La mañana que Lupita salió del hospital con el niño en brazos, yo estaba parado en la cocina mirando el teléfono. Rosalba había apagado el suyo la noche anterior, y el mío seguía con la pantalla encendida, iluminando el mostrador de formica como si esperara algo que ninguno de los dos iba a decir en voz alta.
Ella sí, ella lo dijo todo. Que no podíamos con ese bebé, que ya éramos grandes, que la casa era chica, que el dinero no alcanzaba, que una muchacha de diecinueve años no está para andar criando hijos ajenos. Que lo mejor era darlo en adopción y que Lupita volviera a estudiar. Lo decía mientras doblaba ropa que ya estaba doblada, y yo no supe contestarle.
Cuando cayó la noche y no llegó, me fui al garaje. Ahí estaba la troca, una Tacoma del noventa y siete que le compré a un vecino en Pacoima. Me senté en la caja y me puse a limpiar el carburador como si eso sirviera de algo. El perro de los Robles ladró dos veces, se calló, y el silencio se hizo más hondo.
Al día siguiente fuimos a la estación de policía, con la pena metida en los zapatos como gravilla. El agente nos atendió detrás de un escritorio con la computadora torcida. Escuchó todo, se quitó los lentes, los limpió con la manga de la camisa y nos dijo lo que no queríamos oír.
—Ustedes la echaron de la casa con un recién nacido. Si quieren, yo abro un reporte, pero también puedo llamar a una trabajadora social. A ver si les gusta más esa visita.
Rosalba se puso del color de la leche. Yo no dije nada.
Afuera, en el estacionamiento de la estación, le hablé como no le había hablado en treinta años. Que ella me convenció, que fuimos como esos que adoptan un gato y luego no quieren a las crías. Que yo me quedé callado por débil. Ella no contestó. Nomás se subió al carro y se puso el cinturón despacio, sin apurarse, como quien se amarra para no desbaratarse.
Pasaron los meses.
Lupita no llamó. Rosalba le hablaba a los hospitales cada martes, con una libreta abierta en la mesa y el teléfono en la mano, anotando números que no llevaban a nada. Yo volví al trabajo en la fábrica de muebles, y en las tardes me sentaba en el porche con el perro de los Robles echado al pie del escalón. A veces le daba un pedazo de tortilla fría y él me veía como si entendiera.
Un sábado de enero, Rosalba insistió en que fuéramos a La Placita Olvera. Que ya no podía seguir encerrada, que le hacía falta ver gente. Le dije que a mí me daba igual, y nos fuimos. Ella se quedó viendo unos aretes de chaquira en un puesto, y yo me aparté para comprar dos churros. No tenía hambre, pero necesitaba hacer algo con las manos.
Entonces la vi.
Estaba junto a la fuente, con el niño dormido en una mochila de ésas que se cuelgan al frente. A su lado, un hombre grande, canoso, con sombrero de palma, le alcanzaba un biberón. Ella lo tomó sin dejar de hablar, como si llevaran años con esa costumbre.
Rosalba me tocó el brazo.
—Es ella —dijo.
Caminamos sin plan. Yo quería volver al carro, pero los pies me llevaron directo.
—Lupita —dije.
Ella volteó. No se sorprendió. Nos había visto reflejados en el parabrisas de un carro estacionado, antes de que yo abriera la boca.
—Papá —dijo, y esa palabra me cayó encima como una puerta de garaje.
El hombre del sombrero se puso entre ella y nosotros sin moverse del lugar, nomás enderezó la espalda.
—Éste es mi abuelo —dijo Lupita, y lo dijo sin rencor, sin desquite, como quien presenta a alguien en una fiesta de cumpleaños—. Mi abuelo de verdad.
Yo me quedé con el churro en la mano, y la bolsita de papel se fue poniendo transparente de la grasa.
—Hija —dijo Rosalba—, te buscamos.
—No fueron al hospital —contestó Lupita—. Sabían dónde estaba. No fueron.
No lo dijo llorando. Lo dijo como se da una dirección: dos-dos-veinte, calle Primera, el Bunker Hill.
El abuelo habló por fin. Nos contó que era viudo, que vivía solo en una casa de dos pisos por Cypress Park, que nos había estado viendo desde que la muchacha le contó lo sucedido. Y luego dijo lo que yo no esperaba: que él tenía una foto, una foto vieja, de la madre de Lupita, y que nos la podía enseñar sin compromiso, como quien ofrece ver el menú antes de ordenar.
Rosalba se enderezó.
—Sí —dijo—. Queremos.
Fuimos a comer a un restaurante chiquito en la calle Olvera, con manteles de hule y salsas en molcajetes de barro. Pedimos agua de tamarindo y una orden de tacos dorados para compartir. El abuelo sacó la foto de la cartera, doblada en cuatro, y la puso en la mesa. Una mujer joven de pelo lacio y un lunar cerca de la boca, seria, mirando al fotógrafo sin miedo.
—Fue la única novia de mi hijo —dijo—. Yo no sabía que existía la niña. Si lo hubiera sabido, les juro que no habría buscado nunca a Lupita.
Rosalba tomó la foto con las puntas de los dedos, como si pesara. La vi tragar aire.
—Nosotros la recibimos —dijo, y la voz se le fue quebrando—. La criamos. Le enseñé a leer. Le compré su vestido de quince. Le hicimos su pastel de fresa cada cumpleaños.
