Miami, viernes por la mañana. El cielo tenía ese color de agua de piscina sucia, con nubes flacas que parecían mordidas por algo, y entre los huecos se colaba un azul que olía a cloro y a gasolina barata.

El barrio de Little Rocket —así le decíamos, aunque el letrero oficial dijera "Cabo Homestead"— seguía siendo lo que siempre fue: una cañería lenta con vista al mar. Un poco de movimiento, un poco de peste a fritanga, y si uno se acostumbraba, hasta se le podía decir hogar.

Cuando yo llegaba a mi cuadra, Reinaldo el Piloto Solo ya tenía la ventana abierta y el bocina a todo volumen. La emisora "El Fracasado 98.3" estaba pasando su tema favorito, "El que espanta las nubes en calzoncillo morado". Reinaldo cantaba con los ojos cerrados, en camiseta sin mangas, apoyado en el marco como si fuera el balcón de un crucero.

Por la esquina venían Ramiro el Conserje y Yolanda la Descalza, arrastrando un sillón de mando que habían sacado de la nave chatarra abandonada al fondo del descampado, la que llevaba ahí desde que yo tenía memoria.

—Yolanda va a abrir una peluquería. Salón de hombres —me contó Reinaldo, todavía con la música de fondo.

—Va a fracasar —dije yo—. Aquí casi todos son calvos, con el sol que hace.

—Ahí está el chiste —dijo Reinaldo—. Inventó "cincuenta peinados para calvo". Mandó invitaciones por WhatsApp, se hizo viral. Dice que hasta los de la base militar le escribieron. Por cierto, ayer vinieron los militares.

—¿A pelarse?

—No exactamente. Nos reunieron a todos. Dicen que perdieron un misil. Uno de esos clasificados —bajó la voz, como si las paredes tuvieran wifi y oídos.

—¿Cuándo lo perdieron?

—Dicen que desde el otoño pasado.

—Bueno, al menos se dieron cuenta a tiempo.

Reinaldo movió la cabeza de lado a lado, sin mucha convicción.

—¿Y cómo es el misil? —le pregunté.

—Nadie sabe. Ya te dije, es clasificado. Nos juntaron a todos los que andábamos por el patio esa tarde. Preguntaron si habíamos visto algo raro. Ahí fue cuando doña Berta soltó que a ella se le había perdido su sostén satelital. Uno caro, de esos con relleno de gel. Tenía guardados dos archivos secretos adentro. Dice que cuando fue a sacarlos, el sostén ya no estaba.

—Eso es lo más ridículo que he oído en años.

—Espérate a oír lo de Consuelo la Coja. Dijo que vio algo raro en el Bosque Muerto, ese pedazo de manglar seco detrás del canal. Y se llevó a los militares para allá.

Solté una risa corta.

—Otra vez va a tratar de agarrar la rana de tres cabezas. Para cobrar entrada y que la gente la vea. La última vez la perseguimos hasta las once de la noche, un disparate.

—Para rodear el Bosque Muerto no alcanzan los militares que vinieron —dudó Reinaldo.

—¿Y a qué hora se fueron ella y los militares?

—Desde ayer. Todavía no han vuelto.

Reinaldo sacó del bolsillo una cajita de cartón, de esas que venden pastillas en la farmacia de la esquina.

—Esto lo dejaron los militares. Gafas especiales. Para "vigilancia aumentada". Dijeron que si veíamos algo raro, que avisáramos al número que venía adentro. Y que bajo ninguna circunstancia las volteáramos al revés. Eso dijeron dos veces.

—¿Por qué te dan una orden así, tan específica, si no hay nada que ver?

Reinaldo se encogió de hombros, pero se le notaba que la pregunta se le había quedado atravesada, igual que a mí.

Caminamos hacia el descampado, el terreno baldío que la gente llamaba "el polígono" desde que ahí probaban cohetes de juguete los domingos.

—Mira para la derecha —me indicó.

A la derecha había un terraplén, unos matorrales, arena, postes de electricidad y una torre de transmisión oxidada. El paisaje de siempre.

—Ahora ponte las gafas y mira otra vez.

Las gafas eran finitas, casi de silicona, livianas como lentes de sol de gasolinera. Me las puse y me quedé congelado.

Detrás de los matorrales había dos criaturas sentadas. Cada una del tamaño mío, más una vez y media de Reinaldo. Se parecían a iguanas gigantes. Ojos como platos de café. El cuello lleno de pliegues. De la boca les chorreaba una baba que caía sobre la arena caliente, humeando un poco. Y entre las dos, medio hundido en la arena, había algo largo y metálico, con aletas al final, del tamaño de un poste de luz caído.

—Reinaldo. Eso que está entre ellas.

—Yo lo veo desde ayer. Por eso no he dormido.

—Es el misil.

—Yo creo que sí.

