que nadie lo invitara. Don Refugio se puso de pie despacio, con la mano en la rodilla que ya no aguantaba como antes, y se sentó junto a su nieto. La llanta rechinó bajo el peso de los dos.

—A ver. Cuéntame bien.

—Es que aquí no hay nada, abuelo. Usted mismo dice que la renta del taller subió otra vez. Que si sigue así en dos años esto ya no da. ¿Para qué me voy a quedar a ver cómo se cae esto, si allá hay chamba de verdad?

Don Refugio se quedó viendo el motor un rato largo antes de contestar.

—Tu primo hizo lo mismo. Se fue a Cicero, compró casa, y cada domingo tu tía me enseña las fotos como si fueran evidencia de algo. Y yo aquí sigo con mi taller de veintitrés años, que sí, la renta subió, y sí, a veces no sé cómo le voy a hacer el mes que entra. Pero fíjate una cosa: tu primo no ha vuelto a Chicago en tres años. Ni para el cumpleaños de su mamá.

—Eso no tiene nada que ver.

—Tiene todo que ver. Tú no quieres irte a Phoenix por la chamba, mijo. Quieres irte porque aquí ves puro problema: la renta, mi rodilla, el dinero que no alcanza. Y a lo mejor sí está difícil. Pero también está tu abuela haciéndote de comer todos los días, y este taller donde aprendiste a manejar una llave inglesa antes que una troca, y yo, que aquí sigo, terco, después de que el negocio de Melrose Park se me cayó entero con la crisis del 2008.

—¿Y qué hizo usted cuando se le cayó?

—Once años me tardé en perdonarme eso. Once años dándole vueltas, como perro que se muerde la cola, en vez de buscar para dónde seguirle. Así que no te voy a decir que no te vayas, porque yo también fui necio a tu edad y nadie me hizo caso. Pero si te vas corriendo nomás porque aquí ves lo malo, allá vas a hacer lo mismo: vas a ver la casa de tu hermano y vas a querer la de al lado, más grande. Eso no se acaba en Phoenix. Eso se acaba cuando uno decide dónde plantar el pie.

Marcos se quedó viendo cómo el Capitán masticaba un pedazo de gordita que don Refugio le había aventado sin mirar, con una tranquilidad que parecía burlarse de toda la conversación.

—¿Y si me quedo y esto de todos modos se cae?

—Entonces se cae conmigo aquí adentro, peleando, no allá afuera viéndolo por Facebook. —Don Refugio se levantó, otra vez con la llave de cubo en la mano—. Pero esa decisión no la tomas en un anuncio de camión de paletas, mijo. La tomas hablando con tu mamá, terminando la escuela, y viniendo aquí los sábados a ver si de veras esto te llena o nomás te da miedo.

Marcos se quedó callado un momento, mirando el hueco donde debía ir el motor.

—¿Y si me quedo los sábados y resulta que sí me llena?

—Entonces un día esto es tuyo, y la renta la peleas tú. —Don Refugio se metió otra vez debajo del cofre, y de ahí salió su voz, apagada por el metal—. Pásame la de nueve dieciséis. Y llama a tu hermano antes de la cena, dile que lo vas a pensar, no que ya dijiste que sí.

—¿Y lo de Phoenix?

—Lo de Phoenix va a seguir ahí en un año, si de veras es chamba de verdad. Lo que no va a seguir ahí es tu mamá enterándose por tu tía en vez de por ti.

Marcos le pasó la llave y se quedó un rato más sentado en la llanta, sin decir nada, viendo trabajar a su abuelo. Cuando se levantó para irse, se guardó la última gordita en la bolsa del abrigo.

—Ey —dijo don Refugio, sin voltear—. Esa es pa' tu abuela.

—Ya sé —contestó Marcos, y la dejó sobre el banco de trabajo antes de salir—. Se la voy a llevar yo.

Rating
( No ratings yet )
Like this post? Please share to your friends:
Leave a Reply

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

13 − eight =