—Y le cerraron la puerta —dijo el abuelo.
Se hizo un silencio de ésos que no se llenan ni con ruido.
—Fui yo —dijo Rosalba.
Yo la miré. Ella no le quitó los ojos a la foto.
—Yo la convencí. Yo le dije que el niño sobraba. No se lo dijo él. Fui yo.
El abuelo no dijo nada. Lupita tampoco. Yo me quedé con un taco a medio comer y la tortilla se fue enfriando en el plato.
Al final, Rosalba hizo lo único que podía hacer. Sacó el dinero para pagar, y cuando el abuelo quiso detenerla, ella puso el billete debajo del plato y se levantó.
—No vamos a pelear por esto —dijo—, pero yo pago. Necesito pagar algo.
Esa noche, en casa, no prendimos la tele. Yo me senté en el sillón y me puse a ver el hueco donde iba la chimenea, que nunca usamos, y ella se metió a la recámara y no salió.
Un mes después, Rosalba empacó una maleta. Me dijo que se iba a casa de su hermana en Riverside, que necesitaba tiempo. No la detuve. Le pregunté si sabía cuánto tiempo, y me dijo que no, que no sabía.
—¿Y la casa? —le pregunté.
—Es tuya —dijo—. Yo ya no sé cuidar nada.
No me enojé. La acompañé al carro y le puse la maleta en la cajuela. Antes de subir, ella me dio un papel con un número de teléfono.
—Es el de Lupita. Me lo dio el abuelo.
—¿Por qué no me lo diste antes?
—Porque no sabía si merecías llamarle.
Y se fue.
Estuve tres días con el papel junto a la cafetera, viéndolo cada mañana sin tocarlo. Al cuarto día lo desdoblé y marqué.
—¿Bueno? —contestó una voz de mujer joven.
—Lupita. Habla papá.
Hubo un silencio. De fondo se oía una tele, una canción de ésas que pasan en el canal de novelas viejas.
—Hola, papá.
Me quedé de pie en la cocina, con el teléfono apretado contra la oreja, y le conté lo de Rosalba, lo de la casa vacía, lo del perro de los Robles que todavía venía a echarse al porche. No le pedí perdón con palabras bonitas, porque no las tengo. Le dije que me dejara ver al niño. Que no pedía ser abuelo, que pedía que me dejaran serlo.
Ella no contestó el primer día. Ni el segundo. Al tercero, me mandó un mensaje de texto con una dirección: la del abuelo.
El domingo fui sin avisar, con las manos sudadas y una bolsa de tamales que compré en la carretera. Toqué dos veces. Abrió el abuelo, sin sombrero, con un suéter de lana que le quedaba grande.
—Pase, don Fernando —dijo.
Y entré.
Lupita estaba en la sala, con el niño jugando en una cobija tendida en el piso de madera. El niño me vio con los ojos muy abiertos, chupándose el puño. No lloró.
—Se llama Santiago —dijo ella—. Santiago Fernando.
No dije nada. Me senté en el sofá, con la bolsa de tamales encima de las rodillas, y me puse a verlo.
—Tome —le dije, y le alcancé la bolsa—. Están de puerco.
Ella la abrió, sacó uno, le quitó la hoja y le dio un pedazo chiquito al niño. El niño lo agarró con la mano entera y se lo metió a la boca.
El abuelo sirvió café.
Yo no sé cuánto tiempo estuvimos así. En un momento, el abuelo se levantó y fue a la cocina. Lo oí abrir el refrigerador, dejar algo sobre la mesa. Lupita no me preguntó nada de Rosalba. Yo no le pregunté nada del abuelo.
Cuando me fui, ya era de noche. Ella me acompañó hasta la puerta.
—Papá —dijo—. Me costó llamar.
—Lo sé.
—No es que no quiera.
—Lo sé.
—Otro domingo.
—Sí.
Y me fui.
En el camino de regreso, paré en una farmacia y compré una tarjeta. No era de disculpa, ni de felicitación, ni de cumpleaños. En el mostrador, la muchacha me preguntó para quién era, y le dije que para mi hija. Me ofreció una con corazones y otra con un oso. Le dije que mejor una tarjeta en blanco, de las baratas.
Me senté en la troca y le escribí, con una pluma de gel que tenía el tapón mordido, sin borradores:
*Santiago Fernando necesita un abuelo. Yo necesito un permiso. Tú decides cuál me toca.*
No la mandé por correo. La metí debajo de la puerta de su casa el domingo siguiente, antes de tocar.
Cuando salieron, no la mencioné. Ella traía la tarjeta en la mano.
—La leí —dijo.
—Bueno.
—Santiago Fernando tiene dos abuelos.
No le contesté. El niño andaba descalzo en el pasto, persiguiendo una burbuja que el abuelo le había soplado con un aro de plástico. Yo me agaché y él vino corriendo, y me puse a pelarle un gajo de mandarina que saqué de la bolsa.
Esa tarde, al despedirme, el abuelo me extendió la mano.
—Hasta el próximo domingo, don Fernando.
—Hasta el próximo domingo.
Subí a la troca. Por el espejo vi al niño parado en medio del jardín, moviendo el aro de plástico como si me dijera adiós, mientras Lupita lo sostenía de la otra mano para que no se cayera.