Las criaturas no nos prestaban atención. Miraban fijo hacia la pista, hacia donde despegaban los cohetes de práctica, como perros esperando que el dueño tire la pelota.

—Los militares no perdieron el misil —dije, atando cabos en voz alta—. Lo perdieron con ellas. Lo trajeron aquí, o se les cayó aquí, y estas cosas lo han estado cuidando como huevo desde el otoño. Por eso Consuelo vio algo raro en el manglar. Por eso no volvieron.

—¿Y el sostén de doña Berta?

—Ni idea, Reinaldo. No todo tiene que conectar.

—¿Y si probamos a voltear las gafas al revés? Total, ya rompimos la otra regla, la de no acercarnos.

No debí decir que sí. Pero dije que sí.

Le dimos vuelta al cristal y nos las apretamos contra las sienes. En el instante siguiente estábamos parados detrás de las criaturas, tan cerca que sentía el calor que soltaban, como el de un motor recién apagado. Frente a nosotros, en el terraplén, los matorrales marchaban en fila, los postes se mecían como péndulos y la torre de transmisión se iba inclinando, despacio, hacia nuestro lado. El mundo entero, visto al revés, se les venía encima a ellas.

Una de las criaturas se levantó. La otra puso el cuerpo sobre el misil, como si lo tapara con las costillas.

—Se están defendiendo —dijo Reinaldo—. Creen que se lo venimos a quitar.

—Quítate las gafas.

—No puedo, se me trabaron en la oreja.

La criatura que estaba de pie abrió la boca y soltó un sonido que no era rugido ni croar, sino los dos mezclados, un ronquido largo que me sacudió las costillas. Levantó una pata delantera, con garras cortas y romas, y la dejó caer sobre el hombro de Reinaldo. No fue un zarpazo. Fue casi con cuidado, como quien aparta a un niño de la estufa. Pero el peso lo tiró al suelo, y cuando Reinaldo se levantó, las gafas se le habían quedado enredadas en las garras del animal, que las apretó entre los dedos hasta que el plástico crujió y se partió en dos.

Ahí paró. No nos siguió. Se quedó mirándonos con esos ojos de plato de café, la baba goteando, y después las dos criaturas se recostaron otra vez sobre el misil, como si nosotros ya no importáramos, como si el peligro real nunca hubiéramos sido nosotros.

Salimos corriendo como si fuera la última fila del Ultra Music Festival cuando anuncian que se cerró la entrada. En el camino, Reinaldo perdió una de sus sandalias de goma, las que él llamaba "las importadas". Cuando llegamos a la cuadra, Ramiro el Conserje se cayó del barril de basura donde estaba parado. Se volvió a subir y siguió dándole escobazos al aire.

Le pregunté qué hacía.

—Estoy espantando las capas duras de la atmósfera —dijo, muy serio, con unas gafitas idénticas colgándole de la nariz, un par que también le habían dejado los militares.

Reinaldo se tocó el hombro, donde la marca de la garra le había dejado la piel enrojecida, como una quemadura leve de sol.

—Me va a doler una semana.

—Te va a doler y no vas a poder contarle a nadie por qué.

—Óyeme —le dije—, no vuelvas a aceptar nada de los militares. Ni gafas, ni cajitas, nada.

—Ya no tengo las gafas. Se las quedó ella.

Detrás de nosotros sonó algo parecido a un "croac". O tal vez fue el viento entre las latas del descampado. Volteamos.

Por el camino de tierra que venía del Bosque Muerto caminaba Consuelo la Coja. Sola. Sin militares. Traía puesto un uniforme que no era el de ella, tres tallas grande, con el nombre de otra persona bordado en el pecho, y en las manos cargaba una radio militar que iba repitiendo, entre estática, las mismas dos palabras: "posición perdida, posición perdida".

Se paró frente a nosotros. No dijo nada por un momento largo, como si estuviera calculando cuánto podía contar.

—Se acercaron demasiado al nido —dijo por fin—. Los que se acercaron, no volvieron. Yo me quedé atrás, cuidando la retaguardia, y por eso estoy aquí.

—¿Y el misil? —le pregunté.

—El misil se queda donde está. Es lo único que las mantiene tranquilas. El día que alguien logre sacarlo de ahí, ese día sí hay que preocuparse de verdad.

Le entregó la radio a Reinaldo, como quien pasa una responsabilidad que ya no quiere cargar.

—Guárdala tú. Y si algún día se les ocurre a los militares venir con más gafas y más preguntas, ustedes no vieron nada. Ni criaturas, ni misil, ni a mí saliendo sola de ese manglar.

Se fue caminando hacia su casa, sin cojear, más derecha de lo que yo la había visto caminar nunca, y detrás de ella el sol de la tarde empezaba a pegar de lado, largo y anaranjado, sobre el Bosque Muerto, donde algo, ahora lo sabíamos, seguía durmiendo con un misil clasificado entre las costillas y una radio militar que ya nadie iba a contestar.

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